COREA DEL NORTE: EL PELIGRO DE LA PROLIFERACION NUCLEAR

 

Para la administración Clinton, el Nuevo Orden Internacional anunciado por Bush en épocas de la operación Escudo/Tormenta del Desierto ha devenido en un orden emergente con altos contenidos de violencia, como lo demostraran las declaraciones de James Woolsey al asumir la titularidad de la Agencia Central de Inteligencia (CIA): "matamos un gran dragón, pero vivimos ahora en una selva llena de una complicada variedad de serpientes venenosas".

Una de las más venenosas serpientes que habitan hoy la peligrosa jungla internacional es Corea del Norte, quien pese a la finalización de la compulsa ideológica bipolar ha mantenido un discurso crecientemente ofensivo hacia sus vecinos en general y EE.UU. en particular, y que en los últimos años ha incrementado sus gastos militares a un nivel que excede las meras necesidades disuasivas.

Esas orientaciones han redundado en la elección de una peligrosa conducta internacional, consistente en marchar a contrapelo de la tendencia mundial de desnuclearización y control a la proliferación y difusión de armamento QBN (químico-bacteriológico-nuclear) y vectores.

Dando un vuelco a la orientación adoptada en 1985 al adherirse al Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) por sugerencia china (que especulaba con que una mejora en las relaciones intracoreanas aumentaría las inversiones y el comercio en su aledaña región de Manchuria), y luego de negarse a aceptar inspecciones de la Organización Internacional de Energía Atómica (OIEA) por considerarlas de espionaje militar, en marzo de 1993, Corea del Norte se constituyó en el primer país en abandonar ese acuerdo multilateral.

Al mismo tiempo, se confirmaba el estado operativo de su misil Rodong-1, de hasta 1700 km de alcance, un proyecto nacional basado a su vez en la versión modernizada de los antiguos Scud soviéticos, y resurgían versiones sobre su posesión del plutonio necesario para construir por lo menos dos armas nucleares.

Los meses subsiguientes elevaron el umbral de peligrosidad del caso norcoreano. En mayo se experimentó el Rodong-1, confirmando su estado operativo y alcance, el que incluía las ciudades japonesas de Osaka, Nagoya, Kobe y Nagasaki. Y en junio se ratificó el abandono del TNP, en tanto expertos denunciaban que la capacidad fabril norcoreana lograría producir quince ingenios bélicos atómicos por año, y que Pyongyang podría intercambiar misiles por petróleo en Libia, Irak, Irán e inclusive Pakistán.

Esta situación era la culminación de un deterioro de relaciones entre Corea del Norte y la OIEA iniciado en 1992, cuando se le niega a la organización la inspección de tres pequeñas instalaciones de investigación; unos meses después, las prohibiciones se extendieron a una planta de fabricación de combustible de uranio, para abarcar en febrero de 1993 la central de reprocesamiento de plutonio en Yongbyon.

En el actual escenario internacional, globalizado e interdependiente, la movida norcoreana afecta múltiples intereses: en primer lugar, a Corea del Sur, alterando en perjuicio de ésta el equilibrio militar vigente durante casi dos décadas, cuando la abrumadora superioridad septentrional en términos convencional era contrarrestada desde la parte meridional con la posesión de misiles de mediano alcance NHK, derivados a su vez del Nike Hércules de EE.UU.

También afecta a las naciones vecinas, en su mayoría coprotagonistas de las mayores tasas de crecimiento económico que experimentó el mundo en las últimas décadas, las que podrían ver perturbado el "ambiente político" de su desarrollo.

En tercer lugar, la política de Corea del Norte afecta a toda la comunidad internacional, y en especial a Israel y las naciones de Europa Occidental, desde el momento en que ingenios de este origen pueden pasar a formar parte de los arsenales de Teherán, Bagdad y Trípoli, donde imperan curiosas alquimias de fundamentalismo islámico y odio visceral a Occidente. Este es el fantasma de las "loose nukes", las bombas fuera de control, que tanto intranquiliza a las principales potencias del mundo.

Finalmente y sobre todo, los avances armamentísticos norcoreanos desvelan a la Casa Blanca, por tres diversas razones: primero, afectando el control a la proliferación y difusión de armas QBN y vectores uno de los cuatro pilares de su actual política de Defensa, junto con los conflictos regionales; el mantenimiento de adecuados niveles de equipamiento y capacidades de proyección global de fuerzas; y el probable surgimiento de gobiernos autoritarios hostiles en el otrora territorio soviético, en caso de fracasar las reformas políticas y económicas en curso.

Segundo, poniendo en peligro las reducciones acordadas para el despliegue militar de EE.UU. en ultramar, que en el caso de Extremo Oriente oscilaban en un 10 % respecto al último gobierno republicano. Y por último, alterando lo que desde la última reunión del Foro Económico Asia-Pacífico (APEC) celebrada en Seattle se percibe como el más importante escenario comercial estadounidense tras el NAFTA, o sea el que conforman Japón, China y el primero y segundo lotes de nuevas naciones industrializadas (NIC`s), actores que totalizan un PBI anual de U$S 4,3 billones aproximadamente.

La multiplicidad de actores afectados difiere sustancialmente de aquellos que sí se han sentido aludidos. En este sentido sólo lo ha hecho EE.UU., comprobando que la alianza articulada contra Irak en 1990 es la excepción que confirma la regla general del fracaso de los sistemas de Seguridad Colectiva.

Henry Kissinger ha opinado que los dos supuestos básicos de la seguridad colectiva son una idéntica percepción de amenaza por parte de todos los actores aliados y el compromiso a asumir frente a la misma iguales riesgos; más recientemente, en diciembre del año pasado, Jeane Kirkpatrick relativizaba todo acuerdo de seguridad colectiva que no partieran de la clara identificación del agresor y la voluntad de emplear la fuerza necesaria para hacerlo retroceder.

Nada de esto ha sucedido respecto a Corea del Norte. Los intentos norteamericanos por multilateralizar el tratamiento del caso fracasaron debido a la escasa predisposición de la Federación Rusa, crecientemente europeizada en sus políticas exterior y de defensa que encabezan Andrei Kozyrev y Pavel Grachev respectivamente. China, en tanto, mantiene su propio conflicto con EE.UU. en lo que hace a armas nucleares, desde que a fines de 1993 abandonó su moratoria sobre pruebas atómicas haciendo estallar un artefacto militar de 90 Kt en su polígono de Lop Nor, provincia de Xinjiang.

Resta Japón. Pese a manejar en forma directa o indirecta la cuarta parte de la economía del mundo y ser el segundo contribuyente a los presupuestos ordinarios y para operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU (12,5 % del total según un informe de The Trilateral Commission de 1993), la élite política nipona rechaza el inevitable correlato entre poder económico y responsabilidad política. Nada indica que se avance más allá de la Ley de Operaciones para el Mantenimiento de la Paz, aprobada en agosto de 1992.

Así, Clinton ha asumido la responsabilidad unilateral de anunciar a la élite política de Pyongyang que no admitirá ninguna amenaza a sus aliados de la región y que en tal sentido responderá en forma masiva a cualquier agresión norcoreana. En este contexto, en una visita realizada a mediados de 1993 a la zona desmilitartizada (DMZ) que separa a las dos Coreas desde hace cuatro décadas, el mandatario estadounidense aclaró que un eventual empleo de armas atómicas por el Estado socialista sería "su desaparición como país".

Meses después volvería a insistir, aunque en este caso ofreciendo contrapartidas comerciales y una flexibilización de su aislamiento internacional. Mientras Clinton efectuaba estos anuncios, la prensa sospechaba de un nuevo avance norcoreano, el Rodong-2, que con sus 3 mil km de alcance abarcaría a todo Japón y el norte de Taiwán.

Tras una breve desescalada, iniciada cuando el mandatario Kim Il Sung aceptó sostener conversaciones con EE.UU. en Ginebra y culminada abruptamente con su muerte (8 de julio), los negociadores de Clinton enfrentan hoy los peores escollos para un adecuado manejo de crisis: falta de comunicaciones directas con el decisor de la contraparte y desconocimiento del mismo.

Kim Jong Il, hijo y heredero de Kim Il Sung, es un interrogante para Occidente. Mientras la historiografía oficial de su país lo deifica insistiendo en que nació en el sagrado monte de Paektu, mientras una estrella fugaz y un doble arco iris iluminaban el cielo, otras versiones son menos optimistas: recientemente la periodista española Georgina Higueras recogió rumores de alcoholismo; epilepsia; conducta impredecible producida por traumas de la niñez; completa ignorancia de las reglas de juego internacionales (sólo viajó a China y a la hoy desaparecida Alemania Oriental); propensión por la opción terrorista y una orientación política que, según las versiones, puede ser desde stalinista ortodoxa a reformista en el estilo de Deng Xiao Ping.

Si Kim Jong Il es un reformista y se logra imponer a la vieja guardia política y militar, madre de los planes misilístico y nuclear y opositora a las negociaciones, la calma puede volver a Extremo Oriente. Si, por el contrario, eleva el umbral del conflicto, es posible asistir a una represalia preventiva con misiles por parte de EE.UU., similar a la que desató en junio de 1993 contra instalaciones militares de Irak, materializada a través de misiles crucero Tomahawk, alegando legítima defensa ante un presunto atentado fallido contra Bush en Kuwait, meses antes.

La similitud de razones reales que registraría un ataque contra Corea del Norte y los sucesos de Irak se desprende de lo que la gran mayoría de los especialistas han considerado como la causa oculta de este último hecho: la presunta posesión de Hussein de 40 Kg de uranio irradiado, suficiente para fabricar varias bombas atómicas, agravada por la disponibilidad de vectores de lanzamiento Scud aptos para impactar en suelo israelí.