Esta mañana he ido a la revisión médica anual que nos da la empresa. Estuve a punto de negarme a ir, más por miedo que por convicciones personales, pero una compañera insinuó que si alguien no va a la revisión médica es porque tiene algo que esconder. No teniendo nada que esconder, salvo mis opiniones sobre mi compañera, decidí ir.

Todo iba bien hasta que entré en el centro médico. Entonces empecé a sudar y a sentir el nerviosismo previo a que me clavasen la lanza para extraer los litros y litros de sangre necesarios para ver si estoy bien. Hice un ademán de echarme atrás, pero ya era muy tarde, me habían visto y habían requerido mi DNI.

-Espera un momento ahí sentado que ahora te llaman.
-Pero sin prisa-, dije yo presa del pánico.

Al cabo de un minuto ya estaba dentro y la señora se preparaba a hacer la cruz y entrar a matar. Miré al lado contrario y noté como la puñetera aguja entraba en la vena y extraía toda la sangre que cabía en la jeringuilla. Lamentablemente había pasado todo y yo, como la mayoría de los humanos, no había sufrido ni un mísero desmayo. Las demás pruebas fueron rutinarias. Sentado en una silla tenía que darle a un botoncito cada vez que oía un ruido a través de unos auriculares -por suerte los ruiditos vienen separados uno del otro por el mismo lapso de tiempo, de tal manera que se puede presionar el botón cuando "sabes" que viene un ruidillo las veces que no lo oyes-; una prueba visual -ahí es más difícil inventarse las letras que no se ven-; y una prueba de soplar a través de un tubo. Total, que estoy bien.

Al salir, y para recuperar fuerzas de toda la sangre perdida, fui a desayunar unos churros y un café con leche (el segundo de la mañana). Allí noté como me venían unas punzadas en la espalda, probablemente por las cajas de folletos que estuve llevando de un lado a otro el día anterior. Claro que me dolía a la altura de los riñones, quizá tenía algo que ver con mi sistema depurador. Probablemente mis riñones estaban cansados de limpiar tanto tabasco -y tabaco- del cuerpo. ¿O sería una enfermedad de esas raras? Una enfermedad de esas que cuesta un riñón. Madre mía, que complicación ahora pedir la baja y tirarme varios meses en la cama. Seguramente cuando vuelva a currar ya nadie se acuerde de mí, y hayan avanzado tanto en mi ausencia que no valdré para nada.

De repente me vino un cierto malestar a la cabeza. Primero era un cosquilleo, luego un señor dolor de cabeza que fue pasando paulatinamente a los músculos del cuello (¿o fue al revés?). Seguramente era la consecuencia del nerviosismo previo a la cita con el médico, claro que siempre podría ser algún virus o bacteria que ataca las neuronas matándolas una a una y que me impedirá volver a escribir algo interesante a lo largo del resto de mi vida.

Noté como temblaba mi mano diestra al levantar el café. Lo dejé de nuevo sobre el platito y saqué el tabaco con la otra mano -todavía no la había llegado el tembleque-. Recordé miserablemente que llevo fumando la friolera de 11 años, y mis ojos fueron directamente a leer la advertencia del paquete. Cáncer, daños, perjudica, embarazo. Mi vida se está yendo por el filtro de un cigarro. Mis pulmones no eran capaces de llenarse del aire viciado del bar, así que pagué y me fui a la calle. Por el camino sentí que me pesaban las piernas, igual mis músculos habían sufrido alguna pérdida irreversible de masa debida a una mala nutrición.

Cuando finalmente llegué al trabajo, mi jefe me preguntó por las pruebas. Le dije que todo fue sobre ruedas y me senté a morir.






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