Batalla de Gembloux, 1578

 


Salida de los españoles de Brabante, 1577. Algunos de nuestros soldados, en lucha en la región por más de diez años, dejaban allí familia que sufriría los odios y venganzas de los flamencos. Grabado de Franz Hogemberg.
Haced luego marcha a Italia,
que es condición de las paces
que, en obra de pocos días,
no queden tercios en Flandes.

 

Tras la firma de la paz de Gante y la salida de las tropas españolas, don Juan de Austria, según lo dispuesto en el tratado, debía ser reconocido como gobernador de Flandes en nombre de Felipe II. Era ingenuo pensar que el de Orange iba a respetar honestamente el acuerdo. De echo, Guillermo el Taciturno se enfrentaba al problema de que no podía hacer cumplir lo pactado en las provincias bajo su gobierno -Holanda y Zelanda-, donde profesaban la fe protestante y no mudarrían a la católica por decisión de su gobernante, muy dado, además, a los cambios de bando. Siguiendo su costumbre, comenzó el Taciturno a extender rumores y publicar pasquines en los que afirmaba que don Juan no cumplía el tratado, que las troopas españolas estaban escondidas en las ceracnías de Flandes, que iba a establecer la Inquisición, etc.

Como esto no le bastó para que los otros nobles forzaran la salida de don Juan de Austria, elaboró el de Orange varios ploanes para asesinarle. Tan coonfiados estaban los flamencos en el éxito de su traición que no usaban del secreto necesario para estos casos. Enterado don Juan de la conspiración y tras avisar de los planes rebeldes a su hermano, se trasladó secretamente de Bruselas a Malinas. Inseguro también en Malinas partió hacia Namur, según él, a recibir a la princesa Margarita, hermana del rey de Francia, que venía a tomar los baños -insinúa pícaramente Estrada que algo más también-. Tras despedirla a los pocos días, el 24 de julio aparentó salir de caza con algunos de sus hombres y se acercó al castillo de Namur, alabando de tal manera lo recio de sus murallas y la elegancia del conjunto que hubiera sido una descoortesía por parte de los hijos de Berlaymont, gobernador de la provincia, no pedir permiso al castellano a su cargo para que les dejara hacer una visita. Una vez en su interior y, asombrando a todos los presentes, les informó de que ese era su primer día de gobierno en Flandes, pues hasta entonces sólo había figurado como tal. Al castellano le tranquilizó diciendo que no perdía su castillo, sino que éste quedaba así restituido a la autoridad de su verdadero propietario a quien debía obendiencia, el rey de España.


Toma de castillo de Namur, punto de arranque para la reconquista de Flandes.

 

Envió pruebas de los planes del de Orange a varios de los nobles flamencos exigiéndoles que rompieran relaciones con el Taciturno y que prendieran a los culpables. En lugar de hacerlo, recibieron al de Orange en Bruselas y le dieron el gobierno de Brabante. Buscaron un gobernador de Flandes que les proporcionara ventajosas alianzas con Freancia o Inglaterra, enemigas de España, y tras desestimarlos se decidieron por el archiduque Matías de Austria, quien aceptó el cargo desoyendo a su hermano, el emperador Rodolfo. El reinicio de la guerra estaba servido.

Escribió entonces don Juan a sus viejos compañeros, a los tercios viejos de Italia, la siguiente carta que tomamos de la Historia de España de Modesto Lafuente:

<<A los magníficos Señores, amados y amigos míos, los capitanes y soldados de la mi infantería que salió de los Estados de Flandes.

Magníficos señores, amados y amigos míos: el tiempo y proceder de estas gentes ha sacado tan verdaderos vuestros pronósticos, que ya no queda por cumplir de ellos sino lo que Dios por su bondad ha reservado. Porque no sólo no han querido gozar ni aprovecharse de las mercedes que les traje, pero en lugar de agradecerme el trabajo que por su beneficio había pasado, me querían prender, a fin de desechar de sí religión y obediencia. Y aunque desde el principio entendí, como vosotros confirmasteis siempre, que tiraban a este blanco, no quise dejar de la mano su dolencia, por no ser causa de tan grande ofensa de Dios y deservicio de Su Majestad. Y como los más ciertos testigos de sus malicias son sus propias conciencias, hanse alterado de tal manera, que toda la tierra se me ha declarado por enemiga, y los Estados usan de extraordinarias diligencias para apretarme, pensando salir esta vez con su intención. Y si bien, por hallarme tan solo y lejos de vosotros, esttoy en el trabajo que podéis considerar, y espero de día en día ser sitiado; todavá acordándome que envío por vosotros, y como soldado y compañero vuestro no me podéis faltar, no estimo en nada todos estos nublados. Venid pues, amigos mío; mirad cúan solos os aguardamos yo y las iglesias y monasterios y religiosos y católicos cristianos, que tienen a su enemigo presente y cuchillo en la mano. Y no os detenga el interés de lo mucho o poco quue es os dejase de pagar; pues será cosa muy ajena de vuestro valor preferir esto que es niñería a una oocasión donde con servir tanto a Dios y a Su Majestad podéis acrecentar la suma de vuestras hazañas, ganando perpetuo nombre de defensores de la fe, y obligarme a mí para todo lo que os tocare, mayormente de lo que dejáredes de cobrar allá, no perderéis nada, pues yo tomo a mi cargo la satisfacción de ello, y así como tengo por cierto que Su Majestad tomará este negocio con las veras y en la calidad que le obligan, y en la misma conformidad hará las provisiones, lo podéis vosotros ser que yo os amo como hermano; y las ocasiones que os esperan no consentirán que padezcáis, porque no dudo que acudiréis al nombre y ser de cristianos, españoles y valientes soldados, y buenos vasallos de Su Majestad y amigos míos, haréis lo que os pido con la liberalidad, resolución y presteza que de vos confío y conviene. No me alargaré a encarecer más este negocio; sólo diré que este es aquel tiempo que mostrábades desear todos militar conmigo, y que yo quedo muy alegre, y que las cosas han llegado a este extremo de pensar que ahora se me va a cumplir el deseo que tengo de hallarme con vosotros en alguna empresa, donde satisfaciones vuestras obligaciones, hagamos algunos servicios señalados a Dios a Su Majestad. Esta carta opase de mano en mano. Nuestro Señor guarde vuestras magníficas personas como deseáis. Del castillo de Namur, a 15 de agosto de 1577.
A los Magníficos Ordenadores. Vuestro amigo. Don Juan.

No escribo en particular, porque no sé las compañías ni capitanes que habrán quedado en pie; pero esta servirá para reformados y no reformados; y a todos ruego vengáis con la menor ropa y bagaje que pudiéredes, que llegados acá no os faltará de vuestros enemigos>>.


Mientras don Juan se preparaba para la guerra, el de Orange se dedicaba a festejar con gran pompa su triunfo. Parecía impensable que, teniendo sólo un castillo en su poder y la fidelidad dela provincia de Lexemburgo, consiguieron los españoles volverse a hacer dueños de Flandes. La imagen muestra la entrada triunfal de Guillermo de Orange en Bruselas en septiembre de 1577.

 

Cuatro meses más tarde, a finales del año 1577, llegaban 6.000 hombres de los tercios viejos a Luxemburgo con el tercer duque de Parma y Plasencia, Alejandro Farnesio, sobrido de don Juan de Austria. La alegría de los españoles, que veían que la confianza del rey quedaba de nuevo depositada en ellos, se vió sólo empañada por la repentiena muerte de su apreciado maestre de campo, Julián Romero, cuando se hallaba disciplinandoo a los soldados para su marcha, en Cremona. Se había trasladado ya don Juan a Luxemburgo y, asustados por verle al frente de los tercios españolees, comenzaron los rebeldes a pedoir ayudar a Francia, Inglaterra y Alemania, la maquinaria de los tercios se había puesto en marcha.

Los ejércitos se enfrentaron un mes más tarde, a principios de 1578, en Namur. Si el del los rebeldes contaba con muchos más hombres -25.000 frente a 17.000-, el de don Juan estaba formado por soldados seleccionados y curtidos en múltiples batallas. Además, a su frente se encoontraban varios de los generales más temidos de Europa: Mondragón, Toledo, Farnesio, Mansfeld, Martinengo, Bernardino de Mendoza, Octavio Gonzaga...y todos ellos bajo el mando del vencedor de los moriscos y del turco. El resultado era inevitable, <<pues rara vez que sucedió que tan pocos, y a tan poca costa, en tran breve tiempo derramasen tanta sangre y diesen fin a la batalla>>.

La intención de los rebeldes era presentar batalla a los hombres de don Juan en el mismo Namur pero, al tener conocimiento de que el ejército real venía directo a su encuentro, decidieron retirarse a Gembloux a meditar la situación. Antes del amanecer se pusieron en marcha ambos ejércitos en busca de la batalla. Tal confianza tenía don Jua en la victoria de sus hombres que la noche anterior mandó añadir al estandarte real que él mismo había llevado en Lepanto, bajo la cruz de Cristo, la siguiente frase: <<Con esta señal vencí a los turcos, con esta venceré a los herejes>>.

Mandó a Octavio Gonzaga con algunas tropas a entretener al enemigo hasta que llegara el grueso del ejército. A Gonzaga le salió demasiado cumplidor un capitán que empezó a hacer retroceder al enemigo. Preocupóandole que esa acción forzase el ataque masivo del ejército contrario, le mandó Gonzaga al capitán uon mensajero para que retrocediese. En mala hora y con mal tono llegó el mensaje. Indignado, pues pensó que se le tachaba de cobarde, Perote, que así se llamaba el capitán, contestó <<que él nunca había vuelto las espaldas al enemigo, y aunque quisiera no podía>>.
Todo ello iba provocando, de forma un tanto involuntaria, que las tropas rebeldes se fueran encaojonando en lo bajo y angosto de un paso en pendiente. Lo vio Alejandro Farnesio -al cual, sin cesar, instaba don Juan en que no fuera a pelear pues lo necesitaba a su lado- y <<sin detenerse más, arrebatándole al paje de lanza la que llevaba, y montando de presto otro caballo que Camillo de Monte tenía más suelto para pelear, arrojando incendios marciales por ojos y boca, vuelto al paje le dijo: Id al general austríaco y decidle que Alejandro, acordándose del antiguo romano, se arroja en un hoyo para sacar de él, con el favor de Dios y con la fortuna de la casa de Austria, una cierta y grande victoria hoy [...] Con el mismo ímpetu y con el ejemplo llevó tras sí los cabos más valerosos de la caballería, a Benardino de Mendoza, a Juan Baustista de Monte, Enrique Vienni, Fernando de Toledo, Martinengo, Mondragón y otros>>. Sus salvajes y repetidas cargas pusieron en fuga a la caballería enemiga, que ni se planteaba el pelear contra semejantes guerreros poseídos por el dios Marte. De tal forma huyeron que <<estrellándose en precipitada fuga con su infantería, que estaba destrás, la desordenaron, en parte la estropearon, y del todo la desampararon>>, de manera que le fue después fácil a la caballería de que iba con Alejandro hacerles pedazos.


Batalla de Gembloux

 

Se les arrebataron 34 banderas, la artillería y todo el bagaje. Mientras una parte de los que quedaron vivos no dejaron de huir hasta que llegaron a Bruselas, otra, para su perdición, pretendió fortificarse en Gemloux. No duró mucho su resistencia, y cuando entregaron la ciudad se les perdonó la vida a cambio de un juramento de fidelidad al rey. En éste, su plaza fuerte, habían acumulado tal cantidad de víveres y munición que sirvieron al ejército de don Juan durante varios meses.

Don Juan tuvo que reprender severamente a Alejandro por arriesgar tanto su vida pues, según decía, el rey le había mandado allí como general y no como soldado. La respuesta de Alejandro, <<que él había pensado que no podía llenar el cargo de capitán quien valerosamente no hubiese hecho primero oficio de soldado>>, arrancó los aplausos y vítores de las tropas.

 

No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente,
silencio avises, o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente?
¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?
¿Nunca se ha de decir lo que se siente?

 

Tan grande era la amistad entre don Juan y Alejandro que mandaron por separado cartas al rey atribuyéndole enteramente la victoria el uno al otro.


Don Juan de Austria y Alejandro Farnesio

 

Al extenderse en Bruselas el rumor de la derrota de sus tropas en Gembloux, el de Orange y el resto de los nobles decidieron, sin esperar siquiera a la confirmación de la noticia, retirarse precipitadamente a Amberes, donde se sentían más a cubierto; Bruselas funcionaba como capital de Flandes, y por fuerza habría de ser objetivo de don Juan.

 

 

 


Juan Giménez Martín. Los Tercios de Flandes. Ediciones Falcata Ibérica.

 

Enrique de la Vega. Sucesos militares durante los reinados de los Reyes Católicos hasta Isabel II

 

 

  

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