Armand Abecassis: JERUSALÉN TERRESTRE, JERUSALÉN MESIÁNICA, JERUSALÉN CELESTIAL

 

En tres textos del Génesis, Jerusalén es presentada de tal manera que su triple sentido coincide con las características de cada uno de los tres patriarcas, como si sus autores quisieran significarnos los tres valores fundamentales, particulares y universales, terrestres y celestiales, de esta ciudad de la que David hizo la capital de su reino y el centro espiritual del monoteísmo.
El primer nombre de la Ciudad santa no era Jerusalén, y no significaba en principio el pan. Este nombre y esta interpretación le fueron dados más tarde, en tiempos de David y de los profetas. El Génesis cita el nombre de su sacerdote en tiempos de Abraham: Melquisedec. Después de la guerra de los cuatro reyes contra los cinco reyes,

"MeLKi-TSeDeQ, rey de CHaLeM, presentó el pan y el vino; él era sacerdote de ‘EL ‘eLYoN (Dios Altísimo). Él bendijo a ‘ABRaM y dijo: Bendito seas, ‘ABRaM, de ‘EL eLYoN, creador del cielo y de la tierra. Bendito sea ‘EL-‘ELYoN, que en tus manos ha entregado a tus adversarios. Y dióle ABRaM el diezmo de todo" (Génesis, XIV, 18-20).

El primer nombre de Jerusalén era pues CHALEM (SALEM); era el nombre del dios local SALEM; la ciudad tenía por sacerdote, en el siglo XVIII antes de la era vulgar, al rey MaLKi-TSeDeQ, cuyo nombre encubre las ideas de soberanía (MaLKi) y de justicia (TSeDeQ).
Cuando le encontró Abraham, MaLKi-TSeDeQ era el sacerdote de ‘EL-‘eLYoN (Dios Altísimo), que era adorado en Jerusalén antes de la conquista de David. Debe aquí señalarse el aspecto paradójico de este encuentro. El patriarca era el único elegido de YHWH, y el único también que se había hecho eco de sus promesas en el seno de los pueblos cananeos que ocupaban la Tierra prometida. Recibió sin embargo la bendición del sacerdote cananeo de Salem, MaLKi-TSeDeQ, y a cambio le entregó el diezmo de todo. Más aun, el salmo 110, que era recitado en la coronación de los reyes de Israel, recordaba al nuevo monarca que:
"Juró YHWH, y no se arrepentirá, y dijo: Tú eres sacerdote para siempre, según el orden de MaLKi-TSeDeQ" (versículo 4)
El sacerdote-rey de Salem ha servido así durante mucho tiempo de modelo a los soberanos de Israel. El salmo 76 pretende incluso que era su ancestro:
"En Judea es conocido YHWH; en Israel es grande su nombre. Fijó su habitación en Salem, y su morada en Sión" (versículos 2-3).
Se trata de un ejemplo de la insistencia con la cual los reyes de Israel afirmaban su autoridad presentándola como una continuación de las tradiciones locales, tal como hacían los patriarcas con respecto a los santuarios que encontraban en la Tierra prometida. La tradición rabínica, respondiendo más tarde a las polémicas cristianas, pretenderá que el sacerdocio fue quitado a los descendientes de MaLKi-TSeDeQ y entregado a Abraham. Fue RaBBi YCHMa’eL (a principios del siglo segundo) quien fijó las modalidades de esta transferencia:
"RaBBi YCHMa’eL dijo: El Santo, bendito sea, ha querido que el sacerdocio obtuviera su origen de CHeM (uno de los tres hijos de Noé), pues está dicho: "Él era el sacerdote del Dios Altísimo" (Génesis, 14-18). No obstante, cuando bendijo a Abraham antes de bendecir a Dios, Dios hizo de Abraham el padre del sacerdocio, según lo que está escrito: "Y le bendijo y dijo: bendito sea Abraham por el Dios Altísimo, y bendito sea el Dios Altísimo". Abraham le respondió: "¿Bendices al servidor antes de bendecir a su maestro?". Enseguida pasó el sacerdocio a Abraham, tal como está escrito: "YHWH ha dicho a mi señor: asiéntate a mi derecha..." (Salmo 110, 1), y también está escrito: "Tú eres sacerdote por la eternidad, según la palabra de MaLKi-TSeDeQ". Pues si bien él fue sacerdote, sus descendientes no fueron sin embargo sacerdotes" (Tratado de Nedarim, Talmud de Babilonia, 32, b).
El primer sentido de Jerusalén está pues ligado a Abraham y a la herencia del sacerdocio que él recibió de los pueblos cananeos. Éstos estaban representados por MaLKi-TSeDeQ. Éste bendijo a Abraham y reconoció que la posteridad del patriarca debía desde entonces llevar la bendición divina al mundo y a la humanidad. No bastaba, en efecto, que Dios eligiera a Abraham en el seno de los paganos, y le llamó a su función mesiánica para que ésta se cumpliera sin dificultades. Era aun necesario que las naciones reconocieran a Abraham y que le justificaran en su función de padre de los creyentes monoteístas. Este primer sentido de la ciudad fue realizado, y los descendientes de Abraham, judíos, cristianos y musulmanes, reconocen hoy en Jerusalén su centro religioso y su capital espiritual.
El segundo texto bíblico que alude a ella se refiere a Isaac y a lo que se ha llamado "el sacrificio de Isaac". Pero Isaac no fue sacrificado, como se sabe; solamente fue maniatado. Es por ello que los rabinos continúan hoy hablando de esta segunda prueba de Abraham como de la "atadura de Isaac". El segundo patriarca descendió vivo de la montaña de MoRiYaH (1) a la cual su padre le había conducido con la intención de ofrecerlo a Dios.
"Dijo Dios a Abraham: toma a Isaac, tu hijo único a quien tanto amas, y ve a la tierra de MoRiYaH; y allí me lo ofrecerás en holocausto sobre uno de los montes que yo te mostraré" (Génesis, XXII, 2).
La tradición ha identificado la montaña de MoRiYaH con la colina de TSION, es decir, con la montaña del Templo (II, Crónicas, III, 1). El comentarista de Troyes en Champagne, Rachi (siglo XII), cita las dos interpretaciones rabínicas de este nombre de Jerusalén, aquí llamado MoRiYaH. La primera cree leer en este nombre de MoRa’aH la enseñanza de la ToRaH a Israel. La segunda es la del traductor arameo ONQeLoS, que encuentra aquí la raíz MoR (mirra) y cree que el nombre de MoRiYaH fue dado a Jerusalén para recordar el rito de los perfumes que se quemaban en el Templo. Fácilmente se habrá comprendido que las interpretaciones de este nombre por parte de los rabinos son de hecho un medio de presentar la doble vocación de Jerusalén: particular (enseñanza de la Torah a Israel) y universal (perfumes que todo el mundo puede sentir). De hecho, el texto de la "atadura de Isaac" es fundamental para el Judaísmo, no tanto por la grandeza y autenticidad de la fe de Abraham, que estaba dispuesto a sacrificar a Dios aquello que le era más querido, como por la teología del diálogo que instaura desde entonces entre el hombre y Dios. Su vida para Dios es más significativa y está cargada de un testimonio mayor que la muerte por Él. Dios no pide al hombre que se sacrifique por Él, sino que viva por Él y por su palabra. Por ello, el descenso de la montaña es más probatorio para Isaac que la ascensión. La iniciación de un ser humano ciertamente es difícil y requiere muchos sacrificios. Pero despertar e iniciar son términos similares. O también: la formación de un profesor o de un maestro no es simple; sólo cuando el maestro entra a su vez en el proceso de educación comprende entonces lo que significa la enseñanza, y que enseñar es enseñar a enseñar. Lo mismo ocurre con Isaac, es decir, con el pueblo de Israel, en Jerusalén, sobre el monte de MoRiYaH. Recibe la Torah –la enseñanza- a fin de transformarla en perfume inhalable para la humanidad entera. Si bien su prueba comienza por su propia iniciación a esta Torah, no alcanza su realidad y su verdadero sentido más que cuando se ha hecho capaz, por su iniciación, de salvar al mundo. La apertura a lo universal tiene por condición el respeto de lo particular y de la diferencia específica; en cambio, no vincularse más que a lo particular torna ciego con respecto a lo universal. El yo no se constituye sino en la relación y en su don al otro, permaneciendo no obstante como sí mismo. Es lo que los rabinos dicen en el siguiente aforismo talmúdico:

"Si yo no soy para mí, ¿qué será de mí? Y cuando yo soy para mí, ¿qué soy yo?"

Tal es el segundo sentido de Jerusalén, aprendido con el segundo patriarca. ¿Estamos ya ante la Jerusalén celestial? ¿Desciende ésta en la Jerusalén terrestre? Sí y no. En efecto, si el pueblo que habita esta ciudad santa permanece fiel a sí mismo y a Dios, la sociedad mesiánica se cumplirá, pues se presentará como un modelo a imitar por toda la humanidad. "De Jerusalén saldrá la ley", como escribe Isaías, que añade: "Las naciones afluirán hacia TSION", la montaña de Dios. En este sentido, las promesas celestiales se cumplirán, y la ciudad construida de mano del hombre, en el sentido de la justicia y del pan, representará las previsiones y la esperanza de los hombres y de Israel, depositaria y garante de estas promesas. En otro sentido, no está aquí, sin embargo, la Jerusalén celestial, de la que la tradición cabalista ha mantenido la imagen en el curso de los siglos. Y esta distinción se encuentra en lo que lamentablemente aun se llama "El Nuevo Testamento", que claramente separa el "Reino de los cielos" y el "Reino de Dios"; sabemos que los "cielos" no son Dios, que provisionalmente habita en ellos esperando que su residencia definitiva sea preparada en Jerusalén, por Israel y por la humanidad. Así, la Jerusalén mesiánica de paz y justicia, aunque modelo de la Jerusalén terrestre, actualmente humana, no es sino la condición de la Jerusalén divina, en la que Dios habitará, en un Templo reconstruido de luz y de espíritu.
Ha sido dado a Jacob, tercer patriarca, el anunciarla, en ocasión de su sueño de la escala, "cuya cumbre alcanzaba el cielo, y que estaba fijada en la tierra, y los ángeles subían y bajaban por ella" (Génesis, XXVIII, 12). La reacción de Jacob frente a este sueño es característica, tanto como su propio sueño, del tercer sentido que los rabinos dan a la ciudad santa, "ombligo del mundo":
"Despertando Jacob del sueño, dijo: Verdaderamente que YHWH habita en este lugar, y yo no lo sabía. Y todo despavorido, añadió: ¡Cuan terrible es este lugar! Verdaderamente ésta es la casa de Dios, y la puerta del cielo" (Génesis, XVIII, 16-17).
La escala religa la tierra con el cielo: el mundo no es abandonado ni librado a sí mismo. Jerusalén es la puerta del cielo, pues es desde aquí que debe tomarse la escala para unirse con el cielo: Jesús y Muhammad lo sabían. Es, en fin, la casa de Dios, en la que Él habita: el Reino de Dios se ha cumplido, y también este mundo, puesto que es con respecto a Él que se constituye y se organiza el universo entero. Pero es Dios quien provoca este sueño de Jacob, y por ello el patriarca se sorprende. La Jerusalén celeste verdadera es la que el propio Dios construye, aquella por la cual pregunta a Jacob, a Israel y a la humanidad redimida. La Jerusalén construida de mano del hombre es ante todo imperfecta. En los tiempos mesiánicos –reino de los cielos- la Jerusalén, construida aun de mano del hombre, será una ciudad de pan y de justicia. Pero el proyecto divino no se detiene en esta sociedad de la que la violencia ha desaparecido y donde la dignidad humana es reconocida y saludada en todo hombre. Va más lejos, busca utilizar a los hombres de la sociedad justa y apacible para construir la comunidad de amor. Sólo entonces será verdaderamente cumplida la ley. El Reino de Dios no puede instalarse en Jerusalén más que si ésta se hace capaz de la ley y de la justicia. Hay que entender que la sociedad no es el objetivo último de Jerusalén, sino la comunidad, y que los procesos de la justicia no son sino vías adoptadas por el amor para cumplirse. Debe amarse al hombre suficientemente para darle justicia. Pero sobre todo debe establecerse la justicia a fin de permitir al amor que se manifieste.
Abraham ha revelado el sentido de Jerusalén con respecto a este mundo. Isaac ha manifestado su sentido con respecto a los tiempos mesiánicos, es decir, a la relación del hombre con el hombre. Pero Jacob nos ha otorgado el tercer sentido, con respecto al mundo futuro, es decir, a la relación del hombre con Dios. La "Jerusalén celestial" verdadera es aquella que construye el propio Dios, así como ha creado el mundo, en el amor. Tras la Jerusalén terrestre debe encontrarse la Jerusalén celestial. Pero tras ésta se oculta, invisible y sin embargo cuán presente, la auténtica Jerusalén, que es, como afirman los cabalistas judíos, "el cielo de los cielos", el principio de la trascendencia misma, que Moisés quiso ver y que, en cambio, recibió la respuesta siguiente:
"En cuanto a ver mi rostro, no lo puedes conseguir; porque no me verá hombre ninguno, sin morir" (Éxodo, XXXIII, 20).
NOTAS:
(1). La palabra MoRiYaH (Moria) significa visión; en este monte fue después edificada Jerusalén, y en una de sus colinas estuvo el Calvario.
Artículo publicado en el nº 2 de la 2ª serie de los Travaux de la Loge nationale de recherches Villard de Honnecourt, de la Gran Logia Nacional Francesa, 1º semestre de 1981.

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