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El ataque de "La Rosita"

Los vecinos de Santa Rosa contra los apaches y comanches

El Sr. Presidente del H. Ayuntamiento de Santa Rosa con fecha de 29 de diciembre ultimo me comunica lo siguiente:

"El Sr. Don Andrés de la Garza, Comandante de las fuerzas de vecinos voluntarios de este valle, que marchó el día 21 del corriente sobre el pueblo de Lipanes, Mezcaleros, Gileños y Comanches que se halla en la Sierra del Carmen, según el informe que dió el joven cautivo Marín Ortiz, con fecha de ayer me dirigió el parte siguiente:

Unidos los setenta y cinco vecinos que Ud. se sirvió poner a mis ordenes, con veintisiete hombres de la colonia militar de San Vicente al mando del Sr. Coronel Francisco de Castañeda, dormimos la noche del 22 en el paraje del Oso, donde por la misma noche se nos agregaron 26 individuos de tropa de la Colonia de Monclova Viejo, cuyo auxilio se pidió desde este Valle, con el fin de verificar con esa fuerza mas, la campaña sobre la Sierra del Carmen.

El 23 por la mañana, con ciento veintiocho hombres inclusos siete oficiales vecinos, levantamos el campo, haciendo alto a las diez del día en el paraje del Chiltipin, con el objeto de esperar allí unas reses que se mandaron llevar para proveer de carne a la partida. A las tres de la tarde salieron cinco hombres a explorar el agua de La Rosita, y a las cuatro emprendimos la marcha para el mismo punto. Serian las siete de la noche, cuando sobre la marcha misma, avisaron nuestros exploradores que los bárbaros en gran número estaban parados en la citada agua de La Rosita, donde según las apariencias tenían determinado hacer noche. Inmediatamente se dispuso hacer alto por el Jefe de la expedición que lo era el citado Sr. Castañeda, y allí mismo se nombraron veintidós hombres para la derecha, a las ordenes del Alférez de la colonia de Monclova Viejo, Don Antonio Galán, igual número para la izquierda, cuyo mando se confío a mi persona, cuarenta y siete de infantería para el centro, al cargo del expresado Sr. Castañeda, y treinta y tres que debían quedar allí mismo al mando del vecino Justiniano Elizondo, para guardar la caballada y monturas de la infantería con todos los demás útiles que nos hicieran embarazosos para el combate.

Con tales disposiciones y con la orden de guardar en el campo el mayor silencio, se determinó atacar al enemigo al amanecer del día 24, esperando a pie firme la hora conveniente para marchar sobre su campo.

Para poder determinar con el acierto posible el momento de nuestros movimientos, se mandaron dos hombres pie a tierra a examinar de cerca la posición y distancia de los enemigos, y dando aquellos la vuelta, dieron parte que el mismo enemigo estaba colocado en la parte derecha del arroyo, y distaría de nosotros cosa de una legua.

En tal concepto, se acordó movernos a las cuatro y media de la mañana, lo que en efecto se verificó, llevando avanzados los indicados espías.

Después de haber caminado un rato considerable, los referidos espías avisaron que el enemigo distaría de nosotros unos cuatrocientos pasos, y en atención de que faltaba para amanecer mas tiempo del necesario para andar aquel terreno, se hizo alto.

Al romper los horizontes, continuamos la marcha a paso redoblado, mas viendo que nos amanecía enteramente; que los enemigos habían descubierto ya en la llanura a nuestra izquierda; que todos por el motivo se ponían en movimiento; y que aun estabamos retirados de ellos cosa de mil quinientos pasos, se mandó que la infantería marchase a paso veloz. Nos hallaríamos inmediatos al campo del mismo enemigo unos ochocientos pasos, y en consideración a que varios indios montados ya se dirigían sobre la caballada, perdido del todo la esperanza de sorprenderlos en el campo, y siendo necesario batirlos sin ninguna de las ventajas que nos habíamos prometido, mandó el Jefe que atacase nuestra caballería para ver si se lograba siquiera la caballada.

Nuestros valientes de la izquierda sin arredrarse con el excesivo número de los contrarios, ni con la excelente posición que ocupaban en la falda montosa y quebrada de una loma, cayeron sobre la caballada inmediata al campo, la cual quiso defender, aunque en vano, la caballería enemiga.

Puesta la caballada en paraje distante del combate por unos cuantos hombres, volvieron estos a sostener a sus compañeros, quienes haciendo frente con glorioso esfuerzo a los fuegos de infantería y caballería enemiga, daba tiempo a que llegase nuestra infantería, y para que la derecha sin ser vista se colocase en la corona de la loma.

Después de un fuego animado por una y otra parte, ocupada la atención del enemigo con las acometidas de nuestra izquierda, calló sobre él nuestra infantería sin ser vista, y rompiendo a quemarropa un fuego horroroso, la desalojó de su campo, obligándolo a huir subiendo rectamente la loma, pero la derecha que hasta entonces permanecía inmóvil e ignorada del enemigo, lo recibió ahí con un fuego no menos vivo, y perseguido de cerca por la infantería, dirigió su fuga al hilo de la ladera, hasta llegar a un bosque que se levanta parte en la misma ladera y parte en la sima.

Nuestros esforzados infantes sin detenerse, entraron también al mismo bosque donde el enemigo hizo pie, y después de sostenerse por ambas partes un fuego animadísimo, se notó que aquel acababa de ocupar unos fortines que encubría el mismo bosque.

Por tal motivo y con el fin de reconocerlos para ver la parte por donde con menos pérdida podíamos continuar el ataque, se mandó que nuestros soldados formasen en nuestra retaguardia, a diez pasos retirados de dichos fortines, lo que inmediatamente se verifico.

Hecho ya el mencionado reconocimiento se vió que la posición de los enemigos era formidable y que para concluir con ellos, era necesario también sacrificar toda nuestra gente. No obstante, reunida ya y desmontada toda nuestra caballería, se determino una nueva carga, la cual se dio con tal ardor y fiereza, que a pesar de estar cayendo muertos nuestros valientes contra los mismos fortines, el enemigo enarboló una bandera blanca, pidiendo con repetidas voces la paz.

El Sr. Castañeda dispuso que no se escuchara, ya por falta de confianza en su buena fe, ya por no tener las necesarias instrucciones para ajustarla, y ya también por no exponernos a que reconociera la debilidad de nuestra fuerza disponible, disminuida ya en tales términos por los muertos, los heridos, y los que custodiaban a estos y nuestra caballada, que apenas podía contarse en treinta hombres.

Por tales consideraciones se continuó el fuego hasta que desengañados de no poder concluir con los bárbaros en aquel punto, se ordenó nuestra retirada para colocarnos en una declinación de la loma a distancia de cien pasos de los fortines.

Para hacer esta operación se situó entre los mismos fortines y nuestro campo una línea de tiradores con la mira de no dejar descansar a nuestro enemigo, y la de ver si por la sed o el temor de otra carga continuaban su fuga, en la que podíamos cargar de nuevo reforzada nuestra gente con los treinta y tres hombres que quedaron en el tren de trastos y caballada, los cuales se mandaron traer luego.

Los indios y nuestros tiradores estuvieron haciendo fuego hasta como a las tres de la tarde, hora en que callaron enteramente las armas de los primeros. En vano esperamos que el enemigo saliese de su fortificación para atacarnos o para continuar su fuga con la luz del día, y entrada ya la noche, y embarazados con nuestros heridos y con nuestra caballada que no había donde amarrar por el despejo del campo; no teniendo mas gente para atender a su seguridad que la muy necesaria, aun considerando reunida la que quedó en el tren, se determinó que durante la noche estuviéramos solo a la defensiva, con el fin de evitar que los bárbaros nos hechasen fuera la caballada con algún tiroteo o incendio del campo.

Reunida por la tarde la gente del tren, se nombró el servicio destinándose en los lugares convenientes el todo de la fuerza, y a fin de imponer al enemigo con demostraciones de no temer ninguna tentativa suya, se encendieron varias lumbres dentro de nuestro campo las cuales ardieron toda la noche. Durante ella no se sintió mas movimiento que el muy silencioso y pausado que hacían los indios al retirarse, en cuya ocupación y la de sacar sus muertos y heridos que se les hicieron en los fortines y bosque, se entretuvieron hasta la madrugada del día 25, oyéndose a lo lejos un llanto continuado.

El mismo día 25 luego que aclaró, se nombraron algunos hombres para que examinaran el campo, lo que se efectuó en el mas corto tiempo posible por la necesidad de emprender temprano nuestra retirada, a causa de tener que hacer una jornada larga con nuestros heridos cuya situación era verdaderamente difícil. Hecho el mencionado reconocimiento, salimos de retirada a las diez del día trayendo consigo a nuestros muertos y heridos.

Así es como concluyó una expedición que se pensaba llevar hasta los aduares mismos del enemigo, pero que no fue posible ejecutarlo por nuestro encuentro con él. Así es también como la campaña que nos hacia en grande según las noticias del joven cautivo, quedo enteramente deshecha. Así es finalmente como prescindiendo de los muchos males de que por esta vez se ha librado el estado, se ha obtenido una victoria de las mas brillantes en esta guerra, y la gloria con que se han ilustrado nuestros valientes vecinos unidos a los esforzados soldados de las colonias de San Vicente y Monclova Viejo, será de eterna memoria, no solo por haber medido sus armas con un enemigo audaz y superior en número, sino mas principalmente por las temibles posiciones en que se defendió.

Tres fusiles, cuatro carcajes, cuatro chimales, ochenta y cuatro fustes, cuarenta y cinco frenos, veintidós sivolos (?), veintisiete jorongos, un rifle, treinta cobijas de lienzo blanco, setenta y una maletas, veintitrés bestias mulares y tres caballares, con una porción de garrero de menor cuantía; Ocho muertos que quedaron tendidos en la ladera de la loma, cuyas cabelleras se quitaron y condujo la partida, dos muertos mas que quedaron tendidos en la llanura por la izquierda y cuyas justificantes no se pudieron quitar por estar distantes del campo y hacerse ya demasiado tarde; Un herido que se agarró y dice ser cautivo aunque venia como guerrero, y muchos mas muertos y gran número de heridos que se hicieron al enemigo en el bosque y fortines donde sufrieron su principal mortandad, de los cuales no quedó ni uno solo por haberlos sacado en la noche; Tal fue el glorioso resultado de nuestro sangriento combate.

Por nuestra parte hemos tenido la sensible perdida de dos vecinos muertos y nueve heridos; Dos muertos y cinco heridos de la colonia de San Vicente; Un muerto y ocho heridos de la de Monclova Viejo; Un caballo del vecino Rafael Valdés muerto en la acción, una carabina del vecino Venedicto Urista, y cuatro fusiles mas que se inutilizaron de balazos o golpes habidos en la misma acción.

Nuestros muertos y heridos han sido de bala con exepción de uno solo que sacó un flechazo.

Aunque desde el principio de los fuegos nos hicimos de toda la caballada del enemigo, se despedazó toda a causa de los mismos fuegos, después de los cuales solo pudo reunirse la parte que quedó expresada por haberse levantado el resto los varios indios de caballería que huyeron a la llegada de nuestra infantería.

Además de los ochenta y cuatro fustes represados, quedaron sin sacarse algunos que estaban muy inmediatos a los fortines, con los cuales y con los que ensillaron los enemigos, se justifica la noticia que da el cautivo herido, de haber venido cien bárbaros de caballería y cuarenta y cinco de infantería, quienes se montarían en bestias que tendrían en el tránsito según pudo colegirse por algunos lomillos que se encontraron en su campo.

Al concluir este parte, debo hacer presente a V. para que se sirva ponerlo en conocimiento de la superior autoridad del Dpto. y del Supremo Gobierno del Estado, que de todos los individuos que componían la partida, no hubo ni uno solo que dejase de obrar con el mas esclarecido entusiasmo y acendrada valentía, habiendo observado además, la mas completa subordinación.

Por todo ello, y por el noble esfuerzo que hicieron para promover y cooperar voluntariamente al verificativo de la campaña, son eminentemente dignos de la particular consideración de S.E.

El Sr. Coronel Don Francisco Castañeda, que mandó en jefe la expedición y el combate, lo mismo que los oficiales de las colonias de San Vicente y Monclova Viejo, Don V. Antonio Menchaca y Don Antonio Galán, se condujeron con la pericia y denuedo que les son característicos; Los oficiales vecinos Don Diego Elguesabal, Don Indalecio Elizondo, Don Felipe Torralba, Don Tirso Castillón, Don Miguel Elizondo, y Don Tomas Soliz, se portaron como valientes patriotas, y todos todos merecen bien del Supremo Gobierno y del Estado.

Las viudas e hijos de los que murieron y también los que fueron heridos, en defensa del honor y seguridad de los pueblos del mismo estado, merecen la paternal protección de S.E. el Sr. Gobernador.

Acompañando a V. una lista nominal de los muertos y heridos, tengo la satisfacción de ofrecerle las seguridades de mi aprecio y particular consideración.

Tengo el honor de transcribirlo a V.S. para su satisfacción y la del E.S. Gobernador en concepto de que Don Francisco Treviño y Don Tomas Soliz están comisionados por la H. Corporación para presentar a V.S. las ocho cabelleras relacionadas así como también para proponer y negociar algunas medidas de interés público concernientes a la guerra.

Estando para concluir esta comunicación se ha presentado un cautivo de 12 a 13 años de edad, quien dice que es natural del Canutillo, inmediato a Sierra Gorda; Que se llama Andrés Zaragoza, y sus padres Concepción del mismo apelativo y María Trinidad Martínez; Que los bárbaros batidos en el punto de La Rosita lo trajeron a campaña en unión de otros cuatro cautivos; Y que no siéndole posible salir al principio de la acción, fué arroyado con los enemigos hasta los fortines donde entró con ellos; Que allí fue herido de un balazo que tiene en el hombro izquierdo; Que permaneció todo el día con los citados enemigos hasta el oscurecer, en que pudo salirse y esconderse, dejando dentro de los expresados fortines diez y ocho indios muertos y gran número de heridos; Que después de su salida no se presentó a los nuestros, temiendo que en lo pronto lo equivocásemos por su traje, considerándolo como enemigo; Y finalmente que después de nuestra retirada tomó nuestra huella que siguió hasta este valle. Tanto este cautivo como el otro que se agarró herido, se han puesto en cura, y han recibido los auxilios que se les han podido facilitar.

El vecino Don Francisco Treviño que funcionó en la acción como el sargento de los de su clase, es acreedor por su buen comportamiento a la consideración del Supremo Gobierno, y el cautivo Marin Ortiz que se ofreció voluntariamente a guiar nuestra fuerza en la campaña, se condujo bien en ella, por lo que es digno de una particular recompensa por parte del Supremo Gobierno.

Todo lo que tengo el honor de participar a V.S. adjuntando original la lista de muertos heridos en acción, y reproduciéndole las seguridades de mi respeto y atenta consideración."

Al participar a V.S. tan glorioso triunfo como el que los valientes vecinos de Santa Rosa y soldados de las colonias de San Vicente y Monclova Viejo han obtenido sobre los bárbaros, y por el cual merecen lauro y estimación universal, tengo el gusto de congratularme con esa Muy Ilre. Corporación, así como con los vecinos todos de esta municipalidad a quienes V.S. hará saber este plausible suceso encareciéndoles eficazmente la utilidad, conveniencia y necesidad en que se hallan todos los pueblos de imitar aquel noble ejemplo, como el medio mejor, como el mas eficaz, y aun el único que podrá proporcionar la seguridad, tranquilidad y paz, bajo cuyos auspicios puede concebirse esperanza de que volverá el progreso, la animación, la vida y abundancia de nuestra decaída agricultura e industria.

Tengo la satisfacción de ofrecer a V.S. mi particular aprecio y consideración.

Dios y Libertad. Monclova, enero 5 de 1850

Rafael de la Fuente (rubrica)

H. ayuntamiento de esta ciudad.

 

Nota: Por esta acción el Congreso de Estado decretó y concedió a santa Rosa el titulo de Villa y la denominación de Múzquiz, en memoria del benemérito General Melchor Múzquiz.

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