Por John Müller

1.- UNA CULTURA ESTA MURIENDO...

Hacia 1600 todo el mundo en Europa estaba convencido de que la Tierra era el centro del Universo y que los planetas y el Sol giraban en torno a ella. Estaban tan seguros de ello como nosotros lo estamos hoy de lo contrario. Galileo y Copérnico se encargaron de demostrar que no era así: la Tierra giraba en torno al Sol. Los prebostes de la Escolástica fueron los primeros en percibir la herejía. Si la Tierra no estaba en el centro del Universo, el hombre no estaba en el centro de la Creación, cuestión que había sido dogma de fe durante siglos, y Aristóteles y Santo Tomás habían fallado en sus predicciones científicas y todo el sistema filosófico que había sostenido la "sociedad satisfecha" del feudalismo podía venirse abajo.

Las gentes de entonces se dieron cuenta de que algo chirriaba en todo aquello. A muchos les pareció que esto -en fin de siglo- sólo podía anunciar nuevos males y terribles cataclismos. Otros, en su desesperación, buscaron nuevas bases para edificar su sistema filosófico. Fue el caso de René Descartes quien, agobiado por la falsedad de todo lo que le habían enseñado, encontró la duda metódica.

Descartes fue, en cierto modo, el primer escéptico moderno. Hay que reconocer que las gentes de hoy son bastante más iconoclastas que las del Medioevo y van escribiendo por las paredes cosas como "si el sistema no funciona, hay que cambiarlo" o "Roldán, chorizo", pero también hay que admitir que muchos piensan que ante la llegada del fin de siglo, las sociedades modernas sólo pueden esperar nuevos y temibles males.

Aunque el título de esta conferencia sea "La sociedad satisfecha", yo creo que podríais permitirme el lujo de retocarlo por el de "La sociedad mutante" o, por lo menos, colocarle esta frase como subtítulo. Sinceramente desconozco si esta sociedad está más satisfecha que las anteriores. Los padecimientos actuales no son comparables a los de otros tiempos ya que son sustancialmente diferentes. El stress moderno a Marcel Proust le debía parecer un síntoma de tuberculosis. Además, cada sociedad ha sido conformista o rebelde a su manera. Por eso me parece más propio llamarle "sociedad mutante", porque de una cosa estoy seguro, esta sociedad no es igual que la de ayer y en modo absoluto se parece a la mañana. Además, por el despiste generalizado que reina, algo debe estar cambiando de manera radical aunque nosotros no nos demos cuenta.

No hace falta que os diga que hoy tenemos más televisores que nunca en la historia, más ordenadores, más teléfonos, más satélites y más máquinas depiladoras. Nuestra capacidad de asombro ante el cambio tecnológico ha superado cualquier umbral imaginable y, por eso mismo, ya nada o casi nada, nos llama la atención. Todas estas cosas están sumamente bien pensadas para que el hombre moderno tenga mayor bienestar. En una palabra: satisfecho.

Alguien me dijo una vez que todos los artilugios técnicos que se venderán en el mercado en los próximos 40 años ya están inventados desde hace tiempo y sólo cuestiones de marketing aplazan su debut en los escaparates. Sin embargo todos estos teléfonos móviles, picadoras de documentos secretos y maquinillas de afeitar están teniendo consecuencias terribles para los agricultores, los padres de familia, los sacerdotes, los maestros de escuela, los delincuentes y los periodistas.

La razón es muy simple y la enunció el filósofo canadiense Marshall MacLuhan hace más de 25 años: la cultura alfabética creada por la escritura está dando paso a la cultura mosaico creada por la imagen.

La imagen sedujo a los catedráticos en los años 60 hasta tal extremo que, como ocurrió en otros campos, se sacralizó su poderío y se exageraron sus consecuencias. Hoy son las madres las que exageran el poder de la imagen cuando critican el número de horas que sus retoños pasan ante la Nintendo o el PC. Ellas son incapaces de comprender, desde su mentalidad alfabética, los nuevos códigos de comunicación que se establecen entre el hombre y la máquina a tan temprana edad. Y no estoy hablando aquí de los que se "enganchan" al ordenador hasta altas horas de la madrugada. ¡El cambio es más que eso! Como advirtió MacLuhan no basta con limitarse a considerar las máquinas o los descubrimientos desde un punto de vista utilitario, pues tienen grandes e importantísimas consecuencias sociales e ideológicas.

La democracia moderna, por ejemplo, tiene una enorme deuda de gratitud con el invento del estribo (el ejemplo es de MacLuhan). Si no hubiese sido porque las tropas de Guillermo el Conquistador contaban con el avance técnico del estribo nunca habrían podido derrotar a Harold en la batalla de Hastings e Inglaterra no hubiera sido lo que es sin la invasión normanda.

Una prueba de que muchos insisten en adentrarse en el futuro mirando en el espejo retrovisor -la frase también es de MacLuhan- es ese documento identificatorio que cada uno de vosotros lleva en su cartera y al que un ministro del Interior rindió homenaje convirtiéndolo en documento de porte obligatorio: el DNI.

La prueba de que nos cuesta desprendernos de nuestra mentalidad alfabética es este documento. Se trata de un papel muy moderno con los datos básicos de cada uno, imposible de falsificar según la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. Pero no me molestan tanto los datos escritos como la huella digital. Resulta decimonónico seguir utilizando la huella digital cuando la huella genética ya ha servido como prueba para condenar a diversos delincuentes en Estados Unidos y cuando empieza a ser norma habitual utilizarla entre los peritos forenses de nuestro país. Además, la mayoría de los buenos ladrones usan guantes, pero no pueden evitar que se les caiga el pelo.

Volviendo a MacLuhan, el filósofo canadiense aseguraba como una de sus conclusiones fundamentales que "el medio es el masaje", es decir, que los diversos medios ténicos van moldeando nuestras mentes de una determinada manera. Y ahora, el predominio que desde hace décadas vienen ejerciendo los llamados "medios calientes" (aquellos que requieren una participación activa del receptor) han terminado por aflorar una nueva cultura: la del individualismo.


2.- LO PUBLICO CONTRA LO PRIVADO: LAS RAZONES DE LA CRISIS

Parafraseando a MacLuhan, podríamos aventurarnos a afirmar que la tan maltratada Generación de los años 60, la última que ha hecho un intento serio por ampliar el campo de lo público en la vida social, fue víctima de su propia inconsistencia al no percibir que un medio como la televisión -entonces en pleno desarrollo- iba a acabar con sus sueños.

Las sociedades actuales están marcadas por un proceso cuyo inicio, a nivel mundial, puede situarse entre las dos grandes crisis del petróleo (1973-1975) . Se trata del paso progresivo del interés por lo público al interés particular o privado. Este fenómeno, radicalmente inverso al que se registró en la década de 1960 cuando se echaron a volar los sueños más utópicos, marca un duro despertar para toda una generación. De las ilusionantes utopías sociales de los 60, se pasa a la recesión económica fruto de la crisis del petróleo; de la sorprendente Revolución cubana y del experimento socialista de Salvador Allende en Chile se transita hacia dictaduras militares que se multiplican por todo el globo; de la libertad en nuevas dimensiones del LSD se llega a los bebés minusválidos hijos de la Talidomida; del movimiento pacifista de Vietnam y Camboya se cae en las nuevas "guerras de baja intensidad" en Centroamérica y África.

Más allá de las grandes tendencias y los hechos míticos -Cuba, el mayo francés, etc.- que alimentan la imaginación -y, ahora, la nostalgia- de la que entonces era la generación joven más numerosa que ha pisado nunca la Tierra en toda nuestra Historia, son las opciones personales que se repiten hasta el infinito las que promueven este fenómeno: se trata de recuperar la intimidad, la familia, el núcleo más próximo, tras una década "prodigiosa" de apertura a los cuatro vientos, de volcarse hacia lo público casi de forma enfermiza y de mantener un diálogo de sordos en el plano ideológico.

De la misma forma que un joven-profesional-urbano norteamericano (léase yuppie) descubría, ya en los 80, que las Reaganomics (política económica neoliberal de Ronald Reagan) le permitía convertirse en un "Master of the Universe" sentado ante su ordenador conectado a la Bolsa de Nueva York y al Mercado de Futuros de Chicago, un importante dirigente del socialismo chileno que cumplió un papel protagónico en los años de Salvador Allende me reconocía, allá por 1987, que el parón político obligatorio al que le forzó la dictadura militar chilena le había permitido descubrir su intimidad y recuperar "el valor de la familia, de los hijos y de los amigos en un universo más manejable".

Este fenómeno, que en España se registra mucho más tarde debido a que la Transición Democrática exacerba el interés por lo público -lo político-, coincide en el tiempo con el primer decenio de Gobierno de Felipe González y, debido a una serie de condicionantes, adquiere características singulares.

Así, mientras desde el poder se envía como mensaje a la sociedad que el partido en el Gobierno es el único capaz de garantizar el valor de la solidaridad con sentido público, sus leyes y decisiones administrativas dan mayor impulso a los individuos y familias para que ejerciten sus opciones de forma individual, íntima, en todas las instancias de su vida. La declaración de la renta se hace personal y de alguna forma se penaliza la conjunta; los créditos son personales; Madrid se convierte en una de las capitales europeas donde más coches con un solo ocupante entran al centro cada mañana y en general se señalan en la agenda social muchos más asuntos que se resuelven desde la responsabilidad personal mientras que aquellos que se cumplen de forma colectiva van minimizándose o desapareciendo.

Más aún, desde un punto de vista estético podría decirse que desde el poder sólo se promociona una solidaridad calisténica -carrera contra la droga, fútbol contra la droga, marcha contra el terrorismo, etc.- que tiene su momento culminante con la vuelta a España de la antorcha olímpica en 1992. Las viejas marchas reivindicativas llenas de contenido -como el 14-D o las protestas estudiantiles- son desaprobadas desde el poder como actos de desorden público y satanizadas por la televisión que se solaza con los excesos de unos golfos.

El desfase histórico de España nos lleva también, en los 80, a la titánica tarea de construir el Estado de Bienestar (otro signo evidente de ampliar el campo de lo público) cuando en gran parte de los países de nuestro alrededor éste se halla en una profunda crisis. Baste como evidencia, la crisis total del Estado sueco, modelo a seguir en esta materia según nuestros gobernantes, a comienzos de los años 90 que lleva al poder a los conservadores y liberales que se encargan en estos momentos de desmontarlo. Situados ya en la recesión económica actual, nuestros expertos descubren que el Estado y sus compromisos son incapaces de sostenerse si la economía no crece a tasas mayores del 4% anual, cuestión que, como es evidente, nadie puede garantizar en un futuro próximo.

La colisión entre los intentos de ampliar en todos los campos el interés público frente a una sociedad crecientemente individualista y que busca el retorno a lo íntimo produce varios fenómenos que hoy están en candelero: la corrupción (aprovechamiento de lo público con criterio individualista), el clientelismo (aprovechamiento de lo público con criterio partidista) y la derrota de la sociedad civil (ruptura total entre las esferas de lo público y lo privado).

Estas contradicciones son las que hacen que con gran facilidad se oiga decir a los mayores de 35 años (que marcan el límite menor de la cohorte identificada con la Generación del 60 y de la Transición Democrática) que los jóvenes de hoy son más conservadores que lo que fueron ellos. A mí me parece que esta afirmación es falsa. Creo que la respuesta "macluhiana" sería que los jóvenes de hoy han nacido con el zumbido del aparato de televisión en el salón de casa.

Hace algunas semanas tuve la ocasión de hablar en Barcelona con Armand Mattelart, que dirige el doctorado en Comunicación en la Universidad de Rennes. Mattelart es el típico exponente de la Generación del 60 que ha ido encaneciendo con el tiempo aunque no le ocurre como a Regís Debray que ha decidido echar tierra sobre su pasado "rojo" desde que es asesor personal de Francois Mitterrand.

Mattelart, que vivió en Chile en la época de Salvador Allende, escribió junto con Ariel Dorfmann un librito delirante que se titulaba Para leer al Pato Donald, que en el fondo era una durísima crítica contra las historietas de Walt Disney a las que acusaba de transmitir a las mentes infantiles los estereotipos del capitalismo y de la burguesía norteamericana. Al margen de aquella aventura intelectual, me sorprendió la obsesión que Mattelart tiene actualmente con la televisión: la consideraba como la nueva Caja de Pandora y como un medio de comunicación tan poderoso que era capaz de manipular la voluntad de toda una sociedad.

En el fondo, Mattelart tiene razón en su crítica a la televisión ya que podría decirse que es este medio de comunicación el que derrotó los sueños y las aspiraciones de toda su generación. Aunque me pareció que él sigue poniendo énfasis en los contenidos -digamos que es la aproximación goebbelsiana a los medios de comunicación-, cuando lo que parece haber operado el cambio es el medio en sí como apuntaba MacLuhan.

Hay otra posible reflexión en este asunto si describimos el cambio desde los puntos de vista de los individuos y familias. Para ello me apoyo en el magnífico ensayo de Helena Béjar titulado La cultura del yo (Alianza Universidad, 1993), quizás uno de los escritos más provocativos de los últimos tiempos, donde queda de manifiesto el arraigado individualismo de las nuevas clases urbanas.

El proceso de alienación del gran grupo social o de la masa es similar en todos los estratos sociales y grupos de edades, sin embargo, si lo observamos por niveles generacionales podemos descubrir que aquella Generación del 60, que de alguna forma es la que gobierna ahora todos los campos de nuestra sociedad, lo admite con una gran dosis de culpabilidad, echándose las culpas del fracaso del proyecto colectivo, sacrificado, in extremis, en aras del bienestar o, simplemente, como "una evolución lógica del ser humano que madura" y ve con otros ojos aquellas pataletas juveniles.

La generación joven, en cambio, plantea el individualismo casi como una reivindicación frente a un excesivo predominio de lo público sobre lo particular. Así pueden oírse frases como "la política lo invade todo, hasta el deporte" o "toda la actividad social se reduce a la política". Esta actitud se une a un cuestionamiento del funcionamiento de los partidos políticos y a la renuncia al compromiso militante.

En síntesis, mientras a una generación le gusta decir que es de izquierda, pero le apetece vivir a la derecha, la otra no tiene complejo de fracaso y reclama su lugar en la sociedad y sus intereses. Esto podría justificar en parte los llamativos contrastes que se detectan en las encuestas de opinión cuando se pide a los ciudadanos que se autoposicionen en el espectro político (la mayoría lo hace entre centro-izquierda e izquierda).


3.- LA BRECHA GENERACIONAL

Las contradicciones que he enunciado son elementos que marcan una brecha generacional. Así, parece claro que el clientelismo y la cultura del subsidio están operando hoy como verdaderos obstáculos para la incorporación al trabajo de una generación joven que algunos consideran como la más cualificada de la Historia de este país.

Hay algunos expertos que sostienen que la nueva cultura del individualismo ha dado muerte a la sociedad civil y que está reñida con el valor de la solidaridad. Me parece una afirmación falsa. No hay país donde se exalten tanto los valores individuales como los Estados Unidos y tengo la impresión de que el movimiento asociativo allí es sumamente poderoso.

La derrota de la sociedad civil ha sido, más bien, una labor de zapa del Estado. La sociedad civil no puede articularse a golpe de subsidio sin evitar manchar con la impronta de los intereses del Gobierno de turno los propósitos del movimiento asociativo.

Afortunadamente, en el Estado español son muchos los que han leído a Goebbels y muy pocos los que han leído a MacLuhan, ya que si lo hubieran hecho y fueran consistentes con la política que han mantenido contra otras organizaciones emblemáticas de la sociedad civil -y en ellas incluyo desde los grupos ecologistas hasta las fenecidas radios libres- intentarían por todos los medios intervenir las bases de datos y comunicaciones que algunos fanáticos de la informática han instalado por su cuenta y riesgo. Creo que sólo en Madrid hay medio centenar de estas bases de datos y en ellas se produce una actividad social electrónica inusitada. Allí se compra, se cambia, se vende, se emprenden proyectos conjuntos, se ayuda a personas... etc.

Hay allí una sociedad civil electrónica a la que el poder no tardará en echarle el guante. De hecho, desde 1989, en EEUU ya existen normas por las cuales las ecuaciones matemáticas pueden ser patentadas y quedan protegidas por la Ley de Propiedad Intelectual. Existen grandes casas comerciales que ya han patentado como suyos los algoritmos desarrollados por Descartes y por los sabios griegos. Las ecuaciones, que eran patrimonio de la Humanidad, en EEUU han pasado a ser propiedad privada y existen grandes presiones para que la Unión Europea proceda de la misma forma.

Para que comprendáis cómo un proceso asociativo puede llegar a crear una sociedad civil mundial os relataré lo que ocurrió en la ex Unión Soviética en agosto de 1991. Las primeras informaciones que daban cuenta del intento de golpe de Estado contra Mijail Gorbachov salieron de la ex URSS mediante canales informáticos. No fue el ordenador de la CIA en Moscú, sino una red de ordenadores repartidos por todo el territorio soviético, operados por científicos y aficionados, que enviaron los datos fundamentales de lo que estaba ocurriendo. Fueron esos corresponsales interconectados los que también dieron a conocer los datos de las primeras manifestaciones contra los golpistas, información que Yeltsin aprovechó para obrar en consecuencia.


4.- LA GENERACION DEL FUTURO ES LA GENERACION DEL PASADO

Aunque yo soy optimista en cuanto a que las nuevas tecnologías "individualistas" permitirán el desarrollo de una sociedad civil global, hay que reconocer que aquí y ahora la labor de zapa del Estado y las nuevas actitudes juveniles están teniendo consecuencias nefastas. Son muchos los que se quejan de que no se oye a los jóvenes. Y es cierto, los jóvenes no tienen voz. De vez en cuando algún sociólogo se acerca a preguntarles su opinión y la convierte en estadígrafos. Las pocas veces que han hablado, sin embargo, ha sido para echarse a temblar. Basta preguntarle al presidente del Gobierno cuál fue el detonante para que adelantara las últimas elecciones generales.

Las grandes batallas juveniles hoy se libran en campos en los que la brecha generacional vuelve a hacerse presente y en los que las reivindicaciones les "duelen" a la generación en el poder. Así, ¿cómo no se va a seguir dando largas al tema del servicio militar cuando la actitud de los jóvenes objetores e insumisos es una amenaza "real" para las Fuerzas Armadas mientras que ponerles claveles a las bocas de los fusiles no era más que un gesto de cara a los fotógrafos?

¿Por qué se sigue abordando la lucha contra el sida con los mismos criterios pasados de moda con que se luchó contra el tétanos o la malaria? ¿Por qué se hace profesión de ecologismo cuando en realidad nadie tiene intención de conciliar los intereses de unos y otros en pos de un desarrollo sostenible?

Y así podríamos seguir toda la mañana. Yo no tengo las respuestas y está claro que la generación que está en el poder no las tiene. Espero que ustedes sí las encuentren.

Por último, hay una cuestión de agravios comparativos que quiero advertir ahora puesto que creo que es un problema que puede desarrollarse dentro de unos años.

Hoy, por primera vez en la historia de España, la generación del futuro es la generación del pasado. La generación del y con futuro es aquella generación perdida de la Guerra Civil que soportó tantos sufrimientos y que, por justicia, debe recibir recompensa del bienestar actual. Se trata de los mayores de 60 años, la impasible Tercera Edad a la que nadie parece haber prestado atención hasta que se ha descubierto su poderío electoral.

Los demás países occidentales que ya han superado el bache de natalidad que está atravesando España han sido capaces de dar algo más a los mayores que viajes del Inserso y residencias de ancianos. Han sido, por ejemplo, capaces de aprovechar ese capital humano que es la experiencia y el ejemplo socializador que tienen los abuelos sobre los nietos en la primera edad en actividades que redundan en beneficio de la sociedad como la transmisión de los valores de la urbanidad o la conciencia ecológica.

Como es fin de siglo los ministros sugieren terribles males como que la Seguridad Social no alcanzará para todos o como que cinco jubilados viven del sueldo de cada trabajador. También se sugiere que es la generación del pasado, que ya no tiene nada que perder, la que está decidiendo con su voto el destino de los demás. ¿Qué se pretende con esto? Fomentar acaso el egoísmo generacional y enfrentar a abuelos y nietos por una mísera pensión. El mecanismo de pensamiento que opera detrás de estas afirmaciones es el mismo que subyace en la justificación más popular que hay en España para rechazar a los inmigrantes: vienen a quitarnos nuestros puestos de trabajo.

Así como hay que desbloquear los mecanismos trabados de nuestra economía que impiden el acceso al trabajo de los jóvenes hay que darles un papel a los mayores en nuestra sociedad que vaya más allá que la mera succión de sus votos en el momento oportuno.


5.- ESTA GENERACION NO TOMARA LA COLINA DE LA HAMBURGUESA...

Ha llegado la hora de abordar el tema resumen. Ni el retorno a lo íntimo, ni el individualismo, ni el fracaso de la Generación del 60, ni la influencia de los medios de comunicación pasará a los libros de Historia con grandes titulares, aunque quizás si ocupen un párrafo. El hecho que pasará a cerrar el capítulo del siglo XX será el fin del conflicto ideológico materializado en el enfrentamiento entre las dos superpotencias: EEUU y la URSS.

El siglo XX ha estado dominado -y aquí gloso a sir Isaiah Berlin- por dos fenómenos: el progreso de las ciencias, de un lado, y la Revolución Rusa, por el otro. Según el sabio británico de origen letón, ambos son producto de la ideología dominante en el siglo XIX: la convicción de que la humanidad estaba abocada al progreso y de que este progreso debía ser organizado. Dicha afirmación hunde sus raíces en el idealismo platónico y en el concepto de identificación del hombre con el Estado que existía en la polis griega. La idea fue más tarde recogida por Hegel y traducida en términos políticos se puede enunciar como que la generación presente puede y debe ser sacrificada con el fin de garantizar el bienestar de las generaciones futuras.

Así, generaciones enteras de soviéticos se sacrificaron en pos del ideal del comunismo y las juventudes occidentales quedaron diezmadas en una guerra mundial para garantizarle el disfrute de la democracia a sus hijos.

Los gobiernos siempre han tenido un argumento para sacrificar a la generación presente en favor de las venideras, siempre ha existido un objetivo: para algunos fue tomar la Colina de la Hamburguesa, para otros la construcción de una economía de bienestar. Hoy, en Europa, por primera vez en este siglo, a la generación joven no se le ha marcado ningún objetivo, no se le ha pedido que tome ninguna colina ni se le exige que se sacrifique por nada que vaya más allá de sus capacidades reales.

Eso explica por qué muchos se sienten huérfanos de ideales. Cito a Berlin: "Cuando oigo decir que la juventud tiene necesidad de un ideal, suspiro. Este famoso ideal no sirve más que para reemplazar al conocimiento y a la responsabilidad individual. Es verdad que a la juventud occidental actual es la primera desde hace generaciones a la que no se le pide que se sacrifique por algo: ya no hay causas. Pero la libertad nunca tiene muchos amantes... muchos menos que el espíritu de sistema".

Berlin exagera. Hoy, a diferencia de antaño, se ha dado una constelación de factores que permiten augurar una nueva sociedad mucho más participativa. Pero para que las personas puedan aportar algo a esta nueva sociedad hay que relajar las rígidas barreras que pretendidamente buscaban garantizar un espacio a la sociedad civil y concebir nuevas formas de participación y que han acabado por marchitarla.

La libertad no requiere sistemas ideológicos, le basta con valores para desarrollarse en plenitud. Valores que suenan a rancios como la honestidad y la solidaridad entre los hombres -que se trasuntan en cuestiones simples como que la Administración funcione y los teléfonos no fallen, o que se cobre lo justo por el servicio recibido-. Estos valores siguen estando hoy tan vigentes como ayer pese a que las ideologías hayan sucumbido.
La sociedad satisfecha,
la sociedad mutante