esta edificación sirviera incluso como local de realización de autopsias.
  No hay ninguna inscripción conmemorativa por lo que la cronología de este baldaquino, atendiendo a las formas artísticas sin muchos problemas se encuadra en época barroca, y si consideramos las grafías de las inscripciones no sería de extrañar que su construcción se verificase en un momento temprano, quizás en el siglo XVII.
La promoción del bladaquino sólo tiene sentido si su erección pretendía alojar bajo él al cruceiro. Y así, en conjunto, creemos que ha de ser entendida la obra. Por otra parte, aunque se trata de una obra que gira en la órbita del arte popular, sin embargo su construcción cae en el ámbito del arte culto inercial. No se puede entender de otro modo si abservamos detenidamente las ideas constructivas aplicadas, y la técnica usada.
Otra cuestión es la de pretender averiguar cuál fue el motivo objetivo (pues el subjetivo, íntimo, difícilmente lo podremos descubrir) del promotor de la obra. En general, los cruceiros gallegos fueron levantados para que sirviesen de oración perpetua por quien los financiaba, sobre todo para después de la muerte. En efecto, la construcción de una obra religiosa, verdadera obra pía, buscaba la reducción de la pena correspondiente de Purgatorio, o la elusión de la caída en el Infierno, si ello acontecía. La estadía en el Purgatorio se podía acortar por la construcción o financiación de obras piadosas, como por ejemplo ésta que nos ocupa; pero también influía en la reducción de la condena las oraciones recitadas por los feligreses ante el monumento. La crencia en la expectativa de una estancia temporal más o menos larga en el Purgatorio, prácticamente casi se tenía como segura, pues el paso por este mundo implicaba ineludiblemente la comisión de un sinfín de pecados, la inmensa mayoría de los cuales se podían enmendar con un adecuado arrepentimiento. Pero otros muchos, vinculados habitualmente con las relaciones sociales, no era posible borrarlos completamente, por lo que aún arrepintiéndose sinceramente de la recaída, quedaba siempre un
reato de culpa, una mancilla en el alma, la cual, sin ser motivo suficiente para ser condenado a las penas del Infierno, sin embargo impedía completamente el ingreso directo en el Cielo, reservado a las almas absolutamente puras. De ahí la estancia purificadora en el Purgatorio. Y de toda esta creencia estaban muy convencidos los gallegos de los siglos precedentes.
En consecuencia, aplicando estas nociones generales, suponemos que esta era la intención del promotor del baldaquino. Desde luego, la inscripción es una desgarradora súplica a la Madre de Dios, rogándole una intermedición constante y tenaz ante el Altísimo por nuestra salvación (obsérvese que la demanda se realiza en plural -
Ruega...por nos- , lo que demuestra palpablemente esa terrible y obsesiva culpabilidad subjetiva de la que pocos escaparán.
Sin embargo, este cometido se podía cumplir sobradamente con la errección de un simple cruceiro, o de una cruz -véase a este respecto el artículo
La cruz de O Cruceiro de Baiña (Baiona)-. Pero la elección de uno u otro monumento dependía mucho de las posibilidades económicas del patrono, y parece que en San Bieito el promotor disponía de recursos. Debemos tener en cuenta que la mayor o menor magnificencia del monumento probablemente era tenido en consideración como reductor de las penas señaladas, y en esto debía tener mucho que ver la imagen personal dejada por el mecenas ante sus convecinos coetáneos y las generaciones venideras. Asimismo, al construir una obra de mayor envergadura que lo usual, también contribuía a subrayar la pertenencia a una élite social.
Otro tema es de donde se tomó la idea de aplicar un baldaquino como recubrimiento del cruceiro. Desde fines de la Edad Media conocemos cruceiros cubiertos por baldaquinos, como por ejemplo, el de la Santísima Trinidad de Baiona, o los de Noia. Pero asimismo, observando con detenimiento el edificio, no se puede ocultar sus semejanzas morfológicas y de escala con un presbiterio de cualquier iglesia barroca, muhos de los cuales se cubren además con bóvedas de nervaduras, e incluso estrelladas. Sea como fuere, aún contando con aquellos precedentes señalados, realmente de mucha menor envergadura, esta obra de San Bieito de Cortegada constituye un monumento único en el arte popular religioso gallego.
                              
                                                                         
Vigo a 22 de Octubre del 2000
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