PRIMEROS POBLADORES. EXPLORANDO EL CAMINO REAL DE MONCLOVA
EXPLORANDO EL CAMINO REAL DE MONCLOVA. PERSONAJES
 
. PRIMEROS POBLADORES
PRIMEROS POBLADORES.
 
La organización de los distintos pueblos de nuestro estado y el aspecto de sus ciudades ha ido cambiando con el tiempo, lo mismo que sus costumbre o normas sociales y la manera de obtener alimentos, instrumentos de trabajo, vestido, etc. También han cambiado las leyes que regían la vida de nuestros antepasados, las creencias, concepciones religiosas, artísticas y formas de diversión.
Los cambios empezaron a darse desde el momento en que llegaron los primeros seres humanos a nuestra región. Se sabe muy poco sobre ellos. Seguramente sus antepasados mas remotos pasaron del sureste de Asia al continente americano a través de estrecho de Bering, persiguiendo a los animales que cazaban. Aunque no se ha podido comprobar la antigüedad exacta de este acontecimiento, se cree que sucedió hace aproximadamente 40 mil años.
Desde las regiones del norte hasta la lejana Patagonia, los primeros pobladores de América se trasladaron a lo largo de las costas del océano Pacifico en busca de sustento y mejores condiciones de vida. Algunos hallazgos arqueológicos, como instrumentos de piedra barro, restos de esqueletos y otros vestigios, indican que el hombre apareció hace aproximadamente 30 mil años en el territorio mexicano.
En el oeste del estado de Coahuila existe una zona desértica donde se presenta una sucesión de bolsones. Los primeros hombres de México los utilizaron como rutas de acceso en su paso desde Norteamérica  se sirvieron de ellos de sus lagos y lagunas, para satisfacer sus necesidades de alimento.
Del paso de esos hombres por Coahuila, los arqueólogos han encontrado manifestaciones en la cueva de la Chuparrosa en el municipio de Acuña y en la cueva Espantosa al sur del municipio de Sierra Mojada. En estos lugares se han descubierto puntas de proyectil acanaladas, usadas como instrumentos de caza y trabajo.
Hace mas de siete mil años los primeros pobladores vivían, en su mayoría, en pequeños grupos familiares. Las difíciles condiciones ambientales determinaron una vida nómada, basada en la recolección de frutos, yerbas y raíces silvestres, en la caza y en la pesca.
Las mejores posibilidades de vida en las llanuras del noreste o en la región montañosa, permitieron que estos agrupamientos familiares se transformaran en grupos mas grandes o tribus. Su movimiento constante hace difícil delimitar el territorio habitado por ellos.
 

LOS GRUPOS NOMADAS Y SU AMBITO.
Para estudiar las diversas culturas prehispánicas, los antropólogos las han dividido según las características geográficas y el desarrollo económico y social de los distintos grupos. A la región ocupada por pueblos agricultores se le llamó Mesoamérica; abarcaba desde América central por el sur, hasta los ríos Pánuco, Moctezuma, Tula, Lerma-Santiago y Sinaloa por el norte. La región situada al norte de esta línea divisoria se conoce como Aridoamérica; sus habitantes eran casi siempre nómadas y vivían de la caza, la pesca y la recolección.
Es necesario señalar que las fronteras de estas dos regiones no fueron permanentes. Los límites entre una y otra sufrieron cambios por las constantes luchas entre los grupos seminómadas del norte y los grupos sedentarios del centro y sureste de México.
El actual estado de Coahuila se localizaba entonces en Aridoamérica, y a la llegada de los españoles era un territorio poblado por mas de 150 grupos étnicos. Mucho se desconoce sobre estos grupos. Esta escasez de información se debe a diversas causas: por un lado, el mayor interés de los conquistadores por las grandes poblaciones y zonas del centro y sur de nuestro país; por el otro, los principales informes provienen de misioneros, quienes estaban más interesados en concentrar a los habitantes en villas, convertirlos a la religión católica y ejercer un mejor control sobre sus recursos naturales y sobre el trabajo que los indígenas podían proporcionarles, que en registrar en detalle su modo de vida y diferencias.
Como los mismos grupos recibían en ocasiones diversos nombres, esto dificultaba su identificación a partir de las crónicas o relatos. Por otra parte, estos grupos solo reconocían los límites marcados por ríos, sierras o montañas; sus territorios eran imprecisos y cambiantes, y se extendían o reducían si lograban un triunfo o sufrían una derrota en la guerra.
No obstante, sabemos que nuestro estado estuvo poblado por diversas culturas a las cuales se les asigna el nombre genérico de chichimecas.
Estaban divididos en cuatro grandes grupos: tobosos, coahuilas, guachichiles e irritilas; y en dos grupos mas pequeños: zacatecos y conchos, que ocupaban también pequeñas porciones del área coahuilense.
Cuatro regiones servían de asiento a estos grupos. En la del bolsón de Mapimí vivían los tobosos. En la llamada Hoya de Parras habitaban los irritilas. La comarca formada por el corredor General Cepeda-Saltillo-Monterrey fue asiento de los guachichiles. Y en el área localizada alrededor de la sierra de Santa Rosa se establecieron los Coahuiltecos o coahuilas.
Entre el bolsón de Mapimí y la Hoya de Parras se hallaban los salineros (considerados dentro del grupo irritila), que se dedicaban a explotar la sal en páramos desérticos de lagunas salitrosas. Los conchos compartieron con los tobosos las tierras colindantes al río Bravo, al noroeste de Coahuila. Por su parte, los zacatecos tuvieron contacto con los irritilas de la laguna, al sur de Torreón y Biseca.
 Estos grupos vivían en las salientes formadas por las rocas o en los montes. Sin embargo,  durante el invierno o en tiempos de guerra construían con carrizo, vara y zacate; su configuración era semejante a una campana, carecían de ventanas y el hueco que hacía las veces de puerta era tan bajo que debían inclinarse para entrar.
No obstante que el grupo chichimeca estaba formado por un gran número de subgrupos, tenían en común una misma forma de vida: el nomadismo; éste era más o menos permanente, por zonas o por temporadas, obligados por las duras condiciones geográficas del desierto.
A pesar de ello, había algunos grupos que practicaban en forma eventual la agricultura, aprovechando las vegas de los escasos arroyos de Coahuila o las áreas húmedas a los pies de ciertas montañas. Tal es el caso de los zacatecos y de los irritilas.
Hay evidencias arqueológicas de que, entre los años 5000 y 1500 antes de nuestra era, ya se practicaba una agricultura incipiente en áreas reducidas del sur de Coahuila; una de ellas sería en los alrededores de la cueva Texcalco, próxima a Parras.
 

ALIMENTACIÓN Y VESTIDO.
La vida trashumante del nómada se debía a la necesidad de obtener alimento. Cazadores y recolectores seguían a las especies animales y recogían en el campo los materiales necesarios para hacer sus vestidos, casas e instrumentos de varias clases.
Los recolectores iban de una a otra comarca, según las épocas en que maduraban los distintos frutos y semillas silvestres. Año tras año realizaban el mismo recorrido, el que interrumpían si eran hostigados por otros grupos; por lo general, siempre volvían a su lugar de origen.
La base de la alimentación vegetal era el mezquite, las tunas, los agaves y las palmas. Cuando no contaban con frutos consumían mezcale, una comida que hacían con la pulpa de la lechuguilla cocida en hornos de piedra, como la barbacoa. Si escase3aba, recogían lo que habían desechado y pulverizándole en morteros de palo, volvían a comerlo.
También trituraban sus alimentos en morteros de piedra caliza; al principio estos era planos, con el uso se formaba un hueco en el centro de hasta de 40 cm. De profundidad. Con otra piedra cilíndrica de menor tamaño (el instrumento que los mexicas llamaban en lengua náhuatl tejolote, temolote o temoyote) molían frutas secas, principalmente mezquite, para obtener harina.
Comían la tuna del nopal, al natural o cocida como barbacoa. Cuando esa fruta maduraba, los varones emprendían largas jornadas para su recolección; eran muy hábiles para limpiarlas. Las trituraban en hoyos cónicos hechos en el piso cuyo fondo y paredes, perfectamente aplastados, estaban recubiertos con varas y zacate. Hacían los hoyos en las cimas de las lomas, donde aun pueden verse. Bebían el jugo de la tuna, y la flor del nopal también formaba parte de su alimentación.
Consumían las vainas del mezquite cuando estas maduraban, aunque también ya secas. Lo molían y, una vez cernido, lo colocaban en pequeños sacos tejidos o en nopales abiertos; de este modo preparaban el mezquitamal, alimento muy nutritivo.
Hacían pan en forma de roscas, el cual duraba hasta un año sin descomponerse. Comían el fruto de la palmera y los calpules (fruto del granjeno), las maguacatas (fruto del ébano) las anacuas, las comas, la flor de pita y numerosas raíces. En casi todos los lugares se recolectaba miel de abeja.
Empleaban la sal, y cuando les faltaba la sustituían con la ceniza de cierta hierba parecida al romerillo. El agua era acarreada por las mujeres en nopales huecos, puestos en unas mallas o redes armadas en arcos de palo, pendiente de la frente hacia la espalda.
Abundaban los alimentos de origen animal; preferían la carne del venado y del conejo. Era obligación de las mujeres recogerlos después de la caza. También atrapaban culebras, víboras, ratones y otros animales.
En La Laguna se han hallado átlatls o lanza dardos. En la sierra de la Paila en Parras, se descubrió un instrumento llamado comúnmente palo conejero porque se piensa que de é se servían para atrapar conejos y liebres; lo arrojaban sobre la presa, y le daban muerte. Otros estudiosos creen que fue usado como asa de alguna bolsa de piel de conejo, donde se guardaban alimentos y repuestos de puntas de flecha, o como azadón o barreta para sus necesidades; también pudieron haber empleado dicho instrumento como escudo para desviar las flechas enemigas.
La mayoría de los grupos cazadores sabia curtir pieles y con ellas se vestían. En ciertas tribus, los hombres y mujeres usaban unas prendas rusticas de vestir elaboradas con pieles de conejo. Para protegerse de las piedras filosas, solían calzar unos trozos de piel amarrados con toscos cordeles de fibra vegetal. De piel era también una cinta con la que se ataban el cabello largo, el cual les llegaba con frecuencia hasta la cintura o mas abajo, aunque en ocasiones preferían trenzarlo. Otra pie era llevada al hombro, a manera de cobija.
Las mujer3es vestían una falda hecha con cierto tipo de hierba torcida, o bien la formaban cosiendo dos piezas de piel de venado. En cualquier caso, la prenda se adornaba con frutas secas, caracoles o dientes de animales, objetos que al menor movimiento de la persona producían un ruido que ellos tenían por agradable. Otros engalanaban su escaso atuendo con palos, plumas o huesos que se introducían en las orejas o en el labio inferior.
 

SU ORGANIZACIÓN SOCIAL.
La vida social de estas tribus se desarrollaba en pequeños grupos constituidos por un máximo de 15 familias. La división del trabajo se realizaba por sexos: al hombre le correspondía la caza, la guerra y la elaboración de utensilios necesarios para estas actividades; y las mujeres desempeñaban las mas variadas y difíciles tareas, como criar a los hijos, cuidar a los animales y elaborar utensilios necesarios para la vida domestica. También curtían y adornaban los cueros de los animales, acarreaban el agua, la leña y recolectaban frutos y semillas. Cuando se mudaban de un lugar a otro, eran ellas las que cargaban los utensilios y atendían a los niños.
Dentro del grupo y en lo que toca al casamiento, bastaba con que el pretendiente diera por la novia la carne de un venado o su piel (a gusto del futuro suegro). En algunos grupos el hombre solo podía tener una mujer, y en otros podía tener muchas. Se sabe que el varón podía cambiar de compañera en cualquier momento. La mujer, por su parte, podía hacer lo mismo.
No tenían una organización política propiamente dicha. Los jefes guerreros solo se encargaban de dirigir las operaciones militares. El cargo recaía en quienes destacaban por su valor, fuerza y habilidad. Eran electos para alguna campaña guerrera y después de esta no  conservaban poder alguno. Los demás miembros del grupo no dependían de el, por lo cual su poder era limitado.
Las difíciles condiciones de vida, impuestas a los cazadores y recolectores por el medio geográfico y la constante lucha por la tierra, hacían que entre los diferentes grupos y aun entre los mismo individuos de una familia, surgiera la división y la desconfianza.
Así como había diferencia en el lenguaje y en el vestido de un grupo a otro, la había también en las formas de pintarse o tatuarse. Hombres y mujeres acostumbraban pintase el rostro o todo el cuerpo. Lo único que variaban eras las líneas que podían ser verticales, horizontales, rectas u onduladas. Lo hacían sobre todo cuando iban a pelear, pues creían que así iban protegidos. Además, una de las finalidades principales de esta costumbre era la posibilidad de distinguir a los miembros de cada grupo, especialmente en los combates.
Los tatuajes eran de gran variedad de colores: el rojo de almagre y oxido de hierro, el amarillo, el azul y otros extraídos de diversas arcillas o tintes vegetales
El arco y la flecha eran sus armas de guerra. Tenían diferentes formas y distintas marcas, con lo cual también diferenciaban el derecho de cada cazador sobre la presa que hubiera herido; cualquier violación en este aspecto era causa de luchas entre tribus vecinas, e incluso entre miembros de un mismo grupo. Construían los arcos con la raíz del mezquite, la que preferían por fuerte y flexible; su tamaño iba en proporción de quien habría de usarlos. La cuerda, por otro lado, se hacia torciendo fibras de lechuguilla.
Las flechas o jaras eran “del largo de media braza del tirador”, hechas de carrizo fino y consistente que curaban al fuego. En un extremo tenían tres o cuatro pulas cortas, adheridas con cierto pegamento que preparaban con raíces, aunque no era extraño que las ataran con nervios de venado. Por el otro extremo metían un trozo de vara tostada, hasta topar con el primer nudo del carrizo; además de ajustarla perfectamente, la ataban o pegaban con el mismo procedimiento. En la punta de esta última vara hacían otra incisión, en el cual pegaban o ligaban el dardo de piedra.
El antebrazo izquierdo iba cubierto con una tira de cuero de coyote u otro animal, plegada en cuatro o mas dobleces, que llamaban batidor; este los protegía del roce de la cuerda del arco y a su vez les servia como escudo. En los pliegues de la parte superior del batidor cargaban una fina hoja de pedernal de dos filos, sujeta con el mismo pegamento o con ligaduras a una empuñadura de palo que también utilizaban como hacha.
El culto religiosos colectivo no existía y por tanto, tampoco había sacerdotes. Según varios cronistas españoles, los grupos chichimecas no tenían templos; solo adoraban al sol, dedicándoles la primera pieza cazada en cada jornada.
Las creencias religiosas se basaban en el miedo a los malos espíritus, que los tobosos llamaban Cachiuipa. Estos eran algunos fenómenos naturales como los remolinos de viento, las estrellas fugaces, meteoritos y cometas. En algunos casos atribuían poderes divinos a los ríos, árboles, plantas, astros y fuego.
La muerte no era motivo de ceremonias religiosas colectivas. Sin embargo, creían que el alma sobrevivía a la muerte del individuo. Los ritos mortuorios era realizados por los parientes mas cercanos. En ciertas regiones enterraban a los muertos en el campo, en los barrancos de los arroyos o en los recodos de los ríos. Cubrían los sepulcros con ramas o nopales, a fin de protegerlos de los animales. En otras regiones quemaban a los muertos guardando las cenizas en unos costalillos que llevaban siembre consigo. Si se trataba de algún enemigo, esparcían las cenizas al viento.
A manera de luto, había quienes acostumbraban tiznarse el cuerpo y la cara. Transcurrido determinado tiempo, hacían fiestas a fin de que sus amigos los acompañaran a lavarse el tizne.
También eran frecuentes las fiestas o mitotes, que se realizaban para planear guerras o ataques, para reconciliarse con grupos enemigos o simplemente por gusto.
Cuando el motivo del mitote era solo por alegría, se enviaba a los invitados una flecha sin pedernal que llevaba colgados algunos huesoso o dientes de animales. Si los convidados recibían varias flechas con piedras ensangrentadas, era señal de que la fiesta serviría para convocar a una guerra. Si la flecha no tenia piedras, se trataba de un acuerdo de paz. Un cronista cuenta que “llegando el día, van llegando los convidados y se ponen cerca, a un lado de las comidas, sin hablar palabra ni saludarse, que no es costumbre en ellos. Y poco a poco traban platicas y así hacen los demás”.
La comida y la bebida eran abundantes en las fiestas; las preparaban con tiempo, recolectando frutos y cazando animales para hacerlos en barbacoa. Al día siguiente de la celebración el anfitrión distribuía la comida y en ocasiones –según fuera el motivo del mitote- regalaba pieles de venado. Quien quisiera, podía retirarse de una fiesta sin despedirse.
Los instrumentes musicales no eran muy variados: tocaban unas sonajas hechas con calabazas y guajes secos, con muchas perforaciones y con pequeñas piedrecitas de hormiguero en su interior. Otro instrumente era un trozo de palo, por lo general de ébano por ser la madera mas dura de la región, en el cual hacían rayas o ranuras pro0fundas; al tallar sobre estas con otro palo delgado producían un sonido agradaba. Usaban también flautas de carrizo con las cuales se animaban en los combates.
 

LOS PUEBLOS Y SU DESTREZA
A diferencia de otros grupos chichimecas los guachichiles vivían principalmente de la agricultura, actividad que era complementada con la caza, pesca y recolección. Conocían el cultivo del maíz, frijol, chile, calabaza y otras plantas.
Lograron ciertos avances en las labores textiles, como lo demuestra el hecho de haber confeccionado vestidos con telas de algodón, fibra de maguey o de lechuguilla. Eran también magníficos orfebres, puesto que conocían algunos metales como el cobre, el oro y  la plata; con estos y otros materiales fabricaban collares, pulseras, aretes, anillos y toda clase de adornos.
Los guachichiles estaban organizados en familias. Un poco antes de la llegada de los españoles comenzaron a observarse algunas diferencias sociales entre ellos: por un lado los hombres que ocupaban altos cargos, y por otro el resto de la población. Al mismo tiempo el poder político empezaba a consolidarse con un jefe o cacique a la cabeza. La religión tenía un papel importante en la vida de estos grupos. Se rendía culto al sol, a quien llamaban Tayahopa; a Quaunamoa, deidad del fuego; y a Tioipitzintli, el niño, que era dios del consuelo.
Los indios salineros tomaron este nombre de su actividad primordial: la extracción de sal. Con ella surtieron a los primeros pueblos de españoles que se asentaron en la zona, entre Coahuila y Chihuahua, aunque es probable que ya antes de la conquista la comerciaran con otros grupos indígenas.
Los irritilas, ocupantes de las márgenes de la laguna de Mayran, desarrollaron una incipiente vida sedentaria en la Comarca Lagunera. Las condiciones ambientales, mas favorables aquí que en otras áreas, impulsaron el cultivo del maíz, de la calabaza y otras semillas. Estos grupos de La Laguna se alimentaban, además, con peces y aves acuáticas.
En cuanto a la pesca, en general eran expertos con el arco, la flecha y una especie de arpón que lanzaban desde las orillas; o bien, utilizaban redes que tejían con facilidad. También solían usar unas nazas hechas con fibras de lechuguilla, carrizo, palma o maguey. Estas era trampas en forma de cestas cilíndricas, que median de 50 centímetros a un metro de diámetro, ya hasta 3 metros de longitud. En el extremo abierto de la cesta colocaban algunas varas, de tal manera que sirvieran para atrapar al pez cuando éste penetraba al interior atraído por la carnada. Con el tiempo las nazas dieron su nombre al río que nace en la vertiente duranguense de la Sierra Madre Occidental y desemboca en la laguna de Mayran, entre Matamoros y San Pedro de las Colonias.
La cueva de la Candelaria, extraordinario cementerio, es el sitio arqueológico mas importante de Coahuila. Los restos humanos y objetos allí encontrados, nos hablan de una época de asentamientos en la Comarca Lagunera que cubre varios centenares de años, y que implica ya cierta forma de vide sedentaria.
Entre los restos localizados llama la atención la abundancia, variedad y calidad de las telas trabajadas por los laguneros. Con fibras trenzadas de maguey y lechuguilla hacían bolsos donde cargaban a los niños pequeños, así como también tejían redes, nazas, huaraches y esteras que a veces les servían de tapete, cobija o mortaja para cubrir a los muertos. La presencia en este sitio de una tela de algodón, proveniente de regiones ubicadas mas al sur, demuestra que hubo relaciones comerciales con ciertas áreas de Mesoamérica.
Objetos similares se han hallado en otras cuervas del rumbo. Un caso de estos es la sierra de San Lorenzo, pero sobre todo en la llamada cueva de Indio en el municipio de Matamoros. En este lugar los irritilas dejaron muestras de su destreza confeccionando huaraches que hacían con pencas de lechuguilla, una vez extraída la pulpa de dicha planta. Al principio los huaraches fueron burdos, atados con hilos y mecates hechos también de lechuguilla o palma samandoca, aunque mas tarde llegaron a elaborarlos con un tejido, empleando pedazos de madera a los que se hacia una pequeña perforación para introducir el hilo y coserlos; de esta manera el calado fue mas resistente.
El tule era otra materia prima para hacer prendas de vestir que los protegían de la intemperie, aunque quizá también haya servido como armazón de las casas en los campamentos nómadas. Diversos vegetales podían usarse para diseñar recipiente a manera de canastas, donde acostumbraban guardar sus alimentos; en ocasiones se agregaba a la pieza ya terminada una pasta realizada con frutos secos molidos, la cual funcionaba como impermeabilizante y así el recipiente podía contener agua sin derramarla. En la cueva de la Candelaria se han hallado valiosos ejemplos de este y otros trabajos en cestería.
En otras cuevas localizadas al norte de la región de los bolsones, precisamente en las sierras del Carmen, se encontraron cadáveres momificados cubiertos con tejidos de lechuguilla y provistos de sandalias de palma. Se cree, por los datos hasta hoy reunidos, que dichos vestigios datan de la época de la dominación española.
Restos de vasijas señalan que nuestros antepasados conocían la cerámica. Sin embargo cabe señalar que la fragilidad de los utensilios no resistía los continuos cambios de un lugar a otro del territorio. Por tal razón es que los pocos objetos descubiertos no se asemejan a los elaborados por los pueblos mesoamericanos. Ollas, vasos, cazuelas, comales y otros recipientes fueron modelados a mano, siguiendo técnicas muy sencillas. Es de notar que los utensilios carecían de asas y solo tenían pequeños orificios cerca de sus bordes, que quizá sirvieron para colgarlos.
Por lo que respecta a los adornos, estos eran realizados con diversos materiales. Los había sencillos a base de madera, piedras y frutas secas, o muy elaborados como los que se tallaban en hueso. En una cueva del municipio de San Pedro de la Colonias, precisamente en el puerto de Ventanillas sobre la carretera a Cuatrociénegas, se han encontrado collares ensartados de conchas de ostión, molusco que extraían de los arroyos de la Comarca Lagunera sobre todo de los ríos Nazas y Aguanaval. A veces, bastaba colocarse plumas de guajolote silvestre en el cabello para considerarlo un adorno.
No hay municipio de Coahuila que no guarde vestigios líticos, es decir instrumentos de piedra. Si los pueblos que habitaron el área mesoamericana se caracterizaron por el desarrollo agrícola y arquitectónico, la cultura del hombre del desierto, en cambio, se distinguió por la elaboración de sus armas y especialmente por el labrado en sílex. Con este material fabricaron cuchillos, puñales, puntas de flechas, punzones, raspadores, azadas, martillos, hachas de mano y de mango, navajas y otros objetos que destacan por su variedad, diseño y acabado.
La mayor parte de las piezas que se han localizado fueron trabajadas con silex sedimentario puro, el cual es de diferentes colores porque contiene sales minerales; a su vez, el impuro es de factura irregular, poco apto para ser labrado. También hicieron instrumentos con cuarzo, cristal de roca, basalto, diorita y obsidiana. El grupo irritila era el que lograba un mejor acabado en cada pieza, a diferencia de los guachichiles cuyo terminado era mas burdo.
 

EL ARTE RUPESTRE.
Cuevas, cavernas, grietas o simples peñascos del hoy estado de Coahuila, ocultan valiosas huellas dejadas por nuestros antepasados. El arte rupestre –así llamado por que se ejecuta sobre una superficie rocosa-   queda patente en múltiples parajes de los municipios de Cuatrociénegas, Sacramento, Lamadrid, Castaños, Escobedo, Monclova, Candela, Ramos Arizpe, Saltillo, General Cepeda, Parras, San Pedro de las Colonias, Múzquiz, Arteaga, Acuña y principalmente Sierra Mojada y Ocampo.
Allí, en rocas de origen arenisco y sedimentario fáciles de labrar o de pintar sobre ellas, el hombre del desierto ha dejado testimonio de su paso. Mientras que en el norte de Coahuila guarda sobre todo arte pictórico, el sur abunda en petroglifos, diferencia que se explica porque las rocas son muy duras –y por tanto mas difíciles de labrar- en el norte. Como sea, es interesante destacar que tanto la forma como la técnica de los grabados presentan características diferentes de un lugar a otro, incluso cuando la distancia que los separa es pequeña. Esto sucede, por ejemplo, con los petroglifos que se hallan a la altura del kilómetro 42 y los que están en el kilómetro 58 de la misma carretera Saltillo-Piedras Negras.
Entre las técnicas que empleaban los guachichiles, irritilas, tobosos o cualquier otro grupo indígena para realizar petroglifos, se observan el rayado superficial y el profundo. En el primer caso rayaban levemente la roca y dibujaban diversas representaciones. En el segundo el rayado se hacia con fuerza, quedando plasmada la figura con una profundidad de casi un centímetro. Otras técnicas, como el contorno y el punteado, fueron de uso menos frecuente.
Todos los grupos expresaron de diversas maneras lo que querían comunicar, ya sea a través de la pintura o del petroglifo. Los guachichiles manifestaron este arte con figuras geométrica, casi siempre abstractas y de difícil significado para nosotros. Por su parte, el mensaje de los irritilas utilizó figuras de soles, manos, pies y redes, entre muchos otros motivos. En el municipio de Parras, concretamente en el ejido del Sol, el tema solar fue representado por lo menos bajo seis formas distintas en un mismo conjunto rocoso, con una técnica muy refinada.
El municipio de Ocampo encierra numerosos lugares tapizados de pinturas rupestres, como se puede observar en San José de las Piedras, Piedritas, Cañón de la Vaca, las Iglesias, laguna de la Leche, sierra del Fuste, rancho Las Tinajas, Piedras de Lumbre y Álamos del Marques. En San Felipe, municipio de Ramos Arizpe, existen pinturas que muestran cabezas de venado bura, tortugas, motivos geométricos, grecas, puntos, líneas zigzagueantes, círculos concéntricos y figuras esquemáticas. Los vestigios pictóricos del municipio de Acuña, en las riberas del río Bravo, pertenecen a la época de la dominación española.
Al este del municipio de Sierra Mojada, en San Antonio de los Álamos, hay representaciones de un coyote o lobo atacado por un águila. Ahí mismo se observan manos y antebrazos pintados en color blanco sobre la roca negra. Lo interesante de estas obras es que algunas de ellas se hicieron empleando la llamada “técnica del negativo”, circunstancia que las hace mas notables porque no se conocen muchos casos así en toda la República.
Para usar dicha técnica, los indígenas apoyaban su mano –y en ocasiones inclusive el brazo- sobre la roca, y rociaban pintura alrededor de aquella. Cuando no la esparcían, la pintura se aplicaba con varas de carrizo que tenían una perforación en la parte inferior, a manera de pluma fuente; o utilizaban plumas de aves de gran tamaño, como si se tratara de pinceles. En cambio, si optaban por la “técnica del positivo”, distribuían pintura (generalmente de color rojo) sobre la palma de la mano y luego imprimían su huella. Para lograr este tiente es probable que se hayan empleado la savia de una planta llamada sangre de drago, que contiene varios matices de rojo.
También en San Antonio de los Álamos, una montaña encajonada parece custodiar las pinturas de mas de 40 caballos con jinetes sin cabeza, realizadas con un realismo sorprendente. Como sabemos después de la desaparición de las especies equinas que poblaron América en épocas prehistóricas, el caballo no volvió a apareces en nuestro territorio hasta la llegada de los europeo; de modo que podemos fechar estas manifestaciones de arte rupestre como propias del siglo XVI, aunque otros estudiosos opinan que corresponden a los siglos XVII o XVIII.
El profesor Carlos Cárdenas Villarreal, en su obra Aspectos culturales del hombre nómada de Coahuila, considera que se trata de un mensajes de los comanches, grupo que incursionaba por el norte del estado. Según el mismo investigador, quizá nuestros antepasados plasmaron así su rebelión contra el conquistador, pintándolo sin cabeza.
¿Un anticipo de los cambios violentos que traería la penetración española?, ¿Un testimonio de las incursiones del invasor que ya comenzaban a darse?. De una u otra manera, son un valioso ejemplo de las ricas manifestaciones del arte rupestre que tenemos en Coahuila.

Extraído del libro: Coahuila, generoso el campo vaso el horizonte. Monografía Estatal, Secretaría de Educación Pública, México, 1986, Primera reimpresión. Texto original: Jesús Alfonso Arreola Pérez. Textos auxiliares: Armando Bayona, Enrique Rivas Paniagua, Ismael Salas Paz.
 

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28 de Agosto de 2002
 

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