GLOBALIZACIÓN ECONÓMICA Y CONFLICTOS POLÍTICOS

 

La estrategia es el dominio de la ironía, la paradoja y la contradicción

Edward Luttwak

En este tiempo de cambio acelerado de la post-Guerra Fría, en el cual viejos postulados y anatemas dejan de tener utilidad, la cita de Luttwak es una invitación a pensar en forma creativa la situación internacional, como un atajo hacia su mayor comprensión.

En épocas tan lejanas para el actual devenir de las cosas como un lustro atrás y a caballo de conceptos hoy tan perimidos como el fin de la Historia de Fukuyama o el muy idealista y wilsoniano Nuevo Orden Mundial de Bush, suficientemente conocidos, proliferaban ideas que pronosticaban una suerte de ciudadanía mundial que coexistiría con los Estados tradicionales: si más del 90 % de las casi doscientas unidades políticas definidas de esa manera eran étnicamente heterogéneas y sólo una mínima proporción de ese total tenía problemas internos, tal situación podía repetirse a escala global. Hoy no sólo existe la impresión que ese deseo es irrealizable sino que los eventos ocurridos entre ese entonces y nuestro días indican, como una tendencia estratégica, numerosos colapsos estatales y su reemplazo por múltiples Estados-Naciones.

Parece paradójico que se augure el aumento de Estados-Naciones en momentos que muchos vaticinan su ostracismo. La clave radica, en este caso, en la aplicación de conceptos más ajustados a la realidad que los usados hasta el momento: en su gran mayoría, lo que usualmente denominamos Estados-Naciones no son más que Estados a secas, dado que sus límites no coexisten territorialmente con una Nación, entendiendo como tal a una población que comparte un territorio histórico, mitos y tradiciones, derechos y obligaciones comunes a todos sus miembros. Podría agregarse a lo antedicho que en algunos de esos procesos podrán registrarse importantes niveles de violencia y que en su génesis incidirá lo que usualmente denominamos globalización económica. He aquí, en palabras de Luttwak, lo irónico y paradojal de esta situación: no sólo se han equivocado aquellos que anunciaban que Marte (dios de la guerra) sería reemplazado por Mercurio (dios del comercio) en los asuntos mundiales, sino que en determinadas circunstancias Mercurio ayudará a Marte.

La globalización está basada en la interconexión de los mercados productivos y financieros y la transnacionalización empresaria, sustentada en el avance de las comunicaciones. Es un fenómeno que, en sí mismo, no es bueno ni malo, aunque sus efectos no se distribuyen de modo homogéneo en todos los Estados, ni en el interior de sus sociedades. Esa heterogeneidad suele ser representada gráficamente de dos maneras, más geoeconómicas que geopolíticas.

Una de ellas recupera el simbolismo del Muro, en alusión a la valla que dividía Berlín en épocas del bipolarismo, para asegurar que todavía existen numerosos muros socioeconómicos que dividen a las personas; aplicando este modelo al Viejo Continente, la Unión Europea continúa dividida de los viejos países comunistas; en este último grupo Polonia, Hungría y la República Checa estarían divididos de los más atrasados Rumania, Bulgaria y Albania; finalmente, en los tres grupos hay otros muros que separan a los beneficiados y perjudicados por la nueva situación económica. La otra representación geoeconómica de la heterogeneidad de la globalización es la que estratifica a los Estados en forma de anillos concéntricos en torno a un núcleo integrado por los países económicamente más desarrollados, la tríada formada por Europa Occidental, EE.UU. y Japón. En este esquema, conforme se avanza del centro hacia la periferia disminuye la calidad de inserción de los Estados en el juego económico global y, salvo que medien factores de seguridad, también la importancia de los mismos para el núcleo.

No hace falta salir del mencionado núcleo para observar que algunos muros invisibles, como los descriptos, excluyen a importantes sectores sociales de la globalización económica. En estos casos, la manifestación más usual de esa exclusión es la desocupación, que ocurre como efecto de la automatización productiva o de la transferencia de industrias intensivas en mano de obra hacia otras partes del mundo. Y este estado de cosas comienza a preocupar a los estrategas: el ya mencionado Luttwak, llegó a afirmar que el turbocapitalismo (como él define a la globalización desde el punto de vista de las empresas transnacionales) puede ser un buen negocio, pero en el fondo es una estafa a la gente si no genera o mantiene puestos de trabajo; descarnadamente (él mismo exalta el valor de la ironía), este pensador de indudable orientación conservadora admite que su preocupación por los pobres tiene más que ver con una amenaza a su seguridad que con el ejercicio de la compasión, para concluir: "¿Qué sentido tiene que la economía me permita comprar un Mercedes Benz, si la economía produce tantos desocupados que se transforman en criminales y mi Mercedes Benz es robado?".

Si pensamientos de este tipo se formulan respecto a los países que conforman el núcleo geoeconómico de la globalización y por ende serán sus principales beneficiarios, imaginemos cómo se percibe esta situación en los anillos externos de nuestro modelo, integrados por países que no están preparados para competir globalmente debido a sus producciones poco diversificadas y de escasa competitividad (relación calidad/precio), su escasa mano de obra calificada, su incapacidad educativa o financiera para incorporar tecnologías o su falta de atractivo para captar inversiones. En vastas zonas de África, Asia e incluso América Latina estas situaciones agravan cuadros sociales preexistentes de desnutrición, analfabetismo y subalfabetismo, falta de recursos esenciales y desempleo; en conjunto, se denomina a este efecto como agravamiento (o ensanchamiento) de las brechas de pobreza.

Su dimensión surge de las mediciones y estadísticas: la diferencia de ingresos per capita entre países desarrollados y subdesarrollados se triplicó entre 1960 y 1993, observándose hoy que la riqueza de las 358 personas más acaudaladas del orbe equivale a la de los 2300 más pobres, es decir al 46 % de la población mundial; unos 840 millones de personas sobreviven con una alimentación que no llega al nivel mínimo nutricional; hay más de 200 millones de niños desnutridos, de los cuales mueren anualmente 13 millones. Como en todo el globo, en estos lugares existe, más allá de las declamaciones, la profunda certeza de que el fenómeno de la globalización económica es irreversible e indetenible, y que no se presentan opciones: una adaptación a las reglas de juego, o una marginación definitiva.

Ante esta disyuntiva, las percepciones subjetivas suelen tener igual o mayor valor que los pronósticos que puedan desprenderse del análisis frío y objetivo de los indicadores económicos, políticos o históricos. Es decir que muchas veces es más importante si la población de un Estado considera que la globalización la condena a la marginación, que los datos que permiten ser optimistas sobre su participación en ese fenómeno a mediano y largo plazos. Para ejemplificar lo antedicho, digamos que un metodólogo checo asegura que las sociedades que están sometidas a intensas transiciones, como la que significa la adaptación al fenómeno de la globalización, se regulan por tres relojes que marchan a diferente velocidad, marcando diversas horas: la hora del abogado indica el tiempo que demanda la sanción de las leyes y reglamentos necesarios para interactuar con la nueva realidad, y es de seis meses; la hora del economista se refiere al lapso de instrumentación de reformas económicas, y se la estima en seis años; finalmente, la hora del ciudadano alude al tiempo que puede demandar un cambio en los códigos culturales de la población, que puede llegar a los sesenta años.

Si nos atuvieramos a ciertas tendencias, el agravamiento de las brechas de pobreza no se revertirá en el corto o el mediano plazos; por el contrario, se agravará. La población planetaria se incrementa todos los años en 95 millones de personas, lo que implica que en igual lapso debe generarse un mínimo de 40 millones de puestos de trabajo. Sin embargo, se considera que los nuevos puestos serán mucho menores a esa cifra, sobre todo porque ninguna de las nuevas industrias es intensiva en mano de obra, y que la mayoría surgirán en Estados ubicados en el centro o en los anillos interiores de la geoeconomía de la globalización. Inclusive en aquellos casos en que surjan nuevas plazas laborales en los países de menor desarrollo, los salarios que se remunerarán podrían fluctuar entre 5 y 10 dólares diarios, contra 100 en EE.UU., Europa y Japón.

Entonces, todo indica que en numerosos casos la hora del ciudadano superará con creces a las del abogado y el economista. El grueso de esas sociedades probablemente visualice a la globalización como una inevitable acta de defunción, esfumándose en esos lugares la esperanza de un futuro mejor como justificación de los padecimientos actuales, perdiéndose una concepción de la evolución desde lo inferior a lo superior; en suma, como dijera Edgard Morin, muriéndose el mito del progreso.

No hay que soslayar que en muchos de estos lugares africanos, asiáticos y latinoamericanos existen pautas normativas, en términos sociológicos "instituciones sociales", diferentes a lo que nosotros consideramos como democracia. Para nosotros, la democracia consiste en un sistema constitucional de controles, equilibrios, participación, representación y libertades políticas; lo importante es el respeto a los procedimientos, su transparencia y la participación ciudadana en los mismos, independientemente del resultado. Pero en las regiones que nos ocupan el concepto de democracia se vincula más, como ocurriera otrora en Europa Central-Oriental y la ex-URSS, con el progreso; la democracia se define desde este punto de vista como aquello que proporciona la clase adecuada de élites políticas con los recursos de poder necesarios para tomar las decisiones adecuadas, las que -más allá de los procedimientos- serán democráticas si contribuyen al progreso.

Muerto el mito del progreso, en estos países se desvaloriza la utilidad del Estado y, con ello, muchas veces los valores de la convivencia pacífica y participativa. Las experiencias recientes en África mostraron que esto es particularmente grave en aquellos casos en que coexisten dentro de las mismas fronteras comunidades étnicas o naciones antagónicas. Si nos atuvieramos a una observación efectuada por Umberto Eco tras una experiencia personal durante un viaje fuera de Italia, parecería que en estos países y en su gente suele estar acendrada la idea del enemigo como algo usual. Uno siempre tiene un enemigo a quien enfrentarse; una persona, un pueblo, un Estado, siempre estará opuesto a otro por reivindicaciones territoriales, odios raciales o religiosos o enemistades históricas.

Puede aparecer así un cóctel letal entre una escasa cultura política, en los términos de Occidente; la pérdida de la idea de progreso como consecuencia de una repercusión negativa de la globalización y la proclividad a la identificación de un enemigo como verdadera corporización de los males que aquejan al grupo social. De aquí puede haber poca distancia al empleo de la violencia. Las experiencias recientes, particularmente en África y Asia, han demostrado que las crisis económicas suelen repercutir en tensiones sociales que adoptan la forma de enfrentamientos étnicos, resistencia y desobediencia civil, feudalización del territorio y fragmentación del Estado.

Es probable que naciones o comunidades étnicas específicas busquen independizarse de sus anteriores Estados para generar, en el marco del derecho a la autodeterminación, nuevos Estados-Naciones económicamente inviables. Análisis recientes han demostrado que muchas veces, bajo la reivindicación de los particularismos raciales o religiosos, se esconde la seguridad de contar con el apoyo financiero de la comunidad internacional. Pero en la mayoría de los casos esa certeza es infundada; la realidad indica la validez de una teoría de alcance intermedio formulada en épocas de la implosión soviética, según la cual existe una conexión directa entre los valores soberanía política y bienestar económico: cuanto mayor sea el grado de integración y dependencia económica de una unidad política subestatal respecto a una unidad política mayor, más alto es el costo de una secesión.

Sea porque los Estados colapsan, sin llegar a atomizarse en nuevas unidades estatales, o porque de su destrucción emergen Estados-Naciones inviables, casos como éstos retroalimentan negativamente la estabilidad regional. Muchas veces los enfrentamientos armados afectan territorios de Estados vecinos debido a que, como se dijo, en estos lugares las naciones y las comunidades étnicas no condicen con las fronteras interestatales. O se generan hacia esos destinos masivas migraciones que normalmente no encuentran cabida y no hacen otra cosa que desplazar geográficamente los focos de tensión.

En función de la ubicación geográfica de algunos de estos casos, las migraciones también pueden orientarse hacia polos de desarrollo cercanos, en donde estiman recuperar el mito del progreso. Como dijera el paquistaní Mahbub Ul Haq, autor del Informe de Desarrollo Humano de 1992, si las oportunidades no van a la gente entonces ésta intenta ir hacia las oportunidades. Pero difícilmente sean admitidos en esos lugares, como ya se puede observar. En esos polos se identifica al inmigrante como un factor que puede agravar los cuadros de desocupación, servicios sociales estatales y criminalidad. Visto desde cierto punto de vista, esta es una contradicción de la globalización, puesto que los mismos Estados que rechazan al inmigrante son los que lo han invitado a migrar, a través de una globalización de las comunicaciones que proyecta sobre todo el orbe una tendencia a la homogeneización del consumo

Dice Faith Popcorn, directora de la consultora Brain Reserve de Nueva York: "Vivimos en una era de imperialismo del marketing (...) hoy, lo que une al estudiante secundario norteamericano, al taxista ruso, al propietario de un restaurante peruano, al técnico de video paquistaní y al conductor de ómnibus nigeriano no es la política o la religión. Lo que los une son Nike (ropa deportiva), Sony (audio y video) y Apple (computación). El consumismo es el movimiento evangélico mas exitoso de la historia". Es decir que a través de una globalización de las comunicaciones se les inculca estas pautas y productos de consumo a poblaciones que, globalización económica mediante, no pueden alcanzarlos en sus lugares de orígen y, al dirigirse hacia donde creen que podrán hacerlo, comprueban que la globalización no alcanza a las personas físicas; o al menos, no a todas.

En síntesis, lo que hemos intentado en estas líneas es enfocar la mirada sobre nuevas formas de conflicto que podrán incrementarse cuantitativamente y agravarse cualitativamente en los años por venir. Aquellos en los que Mercurio ayudará a Marte: un tipo de conflicto en cuya génesis una deficiente adaptación a las reglas de juego de la globalización económica interactúa con elementos culturales y políticos y que, en sus versiones más extremas, puede derivar en colapsos estatales, el surgimiento de nuevos Estados-Naciones no menos inviables que aquellos, inestabilidades regionales y flujos masivos de inmigrantes. Es probable que esto no ocurra, por propias deficiencias de este enfoque, o por efecto de los llamamientos que en este sentido se multiplican en el mundo, desde el Papa Juan Pablo II a la UNESCO, desde el PNUD hasta el Banco Mundial.

Pero como Luttwak asevera que lo contradictorio y paradójico suele elevar la utilidad de los enfoques estratégicos, no puede negarse terminantemente que todo esto ocurra, aún cuando sea pernicioso para la Humanidad en su conjunto. Como dijera Jean Daniel, director del semanario francés Le Nouvel Observateur, al fin y al cabo la tarea del intelectual es buscar códigos de interpretación y correr riesgos cuando tiene la impresión de haberlos encontrado.--------------------------------------------------------------------------