He tenido la horrible visión de un mundo sin televisión y no puedo conciliar el sueño. Durante las 24 horas del día las personas hablaban unas con otras, leían libros, escuchaban música, escribían poemas y cuentos, tocaban instrumentos, iban al parque a jugar al fútbol y a pasear, entraban en museos sin la necesidad de hacerlo para parecer cultos, disfrutaban de su trabajo.

Me he puesto a sudar y a dar vueltas en la cama cuando me di cuenta que sobre la mesita en la que tengo la tele reposaba un libro de unos 1000 folios y -lo peor de todo- tenía un separador de páginas por la mitad. "He debido necesitar años para leer tanta letra junta" pensé histérico.

Luego cogía un periódico y no había nada importante que leer, habiendo desaparecido la parte con la programación diaria. ¡Y sólo es lunes!. ¿Qué pasará el sábado cuando tenga todo el día libre y nada que hacer con mi vida? Igual tendré que ir al campo a ver amapolas y a estornudar con el polen, o a jugar al tenis con algún amigo que tampoco aguante la vida sin tele, o a un bar a tomar un café con leche y agh... hablar.
¿De qué voy a hablar? Ahora hablo de todo lo que he visto en la tele. Comento si este ha dicho esto, si aquel ha hecho aquello. Prolongo la satisfacción de estar enlazado al receptor durante la parte del día en la que no puedo estarlo. Ahora vosotros vais y me lo quitáis, y me habéis dejado sólo. ¿No era suficiente dejarme sin novia que ahora me dejáis sin televisor también? ¡Qué intolerantes sois, coño!

Me relajé un poco.

Igual podía ir a una tienda de estas tipo Tien 21 y comprar una cámara.

Calma, Juanitomon.

Pongo la cámara en un trípode y la coloco en una esquina de mi casa. Entonces la enchufo a la tele y enciendo ambas. Llamo a mis colegas y nos reunimos a jugar al Monopoly mientras nos vemos jugando al Monopoly: Gran Hermano. Cuando nos cansemos del Monopoly puedo llamar a otros colegas míos (muy chabacanos y extremadamente ordinarios ellos) y hacer un coloquio sobre Gran Hermano: Crónicas Marcianas.

Juanitomon ha vuelto a ganar.

Sin embargo -y como cualquier cuento corto de escritor novel que se precie- este cuento termina diciendo que todo fue un sueño. Quizá podría haber terminado con una muerte o alguna desgracia que impactase al lector, pero eso se lo dejo a escritores más avanzados. En mi caso la televisión estaba allí cuando me desperté atado a las sábanas de tanto dar vueltas y bañado en un charco de sudor. Me levanté, me desaté de la sábana (las tijeras siempre son buenas para esto último) y le di un beso a la tele.
televisión
juanitomon@hotmail.com