LA INTEGRACIÓN LATINOAMERICANA COMO TAREA MASÓNICA

LA INTEGRACIÓN LATINOAMERICANA COMO TAREA MASÓNICA.

Sebastián Jans

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PRESENTACIÓN.

Hablar de integración en la historia y realidad latinoamericana, no solo es dar cuenta de los esfuerzos que se han realizado en la segunda parte del siglo XX, sino que es necesario remontarse al sueño de los Libertadores, que vislumbraron la posibilidad de una América unida, no solo en una historia común, sino en torno a propósitos comunes y a una voluntad mancomunada de construir el futuro y el porvenir de sus pueblos.

La común lucha emancipadora de Bolívar, San Martín y O’Higgins, fue un intento, en el marco sudamericano, que dejó una referencia de reflexión que debería conducirnos a una búsqueda común. Sin embargo, dadas las diferencias que han animado históricamente a la clase política latinoamericana, movida por intereses circunstanciales, no ha sido posible que el objetivo integracionista se produzca por la sola voluntad política.

La experiencia enseña que, de la misma forma que en la Europa de la post-guerra, solo en la medida que exista integración económica, será posible avanzar en términos de una integración política.

Por cierto, en la historia de las propuestas de integración, ha habido muchos masones, y en la masonería chilena hay nombres que destacan también con brillo propio en la realidad extramural. Entre ellos, resaltan dos figuras: la del Gran Maestro Eugenio Matte Hurtado, en los años 1930, y la de Felipe Herrera, en los años 1960 y 1970, cuyo reconocimiento internacional lo destaca como una de las más notables personalidades de la integración.

Nuestro propósito, en esta oportunidad, es hacer una indagación sobre el aporte y la relevancia que la integración latinoamericana, tiene y ha tenido entre los masones, sobre el supuesto de que, en el plano de la acción intra y extramural, es una tarea masónica, asumida no solo en la reflexión intelectual, sino que también en el plano de la acción concreta.

LOS PRECURSORES EN LA MASONERÍA.

Al estudiar los orígenes del americanismo masónico, el primer antecedente obligado que surge vigoroso, data del año 1898, cuando el peruano Eduardo Lavergne, Gran Maestro de la Gran Logia de Perú, propusiera la realización de un Congreso Masónico Internacional, en Buenos Aires, con la intensión de crear un Rito Latinoamericano.

"Con visión certera, con erudición profunda, pintó el francmasón Lavergne el cuadro que ofrecía la Masonería Universal, sus tendencias y medioambiente, dentro del cual debía desarrollar su acción, su fuerza y debilidad. El estudio meditado de esta pieza y su comprensión adecuada servirán de guía seguro a quien quiera profundizar en la historia del internacionalismo masónico". Con estas palabras recordaría, el chileno Sergio González Parodi, en 1946, el Dictamen emitido por la Gran Logia de Perú, obra de Lavergne, promoviendo la idea de tal encuentro masónico.

Cronológicamente, le sigue la notable figura del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, Eugenio Matte Hurtado (1896-1934), adalid del latinoamericanismo, no sólo en los ámbitos masónicos, sino también extramurales. Abogado, tribuno de la prensa, político socialista, senador de la República, su breve e inquieta vida dejó una profunda huella que no siempre ha sido recordada en su adecuada magnitud. Vinculado políticamente a aquellos ideales libertarios de fuerte compromiso social y emancipadores, que fueran comunes a los masones Víctor Raúl Haya de la Torre y César Sandino, iniciados en Yucatán en 1928, debe reconocérsele en el ámbito interamericano masónico, alguna vez, no solo como aquel Gran Maestro que soñó la idea de la integración, sino como aquel que, de la manera más decidida, buscó caminos concretos para hacerla realidad.

Se debe tener presente también, como uno de los precursores en ésta preocupación y voluntad, la figura de Calixto Maldonado (1886-1939), Gran Maestro de la Gran Logia del Valle de México, quien planteara en la década de los 1930, con particular vehemencia la necesidad de crear una Confederación de Grandes Logias de América Latina. Destacado político liberal, estuvo afiliado a la causa maderista, durante la revolución mexicana. De profesión abogado, se tituló con al tesis "La Revolución como Derecho", en 1910. Ejerció como legislador en Yucatán, como juez en Ciudad de México, y en los últimos años de su vida se dedicó a la defensa legal de los obreros.

En la continuidad de aquellos visionarios masones, también debe elevarse al lugar que la historia debe reconocerles, como los grandes ejecutores del sueño integracionista, a los Grandes Maestros Miguel de Dios Serna, de Uruguay, y René García Valenzuela, de Chile, recordados como los padres legítimos de la Confederación Masónica Interamericana.

LOS PRIMEROS ESFUERZOS DE INTEGRACIÓN MASÓNICA

Hasta inicios de los años 1930, la Masonería Chilena, a través de la Gran Logia de Chile, había participado en los Conventos organizados por la Asociación Masónica Internacional, de la cual era uno de sus 33 miembros regulares. Esta Asociación reunía a miembros de las principales Grandes Logias y Grandes Orientes de Europa, con la excepción de los ingleses, y algunos poderes masónicos de América Latina. En ese contexto, participó en los Conventos realizados en Estambul, en 1932, y en Luxemburgo, en 1934, como lo había hecho en la década anterior.

Sin embargo, en la inquietud de Eugenio Matte, miembro del gobierno superior de la Orden, desde hacía algunos años, cuando todavía era Gran Maestro Héctor Boccardo Benvenutto, venía acrecentándose la idea de que la Masonería, en el ámbito latinoamericano, no tenía una expresión orgánica que recogiera los propósitos de fraternidad y de integración, que debían animar los comunes esfuerzos por llevar a los pueblos de la América Latina, los postulados más caros de la Masonería.

Bajo su inspiración, se iniciaron los esfuerzos para lograr la realización de un Congreso Masónico Iberoamericano, en los últimos meses de 1932. Los esfuerzos del Gran Maestro Eugenio Matte, se vieron coronados, al efectuarse, en Enero de 1932, la Conferencia de Jefes de la Masonería Simbólica Sudamericana, como preámbulo a lo que debería ser el Primer Congreso Masónico Ibero-Americano. Las deliberaciones de este evento están contenidas in extenso, en la Revista Masónica de Chile, Nros. 1 y 2 (mayo-abril) de 1932.

A ella asistieron representantes de las Grandes Logias de Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Uruguay y Venezuela, y de las Grandes Logias Brasileñas de Sao Paulo, Rio de Janeiro, Bahía y Minas Gerais.

En sus conclusiones, acordaron realizar todos los esfuerzos posibles para lograr efectuar en octubre de 1932, el Primer Congreso Masónico Iberoamericano. En sus conclusiones, la Conferencia señalaría:

"1. La Conferencia Sudamericana de Jefes de la Masonería Simbólica afirma la existencia de un espíritu Iberoamericano y reconoce como uno de sus principales deberes, acentuar su expresión en la vida mundial.

2. Se propone, en consecuencia, propiciar intensamente en los países de habla ibera, toda iniciativa que sirva para despertar la conciencia de la raza, y apresurar el florecimiento de la nueva civilización, cuyo cetro le corresponde.

3. El programa de unión y armonía ibero-americana debe cimentarse en el reconocimiento y coordinación de los comunes intereses espirituales y materiales, sin que pensemos separar estos dos aspectos fundamentales que constituyen uno solo en el fondo".

En la clausura del evento, el Gran Maestro Eugenio Matte, presidente de la Conferencia, plantearía, en relación a los propósitos que animaban a los asistentes: "...me asiste la convicción de que ella es la piedra fundamental del credo masónico. Estoy íntimamente convenido de que la condición primera de los masones de verdad, es la fraternidad. Hagamos votos, porque una simbólica cadena, como la que rodea este Templo, rodee el día de mañana a la Humanidad entera, pues, solo así será posible reconstruir la civilización y crear una nueva vida en la paz, la justicia y la igualdad sean las normas que regulen la existencia de todos los seres humanos".

Está claro que los acontecimientos chilenos de 1932, jugarían en contra de los propósitos masónicos del Gran Maestro Eugenio Matte, al ser absorbido por los acontecimientos y los requerimientos de la convulsa situación social chilena, que lo hizo activo protagonista de la escena política nacional. Luego de aquellos acontecimientos, la relegación a Isla de Pascua lo alejaron de su cargo y de sus objetivos en el gobierno superior de la Orden.

LA PRIMERA CONFERENCIA INTERAMERICANA DE LA MASONERÍA SIMBÓLICA.

Frustrados aquellos primeros intentos, dentro de la Masonería chilena, sin embargo, había quedado sembrada la semilla, la que brotó nuevamente en 1940, al efectuarse el Segundo Convento Masónico Nacional, que planteó como tarea implementar los esfuerzos necesarios para retomar el postergado proyecto del Gran Maestro Matte, quien ya decoraba el Oriente Eterno, como producto de su temprana muerte.

Sin embargo, era una idea que también estaba rondando con fuerza en otras partes del continente. Así, al realizarse el Primer Congreso Masónico Uruguayo, en 1941, se planteó la aspiración de realizar un Congreso Masónico Panamericano. Lo propio ocurría, en abril de ese año, al efectuarse el VI Congreso Nacional de la Masonería Mexicana, que acordó proponer a las Grandes Logias Regulares de América efectuar un Congreso Masónico Interamericano.

Sin embargo, sería en el cono sur, donde se darían los pasos más concretos. En Agosto de 1942, una misión masónica chilena, encabezada por el Q\ H \ Enrique Arriagada Saldías, visita Argentina y Uruguay, para estrechar vínculos fraternales, oportunidad en que el tema adquirió primera importancia. Ello sirvió como preámbulo para lo que sería el "Acuerdo de Buenos Aires", suscrito por los tres poderes masónicos en un encuentro celebrado en esa ciudad, en octubre de 1943, permitiendo dar forma a un Proyecto de la Primera Conferencia Interamericana de la Masonería Simbólica.

Distintas dificultades prolongan la implementación del proyecto, que se relacionan con la incapacidad de involucrar a la Masonería norteamericana. Activo participe en los esfuerzos organizativos, el Q\ H\ González Parodi se lamentaba de la absoluta ignorancia de las Grandes Logias de EE.UU respecto de la Francmasonería Latinoamricana, a la que consideraban no independiente, suponiéndola controlada por diversas denominaciones o sociedades ajenas.

En abril de 1946, el Gran Maestro de Uruguay, Miguel de Dios Serna, visita Chile en forma oficial, siendo recibidos con los mayores honores por la Gran Logia de Chile y el Supremo Consejo. Como consecuencia de aquella reunión, se refuerza la misión del Gran Maestro de la Gran Logia de Chile, I\ H\ René García Valenzuela, como Presidente de la Comisión Organizadora de la Primera Conferencia Interamericana, actuando como Secretario, el Gran Secretario de la Gran Logia de Chile, René Court Portales. La gestión de éstos II\ HH\ , así como del gobierno superior de la Masonería Chilena, junto a sus Hermanos argentinos y, especialmente, uruguayos, permite que el sueño masónico interamericano se haga realidad.

Es así como, en Montevideo, el 14 de abril de 1947, en el Día de la Américas, se inicie la Primera Conferencia Interamericana de la Masonería Simbólica, constituyéndose la Confederación Masónica Interamericana, cuya Oficina Permanente quedó radicada en Chile. Participaron la Gran Logia y el Gran Oriente Federal Argentino, la Gran Logia de Bolivia, dos Grandes Orientes y 9 Grandes Logias de Brasil, la Gran Logia de Colombia, la Gran Logia de Chile, la Gran Logia del Ecuador, 15 Grandes Logias Mexicanas, la Gran Logia de Panamá (que agrupaba a la masonería de Panamá, Costa Rica, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua), la Gran Logia de Paraguay, la Gran Logia de Perú, la Gran Logia de Puerto Rico, la Gran Logia de Venezuela y la Gran Logia de Uruguay. Como observadores se hicieron presentes la Gran Logia de Paraná y del Gran Oriente Español en el Exilio.

Los detalles de esta Primera Conferencia fueron divulgados ampliamente en la Revista Masónica de Chile, Nros. 2 y 3 (abril-mayo) de 1948, incluyendo las conclusiones elaboradas por la Comisión Organizadora, presidida por el I\ H\ René García Valenzuela.

LA CONFEDERACIÓN MASÓNICA INTERAMERICANA.

Desde su fundación, la Confederación ha realizado 18 reuniones plenarias o asambleas, es decir, con la participación de todos sus miembros, partiendo de aquella realizada en Montevideo, en 1947. Son miembros actualmente las Grandes Logias de Argentina y Bolivia, 32 Grandes Logias de Brasil, la Gran Logia de Chile, 8 Grandes Logias de Colombia, las Grandes Logias de Costa Rica, Cuba, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití y Honduras, 13 Grandes Logias de México, y las Grandes Logias de Nicaragua, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico, República Dominicana, Uruguay, Venezuela y España.

La presencia española se remonta a la Primera Conferencia, donde participó el Gran Oriente Español en el Exilio, con sede en Ciudad de México, y ha permanecido en el tiempo, pero, su participación oficial, como Gran Logia de España es reciente, como consecuencia de la reorganización de la masonería de ese país, después del fin de la era franquista.

Para su funcionamiento se ha dividido en 6 Zonas, desde la III Conferencia, realizada en 1955. Chile integra la VI Zona, conformada por las Grandes Logias de Argentina, Bolivia, Chile, España, Paraguay, Perú y Uruguay, que realiza reuniones periódicas, siendo la última la celebrada en mayo de 2002, en Santiago.

En la XVII Asamblea de la Confederación, realizada en Santiago, en abril de 1997, Chile pasó a ocupar la presidencia hasta julio de 2000, habiendo sido ejercida inicialmente por el I\ H \ Marino Pizarro, cerrando el periodo el I\ H\ Jorge Carvajal.

Como legado de aquel periodo de presidencia chilena, debe destacarse, entre otros aspectos, la realización del "Primer Encuentro de Jóvenes Líderes Laicos para la Acción", que posibilitó un evento con la presencia de 250 jóvenes, al cabo del cual se firmó la "Carta de Compromiso de Santiago", signada por 17 representantes juveniles de todas las nacionalidades asistentes, cuyos contenidos se inspiran en los principios de unión americanista.

Haciendo un análisis sobre el rol de la C.M.I.. el Gran Maestro Jorge Carvajal, a propósito de la XVIII Asamblea, celebrada en Panamá, señalaba: "Al recorrer y analizar la historia de la C.M.I. podemos comprobar los altibajos que ella ha experimentado. No obstante se ha mantenido en el tiempo como la principal y más importante organización masónica en Latinoamérica y posiblemente del mundo". Más adelante, agregaba: "...debiera tener un rol más activo y los acuerdos un mayor grado de obligatoriedad que la simple voluntad de las Grandes Logias (...). La sociedad de hoy, especialmente nuestros pueblos, requieren de una institución como la nuestra, vigente por sobre los tremendos cambios que experimenta la humanidad".

Es un hecho que la Confederación tiene realidades masónicas distintas, que no corresponden a un mismo nivel de desarrollo y de preocupaciones, tanto en el ámbito iniciático como en la naturaleza de su inserción en el medio social. Ello impacta, desde luego, en la comprensión que debe haber respecto del rol de la C.M.I., lo que se traduce en que el ritmo, las orientaciones y la acción, de este organismo presente tan notables relativizaciones, como se deriva del acento y el acervo del poder masónico que le corresponde presidir durante tres años.

Sin embargo, queda para todos sus miembros la tarea no claramente determinada de cómo puede proyectarse, de manera más sustancial, la labor de la masonería interamericana en relación a las problemáticas de las sociedades en que está presente, y el contenido que pueda aportarse a los propósitos de integración, y, por sobre todo, en la elaboración de un concepto de integración que sea común en el lenguaje y en las ideas que pueda ser transmitido con claridad hacia extramuros.

Si no se define una común idea sobre lo que se entiende como integración, y si esa idea común no se transmite hacia la sociedad interamericana, los alcances y propósitos de la C.M.I., no superarán la condición de instancia de acercamiento fraternal, no por ello no válida, sino que simplemente sin proyección social.

LAS REUNIONES DE LOS SOBERANOS GRANDES COMENDADORES.

Diferente a los propósitos que animaron la gestación de la Confederación Masónica Interamericana y sus permanentes instancias de encuentro, las Reuniones de los Soberanos Comendadores de Supremos Consejos, no tuvo su origen en los propósitos latino-americanistas que animó la formación de aquella.

Los orígenes de estos encuentros periódicos son consecuencia de la Conferencia Internacional de Supremos Consejos. En efecto, en ésta instancia, el Supremo Consejo chileno venía participando desde principios del siglo XX, de modo activo, y en su Conferencia de 1935, realizada en Bruselas (Bélgica), constituyó recomendación de este evento, a todos los Supremos Consejos, en cuanto a promover relaciones fraternales más completas y permanentes, según sus niveles de proximidad y concurrencia geográfica, considerando las dificultades que significaba mantener una relación internacional más fluida, en el marco de las Conferencias Internacionales.

Aquellos propósitos se verían entorpecidos, sin duda, como consecuencia de la acción del fascismo en Europa, de arraigada actitud antimasónica, y, posteriormente, como consecuencia de la guerra mundial.

Sin embargo, los sentires de aproximación que se producen en la humanidad, luego de la guerra, y que permitieron la creación de distintas instancias de internacionalismo, indujeron a replantear aquella propuesta de 1935, y bajo el liderazgo del Supremo Consejo de Cuba, fue convocada la Primera Reunión de Soberanos Grandes Comendadores, que se verificó en La Habana, en febrero de 1948. Concurrieron representaciones de Argentina, Bolivia, Brasil, Cuba, Chile, Estados Unidos, México, Paraguay, Perú y Venezuela.

En la elaboración de esta investigación, no me fue posible encontrar una consecuencia entre este evento con la Primera Conferencia de las Masonería Simbólica, celebrada en 1947, en Montevideo. Sin embargo, considerando el entusiasmo panamericanista del Soberano Gran Comendador Hermógenes del Canto (que ejerció este cargo entre1938 y 1950), sin duda, en los ánimos del Supremo Consejo chileno, por lo menos, influyó notablemente tal motivación, al concurrir a la reunión de La Habana.

Recordemos que, al comentar la Primera Conferencia Interamericana de la Francmasonería Simbólica, el Soberano Gran Comendador Del Canto señaló que "ha sido uno de los hechos más trascendentales ocurridos en nuestra América en los tiempos que vivimos".

Como forma de coordinar, con posterioridad, a los Supremos Consejos concurrentes a aquella I Reunión, se creó una Oficina de Información de los Supremos Consejos Americanos, con sede en Cuba, el cual editó un Boletín, que durante muchos años fue un nexo material entre los diferentes Supremos Consejos.

Sin embargo, al hojear el Boletín de la Oficina de Información, publicado a partir de 1951, no se advierten contenidos de claro sentimiento americanista, aún cuando se constata un permanente estimulo fraternal, aunque más bien de internacionalismo masónico.

La II Reunión se efectúa en México, en 1950, a la que Chile se excusó de asistir, renovando su presencia en la III Reunión, desarrollada en Buenos Aires, en 1953. La primera vez que se efectúa en Chile, es la V Reunión, en 1964, bajo la presidencia del I\ P\ H\ Pedro Castelblanco, y la más reciente, es la que presidiera el I\ P\ H\ Víctor Hugo Vásquez Díaz, en noviembre de 1993, correspondiente a la XII Reunión.

Paralelamente, se han efectuado Reuniones de Soberanos Comendadores del Cono Sur, siendo la primera en Buenos Aires, en 1967, y la segunda en Montevideo, con la participación de los Supremos Consejos de Argentina, Chile, Paraguay y Perú. En la efectuada en 1969, se sumó Bolivia.

De análisis de las Reuniones de Soberanos Grandes Comendadores, efectuadas hasta ahora, una de las evidencias que surge es que, en ninguna de ellas, ha estado presente el tema de la integración. Motivado por confirmar esta carencia, solicité una entrevista al I\ P\ H\ Víctor Hugo Vásquez Díaz, ex Soberano Gran Comendador, y uno de los más experimentados masones escoceses chilenos, en el ámbito de relaciones interpotenciales del escocecismo americano y mundial, que ha participado en innumerables encuentros de Supremos Consejos americanos, además de los encuentros internacionales en México y Lausanne.

De la conversación sostenida con este prestigiado masón, se desprende que esta falencia integracionista, en las Reuniones de Soberanos Grandes Comendadores, obedece a una impronta netamente doctrinaria. Para los Supremos Consejos, la preocupación exclusiva radica en la formación del Maestro Masón, por lo cual, todos los actos y acciones de sus altos dignatarios y altos oficiales, están volcados a esa tarea. Toda temática extramural o pública, si bien puede estar tratada en la docencia de los distintos grados capitulares, como ocurre en ésta oportunidad, en tanto robustece el campo formativo del Maestro Masón, ello no se hace presente en los órganos superiores, como es caso del Grado 33° y sus Grados asesores, cuya dedicación está volcada exclusivamente a la calificación de los integrantes del escocesismo, y al permanente análisis del proceso formativo de todos y cada uno de los integrantes de los grados escoceses.

Los Supremos Consejos y los Soberanos Grandes Comendadores, deben ser fieles expresiones de esa doctrina, de allí que, las reuniones periódicas que se realizan en América y en el mundo, reflejan exclusivamente esa impronta y lo que tiene que ver con la homologación ritual y doctrinaria del Rito Escocés Antiguo y Aceptado.

Reconociendo, empero, una necesaria proyección masónica al mundo profano, en cuanto a la rectoría ética que debe ejercerse en el espacio público, la Francmasonería deja esa responsabilidad al Gran Maestro de la Masonería Simbólica, en particular, y a las logias simbólicas, en general, instancias que tienen consideradas además la existencia de órganos de acción masónica, que deben hacer efectiva la necesaria y ineludible relación entre lo intra y extramural.

EL SUEÑO DE LA INTEGRACIÓN AMERICANA.

El sueño bolivariano, es una aspiración que ha estado íntimamente ligado a los ideales de muchos hombres, en el ámbito de la América al sur del Río Grande. El ideal de la Patria Grande, que una los esfuerzos, las potencialidades, las características y las motivaciones de los latinoamericanos o los iberoamericanos, ha sido un planteamiento recurrente a través de todas las generaciones, desde el movimiento emancipador que dio a sus países independencia y autodeterminación.

Con distintas visiones ideológicas, con distintos sellos políticos, con distintos énfasis o comprensiones de la realidad, en las diversas coyunturas históricas, una notable legión de americanistas han tratado de esbozar lo que han creído los mejores caminos para llevarla a la realidad.

Latentes tales sueños, por muchos años, hacia inicios del siglo XX, fue recuperando su trascendencia, al comprobar los pueblos latinoamericanos la realidad que imponían las potencias industriales de Europa y Estados Unidos, en el hemisferio sur planetario, incluyendo, desde luego, a la América ibero-parlante.

Movimientos políticos de influencia laica, emancipadores, con evidente presencia masónica, tales como el Aprismo peruano, el socialismo de Chile, el liberalismo colombiano, etc. durante los años 1930, fueron los principales portavoces de las propuestas integracionistas. Con una perspectiva distinta, adquiere importancia el Panamericanismo de los 1940, que, reconociendo la desvinculación histórica, política y económica, de las naciones de las Américas, anterior a la II Guerra Mundial, trató de ser zanjada a partir de una nueva relación entre Estados Unidos y Centro y Sur América. De aquella etapa queda la formación de la Organización de Estados Americanos, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, el Banco Interamericano de Desarrollo y otras instancias, que, desgraciadamente, no llegaron a constituirse en los motores de la integración, porque las áreas de interés político principal de Estados Unidos, llamado a ejercer el liderazgo por su condición de primera potencia continental, ha estado siempre en otras regiones del planeta.

Desde los años 1940 en adelante, ha sido posible construir una abundante experiencia integracionista, con los intentos de la ALALC, el MCCA, el CARICOM, el Pacto Andino, la ALADI, el Tratado de la Cuenca del Plata, el Tratado de Cooperación Amazónico, el MERCOSUR. Todos ellos se han debilitado, producto de las contingencias coyunturales y los intereses transitorios, además de la disparidad de políticas nacionales.

Respecto de la Pacto Andino, que involucró directamente a Chile, debemos recordar que, hacia los 1960, se consideró como prioridad la implementación de políticas que persiguieran acuerdos sub-regionales, considerando la experiencia de la unión europea, que había avanzado de manera importante en términos de un mercado común. La conclusión predominante era que debía plantearse la integración en términos económicos, por lo cual, el Pacto Andino surgió del Acuerdo de mayo de 1969, con la perspectiva de un mercado común entre los países del borde sudamericano del Pacífico. De la misma forma, se produce un pacto sub-regional entre los países centro-americanos.

El más reciente esfuerzo, lo constituye el Mercosur (Mercado Común del Sur), que agrupa a Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, fruto del Acuerdo de Asunción (marzo 1991), en la misma perspectiva de orientación económica que los pactos subregionales mencionados anteriormente. Sus vicisitudes son parte de nuestra actual realidad latinoamericana, marcada por el carácter de políticas de gobierno de predominio coyuntural, de distinto signo, e insostenibles en el tiempo.

Queda aún como un desafío solamente discursivo, la propuesta del ALCA, es decir, de una Asociación de Libre Comercio de América, en la perspectiva de abordar políticas de verdadera integración, a partir de nuevas relaciones económicas entre el norte desarrollado de América y el sur que ha quedado a la deriva en el proceso de globalización.

En el marco de las políticas de integración, como expresión de una voluntad de búsqueda de acuerdos políticos, son destacable instancias tales como el Grupo de Río, y, especialmente, las cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, que se celebra anualmente desde 1990, que han permitido profundizar la base democrática que se requiere, como elemento ordenador, para avanzar en el diálogo y en el acercamiento entre las naciones y los pueblos de la región.

LA INTEGRACIÓN COMO CONCEPTO MASÓNICO.

De lo que hemos analizado, en las páginas precedentes, no cabe duda que, en el caso de la Masonería chilena, hay un largo historial de adhesión en la causa integracionista. No en vano, a partir de 1987, se instaura el día de la Integración Americana, por parte de la Gran Logia de Chile, actividad que, desde entonces, año tras año, permite la realización de un Tenida en el Gran Templo, donde se expone una Plancha de Arquitectura sobre el tema.

Ello no es nuevo, incluso en el ámbito de la Masonería Capitular, resulta necesario recordar la prioridad que, masones como el Soberano Gran Comendador Hermógenes del Canto, veían en la idea de integración masónica, como un camino contribuyente a la libertad de los hombres y de los pueblos de América, sobre la base de los valores y principios que la masonería encarna. Tales intensiones también hemos podido verlas en otros poderes masónicos de América, lo cual, también se desprende de lo señalado en las páginas precedentes.

Sin embargo, también es cierto que falta una maduración de esas ideas e intensiones, que se carece de una mayor profundización de los conceptos respecto de lo que se entiende por integración, y cual es el mensaje concreto que se debe llevar a extramuros. Esta falencia se hace evidente, en lo que son las resoluciones de los distintos eventos masónicos, sean simbólicos o escoceses, en el ámbito de las instancias interamericanas.

La Carta de Santiago, por ejemplo, suscrita por la XVII Asamblea de la CMI, señala los objetivos de ella, donde se acogen las principales problemáticas de los Pueblos de América, pero, no hace mención a los objetivos de integración. Por ejemplo, señala expresamente: "Algunos de los objetivos más importantes de esta Confederación procuran incentivar la unidad y colaboración recíproca entre todas las Grandes Logias Confederadas; coordinar la acción de las Grandes Logias en torno a problemas que les sean comunes; contribuir con cuantos esfuerzos se realicen a nivel nacional e internacional, a la defensa de la libertad, de los derechos humanos, de la justicia, de la verdad, del mantenimiento de la paz, de la solidaridad; proteger la ecología, y asegurar la más sincera colaboración entre los pueblos de América y del resto del mundo".

A continuación, agrega: "La acentuación del fenómeno de la pobreza y marginalidad que aflige a importantes sectores de la población de nuestra América es una fuente de conflictos que amenazan la paz social y el imperio de la democracia. La Gran Asamblea de la Confederación estimará indispensable que todos los estamentos de la sociedad emprendan con urgencia acciones orientadas a resolver los problemas de la pobreza, el desempleo y la desintegración social en claros conceptos de equidad, solidaridad y ética. La educación y la salud deben ser componentes esenciales de toda política que tienda a mejorar las condiciones de vida de los más desposeídos; el desarrollo social debe formar parte de toda estrategia de crecimiento económico. Una educación de alta calidad para todos los niños y jóvenes de América, independiente de la capacidad económica de sus padres, constituye un bien público que debe ser cautelado por toda la sociedad, empezando por los Estados y el acceso a la salud, también de buena calidad, para la población más pobre, debe ser de igual modo una responsabilidad que nos comprometa a todos".

Privilegiar el concepto de integración, a través de los organismos que la Masonería tiene en el ámbito continental, en las resoluciones que surgen de sus instancias periódicas de debate, es un paso, entonces, de mucha relevancia. También debe serlo, la definición espacial de su concepción, ya que a través de los años se han usado distintos vocablos: panamericanismo, interamericanismo, latinoamericanismo, iberoamericanismo, como los más habituales, y, a veces, indistintamente.

A MODO DE CONCLUSIÓN: LA TAREA MASÓNICA.

Si estamos contestes en que la integración es un propósito que tiene una implicancia más allá de las siempre necesarias relaciones interpotenciales, y que se imbrica con los orígenes de nuestras repúblicas y con el protagonismo primero de una masonería americana con proyección extra-mural, debemos ser capaces de hacer acciones concretas que hagan evidente lo que en el discurso queda solo como una proclama, y no como una línea de acción.

En correspondencia con una idea de integración más tangible, me atrevo a proponer algunas ideas, dentro de las muchas que pueden surgir en un intercambio de ideas al respecto, y que apuntan a abrir un debate sobre lo que se debería hacer en el marco de la masonería chilena e interamericana.

Sería importante que, en el futuro, en el marco de la CMI, se pudiera publicar un libro, recogiendo análisis y propuestas relativas a la aspiración del integracionismo, conteniendo la reflexión de la intelectualidad masónica interamericana, sobre éste tópico, el cual se difunda por las logias de los distintos poderes masónicos y se entregue a los distintos gobiernos y poderes legislativos, y a las instancias de integración existentes dentro de la institucionalidad americana. Tal publicación debiera acoger un trabajo por cada poder masónico nacional, y debiera ser consecuencia de concursos internos.

Puede constituir una buena propuesta a analizar, también, establecer la acreditación de la CMI como organización no gubernamental ante las instancias de integración y los foros instituidos por los gobiernos para ese efecto, como por ejemplo, OEA, Grupo de Rio, Cumbres Iberoamericanas de Jefes de Estado y de Gobierno, Mercosur, etc.

Nombramiento en cada país de un Delegado de la CMI para acreditarse en foros relacionados con la integración. En caso de producirse eventos, que contemplen la participación de ONGs, posibilitaría que la CMI tenga una capacidad de información importante, y una participación más activa, respecto de su rol de influencia moral, a favor de la idea de integración.

Por último, sería de mucha utilidad la creación de una Oficina de la CMI, a cargo de la Presidencia, para el intercambio y centralización de la información relativa a las propuestas nacionales sobre el tema de la integración, que pueda ser distribuida entre todos los poderes masónicos miembros, y que favorezca la publicación de estudios que contribuyan a ese propósito.

Como se puede constatar, a partir de lo expuesto, la tarea de la integración es un tema abierto a la voluntad, decisión y creatividad de los masones, que están en condiciones de asumir un rol protagónico en este propósito, en la medida que se entienda que la realidad latinoamericana es nuestra realidad y que los intereses de nuestros pueblos son comunes, como lo son nuestra cultura y nuestra identidad.

 

BIBLIOGRAFÍA.

Boletín de la Oficina de Información de los Supremos Consejos Americanos. La Habana, Cuba. (Colección completa disponible en la Biblioteca Capitular del Club de la República, Santiago).

Revista Masónica de Chile. (Colección completa disponible en la Biblioteca de la Gran Logia de Chile).

Revista Citerior. (Colección completa disponible en la Biblioteca Capitular del Club de la República, Santiago).

 Santiago de Chile. 2000

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