28 - NOMBRES PARA LA MUERTE

 

por  MARCELO DE LEÓN

 

 

 

 

Los egipcios no llegaron a elaborar un con­cep­to perso­nificado de la muerte, con un ser angelical o diabólico o por lo menos lúgubre como ocurrió con otras culturas.  Los grie­gos tuvieron sus Moiras o Parcas (Cloto, Laquesis y Atropos), hila­doras de los destinos de los hombres y, por consiguiente, conocedoras de la duración de cada vida (emparentadas, sólo por esto último, con las Siete Hatores), pero también tenían a Tána­tos y las repelen­tes Keras como representacio­nes de la  muerte.  Ésta fue Orco para los romanos.  Pero para los egipcios no hubo una Parca que cortaba el cordón de toda vida.  No hubo una horrible criatura de rostro cubierto de culebras, como para los etruscos, ni conocieron nada similar a macabras figuras de esqueletos vestidos con túnicas negras y portadoras de hoces, dispuestas a segar vidas sin más, imágenes que pululan hoy en nuestra sociedad occidental y cristiana como resabios de manifestaciones paganas frente al temor a lo inevitable.

           

Los egipcios no creían que entre los divinos seres uno tuviese tan triste rol sino que para ellos eran esas mismas entidades o algunas entre todas o sus emisarios, quienes ponían fin a la existencia.  No inventaron una divinidad para el fenóme­no: sus concepciones fueron más elevadas y ésta es una más de las tantas peculiaridades de la religión egipcia, conviviendo entre una simbiosis férrea de zoo y antropomor­fismo arraigado -heredado de los tiempos antiguos- y una espiri­tualidad evidente.

           

La muerte era omnipotente, hasta el punto de que incluso un dios sucumbió a ella (Osiris).  Quizá por esto los escri­tos tantas veces recurrieron a eufemismos para aludir a ella, en lugar de encararla nombrándola directamente.  Quizá fuese el temor ante lo que no tenía remedio, quizá sólo respeto, tal vez una dulcifi­ca­ción o “suavizamiento” de lo que implicaba.  ¿Cuáles fueron esos rodeos del lenguaje?  Varios, a saber:

 

Una pseudo-materializa­ción que puede suponerse hecha con fines literarios exclusivamente, dotaba a la muerte de animación: "Cuando quiera tu Mensajero arrebatar­te..."(Any).[1] O: "La muerte, '¡Ven!' es su nombre, y llama a cada uno a sí."[2]

           

La lengua egipcia encontró también otras bellas formas para identificar el fin.  La inspiración la tuvo ora en la simple obser­vación de la muerte física, ora en lo que las creencias dictaban.  En cuanto a lo primero, obsérvese cómo mencionaron los "Textos de las Pirámides" la muerte del rey Unas: "He aquí, cuando él estaba allá/ en la Tierra/, le era robada su respira­ción de su nariz:/ Y así fue llevado al fin de su período de vida."[3]  En épocas posteriores se reiteró la iden­­­­­­tidad entre respirar y vivir, primera y básica observación de un ser humano o de una bestia animados para saber si lo se­guía siendo.  "Aparta tu brazo de Ankhoru, a causa de Fa­raón, su padre, pues él es la respiración de éste" ("El ciclo de Petu­bastis").[4]  La estela llamada "poética", de Tutmosis III, puso la misma metáfora en boca de Amón-Ra: "He privado sus narices del aliento de la vida".[5]  Un concepto más sim­ple en materia de simbo­lis­mos apare­ció en el mismo cuen­to de Petu­bastis: "¡(...) yo te infligi­ré ensegui­da el mal co­lor!"[6]  De la sencilla observación de la palidez cadavérica resultó una original amenaza de muerte.  Con simi­lares crite­rios de obser­vación de cuerpos inanimados, también fue emplea­da la perífra­sis en el cuento de "El rey Jufu y los magos": "La vejez es de ordina­rio (...) la puesta en vendas, es el retorno a la tie­rra".[7]  La diferencia es que en este caso se contemplaron los ritos funerarios practi­cados, es decir la momificación y la inhuma­ción.  Similar realismo se empleó en el "Libro de los Muer­tos", cuando el difunto hablaba así a Osiris: "Para verte se incorporan los que bajo el polvo ya­cen"[8]; o al denominar a los fallecidos como "los habitan­tes de los ataú­des".[9]  Y el dios por exce­lencia de los fallecidos, Osi­ris, fue cono­cido -entre otros nombres- como aquel "cuyo corazón está calla­do"[10];  es decir, cuyo corazón no la­te.

           

A la busca de conceptos no tan fríos, tan atentos a la reali­dad del funcionamiento orgánico o a la sepultura, pero ligados aún a una comprensión del morir desprovista de elucu­braciones metafísicas, en la semejanza entre fallecer y dormir aparecería una solución.  Esa observación del cuerpo inerte, sin fuerzas, como el de aquel que dormita, ya fue hecha aparente­mente en tiempos prehistóricos, en los períodos neolítico y eneolítico.  Las tumbas halladas y datadas en ese período contenían cuer­pos sepulta­dos en posición de reposo, fetal, cubiertos muchas veces, como dis­puestos a un largo sueño.  Pero no es posible ir muy lejos en las conclusiones acerca de aquel tiempo, por la ausencia de material documental más revelador.

           

De la aceptación del largo sueño pueden ser resabios los nombres dados frecuentemente a un dios o a la sepultura misma.  Osiris, en el cuento "El oasita elocuente", fue recordado como "señor del silen­cio" y "el silencioso"[11], aludiendo eviden­te­mente al cese de las facultades físicas (como el habla) que acarrea el deceso.  Asimismo, la necrópolis de Tebas -que guardara a los reyes de la Dinastía XVIII- recibió el nombre de "Valle del Silencio" y Any en sus consejos se refirió a la tumba como "lugar de la quietud".[12] Para escudriñar en la vida después de la muerte, la trasposición de estas realidades al Más Allá fue un esfuerzo sin gran necesidad de imaginación y provocó la simultaneidad de concep­ciones opuestas: mientras para unos -la mayoría- el otro mundo era un lugar de permanente actividad (el cuerpo estaría quieto en la tierra, pero el espíritu conservaría su dinamismo en el otro lado), hubo quienes creyeron ver inercia e inamovilidad en él.  Un texto de una tumba ptolomeica, a través de las palabras de su ocupante, lo aclararía: "El occidente es el país de la pereza, una perpetua oscuridad es la permanencia de áquellos que están allá'. Dormir es su ocupación."[13]

 

Las creencias egipcias acerca de la muerte y el Más Allá forman un complejo sistema muy difícil de dividir en unidades independientes, por lo que cada ítem a analizar encuentra a menudo su sustento en otros puntos.  Por eso corremos el riesgo ahora de apartarnos demasiado de la temática del presente título al hacer las últimas precisiones, que atañen más bien a los asuntos de las sepulturas o de la vida y la muerte en su interre­lación, pero no estaría delineado el tema si tales precisiones no fuesen hechas.

           

La forma más depurada de la idea de la muerte como sinónimo de un sueño eternamente prolongado, su culminación, sería la de enten­der que la vida en la Tierra es el real sueño y que, en cambio, sólo al morir se despierta a la verdadera vida: "La duración de aquello que se hace sobre la tierra es como un sueño".[14]  Es la misma idea expresada siglos antes por Ptah-Hotep, visir de la Dinastía V, cuando aconse­jara no dejarse envolver por el placer de los sentidos, que no eran sino "una nada, una pequeña nada, algo como un sueño, ya que al fin todo muere".[15]  Por eso en el cuento "Los dos herma­nos" se dijo que el faraón "pasó a la vida"[16], eufemismo co­rrien­te en el lenguaje ofi­cial del antiguo Egipto.  Estamos en presencia de circunlo­cuciones alimentadas por las creencias religio­sas.

           

Otros casos presentes en los escritos egipcios hablan del expirar como del emprendimiento de un largo viaje, de partida desde este mundo, de llegar a término para iniciar otro cami­no.  Esto era fallecer…  Las vías transitadas por cuerpo y alma antes habían terminado y la muerte era el comienzo de una nueva vida, ya separados los dos elementos que compondrían la entidad psico-física del hombre: "La vejez es de ordinario el arribo a puerto"[17]; "...la vejez ha descendido [sobre mí], la langui­dez me ha invadi­do (...); estoy próximo a la partida [al día que] se me conducirá a las moradas eter­nas"[18]; "el rey del Alto y del Bajo Egipto, Sehetepibre, fue elevado hacia el cielo"[19]; "Él fue a descansar en su hori­zon­te, como los dio­ses."[20]

           

El concepto de mayor peso y difu­sión fue el relacionado con la muerte como cambio, nuevo nacimiento, comienzo de una vida eternamente prolongada.  El rey Jety dejó escrito a Merikara': "[La vida] en la tierra pasa. No es larga. (...)/ El hombre bueno vive para siem­pre."[21]  En la lírica del "Libro de los Muertos" se expresaba como "e­xis­tir por millones y millones de años".  Los rituales de dicho "libro" remarcaron con insis­ten­cia el augurio de un principio tras el fin:  "El triun­fante Osiris Nu[22] vi­ve después de muer­to"[23], "yo vivo una vida nue­va tras la muer­­te"[24], el Más Allá es "la Región de la Vi­da"[25]­, los di­fun­tos son "Los que nacen a la vida tras la muer­te"[26].  Na­da com­pa­ra­ble, no obs­tan­te, a la sencilla alo­cu­ción que reza­ba: ­"Ayer es Osiris, y Mañana es Ra"[27]

           

¿Por qué Ayer era Osiris?  Por­que hablaba el difunto y en el pasado inmedia­to se había producido su deceso.  Osiris era el dios identi­fi­cado con los falle­cidos y, por tanto, el suceso preté­rito del morir estaba vinculado a la deidad.  ¿Por qué "Ayer"?  Porque la muerte que se había producido no conducía a un estado de inanimación no interrum­pi­da sino que daba paso a ese "Maña­na" que era el vivir.  Y como Ra era dios crea­dor, hálito divino que impulsaba a todos los seres, la vida, aún la otra, se asocia­ba a su deidad.  Dios de la vida sobre la Tierra, también la otorgaba en el otro mundo.  ¿Y el pre­sente?  Era la fase de transición, un período de latencia y otro de etapas ineludi­bles, como el viaje hacia los aposentos funera­rios y el en­cuentro con las deidades.  Para llegar a la vida eterna era necesario un período prepara­torio que en la Tierra se traducía en los rituales de inhuma­ción.  Finalmente, el difunto podía prepararse a recibir la existen­cia eterna.  "Ayer morí, mas hoy salgo."[28]

           

Otras expresiones, más específicamente vinculadas a las creen­cias religiosas o filosóficas, hablaban, con respecto al difunto, de "pasar a su ka"[29].  En un pasaje de un relato de aparecidos, el Gran Sacerdote de Amón-Ra empleó el si­guien­te rodeo: "yo, cuando estaba aún vivo sobre la tierra, era teso­rero del rey Rahotpu (...). Después, yo pasaba ante las gentes y en el séquito de los dioses". Aludía aquí al viaje que los difuntos bienaventu­rados hacían en la barca de Ra, como miem­bros de su tripulación, o en la propia.[30]

           

Pero de todos los eufemismos, ninguno más singular que el utilizado por el escriba que narró una de las historias de Satni-Kamuas con los embalsamados: "Mehet, el joven hijo, salió de debajo de la tienda de la barca del faraón, cayó al río, y, mientras alababa a Ra, todo el que estaba a bordo lanzó un grito."[31]  Esta forma de expresarse se aplicó en especial a los ahogados.  Fue empleada de modo casi constante desde el segundo imperio tebano y, finalmente, "alabar a Ra" vino a significar "muerte por asfixia por inmer­sión".[32]

 

                                                                             

 

 

                                                    BIBLIOGRAFÍA Y FUENTES

 

 

Bibliografía:

 

- DRIOTON, Étienne - VANDIER, Jacques. "Historia de Egipto". Buenos Aires, EUDEBA, 1968, 2ª ed.

- MONTET, Pierre. "La vida cotidiana en el Anti­guo Egipto". Barcelona, MATEU, 1961.

- MORET, A. "Le Nil et la civilisation égyptienne". París, La Renaissance du Livre, 1926.

- MYRES, John L. "El amanecer de la historia". México, F.C.E., 1950.

- ONCKEN, Guillermo - MEYER, Eduar­do. "Historia del Antiguo Egipto". Buenos Aires, Impulso, 1943.

- PIRENNE, Jacques. "Historia del Antiguo Egipto". Barcelona, Océano-Éxito, 1984.

- RIPOLL PERELLO, Eduardo. "Prehistoria e historia del próximo Oriente". Barcelona, Labor, 1975, 5ª ed.

- SAINTE-FARE GARNOT, Jean. "La vida reli­giosa en el antiguo Egipto". Buenos Aires, EUDEBA, 1964.

- UNIVERSIDAD DE OXFORD (S.R.K. Glanville, Director). "El legado de Egipto". Madrid, Pegaso. 1944.

- VIDAL MANZANARES, César. "Diccionario histórico del Antiguo Egipto". Madrid, Alianza, [1993].

 

Fuentes:

 

-"CANTOS Y CUENTOS DEL ANTIGUO EGIPTO- Con unas notas sobre el alma egipcia por José Ortega y Gasset". Madrid, Revista de Occidente, 1925.

-"CUENTOS, MITOS Y EPOPEYAS - Selección de obras mesopotámi­cas y egipcias". Selección de Estela Dos Santos. Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1970.

- DONADONI, Sergio. "Storia della letteratura egiziana anti­ca". Milano, Nuova Accademia Editrice, 1959, 2ª ed.

-"EL LIBRO DE LOS MUERTOS". Traducción y prólogo de Juan A. G. Larraya. Barcelona, José Janés Editor, 1953.

-"EL LIBRO DE LOS MUERTOS". Barcelona, Daniel's Libros Ed., [1988].

- HERODOTO. "Los nueve libros de la Historia". Buenos Aires, El Ateneo, 1968, 2ª ed.

- HOEFFER. "Bibliothèque Historique de Diodore de Sicile". París, Librairie Hachette et Cie., 1912, 3ª ed..

-"LA SANTA BIBLIA - ANTIGUO Y NUEVE TESTAMENTO". Gran Bretaña, Sociedades  Bíblicas en América Latina, [1960].

- MASPERO, G. "Les contes populaires de l'Égypte ancienne". París, Guil­moto Éditeur, s.d., 4ª ed.

- SERRANO DELGADO, José Miguel. "Textos para la historia antigua de Egipto". Madrid, Cátedra, 1993.

 

 

 



[1]. "Máximas de Any&quoot;.  En: DONADONI, S., "Storia della lettera­tura egiziana anti­ca", p. 192.  Any, funcionario del Impe­rio Nuevo (posible­mente vivió durante la Dinastía XVIII), escribió normas de sabiduría para su hijo, quien discutió los puntos y luego aceptó su vali­dez. Las "Máxi­mas..." se preser­varon en varias copias.

 

[2]. Inscripción del Año XVI de Cleoopatra V. Id., p. 305.

[3]. En: DONADONI, S., op. cit., pp.. 21-22.  Lo que no resul­ta tan bello es cierta posible realidad tras las imágenes del "robo" y ser "llevado" a la muerte: Unas podría haber sido asesinado.  Los "Textos de las Pirámides" constituyen la literatura religiosa egip­cia conservada de más larga data.  Fueron graba­dos en la pirámide de Unas, último faraón de la Dinastía V, y repeti­dos en tumbas reales de la Dinastía VI e incluso en alguna del Primer Período Intermedio.  Por la naturaleza de los tex­tos se sabe que su composición se remonta a las Dinastías III y IV e incluso antes (Dinastía I y prehistoria).

 

[4]. "El ciclo de Petubastiss": I.- "La empresa de la cora­za". En: MASPERO, G., "Les contes populaires de l'Égypte ancienne", p. 257.  El cuento se registra en manus­critos data­dos entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C.

[5]. Se refiere a los mitannios.  En: SERRANO DELGADO, J.M., "Textos para la historia antigua de Egipto", p. 155.

[6]. En: MASPERO, op. cit., p. 238.<

[7]. Id., pp. 33-34.

[8]. Ed. Janés, cap. XVII, p. 39.  El "Libro de los Muertos", obra fundamental de la mentali­dad religiosa egipcia, conoció varias recensiones o recopila­ciones de sus capítulos, con variaciones en cuanto a la canti­dad incluída o la exten­sión de algunos de ellos.  Aquí se han manejado dos versio­nes: la de J. Larraya, basada en la recen­sión tebana (cfr. prólo­go, p. XXXIII), y la editada por Daniel's Libros, que parece haber tomado las recensio­nes saíta y ptolemaica.

[9]. Id., cap. LV, p. 73.

[10]. Cit. por ONCKEN, G.-MEYER, E., "Historia del Antiguo Egipto", p. 101.

[11]. En: MASPERO, op. cit., pp. 51 yy 67 respectivamente ("Los lamentos del fellah").  Este cuento, conocido también por otros nombres en las traduc­ciones ("Las quejas del fellah", "El labriego pleitea­dor", "Cuento del campesino elocuente de Herakleópolis"), se conserva hoy en cuatro copias, papiros procedentes del Imperio nuevo, pero el original debe ser fechado entre las Dinastías X y XII.  Narra la historia de Junianupu, campesino habitante de un oasis, que al bajar al Valle fue maltratado por un funcio­nario del goberna­dor.  La belleza de sus discursos al plantear sus recla­mos ante la autori­dad demoró su causa, porque aquellos se convirtieron en disfrute del rey.  Finalmente sus reclamos fueron atendidos y se le premió con creces.

 

[12]. "Máximas de..."t;. En: DONADONI, S., op. cit., p. 190.

[13]. Inscripción del Año XVI de Cleoopatra V. Id., p. 304.  El Occidente era el lugar de los muertos, asociado naturalmente con la puesta del sol.  Culminado su recorrido diurno, el dios solar Ra se ocultaba en el ocaso y recorría el lugar de los muertos por las siguientes 12 horas.

[14]. De una tumba de la Dinastía XVIIII. Id., p. 191.

[15]. "Máximas de Ptah-Hotep<".  En: PIRENNE, "Historia del Anti­guo Egipto", t. 1, p. 188.  Ptah-Hotep ejerció el cargo de visir durante el reinado del faraón Isesi.  Su tumba está en Saqqara.  Escri­bió una serie de ense­ñanzas sobre moral y urba­nidad para su hijo, las que fueron copiadas y preservadas como lectura clásica por las genera­ciones siguien­tes.  Existen copias en dos papiros del Imperio Medio, en uno del Imperio Nuevo y en una tablilla de madera, también del Imperio Medio.

[16]. En: "Cuentos, mitos y epoppeyas - Selección de obras meso­potámi­cas y egipcias", p. 59.  El relato "Los dos hermanos" provie­ne de la Dinas­tía XIX.  Recoge tradiciones muy antiguos.  Así, el prota­gonis­ta, Bata, fue en tiempos arcaicos una divinidad y su hermano mayor es Anup, nombre de Anu­bis.  Narra la disputa surgida entre ambos a raíz de la iniqui­dad de la esposa del mayor y las peripecias de un Bata asesi­nado varias veces y vuelto a nacer, hasta la apoteo­sis y triunfo de la justicia al final.

 

[17]. "El rey Jufu y los magoos". Palabras del príncipe Herde­def al mago Djedi. En: MASPERO, G., op. cit., pp. 33-34.  La narración se conserva en el papiro Westcar, del período de los hicsos, aunque la composi­ción original dataría de la Dinas­tía XII.  Keops, aburrido, reunió a sus hijos para que le animaran con fabulosas historias. Cuando llegó el turno del príncipe Herdedef, éste mencionó a un fascinante personaje, el mago Djedi, quien finalmente fue llevado a la corte por orden de Keops.  Allí el mago dictó su augurio.  El relato continuaba con el nacimiento de los tres niños que serían los futuros monar­cas de la dinas­tía sucesora.  El cuento está inconcluso.  El príncipe Herdedef del cuento fue uno de los hijos de Keops en la realidad, conocido también como Hordjedef y autor de las "Ins­truc­cio­nes..." de sabiduría para su hijo Auibra.

 

[18]. "La historia de Sinuhé<". En: "Cuentos, mitos y epope­yas...", op. cit., pp. 33-34.

[19]. Id., p. 26.  Sehetepibra' era Amenemhat I.  "La historia de Sinuhé" (llamada también "Las Memorias de Sinuhé" o "El cuento de Sinuhé") se cuenta entre las más célebres obras de la literatura egipcia de su tiempo y hasta el presente. Com­puesta bajo la Dinastía XII, tuvo tal popularidad que se lo copió numerosas veces en óstra­cas y papiros hasta el Imperio Nuevo, por lo menos.  Es un relato autobiográfico, al estilo de los grabados en las tum­bas, y relata las andanzas del noble corte­sano Sinuhé.  Tras el asesinato de Amenemhat I, posible­mente por el temor de verse relacionado con el crimen huyó de Egipto y vivió en Siria y Palestina largos años, logrando allí una excelente posición.  Sin embargo, añoraba su patria y, tras ser amnistiado por Sesotris I, regresó a Egipto, donde se lo colmó de más honores y riquezas hasta el fin de sus días.

[20]. Papiro Harris I. "ÉÉl" es Ramsés III.  El papiro, de comien­zos del reinado de Ramsés IV, narra los hechos de go­bierno de su antecesor.  En: SERRANO DELGADO, J.M., op. cit., p. 130.

[21]. "Instrucciones del rey Jety a Merikara'". En: SERRANO DELGA­DO, J.M., op. cit., p. 90.  El texto, copiado y mantenido, ha llegado en tres papiros datados en el Imperio Nuevo, pero la composición original es del Primer Período Intermedio, Dinastía X.  En él Meri­kara' recibe instrucciones sobre la vida y el gobierno, de manos de su padre difunto.

 

[22]. "Nu" es el nombre dell difunto a quien perteneció este capítu­lo de la obra.  El nombre del dios de los difuntos, Osi­ris, se anteponía al propio.

[23]. Ed. Janés, cap. IV; p. 25.

[24]. Ed. Daniel's Libros, cap. XXXIIII; p. 48.

[25]. Id., cap. CXLVIII; p. 244.

[26]. Id., cap. L; pp. 64-65.<

[27]. Ed. Janés, cap. XXI; p. 49.

[28]. Id., cap. CXLI; p. 233.<

[29]. Así aparece, por ejemplo, en teextos del Imperio Anti­guo (cfr. MORET, A., "Le Nil et la civilisation égyptienne", p. 462).  El ka era una especie de doble espiritual, con el cual se unía el otro gran componente espiritual, el ba.

[30]. "Fragmentos de una histtoria de espectros". Pertenece a la Dinastía XX. MASPERO, op. cit., p. 297 y n. 2.

[31]. "El ciclo de Satni-Kamuuas": I.- "La aventura de Satni-Kamuas con las momias". MASPERO, G., op. cit., pp. 138-139.  Las andanzas de Satni están escritas en varios papiros de tiempos de los Ptolomeos (el citado ahora) y el período roma­no, hacia los años 46-47 d.C.  El personaje central es supues­tamente un príncipe, hijo de Ramsés II.  En sus historias hay crímenes, pasiones, moralejas, misterios sobrenaturales y todo lo que podría atrapar la atención de cualquier lector.  En "La aventura de Satni-Kamuas con las momias" se relata la pesqui­sa que éste hizo en medio de sepulcros, para hallar un libro secreto y mágico.

 

[32]. Cfr. MASPERO, G., op. cit., pp.. 138-139.

 

 

OPRIMA AQUÍ PARA IR A LA PÁGINA PRINCIPAL