EL BRILLANTE PORVENIR DE LA GUERRA

 

Recientemente fue publicada la obra El brillante porvenir de la guerra de Philippe Delmas, matemático y economista que asesoró al Poder Ejecutivo francés en las áreas de Política Internacional y Defensa. El primer mérito de la obra es ratificar la riqueza del actual pensamiento galo sobre Relaciones Internacionales, que pese a contar con notables exponentes (además del presente, Jacques Attali, Pierre Lellouche, Jean Christophe Rufin o el historiador George Duby) no ha alcanzado en nuestro país la difusión obtenida por los autores de EE.UU. El segundo, explorar las probables características que adquirirán los futuros conflictos armados, que lejos de adquirir una fisonomía interestatal serán de naturaleza interna y no estarán sujetos a considerandos políticos. Finalmente y en relación a lo segundo, poner en tela de juicio a los recientes avances del Derecho Internacional y la globalización económica como factores susceptibles de reducir esas amenazas que plantea el futuro.

Delmas inicia su análisis considerando que el concepto Orden es una invención de los Estados-Naciones, actores privilegiados de la escena internacional, como respuesta a una evidencia histórica: la civilización jamás logró dominar el fenómeno de la guerra. Como ejemplo, Europa tuvo 10 años de paz en el siglo XVI, 4 en el XVII y 16 en el XVIII, es decir 30 en 300 años. Desde esta perspectiva, aunque Delmas no define en forma taxativa al Orden, de sus escritos se desprende que el mismo se vincula con la definición de los motivos por los cuales uno o más Estados pueden ir a la guerra: soberanías, intereses vitales, equilibrio de poderes, etc.

Así, el Orden puede comprenderse por la negativa, como "deslinde de lo inaceptable". No debe entenderse al Orden como sinónimo de Paz o Armonía, aunque sí como Estabilidad y Conjunción de Intereses. El poder de un Estado está determinado por su capacidad para desempeñar un rol en la definición del Orden, logrando que sus intereses sean reconocidos y tomados en cuenta por otros Estados. Por eso, el Orden asegura primordialmente la estabilidad entre aquellos Estados que coparticipan en su definición.

Con el paso del tiempo, la distribución internacional de poder fue concentrando al mismo en las grandes potencias, que tuvieron como objetivo principal limitar el fenómeno de la guerra a territorios ajenos a los propios, salvo que ocurrieran dos circunstancias: la violación de las reglas impuestas por el Orden, o la aparición de una nueva potencial a la cual aquél no le dejaba espacio. Entonces, podría decirse que el Orden es un compromiso entre potencias, un sentimiento de estar juntos basado únicamente en la necesidad de coexistir.

Si lo antedicho sobre el Orden ha estado vigente en toda la historia de la civilización, y particularmente en la historia de las Relaciones Internacionales desde el surgimiento del Estado-Nación, a lo largo del tiempo el mismo ha redundado en diversas formas de organización u órdenes temporales. El último de ellos fue el órden de la Guerra Fría, cuando el armamento nuclear planteó una clara diferencia de poder entre quienes lo poseían y el resto de los Estados. Durante ese lapso fue imperativo mantener el Orden, ya que su alteración no hubiese implicado solamente la guerra, sino la desaparición de la Humanidad. El orden de la Guerra Fría no garantizó la paz, sino la estabilidad: no hubo Paz Nuclear, pero tampoco Guerra Nuclear.

El Orden que caracterizó a la escena internacional hasta la Guerra Fría ha sufrido, con la superación de esta última, una ruptura. Esto es así porque se ha modificado la naturaleza de la guerra. Si la guerra origina el Orden, y la guerra experimenta una mutación, el Orden también lo experimenta. Según Delmas, las guerras pueden obedecer a dos lógicas: la lógica de poder y la lógica de sentido.

Las primeras generan conflictos de soberanía, son las guerras tradicionales de ambición y conquista que reflejan el deseo de un Estado de apropiarse de parte o todos los atributos soberanos de otro Estado: población, territorio, riquezas, etc.; en este caso la guerra nace de la potencia estatal. Las segundas reflejan la dificultad que tienen algunas poblaciones para vivir juntas, o bajo una sola autoridad; en este caso la guerra nace de la debilidad de los Estados, cuando los mismos ya no encarnan el sentimiento común de los ciudadanos

Históricamente prevaleció la lógica de poder y por esa causa los Estados soberanos acordaron conjuntamente normas para resolver esos conflictos. Esas normas constituyeron los sistemas jurídicos. Por el contrario, tras la Guerra Fría comenzaron a surgir conflictos que obedecen a la lógica de sentido, es decir, conflictos de legitimidad de los Estados. Los mismos constituyen la expresión final de la imposibilidad de estar juntos, dado que oponen a quienes antes convivían: minorías frente a mayorías, nativos frente a inmigrantes, naciones particulares frente al gobierno central.

En la post-Guerra Fría, entonces, Delmas visualiza que la guerra es cualitativamente diferente de lo que fue antaño, aunque los conflictos de legitimidad culminan expresándose en conflictos de soberanía. Muchos de estos conflictos nos resultan incomprensibles, razón por la cual pensamos que no tienen buenos motivos. Con este panorama, algunas corrientes de opinión cifran sus esperanzas en que la post-Guerra Fría podrá ordenarse en función de dos elementos, la integración y globalización económicas y la universalización de las normas jurídicas.

La integración económica, según Delmas, funciona en "circuito cerrado": sólo integra economías; además, las fuerzas comerciales o financieras operan cada vez más al margen de los Estados. La globalización económica coloca a los Estados débiles en posiciones cada vez más insostenibles, debido a las tensiones que genera en su interior, dado que los beneficios de la globalización se verán en el largo plazo pero los inconvenientes en el corto: recorte de subsidios, flexibilización laboral, desregulación a las importaciones, cierre de empresas públicas deficitarias, etc.

Esta falta de resultados afecta negativamente la legitimidad de los Estados y favorece la aparición de contrapoderes que les disputan autoridad en un juego de suma cero: los contrapoderes obtienen el poder que el Estado cede.

En cuanto a la universalización de las normas jurídicas, Delmas considera a esta posibilidad una "utopía jurídica". Históricamente, la guerra y el derecho compitieron para el dominio del mundo, pero las normas jurídicas nunca gozaron de un poder político determinante porque tradicionalmente un orden jurídico refleja un orden político, no a la inversa. Por esa razón, después de la Paz de Westfalia de 1648, el derecho consagró al Estado como entidad de representación de las naciones.

Sin embargo después de la II Guerra Mundial, con la creación de la Organización de las Naciones Unidas la situación cambió y los Estados buscaron, por presión del derecho, un equilibrio entre la soberanía individual y el respeto a normas jurídicas universales. Con el correr del tiempo, esta transferencia de las competencias estatales en beneficio de un sistema jurídico internacional comenzó a desgastar las soberanías, que son cada vez más porosas bajo la presión del derecho. A partir del fin de la Guerra Fría esta situación se acentuó debido a que el derecho pudo incursionar en el único ámbito que le estaba vedado, el de la seguridad internacional, desde el cual pretende organizar la paz y administrar los conflictos armados.

La conjunción de estos elementos produce la fragmentación de los Estados tradicionales y la multiplicación de su cantidad, lo que constituye una situación de inestabilidad política global, con multiplicación de conflictos. El derecho puede conferir legalidad a un nuevo Estado, pero no legitimidad. Estos nuevos Estados son fruto de la necesidad de una minoría por lograr el reconocimiento de sus diferencias y por lo tanto cultivan un particularismo que es contrario al modelo único que pretende imponer la "utopía jurídica".

Con este contexto, el autor aventura que los conflictos del futuro serán primordialmente intraestatales, pues estarán vinculados con la ilegitimidad de los Estados, su alejamiento de las naciones y el surgimiento de contrapoderes. Carecerán de regulaciones internas o externas, salvo que amenacen con desbordar sus límites. Desde este punto de vista es errado suponer que la Guerra del Golfo fue el paradigma de los conflictos venideros; por el contrario, ese modelo está encarnado por el conflicto yugoslavo.

Con la erosión de la legitimidad de los Estados se desactualiza el concepto de guerra limitada. Las guerras limitadas requieren tres condiciones básicas: primero, la identificación de objetivos políticos a cuya importancia se adapta el esfuerzo bélico; de la misma depende la justificación de las metas perseguidas y consecuentemente la obtención de legitimidad externa, porque la percepción de un Estado como agresor conduce a su aislamiento internacional. Segundo, una de las partes no debe considerar que dichos objetivos atentan contra los propios de carácter vital, porque en caso contrario la guerra no será limitada sino total, poniendo en juego la supervivencia de las partes. Finalmente, los poderes políticos deben disponer de efectiva autoridad sobre el instrumento militar, inclusive luego de iniciadas las hostilidades; la acción armada debe comprometer toda la potencia necesaria pero no más, sin convertirse en un fin en sí mismo, pues de lo contrario los jefes castrenses pueden prescindir de las metas políticas en nombre de una lógica de eficacia bélica.

Frente a este modelo, en relación a la debilidad estatal Delmas considera que los Estados débiles tendrán dificultades para legitimar sus acciones, que serán impugnadas como maniobras políticas internas. Además, los futuros conflictos no se basarán en cálculos de fuerzas costo-beneficio, sino que serán percibidos por sus protagonistas como conflictos totales, de supervivencia, basados más en odios viscerales que en criterios ideológicos o estratégicos.

Como única manera de enfrentar la proliferación de estos conflictos, ajenos a la lógica de las guerras limitadas, Delmas propone una reformulación del Pensamiento Estratégico, que el autor define como Doctrina, el que deberá partir de la evidencia incontrastable que potencia no equivale automáticamente a poder: la libertad de acción (poder) de los Estados es inferior a su potencia, y no saber ejercer adecuadamente la potencia implica tácitamente un abandono del poder. A partir de esa evidencia, el nuevo Pensamiento Estratégico tendrá como objetivo la traducción de la potencia en poder, la definición de las cuestiones que merecen el empleo del poder y la intensidad de tal uso; en suma, la articulación estable de medios y fines.-