Por John Müller

Hace ya casi un año que Andrés Mata Osorio, propietario de
El Universal de Caracas, me pidió que me hiciera cargo de poner en marcha una serie de cambios en su diario en el marco de una vasta reforma con implicaciones empresariales y periodísticas. Como yo también formé parte del equipo de consultores que la empresa Innovación Periodística reunió para planificar esos cambios, he vivido la experiencia por casi todos los ángulos posibles.

El único ángulo que yo no he vivido es el del propietario. Ese tendría que contarlo Mata, aunque me imagino los numerosos instantes de zozobra y depresión cuando las cosas no han marchado bien y, sobre todo, reconozco su valor, entusiasmo y visión de futuro a la hora de decidir cambiar muchas cosas que llevaban 87 años haciéndose de determinada manera.

Mi primer contacto con
El Universal fue como consultor periodístico externo. Debo decir que, viniendo desde España y desenvolviéndome en un medio tremendamente competitivo como el de la prensa madrileña, me horrorizó aquel diario jurásico que se hacía en Caracas. Su diseño era detestable y el castellano que se usaba en sus páginas no lo entendía. También me molestaba muchísimo la forma en que se presentaban las noticias. Muchas veces la noticia estaba en el penúltimo párrafo o el título no concordaba con el contenido. Había otra multitud de detalles que denunciaban a gritos que algo andaba mal. No había ninguna valoración de la información gráfica y la jerarquización de noticias no existía.

También debo decir que como consultor nunca llegué a percibir en toda su dimensión los numerosos problemas y condicionantes locales que podían oponerse al cambio y que de alguna manera estaban detrás de todos esos elementos que yo percibía como gigantescos defectos.

Después de ver el entusiasmo de un grupo de jóvenes periodistas venezolanos a quienes Marta Botero, Carlos Soria, Juan Antonio Giner, Barry Sussman y yo les dimos un cursillo de entrenamiento en agosto del año pasado, Andrés Mata Osorio me tentó para quedarme en Caracas. Y yo, tras pensarlo casi un mes y convencer a mi esposa, acepté.

El día que aterricé en Caracas, el diario daba cinco veces la misma foto en su edición de esa mañana. Dos días después, también había una foto repetida, pero esa sólo estaba tres veces.

Lo primero fue tomarme los primeros quince días para hablar con todo el mundo, conocer la estructura y saber cómo diablos estaban produciendo ese diario. Entonces comenzaron a aparecer cuestiones increíbles en las que no entraré con mucho detalle, pero les garantizo que todos los problemas, defectos y errores que había en el diario tenían su justificación en rancias costumbres, órdenes malinterpretadas o tradiciones obsoletas.

Para empezar, la redacción estaba escindida en cuatro grandes áreas, cada una al mando de un jefe de sección o departamento. Uno de ellos, que dirigía la sección de Política, ejercía de "primus interpares" y era responsable de la confección (diseño) de la primera página del diario. Otro gobernaba las secciones de Economía, Ciudad y Equipo de Investigación. Otro era jefe de Deportes e Hípica y un cuarto comandaba la sección de Internacional y Cultura y sustituía al "primus interpares" en sus días de descanso.

No existía ninguna instancia de coordinación y muchos menos un espíritu de cooperación entre ellos. Tampoco había crítica, puesto que el menor comentario era visto como un ataque o intromisión en el área de otro. Al mismo tiempo, aunque de esto no tengo pruebas, era obvio que existía una feroz competencia por hacerse con la dirección del diario, al menos entre tres de ellos.

Todo esto se tradujo en un pésimo ambiente en la redacción. Periodistas desmoralizados, sin instrucciones específicas, malas costumbres profesionales, ausencia de una relación de aprendizaje y crítica entre las capas inferiores de la redacción y sus superiores. Vamos, aquello era la perfecta incomunicación dentro de un medio de comunicación.

Al mismo tiempo apareció un documentito que cayó como una losa sobre cualquier proyecto de cambio: el convenio colectivo de la redacción, casi tan antiguo como el diario mismo, y convertido en objeto de veneración sindical y gremial. Se establecían allí cuestiones tan absurdas como los horarios de los periodistas de diferentes secciones. Era curioso que los de Internacional trabajaban un día y descansaban otro. Un artículo era realmente de risa: venía a decir algo así como que si un jefe encargaba a un determinado periodista un trabajo especial no podía exigirle que cubriera responsablemente la fuente informativa a la que estaba asignado.

Ese convenio colectivo era el compendio de la negligencia, incompetencia e irresponsabilidad de quienes habían mandado por años en esa redacción desde el más alto nivel. El último artículo que he citado existía (luego me lo explicarían los sindicalistas) porque en una ocasión un jefe había ordenado tareas especiales a un reportero y después le dijo que estaba despedido porque no había dado cobertura a las noticias de tribunales que era su sector informativo habitual. Obviamente, el reportero no tenía el don de la ubicuidad, con lo cual hay que pensar que esa fue la absurda encerrona de un mal jefe. Y ante tal despotismo, la redacción se protegió con una cláusula sindical.

Todo estos elementos habían terminado por conformar una redacción donde la ineptitud parecía ser la norma y donde yo descubrí a mucha gente que quería hacer bien las cosas y sentirse orgullosa de su trabajo, pero no encontraban la forma de romper ese círculo vicioso.

Lo primero fue reorganizar la plantilla de manera gradual. Hice varios nombramientos, comencé a contratar a nuevos periodistas, cambie de asignación a varios de ellos e intenté transmitirles nuevos criterios.

Además, se crearon instancias de coordinación y resolución de problemas. Una reunión de planificación y crítica por la mañana y una para decidir la primera página en la tarde. Acto seguido, proclamé una política de puertas abiertas intentando transmitirles así la cultura de una redacción donde todos pueden hablar con todos, tratar cualquier problema porque no existen "tabúes" e intercambiar información que siempre termina enriqueciendo las historias.

Aquellos primeros días, cada mañana había un desmentido. Los periodistas ya tenían un eufemismo para referirse a ellos y los llamaban "aclaraciones", pero en realidad eran desmentidos en toda la regla. A eso se sumaba la auténtica jungla idiomática en que estaban escritos los textos. Yo me acordaba en ese momento que con Marta Botero les habíamos dicho hasta el cansancio que "la pirámide invertida había muerto" y muchos de ellos tenían la osadía de decir -cuando uno criticaba lo mal puestas que estaban las comas- que aquello era "nuevo periodismo". Me imagino que Truman Capote habrá dado varios respingos en su tumba.

Como no hay peor error que el que no se repara, me armé de valor y mandé a todos a escribir en pirámide invertida con la mayor precisión lingüística posible. En segundo lugar, para evitar el aventurerismo informativo, les dije claramente que no me importaba dar noticias exclusivas ("tubazos" le llaman en Venezuela). Me comprometí públicamente a no despedir a nadie por haber sido víctima de un "scoop" en su área informativa. Insistí en que prefería dar las noticias tarde, pero darlas plenamente confirmadas. Así se desincentivó la famosa "cultura del tubazo" que tanto daño y tantos desmentidos o "aclaraciones" provocaba, dañando la credibilidad del diario.

Un estudio de una compañía de tabacos me ayudó en el siguiente paso. El informe señalaba que el 85% de las informaciones del diario sólo procedían de una sola fuente. Pues, bueno, la contrastación fue la siguiente norma y comencé a rechazar todos los artículos donde no se había hablado (o por lo menos intentado hablar) con las partes implicadas.

A estas alturas, la plantilla ya había crecido en un 30%. Aunque tampoco es tan cierto que fuera así, porque existían numerosos problemas empresariales que hicieron que no me pudiera enterar de cuál era la plantilla contratada hasta que pasaron tres meses. Así y con todo, seis meses después descubrí a gente que estaba en plantilla y no me lo habían comunicado. Fueron días en que uno abría el armario y aparecía un contratado nuevo con el que no se contaba.

Al final, la empresa, que al parecer tenía contratados periodistas bajo diversas razones sociales para protegerse de una eventual acción sindical, decidió unificar a toda la redacción en una sola empresa. Allí, por fin, supe cuál era mi plantilla y con qué contaba.

De paso creamos una nueva sección y distribuimos más racionalmente el trabajo, porque era ilógico que alguien controlara áreas tan sensibles como Economía y Local que proporcionan tanto trabajo y requieren de tanta seguridad a la hora de abordar sus temas.

Después me dediqué a ofrecer charlas semanales a todas las secciones con el fin de entusiasmarles, ponerles en antecedentes de hacia dónde iba el diario y difundir entre ellos algunos conceptos básicos que me parecían imprescindibles para que el proyecto saliera adelante.

Simultáneamente la empresa consiguió poner fin al convenio colectivo, pero inmediatamente el sindicato hizo valer sus derechos y planteó uno nuevo en el que exigió mi presencia. Afortunadamente, la gente del sindicato se portó espléndidamente. Comprendieron el proyecto, le explicamos lo que queríamos hacer y redactamos un nuevo convenio ya no basado en la desconfianza, sino en la mutua aceptación de nuestros intereses. Debo decir que encontré en estos sindicalistas una gran comprensión y disposición al diálogo, pese a que Venezuela ha pasado un año muy duro en el terreno económico que ha golpeado a todos los grupos sociales.

Hoy estamos cerca del Día-D y la Hora-H y creo que aunque no hacemos todo como a mi gustaría (y ya he llegado a la conclusión de que pasarán dos generaciones antes de que lo hagamos), me da la impresión de que la puesta en marcha de los cambios que hemos planificado para
El Universal ahora son posibles. Hemos arado muchas horas durante este año para conseguir que la tierra esté en disposición para hacer fructificar un diario renovado.

Lo único que nos falta es ultimar el nuevo traje gráfico que utilizará este diario en su nueva etapa. Pero sobre la estructura organizativa que le hemos dado a la Redacción y sobre los principios que la inspiran, El Universal está condenado a seguir evolucionando y mejorando cada día en precisión, redacción, presentación y lealtad hacia sus lectores.

Quisiera agregar unas reflexiones dispersas sobre esta experiencias que yo creo que pueden ayudarnos a todos:

1.- Las enseñanzas de Sócrates: Sócrates fue uno de mis filósofos favoritos en las primeras etapas. Una de las primeras distorsiones que percibí en la prensa venezolana y en sus periodistas eran las enormes ganas no de contar lo que había sucedido, sino lo que ellos opinaban sobre lo que había sucedido. También ocurría que muchas veces uno preguntaba algo sobre lo que estaba sucediendo por ejemplo en un conflicto jurídico y los periodistas, como si estuvieran obligados a saberlo todo, respondían ellos elaborando complicadas teorías legales de las que no tenían idea sin molestarse por consultar a un especialista o experto que sin duda lo sabía.

Estas actitudes se han ido superando recordándoles que la virtud del periodista ha de ser la misma que la de Sócrates: admitir la ignorancia y preguntar a todo el mundo cuando no se sabe.

2.- La conspiración del rebaño: Mis redactores me miraron con sorpresa cuando les pregunté si en una rueda de prensa de alguien llamado, por ejemplo, Shalikashvili, se atreverían a pedirle que deletreara su nombre. La mayoría, con aire de suficiencia, dijo que jamás se les ocurriría plantear una pregunta tan intranscendente. Más tarde confesaron que sus compañeros se burlarían de ellos. El resultado de esa actitud de soberbia periodística es que el pobre señor Shalikashvili se llama, al día siguiente, Chalicasvili o Chalikasfli y a ninguno de nuestros periodistas les incomoda lo más mínimo su mal proceder.

Una de las razones de esta soberbia periodística repotenciada es el rebaño gremial que se forma cuando uno o varios medios de comunicación asignan fuentes informativas fijas a sus reporteros. Este procedimiento es inevitable para ordenar el trabajo, sobre todo en países donde la falta de una buena red de agencias noticiosas locales que suministran la información "de trámite" (ruedas de prensa, comunicados de ministerios, etc.), obliga a realizar la cobertura básica desde los periódicos. Sin embargo, ahora ya tenemos identificado este problema y me sentiré contento el día en que uno de mis reporteros pregunte su intrascendente nombre a un diplomático extranjero.

3.- La maldición de la grabadora: Una de las tareas más arduas ha sido luchar contra la grabadora. He descubierto que en cuanto se enciende la luz roja que indica que la máquina está grabando, se apaga el cerebro del periodista. Muchos de nuestros periodistas practican lo que yo llamo "periodismo calisténico". Es decir, reciben una orden, bajan corriendo las escaleras, montan en un vehículo, llegan al Ministerio o edificio donde está la "fuente", encienden la grabadora, apagan el cerebro mientras se dedican a forcejear con los demás brazos que sostienen micrófonos y grabadoras luchando por estar más cerca del personaje que declara, apagan la grabadora, corren escaleras abajo, toman el auto de regreso al diario, suben a la carrera las escaleras y cuando entran por la puerta yo suelo preguntar: "¿Y que dijo el ministro? Su respuesta es invariable: "Un momento que tengo que des-grabar".

Bueno, poco a poco, hemos ido desterrando estas prácticas, pero resulta difícil que un cerebro oxidado y acostumbrado al mínimo gasto de energía arranque como un motor perfectamente engrasado. Pero los resultados, créanmelo, son alentadores.

4.- La ruptura de la tradición: Uno de los problemas más graves en El Universal es, a mi juicio, la ruptura de la tradición profesional o de lo que yo también llamo la cultura de una redacción. Por múltiples razones, en el diario tenemos unos pocos supervivientes que bordean los 60 y más años, y un gran volumen de periodistas que no pasan de los 35 a 40 años. Claramente falta una generación completa. Mientras un grupo afirma que los jóvenes son ignorantes y mal preparados, los otros dicen que los viejos son unos saurios inmovilistas. Ni lo uno ni lo otro es verdad. De hecho, yo he hablado largas horas con los mayores y los criterios profesionales básicos, los principios de gestión de una redacción, son absolutamente conocidos por ellos. El problema es que no han sabido transmitir esos principios al resto de la redacción. Gran parte de nuestras energías están destinadas a intentar solucionar este problema.

5.- Una razón para existir: Es fundamental para crear confianza en una redacción establecer reglas claras. Al pasar de una estructura que podríamos definir "de ordeno y mando" a una basada en la cooperación, es necesario dialogar mucho y muy frecuentemente. Resulta absurdo que en un diario no se dialogue, no se reflexione o se razone sobre las cosas. He dicho a mis periodistas que no me importa que tomen una decisión equivocada si tienen al menos una razón válida o que ellos creyeron válida para haberla adoptado. Así los hemos obligado a pensar en su trabajo y discutir con argumentos en la mano. Sé positivamente que la redacción se siente mucho más libre para abordar en el diario los diferentes temas que les inquietan y que ellos creían "censurados".

6.- No nos comunicamos: La cantidad de desviaciones y absurdos que he descubierto por la mala comprensión de una instrucción es increíble. Si el director o el propietario dice que "se debe ser cauteloso" con una determinada noticia, eso no significa que sobre esa cuestión no se puede publicar nada porque "al director le molesta".

Afortunadamente, la imposición de criterios básicos, ayuda bastante a ir clarificando en que terreno se está moviendo cada uno.

Para el cambio ha sido fundamental comunicar continuamente con los redactores. Me he cansado de mandar memorándums indicando instrucciones precisas y apenas existe algún motivo para hacerlo, explicamos en las reuniones con los editores cómo marcha el diario y para dónde vamos, con la idea de que ellos lo expliquen a sus redactores subordinados. El plan de vuelo que seguiríamos fue lo primero que se explicó, pero el trabajo de refuerzo en las reuniones habituales de redacción es fundamental.

7.- La esencia de un periódico: Reformar un diario no es tan fácil como crear uno nuevo, sobre todo si se trata del periódico con más tradición y solera de un país y que todo el mundo percibe como "conservador". Debo decir aquí que esa percepción nos falló durante la fase de consultoría pues se hicieron propuestas realmente audaces que con el paso del tiempo me parecen impracticables. Yo he participado en la fundación de dos diarios en mi vida y nunca fue tan difícil como en este proceso de reforma de uno que ya estaba fundado hace 87 años. Las inercias que existen y las decisiones difíciles que se deben adoptar complican todo el proceso.

Yo creo que si uno es capaz de captar la esencia de las cosas, el éxito tiene que sonreírle.
El Universal es un diario conservador, del "establishment", que es percibido como un estupendo vehículo comercial y publicitario. En realidad, está llamado a ser el gran diario de Venezuela, esa es su vocación. Ninguna reforma puede apartarse de ese camino. Al contrario, debe revitalizar esos puntos fuertes y aprovecharlos para asentar las cabezas de playa de cualquier innovación. El Universal, por ejemplo, no puede ser una revista pop, pero si puede regalar una cada semana.

Conocer la esencia de las cosas no significa someterse a los intereses espurios que intentan bloquear el cambio. Conocer la esencia de las cosas significa que en la medida que nuestra información sea más solvente, más contrastada, más interesante, mejor escrita, mejor ilustrada, nuestros puntos fuertes se verán repotenciados. Y si logramos crear un estilo propio con el que tratar las nuevas temáticas que hoy se aprecian sólo de modo incipiente en el diario, sin duda que podremos contentar a nuestros lectores de siempre y captar a otros nuevos.

A mi juicio, la esencia de un diario es informar de la manera más responsable posible. Aquí no caben los intereses empresariales ni políticos.

8.- El desafío tecnológico: Al llegar a El Universal, existía una red informática basada en el antiguo sistema Atex. Yo creí que la redacción escribía y montaba en página directamente. Cual fue mi sorpresa al comprobar que en realidad las usaban como máquinas de escribir y no se montaba nada electrónicamente, sino que las crónicas se enviaban a una impresora y el procedimiento seguía la rutina del siglo pasado. Pagué el noviciado una noche que quise cambiar un subtítulo en la primera página. Ese cambio que en El Mundo de Madrid no hubiera tomado más de un minuto, en El Universal tomó casi una hora.

A esto se sumaba el hecho de que como los periodistas no querían trabajar en el Atex, los expertos informáticos sólo tenían diseñada una pequeña red que daba servicios al taller de montaje y composición, y a publicidad.

Además, nadie sabía a ciencia cierta cómo funcionaba el sistema Atex ni qué podíamos hacer con él. Todo se complicaba por las noticias de que Atex era una empresa en decadencia y no se encontraban instructores ni repuestos.

Afortunadamente, el nuevo editor gráfico del periódico se metió a fondo en el problema y descubrió una manera a través de la cual podíamos comenzar a hacer páginas en ese rudimentario sistema. Apenas comenzamos a incorporar secciones, todos los fusibles saltaron y aquello se convirtió en un permanente tira y afloja entre el Departamento de Sistemas Informáticos y la Redacción. Ahora tenemos casi todas las secciones del periódico introducidas en Atex. Hemos sufrido lo indecible con desperfectos, caídas del sistema, cortocircuitos, un interface nada amable y primitivo, pero parece que por fin el Departamento de Sistemas parece haber entendido lo que hay que hacer.

Todavía seguimos teniendo problemas, pero creo sinceramente que la parte más dura ya la hemos superado. Debo elogiar la capacidad de adaptación de unos periodistas que durante siete años tuvieron el Atex arrinconado en los talleres y que, sin embargo, convencidos con buenos argumentos, se volcaron absolutamente en pos de un trabajo bastante arduo en un tiempo récord.

9.- Rectificar es de sabios: Ya hablé del eufemismo de las "aclaraciones". Un buen día, comuniqué a la redacción que éstas se habían acabado, así como se habían acabado las "entrevistas-compensatorias" con las que se pretendía contentar a gente que por un mala conducta informativa habían resultado agraviados o su versión no había sido consultada. A cambio, creamos una sección de Fe de Errores donde reconocemos hidalgamente nuestras equivocaciones.

Curiosamente, los periodistas nunca se han quejado de la existencia de esta sección. Los que se quejaron fueron gerentes y vicepresidentes de otras áreas del diario que argumentaron que esa sección (que en algunas épocas está especialmente nutrida) desprestigiaba al diario. Seguramente ellos preferían seguir con la tradición de la prensa caraqueña actual consistente en no rectificar nunca sus "exclusivas" ("Tubazos", que luego resultan falsos o medias verdades). Yo, sinceramente, no podría dormir tranquilo. He visto competidores que han cumplido una semana entera publicando informaciones incorrectas cada día. Ellos reciben desmentidos y rectificaciones como las recibimos nosotros, pero no las publican. Y si meten la pata en grande, entonces acuden al expediente nada profesional de compensar con una entrevista al agraviado.

Un día nosotros metimos la pata a lo bestia. El editor de economía y el jefe de información intentaban publicar un título llamativo basado en unas declaraciones del ministro de Cordiplán, Teodoro Petkoff, la nueva "estrella" del gabinete del presidente Rafael Caldera. Al final, de tanto "sacarle punta" a las declaraciones de Petkoff terminaron publicando un título completamente manipulado, que iba entre comillas, que mezclaba ideas de dos párrafos diferentes y que, para colmo de males, iba valorado como segundo tema del periódico.

Aquella noche yo no vi la primera página y al día siguiente, nada más ver el título y recordando cómo había sido explicado el tema en la reunión de primera página, tuve claro que sería un día difícil. Me leí la crónica y no encontré el título en ninguna parte Justo cuando pensaba como deshacer el entuerto, el ministro llamó y muy claramente planteó lo ocurrido. No pidió nada, pero yo le ofrecí rectificar, puesto que me parecía la única forma de corregir el mal causado. Hablé con mis jefes de información y preparé una rectificación que pusimos destacada en la primera página. Muchos se resistieron y les pareció exagerado proceder de esa manera. Pero insistí.

Esta decisión provocó conmoción en la prensa local. Creo que fueron más las felicitaciones y cartas de adhesión que recibimos en esa semana que las críticas. Un mes después y para que vean que todos estos cuentos tienen un final feliz,
El Universal recibió el Premio Nacional de Periodismo y el jurado, en su veredicto, citó, entre otros esfuerzos, nuestra rectificación en primera página como un ejemplo a seguir.

Creo que ese fue un justo premio a un hecho muy simple: nuestra vocación por transmitir la verdad de las cosas tal como es. La única forma de garantizar a los lectores que sentimos una preocupación casi ontológica por la verdad es saber rectificar a tiempo sin que a nadie se le caigan los anillos.

10.- La excusa de la política editorial: Cuando llegué al diario, la primera pregunta que surgió en la asamblea de redacción en que Andrés Mata Osorio me presentó a los periodistas fue si yo iba a cambiar la línea editorial. Yo me quedé traspuesto, porque El Universal no tiene editorial, quizás si mi interlocutor hubiera preguntado por la línea de publicaciones o la pauta informativa lo hubiese entendido, pero ¡la línea editorial! Después descubrí que la línea editorial era la gran excusa de todo el mundo para seguir haciéndolo mal. Era una forma de traspasar a la empresa las culpas de su frustración personal o la baja calidad del producto.

La única forma de destruir este argumento venenoso y paralizante es hacer reflexionar a la gente y preguntar qué tiene que ver la línea editorial con los textos mal escritos, mal titulados, las fotografías desenfocadas, los gráficos incorrectos, las afirmaciones inexactas, la falta de contrastación y la pobreza informativa.

Quisiera decir, por último, que los periodistas de
El Universal se han convencido de que el cambio no es un mero cambio de diseño o de contenidos informativos. Si esta aventura sale adelante será porque se han convencido de que cualquier cambio siempre pasa por el individuo, por ellos mismos individualmente considerados. No existen realmente los cambios colectivos impuestos desde arriba por muy ilustrados que sean los dirigentes. El cambio es una opción personal. Cada uno debe convencerse de que sus informaciones pueden ser mejores, más correctas, mejor escritas, más profundas. Que sus fotografías pueden ser técnicamente mejores. Que sus diseños pueden ser más claros y armónicos.

Recuerdo que Albert Camus decía en La Peste que el problema es que "la peste la lleva cada uno dentro de sí". Pues aquí ocurre lo mismo, el cambio está en cada uno de mis periodistas. Y si resulta será exclusivamente mérito de ellos.

Caracas, septiembre de 1996
La organización de las
redacciones para el cambio
(El proceso vivido en El Universal de Caracas)