Pongo un CD de Abba, la colección de oro editada en 1992 y repotenciada en 1998, para escribir esta columna. No podía ser de otra manera ya que dentro de unas horas, media España se pegará al televisor para conocer la suerte de Rosa, esa chica de Granada que ganó la competencia planteada por un programa de televisión —"Operación Triunfo"— para elegir a la representante española en el festival de Eurovisión, la OTI de Europa.

El programa va en la línea del famoso "Gran Hermano", ese espacio que consiste en encerrar a diez personas en una casa y ponerles cámaras de televisión hasta en el water para ver si miran el papel toilet después de limpiarse. Ese es el programa. Lo inventó un holandés llamado John de Mol, que es rico y multimillonario con estas tonterías, y ya se ha reproducido hasta en México.

"Operación Triunfo" fue una variante. Se trataba de enclaustrar a diez chicos en una academia de baile y canto para ver cómo sobreviven a pan y agua y aprendiendo a dar el Do de pecho. De paso, el que ganara representaría a España en Eurovisión. Ganó Rosa, una granadina gordita que pesaba más de cien kilos y que, además, bajó 27 kilós en seis meses ante las cámaras de televisión.

No tengo compasión con este programa. No me parece ni más inteligente ni más tonto que otros. El principio de es el mismo que el morboso voyeurismo de "Gran Hermano". La televisión de hoy la hacen las mentes más degeneradas y truculentas que compartían el patio del colegio donde nos educamos. Puedo reconocer las conversaciones en sus guiones. Increíble. Hay tipos que hacen dinero con esas cosas.

Admitamos que esto forma parte de nuestra globalizada sociedad. Que la televisión se ha convertido en esa compañía absorbente e indispensable de cada día (y no critico al aparato que es inocente, sino a los señores que programan en ella lo que obedientemente vemos). Pero cuando tu hija de siete años te dice que esta noche no se puede perder el show del festival de Eurovisión, algo está pasando. Bueno, "Operación Triunfo" alumbró una decena de cantantes que han vendido más discos que todo lo que ha vendido Plácido Domingo en España en su vida gracias a una potente campaña de marketing y publicidad.

Marta Sánchez se quejaba el otro día de que ella pasó años aprendiendo a cantar (es verdad, su padrino Alfredo Krauss, el desaparecido cantante lírico, la obligó a tomar lecciones de canto clásico junto con aprender a ponerse sostenes apretados) y en cambio estos chicos en seis meses ya están consagrados. Es la fuerza del destino, podría decirse.

La cosa es que Rosa ganó y ahora ha ido hasta Tallin, la capital de Estonia, ese pequeño país del Báltico vecino de Lituania, para cantar en Eurovisión, un festival que estaba tan devaluado como la OTI y que de pronto, en España, ha cobrado nueva vida.

Para entender esto debo explicar que la resucitada Eurovisión fue en su momento el único ejercicio democrático al que podían asistir los españoles durante la larga dictadura de Francisco Franco que duró casi cuatro décadas. El otro día, Pedro J. Ramírez, el director de "El Mundo", el diario al que pertenezco, hacía una lúcida reflexión al respecto. Las votaciones nacionales de Eurovisión fueron el aperitivo de la democracia española, allí se veía además, un anticipo de lo que después sería la vida parlamentaria con sus negociaciones, sus traspasos de votos, sus apoyo pactados, etc. Eso lo mamaron de niños los españoles que hoy mandan en su país. Fue también Eurovisión la primera oportunidad de los españoles de sentirse compitiendo en Europa cuando no eran parte de la Comunidad Europea. Era la ocasión de medirse con los estándares europeos que es como decir compararse con Alemania, con Francia, con Inglaterra, con grandes naciones que han sido faros de la Humanidad. Por eso cuando Massiel ganó con su "La—la—la—lá", en 1968 (¡qué año!) el país se vino abajo (ni comparable a cuando Fernando Ubiergo ganó la OTI).

Me hace gracia esta resurrección de Eurovisión porque, al final, las canciones que han pasado por ahí forman parte de la cultura universal. ¿Quién no conoce a Abba que ganó el certamen en 1974 con "Waterloo" y comenzó una triunfal carrera discográfica? Y ese mismo año 1974, una pequeña cantante australiana —Olivia Newton—John— representó a Inglaterra. O ese grupo llamado Mocedades que en 1973 representó a España con la canción "Eres tú" de Juan Carlos Calderón y que todo el mundo sabe tararear. ¡Y sabían que en 1988 una desconocida canadiense llamada Celine Dion representó a Suiza? Dion, con una voz portentosa, grabaría años más tarde la banda sonora de la película "Titanic". Y el histriónico Raphael que concursó en 1965 y 1966 o Julio Iglesias que fue en 1970 con el tema Gwendoline" o Sergio y Estíbaliz en 1975.

Pero lo de Massiel tiene gracia porque esa chica que ganó con esa canción tan tonta del "La—la—la—lá" y que representaba la ingenuidad en que Franco quería tener embebida a España en realidad era la concursante sustituta. Y sustituía nada menos que a Joan Manuel Serrat, a quien no le dejaron asistir al concurso porque se obcecó con la idea de reivindicar su lengua natal: el catalán. Fue todo un presagio de las tensiones nacionalistas que viviría España años después.

Una de las cosas increíbles ocurrió en 1979, cuando España era representada por la peruana Betty Misiego y le faltaba un voto para ganar a la canción israelí que venía en segundo lugar. En un alarde de fair play, los españoles, que podían haberse abstenido de votar a Israel y haberse garantizado el primer lugar, le dieron diez puntos (el máximo) a la canción israelí y se autoderrotaron.

Esta noche todos a ver la tele para contemplar qué hace Rosa, Rosa de España, la granadina gordita que es blanca pero con una voz negra impresionante, digna del mejor blues. Cantará una canción que es signo de los tiempos transculturizados que vivimos: "Europe's living a celebration". La canción no pasará a la historia, pero es lo que hay. La favorita es la canción sueca que —otra vez signo de los tiempos— cantan tres chicas negras.

Lo siento, pero ya comienza. Me voy a ver a Rosa de España. Y a oirla que es mejor.
¡Música, maestro!