| El viejo Walker llegaba fin de semana por medio al Paddy’s cojeando de la pierna derecha. Debía tener más de 80 años pero bebía whisky como si su hígado fuera el de un recién nacido. Disfrutaba de una gran pensión que cobraba puntualmente en una sucursal del Barclay’s Bank en Málaga, pero nunca nos había dicho que él había luchado codo a codo con el general Montgomery en el Alamein. Un día, Jimmy, el barman, nos lo puso en suerte para que nos contara su historia a los periodistas que estábamos allí. Walker, que se llamaba Richard, nos contó su aventura en el norte de Africa, donde conoció a ese general aristocrático que hoy tiene una estatua a tamaño natural en Whitehall, la calle del Parlamento británico. Monty, contaba Walker, era un oficial relamido y puntilloso. Era la peor muestra de lo que habían conseguido crear los oficiales del decadente Imperio Británico. Si en su mano hubiese estado, habría luchado con elefantes de la India contra Rommel en vez de llevar tanques, simplemente porque las monturas indias son más exóticas y cómodas que el duro metal que recubría el asiento del conductor de un Matilda. Pero Monty tenía una virtud: era tenaz y tozudo. Podía ser tan cabezota y orgulloso que no parecía inglés, quizás sí escocés o irlandés. Otra de sus ventajas era el apoyo irrestricto que le daba Churchill. Entre ambos no reinaba la simpatía. El primer ministro bebía whisky a todas horas y fumaba puros habanos y hasta hashís de Marruecos. Montgomery era abstemio, enjuto, comía poco y su referencia militar eran los grandes generales de la India que habían conquistado todo un continente usando ametralladoras contra indígenas vestidos con taparrabos, cosa que no era fácil según demostraron los italianos en Abisinia donde unos guerreros semidesnudos corrieron a lanzazos a todo un regimiento de carros blindados, obligándoles a retirarse varios kilómetros. Churchill tenía agallas. Una vez, durante la guerra, una inglesa le reprochó que estaba todo el día borracho, pese a que la Luftwaffe no paraba de bombardear Londres. El primer ministro, con gran parsimonia, le contestó: -Señora, mañana cuando me despierte, la borrachera se me habrá ido, pero a usted no se le habrá borrado ese rostro tan feo de su cara. Muchos dicen que ese diálogo no era de Churchill sino de Groucho Marx, pero no vamos a estropear este relato con detalles tan nimios. Walker estaba asignado al 8º Ejército de Montgomery desde el principio, cuando empezaron a reunirlo cerca de Alejandría. En la ciudad egipcia estuvieron varias semanas y allí la principal tarea de la inteligencia militar era encontrar bares que vendieran alcohol sin provocar a los árabes religiosos. Rommel los había estado correteando de ida y vuelta por todo el norte de Africa hasta Tobruk, pero se quedaba sin suministros y tenía que replegarse sin poder asestarles el golpe definitivo. Pero a finales de 1941 todo cambió, los japoneses atacaron Pearl Harbor, y los suministros del imperio yanqui comenzaron a fluir incesantemente hasta Monty. Decenas de tanques que Churchill retenía para la defensa de las islas británicas quedaron a su disposición al saberse que los americanos podían suplir esa carencia con blindados mucho mejores y más eficientes que los británicos. Así que la noche antes de que comenzara la batalla del Alamein, Walker estaba en una trinchera en tierra mirando las bengalas que caían sobre las posiciones enemigas, intentando adivinar si alguna silueta sospechosa se perfilaba contra el horizonte. Como todo el 8º Ejército estaba muy desmoralizado, Monty decidió visitar la primera línea del frente para infundirles ánimo con su presencia. El general –todavía no era mariscal- recorrió la trinchera, saludó a los soldados y tomó del mismo té que hervía en las teteras de aluminio que había en las hogueras de campaña (brasas apagadas con tierra para que no iluminaran la posición). Pero cuando iba llegando al lugar en que estaba Walker, cerca de una vieja ametralladora Vickers, el general tropezó con un obstáculo y se vino abajo con tanto estruendo que hasta los alemanes que estaban a casi un kilómetros de distancia se enteraron de que Monty se la había pegado. -¿Quién ha puesto esas cajas ahí?- preguntó Monty mientras se limpiaba la tierra de los pantalones. -Son las municiones, imbécil...-respondió Walker pendiente de su armas y sin mirar a quien tenía a su lado. -¡Póngase de pie soldado y salude al general!- gritó entonces un oficial que acompañaba a Montgomery. Walker se incorporó y entonces, pese a la oscuridad, pudo ver frente a frente a Monty, flaco y enjuto, con la piel reseca y cubierto de polvo hasta las cejas e intentando guardar la compostura de general británico. Así fue como Walker, el cojo borracho del Paddy’s, se encontró la noche antes de que comenzara la batalla del Alamein, codo a codo en una trinchera con quien sería el famoso mariscal Montgomery, vizconde del Alamein para mayor gloria del Imperio Británico. |
| Codo a codo con Monty en el Alamein |