| Leo que el alcalde desea erigir un monumento al toro para que la ciudad tenga su propio símbolo, para que exista un icono que nos identifique con la carne y la leche que es de lo que vivimos. Hasta donde yo sé, sin ser experto, el toro tiene mucho menos que ver con la carne y la leche que el novillo gordo o la vaca. El toro chileno, en el fondo, es un zángano reproductor y vive de la fama ancestral de que es buen semental porque aporta la mitad de los cromosomas que lleva un embrión de vaca lechera que es lo que de verdad importa. Y entonces los ganaderos cuidan a estos toros gordos y vagos que no hacen nada todo el día porque entre sus patas traseras llevan el secreto de la productividad. Pero es mentira, las vacas, a las que nadie les quiere hacer un monumento, aportan la otra mitad de los cromosomas y ademas proveen el entorno en el que se cría el embrión. Y hasta alimentan al ternero mientras el toro infiel y crápula sale a pasearse por ahí. Quizás habría que hacer un monumento a la vaca, ser originales, y tener el valor de aguantar las burlas que habría. O un homenaje a la especie bovina, una cosa neutra tirando a novillo, de inspiración modernista, ¿pero al Toro? Es verdad que a los jugadores de Provincial Osorno los llaman "los Toros", pero eso es únicamente porque quedaría feo llamarlos "los novillos gordos". Me choca profundamente lo del toro, sobre todo porque no hay tradición taurina en Osorno. Para tenerla, hace falta algo más que unos pocos sementales o importar sus espermios en vasijas congeladas. Creta tenía el famoso laberinto del Minotauro. Ahí está Cnossos y sus toreros de la Antigüedad. En España existen muchos monumentos a los toros. El toro más famoso es el del anuncio del brandy Osborne que pastaba encima de cada montaña en la España polvorienta de los tiempos de Franco. Cuando hace una década decidieron prohibir los anuncios de carretera ("Papá no corras") porque distraían a los conductores (adoptando así la normativa de la Unión Europea), los españoles se rebelaron e indultaron al toro de Osoborne. Tuvieron que quitarle las marcas y las letras, pero el toro, negro y gigantesco, se quedó allí y los europeos tuvieron que aceptar esta peculiaridad española de convertir una valla publicitaria en símbolo de su nacionalidad. El toro español es muy distinto del chileno. Mientras el toro chileno flojea, rumia y se reproduce de vez en cuando en los pastizales, el toro español sabe que no vivirá más de dos o tres años. Conoce su destino que es morir en la arena de la plaza de toros. Por eso no es básicamente reproductor sino bravo, tiene instinto asesino y acomete ante el menor movimiento. Sabe que ha nacido para tener una única oportunidad -a las seis de la tarde y si el tiempo y la autoridad lo permite- de enfrentarse a un humano armado de espadas que intentará clavarle el hierro en un diminuto agujero del morrillo y cercenarle así la espina dorsal. A esos toros bravos se les da la oportunidad de matar a un hombre, pero normalmente perecen en el intento. De hecho, en dos siglos de fiesta taurina, sólo en 63 ocasiones han ganado los toros. Y si un toro muestra una bravura excepcional, el público saca pañuelos y lo indulta y recién entonces se gana el derecho de convertirse en semental. En Chile, para ser semental, basta estar gordo y no es necesario ser bravo ni sobrevivir a una pandilla de individuos vestidos de oro y gualda que te clavan cosas. Los nombres de los toros asesinos se recuerdan respetuosamente. Ahí está "Islero", un miura, el quinto de la tarde, que mató a Manolete en la plaza de Linares en 1947. O el fatídico cartel de Pozoblanco que componían Francisco Rivera, José Cubero y Vicente Ruiz la tarde de septiembre de 1984 en que "Avispado" empitonó a Francisco Rivera, Paquirri, causándole la muerte horas depués. Mientras las negligencias médicas daban cuenta en la enfermería de la vida de Paquirri, José Cubero, El Yiyo, el "número dos" del cartel de aquella corrida, tuvo que agenciárselas con "Avispado" y darle muerte. Un año después El Yiyo fallecía instantáneamente en la plaza de Colmenar clavado por el tornillazo agonizante de un toro -"Burlero"- al que ya había dado muerte de una precisa estocada. El Yiyo es el único matador que ha liquidado a dos toros asesinos, aunque no vivió para contarlo. Vicente Ruiz, El Soro, el tercer hombre del maldito cartel de Pozoblanco, sigue vivo, pero ya no torea. Una grave lesión retiró a uno de los maestros que mejor clavaba las banderillas. Alcancé a verlo torear en la plaza de Las Ventas de Madrid en una ocasión y no sé si pesaban más las lesiones o el morbo del público que esperaba que la maldición se cumpliera. Frente a este derroche de valor e insensatez, cualquier iconografía taurina en Osorno resulta patética. Nuestros toros no asesinan con sus cuernos. El mayor riesgo con ellos es que te aplasten de lo bien cebados que están. Mucho más respeto despiertan las nutricias vacas o los leales bueyes, esos toros operados que han transformado su celo reproductor en una servicial fuerza tractora. Creo, en definitiva, que existiendo ya una iconografía mucho más épica que la nuestra para el toro, más nos vale buscarnos otro símbolo. La única razón para hablar del toro en nuestra zona podría asentarse en la famosa hacienda El Toro donde el comandante Jorge Beauchef libró, en marzo de 1820, el combate que obligó a retirarse a los realistas de Antonio de Quintanilla a Chiloé, consolidando así la victoria de Lord Thomas Cochrane en Valdivia. Este combate, que los historiadores pasan muy por encima porque sólo intervinieron 600 personas, fue clave para convertir el zarpazo de Cochrane en Corral en una victoria estratégica. Para más orgullo nuestro, el historiador Alamiro de Avila Martel, reseña en su libro Cochrane y la independencia del Pacífico que Beauchef consiguió duplicar el centenar de soldados que el almirante le dejó gracias a que en Osorno "abundaban los patriotas -mucho más que en la ciudad de Valdivia- y le prestaron valiosa y entusiasta ayuda". Con esos 200 hombres Beauchef derrotó en El Toro a 400 realistas chilotes en una sangrienta batalla, muy poco recordada, que arrinconó a los españoles en el archipiélago. Es así como la gente de Osorno ha demostrado bastante más valor, bravura y patriotismo que nuestros acomodados toros. Ahí está el ejemplo de los que combatieron con Beauchef y de muchos otros osorninos hasta llegar a nuestro inolvidable Eleuterio Ramírez en su holocausto de Tarapacá. Antes que lanzarse a hacer un monumento al toro, el alcalde haría bien en convocar a un concurso público a los artistas, diseñadores e historiadores para que propongan la imagen que mejor representa a la ciudad a la luz de su pasado, de su presente y de su futuro. |
| Un símbolo impropio |