Relatos de un Turista
Joe conoció a unos viajeros en la hostería donde se quedaba – unos australianos y una pareja de norteamericanas. ¿Cuáles eran sus nombres? Eh, ni importa. No pensaba que iba a conocer a nadie en ese lugar – era el más barato de la ciudad: la habitación era super chiquita y aun se cobraba la ducha (¡200 pesetas!). Pero se ubicaba tan cerca al centro, y como Joe tenía recursos limitados, le sirvió bastante bien…y no había cucarachas.
Un día de regreso a la habitación de la ducha, pasó por la habitación de los australianos. Alcanzó a oír la conversación entre ellos. "¡Que me jodió ese condenado agente! Hubiera sido mejor viajar a Grecia – por lo menos allá hubiera podido entender a la gente…" Coño, hombre, pensaba Joe, tú eres el turista – el huésped en país ajeno – hay que hablar la lengua del país. ¡Qué pendejo!
Unos días después de llegar, todo el grupo salió una noche a un bar para celebrar…algo. Allí, conoció Joe a una Madrideña hermosa – claro, como que estaban en Madrid – y empezaron a chatear. ¿Cuál era su nombre? Ay, Dios, ni importa. Siga con el cuento.
"¿De que parte de Cuba vienes?", le preguntó la Madrideña.
"¿Cómo que Cuba? No, mami, soy norteamericano. Miraaa, mi pasaporte." Sacó el librito azul con el escudo de los Estados Unidos al frente.
"Ay – quieres hacérmelo difícil." Joe se fijó en el acento con que habló. Le pareció que le dijo hathérmelo difíthil. A pesar de que le parece chistoso, le gustaba como hablan las españolas. Además, casi silban al decir los eses. Rrrrrooouuu. No se oye bien cuando hablan los hombres así. Es como escuchar a un francés o una alemana hablando en sus idiomas nativos…algo extraño. Se confunde el género por el acento. "Antes de llegar a Miami, ¿en qué parte de Cuba vivías?" Arranca el tiovivo.
"Niña, ya te dije – soy norteamericano. Fíjate de mi nombre – Joe Verdeva. ¿Cómo explicas eso? Para nada es nombre latino."
"Fácilmente. Tu mami se casó con gringo, y cogiste su apellido."
"Nooo, ya te dije – soy norteamericano."
"¿Y cómo me explicas la falta de acento?" Siguió la inquisición.
"¿Cuál acento?"
"Que no hablas con nada de gringo."
"Pues, que aprendí el español de profesores nativos en el instituto…"
"Así es, cuando estabas eeennn Cuuubaaa…"
Quizás en otras ocasiones aceptaría los comentos de la Madrideña de buen humor, pero estaba harto de la conversación. Okei, okei, me rindo. Ya soy cubano. Esta tierra no vale conquista. ¿Dónde están los otros?
Ya que manipula bastante bien su recientemente apropiada lengua, le ha dicho la gente que parece hispanohablante nativo. Al principio, no sabía como se podía equivocar la gente así; cuando se ve en el espejo, la imagen de un puro gringo le mira a Joe. Pero su pelo oscuro y sus ojos pardos son características físicas bastante comunes entre gente latina. Quizá por eso…
Se acordó de todos los compañeros de clase en el instituto donde aprendió español. A pesar de la calidad de la instrucción y el tiempo que duró la clase, algunos no cogieron bien la lengua. Kwando yoo estaaba en lah eskweyla pra aprendeyerrr eal espanyool, aprendii quei pra aalguuna gentey es byein deficel hhablarrr outra leyngwa. Ay, que le dió risa…
Haciendo un recorrido de la ciudad al día siguiente, vio tantas cosas – como la estatua de Don Aluro de Bazán en la Plaza Villa. La figura de don Aluro, ya verdeada por años de corrosión, pisaba a un cetro y una espada rota de los moros. Contrastaba tanto esa figura ominosa y oscura con la plaza abierta. La luz del sol ya alcanzaba sólo un rincón de la plaza, y los colores brillantes de las flores y los matices ligeros de los edificios de yeso iluminaban el monumento. Leyó la inscripción en la placa: El fiero turco en Lepanto en la tercera el francés, en todo el mar el inglés tuvieron de verme espanto. Rey servido y patria honrada dirán mejor quien he sido por la cruz de mi apellido y con la cruz de mi espada. Le acordó de ese vidrio en el alcázar de Segovia. Mostraba un cruzado en su armadura, montado en caballo. El caballo pisaba la cabeza de un moro...
De pronto, se rió. Hooombre, ni piensan de lo que dicen. Pensaba en la palabra ojalá, y su etimología. En la universidad, aprendió que viene del árabe – "en sh Allá", o algo así – que quiere decir "que Allá otorgue". Es ironía monumental que una gente que combatió por siglos (¿Como setecientos?) para derrotar y expulsar a los moros de su tierra todavía use esa palabra, cada vez pidiendo que Allá les ayude.
Caminando por el centro, vio a unos carteles anunciando una corrida de toros esa tarde. Había tantos pegados en los muros que casi no se veía una sola, sino un empapelado de muchas imágenes diferentes, pero similares a la vez. Había señoritas vestidas de trajes y toreros uniformados mezclados con dibujos de toros… ¡Vaya – mañana voy a Pamplona para los sanfermines!
¡Ah, los sanfermines! La corrida de toros en Pamplona pasa cada julio, y vino a España para hacer la corrida. Llegó a la ciudad unos días después en un día soleado – en el cielo no había ni una nube. ¡Qué día tan maravilloso y lindo! Encontró una hostelería – era un milagro encontrar hospedaje en ese tiempo, como que vino tanta gente para participar en la corrida.
Esa mañana, despertó temprano – no había podido dormir bien por la anticipación. Se vistió con el traje blanco de lino con la banda roja en la cintura, como es la costumbre. Por la ruta de la corrida había cercas rojas de madera para dirigir a los toros a la plaza, para que no se desvíen los toros a la muchedumbre de espectadores.
Llegó Joe al lugar donde empieza la corrida, la Plaza del Mercado. Todavía los empleados de la ciudad vestidos de uniformes verdes limpiaban las calles de guijarro gris. ¡Ya había llegado tanta gente! ¡Huácala! Un español – sabía que era español por el athento con que hablaba – charlaba con un compañero a su lado. ¡Hooombre, que apesta este de la borrachera de anoche! Verdad que apesta toda la calle – a orina, a vómito, y al sudor de los nerviosos.
¡Ya van a empezar la corrida! Empezaron los participantes a cantar a la imagen de San Fermín. "A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro dándonos su bendición." La ansiedad aumentaba, y Joe se sentía como si hubiera desayunado de ladrillo – tan pesado que estaba el estómago. Sólo dura unos cuantos minutos. Todo saldrá bien…
Oyó el primer cohete – señal que habían soltado los toros a la ruta. Ahora es el momento de verdad – de vida o de muerte. Todas las imágenes y sueños culminaron en este momento. Sintió el trueno por todo el cuerpo. El ruido de cascos aumenta y se acerca…y sale el segundo cohete. Palpita su corazón arduamente y rapidito, como un tambor africano. Jadea debido de los nervios.
Empezó a correr la muchedumbre de participantes, en una sola masa de cuerpos. Joe corrió a toda la velocidad para alcanzar a los toros, y se metió en la manada. El toro inmediatamente al frente se dió cuenta que lo seguía Joe, y saltó la cerca para buscar refugio. Ay, lastima – se me escapó uno. No hay problema, me quedan tantos más.
Con su casco con cuernos (de Brunhilda), amenazó las nalgas del primer toro que alcanzó. El toro, inconsciente de que Joe lo tenía como blanco, no oyó nada más que la ¡MUUUU! humana que acompañaba el dolor de la picadura.