EL QUE SE CASA, CASA QUIERE….

Por: Gustavo Mata Flores

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Margarita se casó con Alfredo de quien estaba muy enamorada. Los padres de Alfredo para ayudarles les ofrecieron vivieran con ellos para lo cual les asignaron una recamara muy confortable.

 

Al principio todo era “miel sobre hojuelas”, tanto Alfredo como su padre salían a trabajar por las mañanas y Margarita se quedaba con su suegra, ambas compartían el quehacer diario de la casa, y conversaban amablemente.

 

Muy pronto comenzaron las diferencias, pues Margarita tenia ciertas costumbres con las que fue criada que no coincidían con las de su suegra, quien no tardó en enemistarse con su nuera. Así la suegra comenzó a exigir más de Margarita al grado que pretendió que esta fuera la sirvienta de la casa.

 

Alfredo no sabia a quien apoyar, cada mañana Margarita le hacia el desayuno, que la madre desplazaba haciendo otro desayuno para su hijo.

 

La situación se tornó difícil, la familia entera estaba en contra de Margarita y Alfredo no asumió su papel de “hombre de la casa” (pues no era su casa) y termino influenciado por sus padres y su familia de que Margarita no era la mujer Dios tenia para el, y al cabo de dos años, sobrevino el divorcio.

 

Situaciones como la descrita anteriormente son cada día más comunes por dos causas fundamentales: Una es que muchas parejas de jóvenes están practicando el pecado de la fornicacion (sexo prematrimonial) del que sobrevienen los embarazos inesperados y no deseados que obligan a los jóvenes a contraer matrimonio. Estos jóvenes no tienen patrimonio laboral, algunos son estudiantes y no trabajan, o sus ingresos no son suficientes para mantener su propio hogar por lo que terminan en casa de “mama”. Otra causa es la existencia de Padres sobreprotectores para quienes sus hijos siguen siendo “los niños de casa”, a quienes no les permiten crecer y pretenden mantenerles bajo “su protección y cuidado”.

 

Delante de Dios, no hay excusa alguna para que un matrimonio comparta su hogar con el de sus padres. La Biblia dice: Él, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo, 5y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne? 6Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.” (Mateo 19:4-6).

 

La Palabra de Dios es muy clara, y si alguien no acata esta instrucción, tarde o temprano sufrirá las consecuencias como el ejemplo que refiero al principio de esta reflexión.

 

El daño que los padres hacen a sus hijos es mayúsculo. La mejor forma de ayudar a los hijos es guiarlos hacia lo que es su propia responsabilidad. Jamás permitas que tus hijos vivan en tu casa una vez que se han casado, y si quieres ayudarles, es mejor que les apoyes para rentar, comprar o construir su propia casa (si es que tienes las posibilidades de hacerlo) pero jamás los lleves a vivir a tu casa (a menos que sea de visita).

 

Otro problema común es la intromisión de los padres y demás familiares en la vida de los hijos casados. La falta de respeto a la intimidad de la pareja genera serios conflictos. Algunas veces la intromisión se da a petición de uno de los cónyuges quienes incapaces de resolver sus diferencias acuden a sus padres quejándose del cónyuge, mas adelante ellos se reconcilian y dejan una raíz de amarguita en los padres quienes no perdonan ni olvidan el agravio que sufrió su “retoño”.

 

En la pareja matrimonial deben aprender ambos a resolver entre si sus diferencias, y de requerir una tercería acudir a un profesional que bien puede ser su Pastor, pero no inmiscuir a sus familiares ya que terminan dañando a la familia.

 

Una y otra vez, la propia vida nos enseña que la Biblia siempre tiene la razón pues es Palabra de Dios, y tal como el pueblo de Israel; en el desierto desobedecía a Dios y sufría las consecuencias, muchos padres y jóvenes siguen desobedeciendo a Dios.

 

El mejor “manual para la vida” esta en la Biblia, no te apartes de sus preceptos, al hacerlo tu eres el causante de tu propia infelicidad:

 

Ahora, pues, hijos, oídme, Y bienaventurados los que guardan mis caminos. Atended el consejo, y sed sabios, Y no lo menospreciéis. Bienaventurado el hombre que me escucha, Velando a mis puertas cada día, Aguardando a los postes de mis puertas. Porque el que me halle, hallará la vida, Y alcanzará el favor de Jehová.  (Proverbios 8:32-35).

 

Dios te bendiga

29/Dic/2004

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