de Alonso de la Isla
Primeramente debemos considerar la gran nobleza de la lengua y cuán desconveniente cosa es tratar con ella alguna inmundicia. Ninguna inmundicia hay tan grande como la inmundicia del pecado. Es tan grande ésta, que la inmundicia corporal en comparación de ésta se puede tener por limpieza, por lo cual San Mateo dice: Comer el pan sin lavar las manos, no ensucia al hombre, mas ensúcialo lo que sale de la boca.[1] Por tanto gran diligencia se debe poner en guardar la lengua por que no se ensucie con el pecado. El que no estima más ensuciar su lengua con el pecado que cualquiera de los otros miembros, éste tal más se debe tener por puerco que por hombre. El puerco así pone el hocico en el lodo como el pie y no perdona más a la boca que a los pies. El hombre que no teme ensuciar su boca con el pecado es así como perro de carnicería, el cual trae de contino la boca ensangrentada. Muy abominable y asquerosa cosa es, así delante de Dios como delante de los hombres, el hombre que deja entrar en su boca cosas que son más sucias y abominables que las moscas y las arañas. Al demonio permite que le escupa en la boca el que habla torpemente, porque la inmundicia del pecado no es otra cosa sino una saliva del demonio. Muy más tolerable cosa es sufrir en la boca la saliva de un leproso que sufrir la saliva del demonio, y por tanto debe guardar la lengua cualquiera que presume de muy limpio por que el demonio no se la ensucie.
La segunda causa que debe los hombres mover a la diligente guarda de la lengua es el oficio para el cual la lengua fué deputada, el cual es para orar y para loar a Dios y para recebir el cuerpo y sangre del Señor y para tratar de cosas sagradas, lo cual para tratar de cada una de estas cosas se requiere tener en la lengua muy grandísima santidad. Principalmente para la oración conviene que la lengua tenga muy grande santidad, porque según San Gregorio dice, cuando el que es indigno es enviado para que suplique y alcance alguna cosa de otro, el tal no solamente no lo alcanza, mas antes le provoca el corazón a mayor ira y aborrecimiento. Donde claramente se conoce, la lengua que muchas veces ofende a Dios será con dificultad oída en la oración. También la boca o la lengua que ha de alabar al Señor conviene que tenga muy gran santidad porque, según el Eclesiástico dice, "no es hermosa la alabanza en la boca del pecador".[2] También la boca que ha de recebir el sacratísimo cuerpo de nuestro Redemptor tiene necesidad de muy gran santidad, porque así como pecaría el que ensuciase con todo el cáliz donde se consagra el cuerpo y sangre de nuestro Redemptor Jesucristo, bien así peca y muy más el que su boca, con la cual recibe el corpus domini, ensucia con algún pecado. Asimesmo las palabras sagradas que se han de pronunciar con la boca del hombre conviene que tenga en ella muy grande santidad, porque las tales palabras son como reliquias, según San Mateo por la boca del Señor les llama, diciendo: No queráis dar las cosas santas a los canes.[3] Con razón se deben llamar reliquias, pues que las vestiduras que llegaron a la carne del Señor tenemos por tan grandes reliquias, pues por muy mayores y más preciosas debemos tener las palabras que salieron de la boca de Dios. Que las palabras de Dios sean reliquias pruébase por los milagros espirituales que por ellas son hechos y se hacen. Los ciegos son por ellas alumbrados espiritualmente según aquello que el real Profeta dice: El precepto del Señor resplandeciente alumbra los ojos. [4] Los muertos son también por ellas espiritualmente vivificados, según aquello que San Juan dice: Viene la hora y ésta es cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oyeren vivirán.[5] Entre todos los miembros del cuerpo humano quiso Dios dar preeminencia a la lengua y deputarla para que sirviese en cosas divinas, y con razón, pues que El hizo todos los miembros del hombre, era bien que guardase para sí siquiera uno que fuese servido y loado.
La tercera causa que debe los hombres inducir a la guarda de la lengua es que guardaba la lengua, ésta guarda la ánima, según aquello que Salomón en los Proverbios dice: El que guarda su boca guarda su ánima.[6] La persona que no puede hablando refrenar su lengua de pecado, es como la ciudad descubierta y sin cerca ninguna, según aquello que Salomón en los Proverbios dice: El hombre que no guarda su boca, es como la ciudad sin muro.[7] También el hombre que no guarda su boca es como quien tiene casa sin puerta, de donde en el Vitas patrum se lee que yendo un viejo con otros frailes sus compañeros a visitar a San Antonio Abad, los frailes iban hablando de la sagrada Escriptura y de las obras que hacían de sus manos, mas el viejo siempre callaba, y como llegase adonde estaba Antonio Abad, dijo al viejo: "Buenos frailes trajiste contigo por compañeros de tu camino". Y el viejo respondió: "Buenos son por cierto, mas sus casas están sin puertas; cualquiera que quiera entrar en su casa o establo entra y desata su jumento y llévalo". El que bien quiere guardar alguna ciudad conviene que ponga grandes guardas a las puertas y por tanto acostumbran hacer fuertes torres a las puertas de la ciudad para mayor defensa y guarda de ella. Bien así, si alguno quisiere guardar su ánima conviene que ponga gran guarda a su boca. El hombre que no guarda su boca es bien así como el vaso que no está atapado o que no tiene cobertura, será sucio;[8] el que no tiene guarda en su boca es como caballo sin freno y como nao sin gobernalle, según aquello que dice Santiago en su Canónica: "Así como ponemos frenos en las bocas de los caballos para los enseñorear y regir y con un pequeño freno sojuzgan a un grande caballo y le hacen dar muchas vueltas alrededor y también a una nao aunque sea muy grande y amenazada de muy grandes vientos y tempestades es regida y gobernada de muy pequeño gobernalle y vuelve con ímpetu a do es la voluntad del que la rige, bien así la lengua muy pequeño miembro es, empero ella nos lleva do quiere y nos trae y acarrea muy grandes premios o tormentos".[9]
La cuarta causa o razón que nos debe inducir al refrenamiento de la lengua es la prontitud o inclinación que tiene para el mal, según aquello que Santiago en su Canónica dice: Toda naturaleza de bestias y de aves y de serpientes son domables y domínalas la naturaleza humana, empero la lengua no la puede domar ningún hombre,[10] y dice más: Es la lengua el mayor mal de los males, porque es llena de veneno mortífero,[11] y el mismo Santiago dice: Nuestra lengua es un fuego de toda maldad;[12] donde la Glosa dice: Digo que es fuego de toda maldad porque por ella se cometen todas las maldades. Con ella se cometen los hurtos y los adulterios y se hacen los juramentos falsos y los falsos testimonios y con ella reciben todos estos males, escusa y son defendidos, porque con ella cada culpado seescusa de los males que cometió. La lengua está en lugar que siempre está húmido y deleznable y por tanto fácilmente se delezna, por lo cual el Eclesiástico dice: Bienaventurado es el varón al cual no caen las palabras de su boca,[13] por la cual inclinación del mal que hay en la lengua, se pone la sal en la boca de los niños cuando los bautizan, para demostrar que aquel miembro fácilmente se pudre y se hinche de gusanos de muchos vicios; por esta causa el Espíritu Santo apareció en lenguas de fuego y no quiso aparecer en figura de manos ni de ningún otro miembro, para nos dar a entender que este miembro era muy inflamado del fuego infernal y por tanto era muy necesario que fuese inflamado del fuego celestial, y también por la misma causa, aunque todos lo miembros del cuerpo estén en público y descubiertos, quiso Dios que sola la lengua estuviese encerrada, y con razón, porque según su ferocidad y inclinación que tiene al mal merece que esté encerrada.
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De Lengua de vida, de Alonso de la Isla. Medina, 1552. Capítulos 1, 2, 3 y 4.
[1] Cf. Mt., 15, 18-20.
[2] Cf. Eccli., 15, 9-10.
[3] Cf. Mt., 7, 6.
[4] Sal., 18, 9.
[5] Cf. Io., 5, 28.
[6] Prov., 13, 13.
[7] Prov., 25, 28.
[8] Num., 19, 15.
[9] Cf. Iac., 3, 3-7.
[10] Cf. Iac., 3, 7-9.
[11] Cf. Iac., 3, 8.
[12] Cf. Iac., 3, 6.
[13] Cf. Eccli., 14, 1.
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