EL EDITOR INTRUSIVO EN

 

LA INVENCIÓN DE MOREL

 

DE  ADOLFO BIOY CASARES

 

 GABRIELA BAYONA TREJO

 

Desde su publicación inicial, La invención de Morel se imprime junto con el famoso prólogo de Jorge Luis Borges y una serie de notas al pie de un supuesto editor. Aunque un lector poco avispado podría llegar a pensar que, en efecto, el editor real del volumen decidió explicar los pasajes oscuros de la novela a través de estas acotaciones, desde la primera intervención de éste comenzamos a sospechar lo que con los siguientes comentarios al margen se confirma: Bioy Casares es el autor tanto del “diario” del fugitivo anónimo como de estas notas.

Lo dudo. Habla de una colina y de árboles de diversas clases. Las islas Ellice —o de las lagunas— son bajas y no tienen más árboles que los cocoteros arraigados en el polvo del coral. (N. del E.)[1]

 

         En esta primera intrusión se aprecian ciertas frases impropias para un editor, como el “lo dudo” con el cual inicia su perorata —frase que inmediatamente evoca un juicio subjetivo—. El supuesto editor trata de justificar esta “duda” mediante la serie de datos que expone para tratar de minar la veracidad del diario. Con esta información cuasi enciclopédica sobre las islas, este comentador desea establecer que el escritor del texto se equivoca en su creencia de que ha llegado al archipiélago de Las Ellice, puesto que en tales islas el paisaje es distinto del que el fugitivo describe. Generalmente, las ediciones anotadas de una obra procuran esclarecerla aportando información difícil de conocer para el lector común o brindando una interpretación erudita del texto. Dado que el propósito de esta nota al pie no es ninguno de los anteriores, sino el de desacreditar al narrador, se puede suponer que el “editor” es también una creación del propio Bioy Casares.

         Este autor argentino no es el primero ni el único en utilizar esta clase de recursos literarios, que los especialistas denominan como de “metaficción”, es decir, aquellas herramientas que revelan o juegan con la exposición del carácter ficticio de las obras, como los cuentos dentro de los cuentos o la presencia de supuestos manuscritos de un autor diferente del que firma el texto —el caso de Cide Hammete Benengeli en El Quijote, por ejemplo—. En muchas ocasiones, la metaficción sirve para conseguir un efecto de “historicidad” o verosimilitud para el relato. Sin embargo, el papel del editor en La invención de Morel es más complejo. Tanto en el primer comentario como en la segunda nota al pie 

Ha vivido, sin duda, debajo de árboles cargados de cocos. No los menciona. ¿Ha podido no verlos? ¿O será más bien que, atacados por la peste, los árboles no daban fruta? (N. del E.)[2]

 

se puede apreciar este efecto de verosimilitud que el editor aporta a la obra, pues ambos metatextos parten de que las islas Ellice existen —lo cual no he podido comprobar en ningún mapa—. Pero, además, estas acotaciones comienzan a producir una idea del editor como un personaje más de la novela. Esta segunda intromisión, por ejemplo, lo delata como un personaje contradictorio y necio. Contradictorio, porque en su primera observación afirma que el paisaje descrito por el fugitivo no concuerda con lo que él (o ella) sabe de las islas, así que afirma que el escritor del diario debía encontrarse en otro lugar, mientras que en su segunda nota parece haber olvidado esta primera aseveración; y necio, porque parece obsesionado con la idea de que en esa isla había cocos.

         Su tercera intervención

Se equivoca. Omite la palabra más importante: geminato (de geminatus, geminado, duplicado, repetido, reiterado). La frase es: ...; tum sole geminato, quod, ut e patre audivi, Tuditano et Aquilio consulibus evenerat; quo quidem anno P. Africanus sol alter axtinctus est: ... Traducción de Menéndez y Pelayo: Los dos soles que, según oí a mi padre, se vieron en el Consulado de Tuditano y Aquilio; en el mismo año que se extinguió aquel otro sol de Publio Africano (183 a. de C.) (N. del E.)[3]

 

nos da más pistas acerca de la clase de personaje que Bioy Casares tiene en mente. De nuevo, el editor desacredita aquí al narrador haciendo gala de su erudición, que parece abarcar tanto la geografía —de la primera nota— como la literatura clásica. Es un personaje “sabelotodo” que no admite ni el más pequeño error —aun cuando el fugitivo dice que ha citado de memoria el pasaje de Cicerón—; es un mal editor, de ésos que interrumpen la lectura fluida para dar una cátedra que no viene al caso, pues su corrección no contradice lo que realmente importa para la narración: que antes se hayan visto dos soles. Su afirmación de que el fugitivo “omite la palabra más importante” —reiterado— es muy cuestionable tomando en cuenta la propia traducción que él mismo cita de Menéndez y Pelayo, donde no aparece. El editor de Bioy Casares es un personaje cargante.

         La siguiente nota al pie aparece cuando el fugitivo transcribe el manuscrito de Morel. En ella el editor se limita, por fin, a su papel: explicar cómo leer el texto.  

Para mayor claridad hemos creído conveniente poner entre comillas lo que estaba escrito a máquina en esas páginas; lo que va sin comillas son anotaciones en los márgenes, a lápiz, y de la misma letra en que está escrito el resto del diario. (N. del E.)[4]

 

         Esta nota es importante en La invención de Morel porque revela con mayor contundencia que el editor es creación de Bioy Casares, dado que se sirve de él para justificar la manera en que escribió este pasaje de la novela, el cual no podría existir sin el comentario al margen: una transcripción del manuscrito con interpolaciones de cómo fue recibido por los amigos de Morel, hechas por el fugitivo.

         La quinta intervención del editor

La omisión del telégrafo me parece deliberada. Morel es autor del opúsculo Que nous envoie Dieu? (palabras del primer mensaje de Morse); y contesta: Un peintre inutile et una invention indiscrète. Sin embargo, cuadros como el Lafayette y el Hércules Moribundo, son indiscutibles. (N. del E.)[5]

 

vuelve a servir tanto como un efecto de verosimilitud para el relato, como una caracterización de la estupidez altanera del editor: provoca que parezca que Morel es un científico reconocido más allá del diario del fugitivo y el personaje-editor aprovecha la ocasión para desacreditarlo y cuestionarlo como hombre de ciencia.

         La siguiente nota al pie es de Morel mismo,

Siempre: sobre la duración de nuestra inmortalidad: sus máquinas, simples y de materiales escogidos, son más incorruptibles que el Metro, que está en París. (N. de Morel.)[6]

 

funciona como una especie de guión que el científico preparó para darle mayor fuerza al argumento de que se logra la inmortalidad mediante las máquinas. Esta acotación es la única en la novela que no pertenece al editor. La sexta intromisión de este último

         Bajo el epígrafe de

                  Come, Malthus, and in Ciceronian prose

                  Show what a rutting Population grows,

                  Until the produce of the Soil is spent,

                  And Brats expire for lack of Aliment

 

el autor se demora en una apología, elocuente y con argumentos poco nuevos, de Tomás Roberto Malthus y de su Ensayo sobre el principio de la población. Por razones de espacio la hemos suprimido. (N. del E.) [7]

 

es aún más impertinente que las anteriores: decide omitir un pasaje del diario “por razones de espacio”, además de descalificar abiertamente al narrador —y de no proporcionar un dato que sí sería valioso para el texto: decir quién es el autor del poema—.

         La séptima intervención del editor

No aparece en el encabezamiento del manuscrito. ¿Hay que atribuir esta omisión a un olvido? No sabemos; como en todo lugar dudoso elegimos el riesgo de críticas, la fidelidad al original. (N. del E.)[8]

 

lo revela, de nuevo, como un mal representante de su gremio, pues la omisión que denuncia no es tal: el pasaje que el narrador dice que repite sí aparece al principio del diario. Bioy Casares pinta a este personaje entrometido como un mal lector del texto.

         Las últimas dos notas al pie no hacen sino confirmar todo lo anterior, en la primera

La hipótesis de la superposición de temperaturas no me parece necesariamente falsa (un pequeño calentador es insoportable en un día de verano), pero creo que la verdadera explicación es otra. Estaban en primavera; la semana eterna fue grabada en verano; al funcionar, las máquinas reflejan la temperatura del verano. (N. del E.)[9]

 

el editor vuelve a realizar una de sus acostumbradas interpolaciones absurdas e impertinentes; en la segunda

Queda el más increíble: la coincidencia, en un mismo espacio, de un objeto y su imagen total. Este hecho sugiere la posibilidad de que el mundo está constituido, exclusivamente, por sensaciones. (N. del E.)[10]

 

nos percatamos, una vez más, de la arrogancia con la que “comenta” el diario: se toma la libertad de agregar de su ronco pecho lo que le parece “más increíble” y de filosofar acerca de la constitución del mundo.

         Esta última intervención también sirve para brindarle una apariencia de documento histórico al diario del fugitivo: el editor cree en la existencia y en el funcionamiento de la máquina de Morel. Gracias a este metatexto final se puede comprender el punto de partida de este metapersonaje: su interés radica en Morel y la máquina, no en el fugitivo y su historia. Nunca se preocupa por tratar de identificar o nombrar a este prófugo de la justicia, ni de explicitar cómo llegó a sus manos el diario, ni de afirmar por qué lo publica. Parece dar por hecho que su interés es compartido por el posible lector, por eso puede darse el lujo de “suprimir” el pasaje sobre Malthus.

         Bioy Casares deja entrever mediante una ironía muy sutil que no se toma en serio a este personaje, lo crea como una caricatura —tal vez como una especie de parodia de cierto tipo de editores—. El autor argentino provoca mediante este editor, a su vez, una lectura irónica del diario —aunque también es irónico respecto del narrador del mismo, de su patriotismo, de su delirio de persecución y los aires de importancia que se da—.   Pero no sólo termina ahí la ironía que consigue con este metapersonaje, también parodia la novela de ciencia ficción como el género establecido que tiene que “hacer creer” al lector en los prodigios tecnológicos que plantea. La vuelve otra cosa.

         En palabras de Cristina Hernández:

Precisamente la variedad de puntos de vista, la del náufrago innominado, el editor que con sus anotaciones a pie de página hace trastabillar la credibilidad del narrador y las anotaciones de Morel, condiciona una lectura —que lejos de ser un testimonio científico— con una finalidad empírica (la explicación de un “aparato” de ingenio y la verificación del fenómeno resultante de ese mecanismo) apunta a su razón de ser: pura narración, puro artificio.[11]

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Bioy Casares, Adolfo. La invención de Morel. Pról. Jorge Luis Borges. Alianza-Emecé, México, 1989. (<<El libro de bolsillo>>, 393)

 

Hernández, Cristina Matil. Enigmas y máquinas: La narrativa de Adolfo Bioy Casares. (Spanish text). Tesis de doctorado, Yale University, 1990.

 

 



[1] Bioy Casares, Adolfo. La invención de Morel. Pról. Jorge Luis Borges. Alianza-Emecé, México, 1989. (<<El libro de bolsillo>>, 393) p. 17 [Todas las cursivas están en el texto.]

 

[2] Ibid., p. 29

[3] Ibid., p. 63

[4] Ibid., p. 79

[5] Ibid., p. 83

[6] Ibid., p. 93

 

[7] Ibid., p. 101

[8] (sic.) Ibid., p. 117

 

[9] Ibid., p. 119

[10] Ibid., p. 120

[11] Hernández, Cristina Matil. Enigmas y máquinas: La narrativa de Adolfo Bioy Casares. (Spanish text). Tesis de doctorado, Yale University, 1990. p. 194

 

 

 

 

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