JOAQUÍN ALBAICÍN: EL CRISTO DE SCORSESE

 

El Cristo de Scorsese quiere ser una disertación serena sobre los altos valores espirituales y simbólicos contenidos en el polémico film del realizador ítalo-norteamericano, uno de los directores de cine más admirados por quien estas líneas firma. Dichos valores pasaron, en su día tristemente inadvertidos, y creo sinceramente que merece la pena su reivindicación por una mirada atalayada por encima tanto del laicismo militante como del beaterío de vía estrecha.

 

Con la serenidad y calma propiciada por la distancia temporal, hemos visto la que creemos una de las películas peor comprendidas y, a la vez, más inspiradas que sobre la figura y el destino de Jesús se han filmado nunca: la que, basándose en la novela de Kazantzakis, dirigiera Martin Scorsese. Motivo de polémica y, en su día, de desmayos y cargas policiales en las puertas de los cines, pensamos que nadie se preocupó entonces de meditar en profundidad acerca de la riqueza y abundancia de mensajes simbólicos rigurosamente expresados en el "idioma" de la Tradición eterna detectables en su despliegue argumental. En los círculos católicos, la cinta no se topó más que con indisimulada hostilidad, oportunismo político post-conciliar y exasperación un tanto cafre, acaso más producto del cerrilismo que de la fe. Mas, ¿no debiera, en cambio, dar que pensar a estos círculos el frío -y significativo- silencio con que los ambientes progresistas acogieron la película? Porque pocos indicios hay tan infalibles acerca de la segura calidad de una obra de arte como la recepción de la misma con indiferencia por los ideólogos del laicismo.

Nada hay, es cierto, en La última tentación de Cristo del niño adorado por Magos y pastores, nada del niño que asombra a sus maestros, indigna a los padres de sus compañeros de juegos y obra prodigios en el Nazaret de su infancia. Jesús es, en la obra de Scorsese, un hombre que, abrasada su carne por el hierro al rojo de la duda, se siente desamparado y no está seguro de a qué misión es convocado por Dios... o por el diablo. El Jesús de Scorsese es, sí, en ciertos respectos, remedo del hombre moderno, un recipiente colmado con sus pánicos e incertidumbres, un Cristo hecho a su medida y falto de certezas que cavila casi tanto como sus rudos y variopintos apóstoles.

Esto puede a primera vista parecer una profunda distorsión de la figura crística, lo que de hecho sería si Scorsese hubiera abordado la realización del film con ese espíritu desmitificador e iconoclasta que, por desdicha, tan bien conocemos. Pero la escrupulosa y atinada utilización del simbolismo tradicional que a lo largo de toda la cinta maneja nos sugiere que Scorsese ha cedido, sí, a la tentación de acercar el Misterio por via poco ortodoxa -mejor: poco canónica- al hombre occidental moderno, al hombre sin ritos y enemigo declarado de Dios que hoy tiraniza el globo, mas no pensamos que deba darse a esto más importancia que la que cualquier otra licencia cinematográfica merece. Ciñéndonos a lo que nos interesa: ¿no ha tenido Scorsese también presente el "Jesús es Cristo, pero Cristo no es Jesús" de Raimon Panikkar (quien argumenta que no hay, en efecto, nada de Jesús de Nazaret que no sea Cristo, mientras que, en cambio, Cristo es un principio cósmico que no se agota en la figura de Jesús de Nazaret, porque Cristo es el alfa y el omega, es anterior a Abraham y persiste en la sagrada forma, donde no están las proteínas de Jesús)?

El otro tema delicado es la momentánea caída del hijo de María, agonizante en la cruz, en las redes del demonio. Nada de esto nos dicen las Sagradas Escrituras, en las que -como el propio Scorsese advierte- la cinta no se basa, pero dicha caída, como metáfora cuyo fin es ayudar al hombre en su camino de espinas, es -desde el punto de vista simbólico- perfectamente tradicional y ortodoxa y pertenece, de hecho, al más ejemplar género parabólico. Nada más lógico que Jesús sea tentado en la cruz por el mismo que le tentó en el desierto y le dice: "A veces, los ángeles miramos a los hoimbres y os envidiamos" (identificación clara de Cristo con Adán, al que Su sangre redime en el Gólgota; y del ángel con Satán o, mejor aún, con Iblis, su homólogo coránico).

Continuando con este hilo, no podemos menos que destacar cómo Scorsese -en el sueño de Jesús en la cruz- presenta este mundo como dominio del ángel caído, como su engaño y su caramelito envenenado. ¿Apología del gnosticismo o del dualismo? Nos parece una conclusión demasiado superficial.. Lo fundamental aqui es que Sorsese nos sugiere que el poder de dicho espejismo alcanza, en cierto sentido y desde cierto punto de vista solamente, a la propia vía religiosa, insuficiente para lograr la liberación total de las cadenas de este mundo. El Jesús que se libera y salva es el que es capaz de trascender la mismísima vía religiosa, apropiada para el hombre corriente, y desapegarse -como gesto y prueba últimos de su profunda e íntima identificación con el Padre- de los lazos propios de la existencia común, y no el que se siente realizado con una ilusoria paz permanentemente quebrantada por la visita de la muerte, en el goce de la madre, la mujer, los hijos y la vida "políticamente correcta" -diríamos hoy- que incumbe al común de las gentes. Lo que Scorsese hace es contar, con otras palabras y de modo inteligible para el moderno espiritualmente decapitado, que, del mismo modo en que este mundo sólo tiene realidad porque procede del Principio divino, la religión no es sino un estrato inferior de la vida espiritual en comparación con otras vías cuyo fin último es la completa realización, la completa trascendencia, la completa liberación, la completa identificación con y la completa vuelta al Principio.

En cuanto al uso con mano de genio del simbolismo tradicional por Scorsese (que, además, ha reciclado varias de las ideas estéticas del Buñuel de Simón del desierto), hemos de decir que la verdadera versión original de la película sería aquella proyectada con subtítulos de citas de Guénon, Charbonneau-Lassay o Burckhardt. Así, para indicar que Dios reside dentro de nosotros, Jesús se arranca el corazón y lo sotiene en alto. Es el carpintero que hace las cruces para los romanos, lo que inmejorablemente nos dice de él como víctima del escarnio y el desprecio y como fuente de sufrimientos expiatorios para su pueblo -el judío- que ha de cargar con la cruz desde el principio, y no sólo al final de su vida pública. El demonio en el desierto se presenta a él para tentarle bajo la forma de un león, que es el símbolo tanto del Mesías como del anti-Cristo, es decir, como su cara opuesta ("No nos conformamos", le dice este león, en un plural que alude al "su nombre es legión"...). Está su narración a Pilatos del sueño de Nabucodonosor, y también -cuando Jesús es prendido en el Monte de los Olivos y uno de los suyos corta la oreja al más próximo de los captores- la verdadera interpretación del "quien vive por la espada, por ella perecerá":

-Si no vives para esto, no mueras por esto.

Más símbolos. Cuando llega al prostíbulo, Jesús es precedido por un joven hindú, del que piensa: "Debe ser uno de los ángeles de Dios, que bajó a la Tierra para mostrarme el camino". El prostíbulo simboliza el descenso a los infiernos y, por tanto, la iniciación. Imposible, pues, no descubrir aquí, en la figura del joven hindú que "le muestra el camino", una referencia a Los años perdidos de Jesús, Cristo vivió y murió en Cachemira y demás obras de esta índole. ¿Ha captado Scorsese lo que a los autores de dichos best-sellers se les escapó, es decir, el verdadero sentido de la "partida de Jesús a India"? Porque "India", en este contexto, no es la India de la que podemos hablar en términos geográficos, sino la "India" que -como "Siria" o "Etiopía"- era en el mundo antiguo designación comúnmente aceptada para referirse al Centro Supremo o Paraíso Terrenal, lógica residencia a la que el Hijo de Dios debía retornar al término de su paso por esta Tierra.

María Magdalena es, por último, en La última tentación de Cristo la novia de infancia de Jesús, abandonada después por él, y que le guarda resentimiento por dicha ruptura. La lectura más cutánea nos hará pensar en ese Jesús que hemos dicho rebajado lo más posible a la medida del homo democraticus, a la medida del feligrés de la New Age, pero una segunda nos dirá de la distancia indeseada entre el hombre y su alma femenina gemela, entre el pueblo y la Shekinah, entre la Jerusalén terrenal y la celestial. Su cara invertida, la de la gran ramera del Apocalipsis, es la María Magdalena que escupe a Jesús cuando porta la cruz y presta la más sensual de sus voces a la serpiente que trata de tentarle.

La obra de Scorsese no es la de un teólogo o un metafísico, pero sí -sin duda- la de un cristiano de cuerpo entero que en ningún momento deja de decirnos sin ambages que el Reino de Jesús no es de este mundo. Algo en lo que muchos católicos (y cristianos en general), lamentablemente ignorantes de la riqueza simbólica de su propia tradición, no parecen haber reparado (falta, por lo demás, imputable no sólo a los cristianos: también más judíos de lo deseable confunden la Tierra Prometida con determinadas hectáreas de terreno edificable).

Hasta aquí, en fin, las humildes apreciaciones de un aficionado al cine convencido de que Dios, a veces, escribe con renglones torcidos (o que a los hombres nos lo parecen).

 

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