Sor Juana Inés de la Cruz



Sor Juana Inés de la Cruz, poetisa mexicana



El hijo que la esclava ha concebido

Este que ves, engaño colorido

En perseguirme, mundo, ¿que interesas?

Yo adoro a Lisi

Tan grande ¡ay hado! mi delito ha sido

Yo no puedo tenerte ni dejarte

En la vida que siempre tuyo fue

Dulce deidad del viento armoniosa

Diuturna enfermedad de la esperanza

Rosa divina

Miró Celia una rosa

Detente, sombra de mi bien esquivo

Esta tarde, mi bien

Vesme, Alcino

Dices que yo te olvido

Silvio, yo te aborrezco

Cuando mi error y tu vileza veo

Oh cuán frágil se muestra el ser humano

Yo no dudo

Con el dolor de la mortal herida

En pensar que me quieres

No es solo por antojo el haber dado

El ausente, el celoso, se provoca

Que no me quiera Fabio al verse amado

Al que ingrato me deja

Feliciano me adora y le aborrezco

Fabio, en el ser de todos adoradas

Dulce deidad del viento armoniosa

Que pasión, Porcia, qué dolor tan ciego

Oh, famosa Lucrecia

Intenta de Tarquino el artificio

De un funesto moral la negra sombra

En la vida que siempre tuya fue

De la beldad de Laura enamorados

Bello compuesto en Laura dividido

Verde embeleso de la vida humana

Cítara de carmín

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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I

A la Excma. Condesa de Paredes, enviándole estos papeles que su Excelencia la pidió y pudo recoger Sor Juana, de muchas manos en que estaban

El hijo que la esclava ha concebido,
dice el derecho que le pertenece
al legítimo dueño que obedece
la esclava madre de quien es nacido.

El que retorne el campo agradecido,
opimo fruto, que obediente ofrece,
es del señor, pues si fecundo crece,
se lo debe al cultivo recibido.

Así, Lisi divina, estos borrones
que hijos del alma son, partos del pecho,
será razón que a ti te restituya.

Y no lo impidan sus imperfecciones,
pues vienen a ser tuyos de derecho
los conceptos de una alma que es tan suya.

 

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II

Procura desmentir los elogios que a un retrato de la poetisa inscribió la verdad, que llama pasión

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores,
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido.

éste en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido:

es un vano artificio del cuidado;
es una flor al viento delicada;
es un resguardo inútil para el hado;

es una necia diligencia errada;
es un afán caduco; y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.

 

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III

Quéjase de la suerte: insinuá su aversión a los vicios y justifica su divertimiento a las musas

En perseguirme, mundo, ¿qué interesas?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas,
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento
que no mi entendimiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que vencida
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida;

teniendo por mejor en mis verdades
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades.

 

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IV

Que explica la más sublime calidad de amor

Yo adoro a Lisi, pero no pretendo
que Lisi corresponda mi fineza;
pues si juzgo posible su belleza,
a su decoro y mi aprensión ofendo.

No emprender solamente es lo que emprendo,
pues sé que a merecer tanta grandeza
ningún mérito basta, y es simpleza
obrar contra lo mismo que yo entiendo.

Como cosa concibo tan sagrada
su beldad, que no quiere mi osadía
a la esperanza dar ni aun leve entrada;

pues cediendo a la suya mi alegría,
por no llegarla a ver mal empleada,
aun pienso que sintiera verla mía.

 

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V

Muestra sentir que la baldonen por los aplausos de su habilidad

¿Tan grande ¡ay hado! mi delito ha sido
que por castigo de él o por tormento
no basta el que adelanta el pensamiento
sino el que le previenes al oído?

Tan severo en mi contra has procedido,
que me persuado, de tu duro intento,
a que sólo me diste entendimiento
por que fuese mi daño más crecido.

Dísteme aplausos para más baldones,
subir me hiciste, para penas tales;
y aun pienso que me dieron tus traiciones

penas a mi desdicha desiguales
por que viéndome rica de tus dones
nadie tuviese lástima a mis males.

 

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VI

Que da miedo para amar sin mucha pena

Yo no puedo tenerte ni dejarte,
ni sé por qué al dejarte o al tenerte
se encuentra un no sé qué para quererte
y mucho sí sé qué para olvidarte.

Pues ni quieres dejarme ni enmendarte,
yo templaré mi corazón de suerte
que la mitad se incline a aborrecerte
aunque la otra mitad se incline a amarte.

Si ello es fuerza querernos, haya modo,
que es morir el estar siempre riñendo;
no se hable más en celo y en sospecha.

Y quien da la mitad no uqiera el todo;
y cuando me la estás allá haciendo
sabe que estoy haciendo la deshecha.

 

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VII

Convaleciente de una enfermedad grave discreta de la señora virreina, Marquesa de Mancera, atribuyendo a su mucho amor aun su mejoriá en morir

En la vida que siempre tuyo fue,
Laura divina, y siempre lo será,
la Parca fiera que en seguirme da
quiso acentar por triunfo el mortal pie.

Yo de su atrevimiento me admiré,
que si debajo de su imperio está,
tener poder no puede en ella ya,
pues del suyo contigo me libré.

Para cortar el hilo que no hiló,
la tijera mortal abierta vi.
¡Ay, Parca fiera! -dije entonces yo-

mira que solo Laura manda aquí.
Ella corrida al punto se apartó
y dejóme morir sólo por ti.

 

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VIII

Alaba con especial acierto el de un músico primoroso

Dulce deidad del viento armoniosa,
suspensión del sentido deseada
donde gustosamente aprisionada
se mira la atención más bulliciosa,

perdona a mi zampoña licenciosa,
si al escuchar tu lira delicada
canta con ruda voz desentonada
prodigios de la tuya milagrosa.

Pause su lira el Tracio que aunque calma
puso a las negras sombras del olvido
cederte debe más gloriosa palma;

pues más que a ciencia el arte has reducido
haciendo suspensión de toda un alma
el que sólo era objeto de un sentido.

 

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IX

Condena por crueldad disimulada el alivio que la esperanza da

Diuturna enfermedad de la esperanza
que así entretiene mis cansados años
que lleguen a excederse en los tamaños
la desesperación o la confianza:

¿quién te ha quitado el nombre de homicida,
pues lo eres más severa, si se advierte
que suspendes el alma entretenida

y entre la infausta o la felice suerte
no lo haces tú por conservar la vida
sino por dar más dilatada muerte?

 

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X

En que da moral censura a una rosa, y en ella a sus semejantes

Rosa divina que en gentil cultura
eres con tu fragante sutileza
magisterio purpúreo en la belleza,
enseñanza nevada a la hermosura;

amago de la humana arquitectura,
ejemplo de la vana gentileza
en cuyo ser unió naturaleza
la cuna alegre y triste sepultura:

¡cuán altiva en su pompa, presumida,
soberbia, el riesgo de morir desdeñas;
y luego, desmayada y encogida,

de tu caduco ser das mustias señas!
¡Con uqe, en docta muerte y necia vida,
viviendo engañas y muriendo enseñas!

 

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XI

Escoge antes el morir que exponerse a los ultrajes de la vejez

Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;

y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.

Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza;

mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.

 

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XII

Que contiene una fantasía contenta con amor decente

Deténte, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.

Si al imán de tus gracias atractivo
sirve mi pecho de obediente acero
¿para qué me enamoras lisonjero,
si has de burlarme luego fugitivo?

Mas blasonar no puedes satisfecho
de que triunfa de mí tu tiranía;
que aunque dejas burlado el lazo estrecho

que tu forma fantástica ceñía,
poco importa burlar brazos y pecho
si te labra prisión mi fantasía.

 

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XIII

En que satisface un recelo con la retórica del llanto

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,
como tu rostro y tus acciones vía
que con palabras no te persuadía,
que el corazón me vieses deseaba.

Y Amor, que mis intentos ayudaba,
venció lo que imposible parecía;
pues entre el llanto que el dolor vertía,
el corazón deshecho destilaba.

Baste ya de rigores, mi bien, baste,
no te atormenten más celos tiranos,
ni el vil recelo tu quietud contraste

con sombras necias, con indicios vanos:
pues ya en líquido humor viste y tocaste
mi corazón deshecho entre tus manos.

 

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XIV

Efectos muy penosos de amor, y que no por grandes
igualan con las prendas de quien le causa


¿Vesme, Alcino, que atada a la cadena
de amor, paso en sus hierros aherrojada,
mísera esclavitud desesperada,
de libertad y de consuelo ajena?

¿Ves de dolor y angustia el alma llena,
de tan fieros tormentos lastimada,
y entre las vivas llamas abrasada,
juzgarse por indigna de su pena?

¿Vesme seguir sin alma un desatino
que yo misma condeno por extraño?
¿Vesme derramar sangre en el camino

siguiendo los vestigios de un engaño?
¿Muy admirado estás? ¿Pues ves, Alcino?
Más merece la causa de mi daño.

 

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XV

No quiere pasar por olvido lo descuidado

Dices que yo te olvido, Celio, y mientes,
en decir que me acuerdo de olvidarte,
pues no hay en mi memoria alguna parte
en que, aun como olvido, te presentes.

Mis pensamientos son tan diferentes
y en todo tan ajenos de tratarte,
que ni saben ni pueden olvidarte,
ni si te olvidan saben si lo sientes.

Si tu fueras capaz de ser querido,
fueras capaz de olvido, y ya era gloria
al menos la potencia de haber sido.

Mas tan lejos estás de esa victoria,
que aqueste no acordarme no es olvido
sino una negación de la memoria.

 

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XVI

Prosigue en su pesar y dice que aun no se debe aborrecer
tan indigno sujeto, por no tenerle así aún cerca del corazón


Silvio, yo te aborrezco y aun condeno
el que estés de esta suerte en mi sentido,
que infama el hierro al escorpión herido
y a quien lo huella mancha inmundo cieno.

Eres como el mortífero veneno,
que daña quien lo vierte inadvertido;
y en fin eres tan malo y fementido,
que aun para aborrecido no eres bueno.

Tu aspecto vil a mi memoria ofrezco,
aunque con susto me lo contradice,
por darme yo la pena que merezco;

pues cuando considero lo que hice,
no solo a ti, corrida, te aborrezco,
pero a mi, por el tiempo que te quise.

 

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XVII

De amor, puesto antes en sujeto indigno, es enmienda
blasonar del arrepentimiento


Cuando mi error y tu vileza veo,
contemplo, Silvio, de mi amor errado,
cuán grave es la malicia del pecado,
cuán violenta la fuerza de un deseo.

A mi misma memoria apenas creo
que pudiese caber en mi cuidado
la última línea de lo despreciado,
el término final de un mal empleo.

Yo bien quisiera, cuando llego a verte,
viendo mi infame amor poder negarlo;
mas luego la razón justa me advierte

que sólo me remedia en publicarlo;
porque el gran delito de quererte
sólo es bastante pena confesarlo.

 

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XVIII

A la muerte del señor Rey Felipe IV

¡Oh cuán frágil se muestra el ser humano
en los últimos términos fatales
donde sirven aromas orientales
de culto inútil, de resguardo vano!

Solo a ti respetó el poder tirano,
¡oh gran Filipo! pues con las señales
que ha mostrado que todos son mortales,
te ha acreditado a ti de soberano.

Conoces ser de tierra fabricado
este cuerpo, y que está con mortal guerra
el bien del alma en él aprisionado;

y así, subiendo al bien que el cielo encierra
que en la tierra no cabes has probado,
pues aun tu cuerpo dejas porque es tierra.

 

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XIX

Un celoso refiere el común pesar, que todos padecen, y advierte
a la causa el fin que puede tener la lucha de afectos encontrados


Yo no dudo, Lisarda, que te quiero,
aunque sé que me tienes agraviado;
mas estoy tan amante y tan airado,
que afectos que distingo no prefiero:

De ver que odio y amor te tengo, infiero
que ninguno estar puede en sumo grado;
pues no le puede el odio haber ganado
sin haberle perdido amor primero.

Y si piensas que el alma que te quiso
ha de estar siempre a tu afición ligada,
de tu satisfacción vana te aviso.

Pues si el amor al odio ha dado entrada,
el que bajó de sumo a ser remiso
de lo remiso pasará a ser nada.

 

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XX

De una reflexión cuerda con que mitiga el dolor
de una pasión


Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.

Toda en su mal el alma advertida,
pena por pena su dolor sumaba,
y en cada circunstancia ponderaba
que sobraban mil muertes a una vida.

Y cuando, al golpe de uno y otro tiro
rendido el corazón, daba penoso
señas de dar el último suspiro,

no sé por qué dstino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?

 

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XXI

Que escribió un curioso a la Madre Juana para que le respondiese

En pensar que me quieres, Clori, he dado,
por lo mismo que yo te quisiera,
porque sólo quien no me conociera,
me pudiera a mi, Clori, haber amado.

En tu no conocerme, desdichado
por sólo esta carencia de antes fuera,
mas como yo saberlo no pudiera
tuviera menos mal en lo ignorado.

Me conoces o no me has conocido:
si me conoces, suplirás mis males:
si aquello, negarásle a lo entendido,

si aquesto, quedaremos desiguales;
pues ¿cómo me aseguras lo querido,
mi Clori, en dos de amor carencias tales?

 

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XXII

Que respondió la Madre Juana en los mismos consonantes

No es sólo por antojo el haber dado
en quererte, mi bien, pues no pudiera
alguno que tus prendas conociera
negarte me mereces ser amado.

Y si mi entendimiento desdichado
tan incapaz de conocerte fuera,
de tan grosero error que no pudiera
hallar disculpa en todo lo ignorado.

Aquella que te hubiere conocido,
o te ha de amar o confesar los males
que padece su ingenio en lo entendido,

juntando los extremos desiguales;
con que ha de confesar que eres querido
para no dar más improporciones tales.

 

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XXIII

Sólo con aguda ingeniosidad esfuerza el dictamen de que sea la ausencia mayor mal que los celos

El ausente, el celoso, se provoca,
aquél con sentimiento, éste con ira;
presume éste la ofensa que no mira
y siente aquél la realidad que toca:

Éste templa tal vez su furia loca
cuando el discurso en su favor delira;
y sin intermisión aquél suspira,
pues nada a su dolor la fuerza apoca.

Éste aflige dudoso su paciencia
y aquél padece ciertos sus desvelos;
éste al dolor opone resistencia;

aquél, sin ella, sufre desconsuelos:
y si es pena de daño, al fin, la ausencia,
luego es mayor tormento que los celos.

 

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XXIV

Resuelve la cuestión de cuál sea pesar más molesto en encontradas correspondencias: amar o aborrecer

Que no me quiera Fabio al verse amado
es dolor sin igual, en mi sentido;
mas que me quiera Silvio aborrecido
es menor mal, mas no menor enfado.

¿Qué sufrimiento no estará cansado,
si siempre le resuenan al oído,
tras la vana arrogancia de un querido,
el cansado gemir de un desdeñado?

Si de Silvio me cansa el rendimiento,
a Fabio canso con estar rendida:
si de éste busco el agradecimiento,

a mi me busca el otro agradecida:
por activa y pasiva es mi tormento,
pues padezco en querer y ser querida.

 

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XXV

Prosigue el mismo asunto y determina que prevalezca la razón contra el gusto

Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor hallo diamante;
y soy diamante al que de amor me trata;
triunfante quiero ver al que me mata
y mato a quien me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo:
si ruego a aquél, mi pundonor enojo;
de entreambos modos infeliz me veo.

Pero yo por mejor partido escojo
de quien no quiero, ser violento empleo,
que de quien no me quiere, vil despojo.

 

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XXVI

Continuá el mismo asunto y aun le expresa con más viva elegancia

Feliciano me adora y le aborrezco;
Lisardo me aborrece y yo le adoro;
por quien no me apetece ingrato, lloro,
y al que me llora tierno, no apetezco:

a quien más me desdora, el alma ofrezco;
a quien me ofrece víctimas, desdoro;
desprecio al que enriquece mi decoro
y al que le hace desprecios enriquezco;

si con mi ofensa al uno reconvengo,
me reconviene el otro a mi ofendido
y al padecer de todos modos vengo;

pues ambos atormentan mi sentido:
aquéste con pedir lo que no tengo
y aquél con no tener lo que le pido.

 

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XXVII

Enseña cómo un solo empleo en amar es razón y conveniencia

Fabio, en el ser de todos adoradas
son todas las beldades ambiciosas,
porque tienen las aras por ociosas
si no las ven de víctimas colmadas.

Y así, si de uno solo son amadas,
viven de la fortuna querellosas;
porque piensan que más que se hermosas
constituyen deidad al ser rogadas.

Mas yo soy en aquesto tan medida,
que en viendo a muchos mi atención zozobra
y sólo quiero ser correspondida

de aquel que de mi amor réditos cobra;
porque es la sal del gusto el ser querido:
que daña lo que falta y lo que sobra.

 

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XXVIII

Alaba con especial acierto el de un músico primoroso

Dulce deidad del viento armoniosa,
suspensión del sentido deseada,
donde gustosamente aprisionada
se mira la atención más bulliciosa;

perdona a mi zampoña licenciosa
si al escuchar tu lira delicada
canta con ruda voz desentonada
prodigios de la tuya milagrosa.

Pause su lira el Tracio, que aunque calma
puso a las negras sombras del olvido,
cederte debe más gloriosa palma,

pues más que a ciencia el arte has reducido
haciendo suspensión de toda un alma
el que sólo era objeto de un sentido.

 

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XXIX

Contrapone el amor al fuego material y quiere achacar remisiones a éste, con ocasión de contar el suceso de Porcia

¿Qué pasión, Porcia, qué dolor tan ciego
te obliga a ser de ti fiera homicida?
¿O en qué te ofende tu inocente vida
que así les das batalla a sangre y fuego?

Si la fortuna airada al justo ruego
de tu esposo se muestra endurecida,
bástale el mal de ver su acción perdida;
no acabes, con tuv ida, su sosiego.

Deja las brasas, Porcia, que mortales
impaciente tu amor elegir quiere;
no al fuego de tu amor el fuego iguales;

porque si bien de tu pasión se infiere,
mal morirá a las brasas materiales
quien a las llamas del amor no muere.

 

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XXX

Engrandece el hecho de Lucrecia

¡Oh, famosa Lucrecia, gentil dama,
de cuyo ensangrentado noble pecho
salió la sangre que extinguió a despecho
del rey injusto la lasciva llama!

¡Oh, con cuánta razón el mundo aclama
tu virtud, peus por previo de tal hecho
aun es para tus sienes cerco estrecho
la amplisima corona de tu fama!

Pero si el modo de tu fin violento
puedes borrar del tiempo y sus anales,
quita la punta del puñal sangriento

con que pusiste fin a tantos males;
que es mengua de tu honrado sentimiento
decir que te ayudaste de puñales.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXI

Nueva alabanza del mismo hecho

Intenta de Tarquino el artificio
a tu pecho, Lucrecia, dar batalla;
ya amante llora, ya modesto calla;
ya ofrece toda el alma en sacrificio.

Y cuando piensa ya que más propicio
tu pecho a tanto imperio se avasalla,
el premio, como Sísifo, que halla,
es empezar de nuevo el ejercicio.

Arde furioso y la amorosa tema
crece en la resistencia de tu honra,
con tanta privación más obstinada.

¡Oh providencia de deidad suprema:
tu honestidad motiva tu deshonra
y tu deshonra te eterniza honrada!

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXII

Refiere con ajuste, y envidia sin él, la tragedia de Piramo y Tisbe

De un funesto moral la negra sombra
de horrores mil, y confusiones llena,
en cuyo hueco tronco aun hoy resuena
el eco que doliente a Tisbe nombra;

cubrió la verde matizada alfombra
en que Píramo amante abrió la vena
del corazón, y Tisbe de su pena
dio la señal que aun hoy al mundo asombra.

Mas viendo del amor tanto despecho,
la muerte, entonces de ellos lastimada,
sus dos pechos juntó con lazo estrecho:

mas ¡ay de la infeliz y desdichada
que a su Píramo dar no puede el pecho
ni aun por los duros filos de la espada!

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXIII

Convaleciente de una enfermedad grave, discretea con la señora virreina, marquesa de Mancera, atribuyendo a su mucho amor su mejoría en morir

En la vida que siempre tuya fue,
Laura divina, y siempre lo será,
la parca fiera, que en seguirme da,
quiso asentar por triunfo el mortal pie.

Yo de su atrevimiento me admiré,
que si debajo de su imperio está,
tener poder no puede en ella ya,
pues del suyo contigo me libré.

Para cortar el hilo que no hiló,
la tijera mortal abierta vi.
-¡Ay, parca fiera! -dije entonces yo-.
Mira que sola Laura manda aquí.
Ella corrida al punto se apartó
Y déjome vivir sólo por tí.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXIV

En la muerte de la excelentísima señora marquesa de Mancera (1674)

De la beldad de Laura enamorados
los cielos, la robaron a su altura,
poque no era decente a su luz pura
ilustrar estos valles desdichados.

O porque los mortales, engañados
de su cuerpo en la hermosa arquitectura,
admirados de ver tanta hermosura
no se juzgasen bienaventurados.

Nació donde el oreinte el rojo velo
corre al nacer al astro rubicundo
y murió donde con ardiente anhelo

da sepultura a su luz el mar profundo:
que fue preciso a su divino vuelo
que diese como el sol la vuelta al mundo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXV

A lo mismo

Bello compuesto en Laura dividido,
alma inmortal, espíritu glorioso,
¿por qué dejaste cuerpo tan hermoso?
¿Y para qué tal alma has despedido?

Pero ya ha penetrado en mi sentido
que sufres el divorcio riguroso
porque el día final puedas gozoso
volver a ser enteramente unido.

Alza tú, alma dichosa, el presto vuelo,
y de tu hermosura cárcel desatada,
dejando vuelto su arrebol en hielo

sube a ser de luceros coronada:
que bien es necesario todo el cielo
porque no eches de menos tu morada.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXVI

A la esperanza, escrito en uno de sus retratos

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenesí dorado,
sueño de los despiertos intrincado,
como de sueños, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decrépito verdor imaginado,
el hoy de los dichosos esperado
y de los desdichados el mañana:

sigan tu sombra en busca de tu día
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo:

que yo, más cuerda en la fortuna mía,
tengo en entreambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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XXXVII

Atribuido a la poetisa

Cítara de carmín que amaneciste
trinando endechas a tu amada esposa
y, paciéndole el ámbar a la rosa,
el pico de oro, de coral teñiste;

dulge jilguero, pajarito triste
que apenas el aurora viste hermosa
cuando al tono primero de una glosa
la muerte hallaste y el compás perdiste:

no hay en la vida, no, segura suerte;
tu misma voz al cazador convida
para que el golpe cuando tire acierte.

¡Oh fortuna buscada aunque temida!
¿Quién pensara que cómplice en tu muerte
fuera, por no callar, tu propia vida?

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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I

Pinta la armonía simétrica que los ojos perciben en la
hermosura con otra de música


Cantar, Feliciana, intento
tu belleza celebrada;
y pues ha de ser cantada
tú serás el instrumento.

De tu cabeza adornada
dice mi amor sin recelo
que los tiples de tu pelo
la tienen tan entonada,

pues con presunción no poca
publica con voz suave
que, como componer sabe,
él solamente te toca.

Los claves y puntos dejas
que amor apuntar intente
del espacio de tu frente
a la regla de tus cejas.

Tus ojos al facistol
que hace tu rostro capaz
de tu nariz al compás
cantan el re mi fa sol.

El clavel bien concertado
en tu rostro no disuena
porque junto a la azucena
te hacen el color templado.

Tu discreción milagrosa
con tu hermosura concuerda,
mas la palabra más cuerda
si toca el labio se roza.

Tu garganta es quien penetra
al canto las invenciones,
porque tiene deducciones
y porque es quien mete letra.

Conquistas los corazones
con imperio soberano
porque tienes en tu mano
los signos e inclinaciones.

No tocaré la estrechura
de tu talle primoroso
que es paso dificultoso
el quiebro de tu cintura.

Tiene en tu pie mi esperanza
todos sus deleites juntos,
que como no sabe puntos
nunca puede hacer mudanza.

Y aunque a subir no se atreve
en canto llano de punto,
en echando contrapunto
blasona de semibreve.

Tu cuerpo, a compás obrado
de proporción a porfía,
hace divina armonía
por lo bien organizado.

Callo, pues mal me descifra
mi amor en rudas canciones,
pues que de las perfecciones
sola tú sabes la cifra.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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II

Enseña modo con que la hermosura, solicitada de amor importuno, pueda quedarse fuera de él, con entereza tan cortés que haga bien quisto hasta el mismo desaire

Dos dudas en que escoger
tengo; y no sé a cuál prefiera:
pues vos sentís que no quiera
y yo sintiera querer.

Con que, si a cualquier lado
quiero inclinarme, es forzoso
quedando el uno gustoso
que otro quede disgustado.

Si daros gusto me ordena
la obligación, es injusto
que por daros a vos gusto
haya yo de tener pena.

Y no juzgo que habrá quien
apruebe sentencia tal:
como qeu me trate mal
por trataros a vos bien.

Mas por otra parte siento,
que es también mucho rigor,
que lo que os debo en amor
pague en aborrecimiento.

Y aun irracional parece
este rigor, pues se infiere
¿si aborrezco a quien me quiere
que haré con quien aborrezco?

No sé cómo despacharos
pues hallo, al determinarme,
que amaros es disgustarme
y no amaros disgustaros.

Pero dar un medio justo
en estas dudas pretendo,
pues no queriendo, os ofendo,
y queriendoos me disgusto.

Y sea esta la sentencia
porque no os podáis quejar,
que entre aborrecer y amar
se parta la diferencia.

De modo que, entre el rigor
y el llegar a querer bien,
ni vos encontréis desdén
ni yo pueda hallar amor.

Esto el discurso aconseja,
pues con esta conveniencia
ni yo quedo con violencia
ni vos os partís con queja.

Y que estaremos, infiero,
gustosos con lo que ofrezco;
vos de ver que no aborrezco;
yo de saber que no quiero.

Sólo este medio es bastante
a ajustarnos, si os contenta,
que vos me logréis atenta
sin que yo pase a lo amante.

Y así quedo, en mi entender
esta vez bien con los dos:
con agradecer con vos;
conmigo, con no querer.

Que aunque a nadie llega a darse
en esto justo cumplido,
ver que es igual el partido
servirá de resignarse.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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III

Que responde a un caballero que dijo ponerse hermosa la mujer con querer bien

Silvio, tu opinión va errada,
que en lo común, si se apura,
no admiten por hermosura
hermosura enamorada.

Pues si bien de la extrañeza
el atractivo más grato
es el agrio de lo ingrato
la sazón de la belleza.

Porque gozando excepciones
de perfección más que humana,
lo acredita soberana
lo libre de las pasiones.

Que no se conserva bien
ni tiene seguridad
la rosa de la beldad
sin la espina del desdén.

Mas si el amor hace hermosas,
pudiera excusar ufana
con merecer la manzana
la contienda de las diosas.

Belleza llego a tener
de mano tan generosa,
que dices que seré hermosa
solamente con querer.

Y así en lid contenciosa
fuera siempre la triunfante;
que, pues nadie es tan amante,
luego nadie tan hermosa.

Mas si de amor el primor
la belleza me asegura,
te deberé la hermosura,
pues me causas el amor.

Del amor tuyo confío
la beldad que me atribuyo
porque siendo obsequio tuyo
resulta en provecho mío.

Pero a todo satisfago
con ofrecerte de nuevo
la hermosura que te debo
y el amor con que te pago.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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IV

En que describe racionalmente los efectos irracionales del amor

Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento y no sé
la causa porque lo siento.

Siento una grave agonía
por lograr un devaneo
que empieza como deseo
y para en melancolía.

Y cuanto con más terneza
mi infeliz estado lloro
sé que estoy triste e ignoro
la causa de mi tristeza.

Siento un anhelo tirano
por la ocasión a que aspiro,
y cuando cerca lo miro
yo misma aparto la mano.

Porque, si acaso se ofrece,
después de tanto desvelo
la desazona el recelo
o el susto la desvanece.

Y si alguna vez sin susto
consigo tal posesión
(cualquiera) leve ocasión
me malogra todo el gusto.

Siento mal del mismo bien
con receloso temor
y me obliga el mismo amor
tal vez a mostrar desdén.

Cualquier leve ocasión labra
en mi pecho, de manera
que el que imposible venciera
se irrita de una palabra.

Con poca causa ofendida
suelo, en mitad de mi amor,
negar un leve favor
a quien le diera la vida.

Ya sufrida, ya irritada,
con contrarias penas lucho:
que por él sufriré mucho,
y con él sufriré nada.

No sé en qué lógica cabe
el que tal cuestión se pruebe:
que por él lo grave es leve,
y con él lo leve es grave.

Sin bastantes fundamentos
forman mis tristes cuidados,
de conceptos engañados
un monte de sentimientos.

Y en aquel fiero conjunto
hallo, cuando se derriba,
que aquella máquina altiva
sólo estribaba en un punto.

Tal vez el dolor me engaña
y presumo sin razón,
que no habrá satisfacción
que pueda templar mi saña.

Y cuando a averiguar llego
el agravio porque riño
es como espanto de niño
que para en burlas y juego.

Y aunque el desengaño toco
con la misma pena lucho
de ver que padezco mucho
padeciendo por tan poco.

A vengarse se abalanza
tal vez el alma ofendida
y después, arrepentida,
toma de mi otra venganza.

Y si al desdén satisfago
con tal ambiguo error
que yo pienso que es rigor
y se remata en halago.

Hasta el labio desatento
suele, equívoco, tal vez,
por usar de la altivez
encontrar el rendimiento.

Cuando por soñada culpa
con más enojo me incito
yo le acrimino el delito
y le busco la disculpa.

No huyo del mal, ni busco el bien:
porque, en mi confuso error,
ni me asegura el amor
ni me despecha el desdén.

En mi ciego devaneo
bien hallada con mi engaño
solicito el desengaño
y no encontrarlo deseo.

Si alguno mis quejas oye
más a decirlas me obliga,
porque me las contradiga
que no porque las apoye.

Porque si con la pasión
algo contra mi amor digo,
es mi mayor enemigo
quien me concede razón.

Y si acaso en mi provecho
hallo la razón propicia,
me embaraza la justicia
y ando cediendo el derecho.

Nunca hallo gusto cumplido
porque entre alivio y dolor
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.

Esto de mi pena dura
es algo de dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.

Si acaso me contradigo
en este confuso error
aquel que tuviere amor
entenderá lo que digo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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V

Arguye de inconsecuentes el gusto y la censura de los hombres que en las mujeres acusan lo que causan

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis,

si con ansia sin igual
solicitáis su desdén
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco,
y luego le tiene miedo.

Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,
y en la posesión, Lucrecia.

¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo
y siente que no esté claro?

Con el favor y el desdén
tenéis condición igual:
quejándoos si os tratan mal
burlándoos si os quieren bien.

Opinión ninguna, gana
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios andáis
que con desigual nivel
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.

¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata ofende
y la que es fácil enfada?

Mas entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas
las queréis hallar muy buenas.

¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada,
la que cae de rogada,
o el que ruega de caído?

¿O cuál es más de culpar,
aunque cualqueira mal haga,
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

Pues ¿para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.

Dejad de solicitar
y después con más razón,
acusaréis la afición
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues, en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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Ovejuela perdida
de tu dueña olvidada
¿a dónde vas errada?
Mira que, dividida
de mi, también te apartas de tu vida.
Por las cisternas viejas,
bebiendo turbias aguas,
tu necia sed enjugas
y, con sordas orejas,
de las aguas vivíficas te alejas.
En mis finezas piensa;
verás como siempre amante
te aguardo vigilante;
te libro de la ofensa;
y que pongo la vida en tu defensa.
De la escarcha y la nieve
cubierto voy, siguiendo
tus necios pasos, viendo
que, ingrata, no te mueve
ver que dejo por ti noventa y nueve.
Mira que mi hermosura
de todas es amada,
de todas es buscada,
sin reservar criatura
y sólo a ti te elige tu ventura.
Por sendas horrorosas
tus pasos voy siguiendo
y mis plantas hiriendo
de espinas olorosas,
que estas selvas producen escabrosas.
Yo tengo de buscarte;
y aunque tema, perdida,
no tengo de dejarte,
por buscarte, la vida,
que antes quiero perderla por hallarte.
¿Así me correspondes,
necia, de juicio errado?
¿No soy quien te ha criado?
¿Cómo no me respondes
y cómo, si pudieras, te me escondes?
Pregunta a tus mayores
los beneficios míos,
los abundantes ríos,
los pastos y verdores
en que te apacentaron mis amores.
En un campo de abrojos,
en tierra no habitada,
te hallé sola, arriesgada
del lobo a ser despojos,
y te guardé cual niña de mis ojos.
Trájete a la verdura
del más ameno prado,
donde te ha apacentado
de la miel la dulzura
y aceite que manó la peña dura.
Del trigo generoso
la médula escogida
te sustentó la vida,
hecho manjar sabroso
y el licor de las uvas oloroso.
Engordaste y -lozana,
soberbia y engreída
de verte tan lucida-
altivamente vana
mi belleza olvidaste soberana.
Buscaste otros pastores
a quien no conocieron
tus padres ni los vieron
ni honraron tus mayores;
y con esto incitaste mis furores.
Y prorrumpí enojado:
-Yo esconderé mi cara,
a cuyas luces para
su cara el sol dorado,
de este ingrato, perverso, infiel ganado.
Yo haré que mis furores
los campos los abrasen
y las yerbas que pacen;
y talen mis ardores
aun los montes que son más superiores.
Mis saetas ligeras
las tiraré y el hambre
corte el vital estambre
y de aves carniceras
serán mordidos y de bestias fieras.
Probarán los furores
de arrastradas serpientes
y muertes diferentes
obrarán mis rigores:
fuera el cuchillo y dentro los temores.
Mira que soberano
soy; que no hay más fuerte:
que yo doy vida y muerte;
que yo hiero, yo sano
y que nadie se escapa de mi mano.
Pero la sed ardiente
me aflige y me fatiga,
bien es que el curso siga
de aquella clara fuente
y que en ella templar mi ardor intente;
que, pues, por ti he pasado
hambre de gozarte,
no es mucho que mostrarte
procure mi cuidado
que de la sed por ti estoy abrasado.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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I

Romance que resuelve con ingenuidad sobre problemas entre las instancias de la obligación y el afecto

Supuesto, discurso mío
que gozáis en todo el orbe,
entre aplausos de entendido,
de agudo veneraciones,

mostradlo en el duro empeño
en que mis ansias os ponen,
dando salida a mis dudas,
dando aliento a mis temores.

Empeño vuestro es el mío;
mirad que será desorden
ser en causa ajena agudo
y en la vuestra propia torpe.

Ved que es querer las causas,
con efectos desconformes,
nieves el fuego congele,
que la nieve llamas brote.

manda la razón de estado
que, atendiendo a obligaciones,
las partes de Fabio olvide,
las prendas de Silvio adore.

O que al menos, si no puedo
vencer tan fuertes pasiones,
cenizas de disimulo
cubran amantes ardores,

¡Qué vano disfraz la juzgo!
Pues harán, cuando más obren,
que no se mire la llama,
no que el ardor no se note.

¿Cómo podré yo mostrarme,
entre estas contradicciones,
a quien no quiero, de cera,
a quien adoro, de bronce?

¿Cómo el corazón podrá,
cómo sabrá el labio torpe
fingir halago, olvidando,
mentir, amando, rigores?

¿Cómo sufrir abatido
entre tan bajas ficciones
que lo desmienta la boca
podrá un corazón tan noble?

¿Y cómo podrá la boca
cuando el corazón se enoje,
fingir cariños, faltando
quien le ministre razones?

¿Podrá mi noble altivez
consentir que mis acciones
de nieve y de fuego sirvan
de ser fábula del orbe?

Y yo doy, que tanta dicha
tenga, que todos lo ignoren:
para pasar la vergüenza
¿no basta que a mí me conste?

Que aquesto es razón me dicen
los que la razón conocen:
¿pues cómo la razón puede
forjarse de sinrazones?

¿Qué te costaba, hado impio,
dar al repartir tus dones
o los méritos de Fabio
o a Silvio las perfecciones?

Dicha y desdicha de entrambos
la suerte les descompone,
con que el uno su desdicha
y el otro su dicha ignore.

¿Quién ha visto que tan varia
la fortuna se equivoque
y que el dichoso padezca
porque el infelice goce?

No me convence el ejemplo
que en el Mongibelo ponen,
que en él es natural gala
y en mi violencia disforme.

Y resistir el combate
de tan encontrados golpes
no cabe en lo sensitivo
y puede sufrirlo un monte.

¡Oh vil arte cuyas reglas
tanto a la razón se oponen,
que para que se ejecuten
es menester que se ignoren!

¿Qué hace en adorarme Silvio?
¿Cuándo más fino blasone,
quererme es más que seguir
de su inclinación el norte?

Gustoso vive en su empleo
sin que disgustos lo estorben:
¿pues qué vence, si no vence
por mi en sus inclinaciones?

¿Qué víctimas sacrifica,
qué incienso en mis aras pone,
si cambia sus rendimientos
al precio de mis favores?

Más hago yo; pues no hay duda
que hace finezas mayores
que el que voluntario ruega,
quien violenta corresponde.

Porque aquél sigue obediente
de su estrella el curso dócil,
y éste contra la corriente
de su destino se opone.

El es libre para amarme,
aunque otra su amor provoque.
¿Y no tendré yo la misma
libertad en mis acciones?

Si él restituir no puede,
su incendio mi incendio abone:
violencia que a él le sujeta,
¿qué mucho que a mi me postre?

¿No es rigor, no es tiranía,
siendo iguales las pasiones,
no poder él reportarse
y querer que me reporte?

Quererle porque él me quiere
no es justo que amor se nombre:
que no ama quien para amar
el ser amado supone.

No es amor correspondencia:
causas tiene superiores,
que las concilian los astros
o la engendran perfecciones.

Quien ama porque es querida,
sin otro impulso más noble,
desprecia el amante y ama
sus propias adoraciones.

Del humo del sacrificio
quiere los vanos honores,
sin mirar si al oferente
hay méritos que le adornen.

Ser potencia y ser objeto
a toda razón se opone;
porque era ejercer en sí
sus propias operaciones.

A parte rei se distinguen
el objeto que conoce;
y lo amable, no lo amante,
es blanco de sus arpones.

Amor no busca la paga
de voluntades conformes;
que tan bajo interés fuera
indigna usura en los dioses.

No hay cualidad que en él pueda
imprimir alteraciones
del velo de los desdenes,
del fuego de los favores.

Su ser es inaccesible
al discurso de los hombres;
que aunque el efecto se sienta,
la esencia no se conoce.

Y en fin, cuando en mi favor
no hubiere tantas razones,
mi voluntad es de Fabio:
Silvio y el mundo perdonen.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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II

Acusa la hidropesía de mucha ciencia, que teme inútil, aun para saber, y nociva para vivir

Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quizá podréis persuadirme,
aunque yo sé lo contrario.

Que pues sólo en la aprehensión
dicen que estriban los daños,
si os imagináis dichoso
no seréis tan desdichado.

Sírvame el entendimiento
alguna vez de descanso
y no siempre esté el ingenio
con el provecho encontrado.

Todo el mundo es opiniones,
de pareceres tan varios,
que lo que el uno, que es negro,
el otro prueba que es blanco.

A uno sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado,
y lo que éste por alivio
aquél tiene por trabajo.

El que está triste censura
al alegre de liviano
y el que está alegre se burla
de ver al triste penando.

Los dos filósofos griegos
bien esta verdad probaron;
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.

Célebre su oposición
ha sido por siglos tantos,
sin que cuál acertó esté
hasta ahora averiguado.

Anges, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta
sigue cada cual el bando.

Uno dice que de risa
sólo es digno el mundo vario,
y otro que sus infortunios
son sólo para llorados.

Para todo se halla prueba
y razón en que fundarlo;
y no hay razón para nada,
de haber razón para tanto.

Todos son iguales jueces,
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cuál es lo más acertado.

Pues si no hay quien lo sentencie
¿por qué pensáis vos, errado,
que os sometió Dios a vos
la decisión de los casos?

¿O por qué, contra vos mismo
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce
queréis elegir lo amargo?

Si es mío mi entendimiento
¿por qué siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el daño?

El discurso es un acero
que sirve para ambos cabos;
de dar muerte, por la punta;
por el pomo, de resguardo.

Si vos, sabiendo el peligro,
queréis por la punta usarlo
¿qué culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?

No es saber, saber hacer
discursos sutiles vanos;
que el saber consiste sólo
en elegir lo más sano.

Especular las desdichas
y examinar los presagios
sólo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.

En los trabajos futuros
la atención sutilizando
más fomidable que el riesgo
suele fingir el amago.

¡Qué feliz es la ignorancia
del que indoctamente sabio
halla, de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!

No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.

También es vicio el saber;
que si no se va atajando,
cuanto menos se conoce
es más nocivo el estrago.

Y si el vuelo no le abaten,
en sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.

Si culta mano no impide
crecer al árbol copado,
quitan la sustancia al fruto
la locura de los ramos.

Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio más alto.

En amenidad inútil
¿qué importa al florido campo,
si no halla fruto el otoño
que ostente flores el mayo?

¿De qué le sirve al ingenio
el producir muchos partos,
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?

Y a esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.

El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume más
cuanto él se ostenta más claro.
Es de su propio señor
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.

Este pésimo ejercicio,
este duro afán pesado,
a los hijos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.

¿Qué loca ambición nos lleva,
de nosotros olvidados?
Si es que vivir tan poco,
¿de qué sirve saber tanto?

¡Oh, si como hay de saber
hubiera algún seminario
o escuela donde a ignorar
se enseñaran los trabajos!

¡Qué felizmente viviera
el que flojamente cauto
burlara las amenazas
del influjo de los astros!

Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto añado al discurso
tanto le usurpo a los años.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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III

A Cristo Sacramentado, día de comunión

Amante dulce del alma,
bien soberano a que aspiro,
tú que sabes las ofensas
castigar a beneficios;

divino imán en que adoro:
hoy que tan propicio os miro,
que me animáis la osadía
de poder llamaros mío:

hoy que en unión amorosa
pareció a vuestro cariño
que si no estabais en mi
era poco estar conmigo;

hoy que para examinar
el afecto con que os sirvo
al corazón en persona
habéis entrado vos mismo,

pregunto: ¿es amor o celos
tan cuidadoso escrutinio?
Que quien lo registra todo
da de sospechar indicios.

Mas ¡ay, bárbara, ignorante,
y qué de errores he dicho
como si el estorbo humano
obstara al lince divino!

Para ver los corazones
no es menester asistirlos,
que para vos son patentes
las entrañas del abismo.

Con una intuición presente
tenéis en vuestro registro
el infinito pasado
hasta el presente finito.

Luego no necesitabais
para ver el pecho mío,
si lo estáis mirando sabio,
entrar a mirarlo fino.

Luego es amor, no celos,
lo que en vos miro.

 

Sor Juana Inés de la Cruz


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