| En su famosa autobiografía, Holden nos hace partícipes de un hecho singular que todos deberíamos tener presente en nuestras vidas: cuando una persona habla de literatura es muy complicado averiguar si realmente nos hemos encontrado con un estúpido. Estas personas desarrollan teorías literarias, citan a autores famosos, hablan sin cesar de las novelas que acaban de leerse, y a ti te da la sensación de estar hablando con una persona inteligente, que es una sensación de lo más reconfortante. Por fin he encontrado a alguien que sabe hacer la O con un canuto, piensas mientras escuchas las interminables disertaciones sobre el espacio temporal y su relación con la creación de un personaje creíble. Siguiendo la teoría de Holden, llega un momento en el que despiertas y, así de repente, te das cuenta de que estás hablando con otro estúpido más. Ahora comprendes que la persona que tanto citaba a aquellos autores que nadie lee, la persona que te contaba como crear un escenario para tus obras, la persona que no es capaz de decir que está lloviendo sin usar una metáfora o un símil... no es más que un estúpido. Como otros tantos. Entonces te entra una depresión tal que debes esconderte en una caja de madera y pedirle cordialmente a algún amigo que la selle indefinidamente para que nadie pueda llegar a ver la tristeza que te acaba de entrar, y entonces, metido dentro de tu caja, te empiezas a arrepentir. Pero no te arrepientes de estar en una caja y que no haya manera humana de salir porque tu amigo se ha ido con su novia al cine, sino por haber perdido el tiempo escuchando sandeces y porque te has dado cuenta que no has aprendido nada. Bueno, has aprendido que es muy difícil reconocer a un estúpido cuando habla de literatura, pero eso ya lo sabía Holden. Por otro lado, y este pensamiento no se lo he mangado miserablemente a Holden, también tienes a esas personas que, teniendo una pinta de zoquetes que asustan, al final resultan ser más inteligentes que la media. ¿Un ejemplo? Pues el otro día fui a comer a un restaurante donde me sirvió un camarero con una pinta de atontado que tiraba para atrás. Además solo tenía cinco mesas a su cargo y las cinco personas le estábamos reclamando agua, una coca-cola, pan, ¡un tenedor! y un trozo de limón. El del trozo de limón era yo, porque comerse una paella sin limón es como escuchar a una persona sin neuronas. A esas alturas ya había decidido que el señor se quedaría finalmente sin propina. Lo hacía mal y además era un tonto del culo. ¿para qué molestarse en dar propina? En esto se le acerca otro camarero, éste con una pinta ligeramente más aceptable, y le pregunta que cómo va la novela. ¿Cómo va la novela? ¿De qué demonios está hablando?, me pregunté. Entonces puse la oreja para ver si sacaba algo en claro y escuché entre el griterío general, los cubiertos que tienden a caer al suelo en los momentos más oportunos y la televisión a toda máquina, que el camarero con pinta de gañán escribía por las noches justo después de terminar las cenas. Pensé inmediatamente que escribiría gilipolleces que nadie lee, al igual que yo, pero no. Al parecer estaba escribiendo una novela que terminaría con la trilogía de no se qué historia que estaba contando. Vaya, y yo que no le dejo ni un duro de propina... Terminé entonces de comer y cuando el pavo se olvidó de preguntarme si estaba todo bien monté un lío espectacular aduciendo que el filete estaba más tieso que un palo y que la pobre vaca debería haber muerto hacía tres lustros. Al camarero-escritor no le importaba lo más mínimo, así que le exigí que me diese su nombre para rellenar la hoja de reclamaciones. Sin pestañear me dijo cómo se llamaba y con ésta información fui al VIPS a comprar sus libros. Solo han pasado seis días desde entonces y no puedo esperar a que salga la tercera parte de su novela; la que concluye la historia. He llamado varias veces a la editorial, pero sólo han podido asegurarme que estará disponible varias semanas después de que el autor les mande el manuscrito. Mientras tanto me tendré que conformar con la gente que habla de literatura. |
| reconocer a un estúpido |