JOHN EPPSTEIN: V.-LA CONSTITUCION DEL CONCILIO SOBRE LA LITURGIA

Para comprender la nueva clase de culto introducida en la Iglesia católica occidental y las reacciones que ha suscitado es necesario comparar en esta sección la misa autorizada por Pablo VI en 1969 con la que existió con mínimos cambios durante trece siglos, por lo menos, y a la que dio forma definitiva San Pío V en 1570, después del Concilio de Trento. Temo que esto resulte poco interesante para quienes no sean católicos, pero no puede remediarse.

La dificultad reside en que, mientras que el misal tridentino es completo y lo contiene todo -el ordinario de la misa, los himnos, preces y lecciones de todos los domingos y fiestas y períodos principales, el propio del tiempo y de los santos a todo lo largo del año, las misas votivas y el calendario litúrgico, junto con las oraciones preparatorias y de acción de gracias y las rúbricas exactas-, aún no disponemos de un manual semejante que podamos cotejar con él (este escrito es de 1971 ó 72, Nota del difusor). Lo que tenemos hasta ahora es la constitución apostólica de abril de 1969, el nuevo ordinario con sus alternativas, la instrucción general y el nuevo calendario romano y un leccionario que contiene las lecciones de las Escrituras para un período de tres años. Aún está por aparecer el propio de los santos, con misas para ocasiones especiales. Los manuales que existen son extremadamente caros, y tanto los presbíteros como los fieles encuentran muy difícil hacerse con los textos completos en latín; hoy son pocas las parroquias y comunidades religiosas que los tienen, con lo que el sacerdote que está de viaje y es de otra nacionalidad no puede decir misa, a no ser que domine por casualidad el idioma hablado en el lugar en que se halla. Incluso en funciones solemnes es posible ver al celebrante consultar hasta tres libros diferentes y pasar de uno a otro sin gran seguridad. Hasta la fecha no existe ningún «Libro de oraciones comunes» católico completo.

Aún no conocemos un breviario revisado que contenga el oficio diario, constituido en torno al salterio, que se supone que debe rezar el clero regular y el secular. Bien pudiera ocurrir que pasen dos o tres años antes de que se termine su preparación, y las nuevas fórmulas de los sacramentos del bautismo, la confirmación, la penitencia, el matrimonio, la ordenación y la extremaunción todavía están elaborándose. Son muchas las críticas que ha suscitado esta instauración confusa y desordenada de las modificaciones litúrgicas. Críticas casi todas ellas, como es natural, provenientes de los muchos católicos que no veían que fuesen realmente necesarios esos cambios.

Otra dificultad para el cotejo proviene de que así como el latín del misal tridentino era el lenguaje universal del culto, con traducciones más o menos exactas con las que estaban familiarizados los seglares, hoy la inmensa mayoría de los fieles no tiene a su disposición sino la versión en lengua vernácula del nuevo ritual. El descontento que provoca en el clero y en los fieles de este país, valga por caso, el léxico idiomático, el estilo y el carácter tendencioso del texto en inglés-americano preparado por la Comisión internacional para el uso litúrgico del inglés, es mayor que el que inspira el nuevo texto latino, relativamente desconocido.

El schema de la constitución sobre Sagrada Liturgia se sometió a debate desde el 22 de octubre hasta el 13 de noviembre de 1962 en el Concilio Vaticano y se aprobó al día siguiente Fue escasa la oposición que encontró, pero se presentaron y aceptaron enmiendas en buen número; la constitución definitiva se aprobó al año siguiente. Con apresuramiento casi censurable, y mucho antes de que pudieran suministrarse nuevos misales revisados, el nuevo Consilium de liturgia, bajo el radical cardenal Lercaro, comenzó a promulgar instrucciones acerca de los cambios. Casi todas ellas eran negativas o abolicionistas, como la supresión de la genuflexión, que siempre había señalado particular veneración por el recordatorio de la encarnación de Jesucristo que se hace en el credo niceno, y del prólogo al Evangelio de San Juan que se leía al acabar todas las misas y en el que sacerdote y fieles solían hacer también una genuflexión al decirse las palabras Et verbum caro factum est. Por añadidura, se suprimieron igualmente la mayor parte de las genuflexiones y señales de la cruz hechas por el celebrante; y se dieron toda clase de consejos: eliminación de adornos de los altares, supresión de los comulgatorios para alentar a los fieles a recibir la comunión de pie, celebración de la misa en mesas de cara a los fieles, traslado del sagrario.

Los efectos psicológicos de estas arbitrarias instrucciones fueron desastrosos. Presentaron la reforma litúrgica a los fieles como algo esencialmente negativo y demoledor animado por el propósito de atenuar más que de resaltar la trascendencia de la encarnación y de la verdadera presencia de Cristo en la eucaristía. Parejamente dieron vía libre a quienes, por el contrario, anhelaban librar al culto del atosigante ambiente de misterio, historia y tradición y darle un aspecto más agradable para el hombre moderno, poco dado a «doblar la rodilla». Los presbíteros vanguardistas se entregaron a «experimentos» radicales con la connivencia episcopal. Ya hemos señalado anteriormente algunos resultados deplorables que ocasionaron en la Iglesia las rencillas que de ello se siguieron. Es una lástima; pues cuando comenzó a perfilarse el ordinario de la misa, revisado unos seis años después, resultó claro que se había decretado una serie de mejoras indudables, pese a todo lo que pudiera ser causa de descontento.

Pero el daño ya estaba hecho, como consecuencia de tolerar que prevalecieran los cabildeos. Las camarillas organizadas, sean políticas o religiosas, que se entusiasman con doctrinas o lemas propios, siempre andan acuciadas por la prisa. Pero cuando se trata de legislar sobre un culto que practicaban centenares de millones de personas habituadas a un rito de antigúedad milenaria del que surgieron muchas costumbres respecto a maneras de orar, de pensar, de actuar y de manifestarse artísticamente, no era oportuna tanta acuciosidad. Ni existía, seguramente, justificación alguna para dar tantas sorpresas arbitrarias. A no haber sido por el Concilio, la gradual introducción de mejoras en los sagrados ritos, como la iniciada por el papa Pío XII cuando revisó los oficios de Semana Santa y una comedida extensión de las lenguas vernáculas, la hubiera podido hacer la Santa Sede con la necesaria independencia y deliberada pausa. El hecho de que un grupo de descomedidos reformistas litúrgicos se adueñara del concilio en sus primicias supuso que su dos a la Semana Santa. Eruditos eminentes, como el padre J. A. Jungmann, prepararon estudios cuidadosos y exactos sobre el subyugador origen del ritual romano desde los tiempos posapostólicos, las diversas modificaciones acaecidas desde que el propio canon adquirió su forma definitiva a finales del siglo VI bajo San Gregorio Magno, las relaciones y diferencias entre la liturgia romana y la oriental, la labor codificadora dei Concilio de Trento y otros temas. Varias obras populares de alta calidad, como Historia de la misa, del abbé François Amiot, pusieron al alcance del lector católico los frutos de esta erudición.

Pero lo que caracterizó el movimiento litúrgico, como lo conocimos por entonces, fue su pietas. Se propusieron pequeñas mejoras en número no excesivo para que las ceremonias resultaran más claras; por ejemplo, un reordenamiento de la fracción, o partición de la hostia, y de las preces por la paz después del padrenuestro, propuesto por Dom Capelle en 1941 y adoptado en las recientes reformas. Mas no se olvidó la formación histórica de la liturgia eucarística en tiempos de las persecuciones romanas y se respetó a los primeros mártires -y sólo a los mártires, con la excepción de la madre de Dios-, cuyos nombres se veneraban en el canon.

Lo que dio un giro modernizante y radical al movimiento litúrgico fue la vehemente propaganda de las organizaciones en pro de la misa vernácula, grupos exiguos al principio en Europa, pero que adquirieron influjo considerable en los Estados Unidos, utilizaron todas las técnicas -y se rindieron a todas las tentaciones- de la publicidad característica de ese país. La insistencia en que el fiel corriente deberá comprender cada una de las palabras dichas durante la celebración suponía inevitablemente despreciar la antigúedad en sí misma y un prejuicio nacional contra las características manifiestamente romanas. Por primera vez, los nombres de tempranas mártires cristianas, como Santa Lucía y las otras seis valerosas jóvenes que padecieron tormentos atroces y a las que se ejecutó por su fe, nombres que se citan en el canon, quedaban reducidos a la descripción genérica de «esa lista de venerables romanas». Era aquélla una escuela que daba siempre creciente importancia a la simplicidad y a la participación de los fieles como criterio preeminente; escuela impía (en el sentido latino del término), igual que los aflteriores hombres doctos fueron píos. Estos dos elementos y algunos personajes que ya se afanaban en simplificar el calendario y en reformar la observancia pascual en el Vaticano, estuvieron representados en la Conferencia Litúrgica celebrada en Asís en 1956. Procedían sus miembros en su mayor parte de Alemania, Francia, Bélgica, Holanda y los Estados Unidos. Ya existía, pues, un grupo corporativo de entusiastas listos para ocupar puestos en la Comision Litúrgica Preparatoria presidida por el cardenal Cícognani. No tardaron mucho en aprestar un schema o proyecrú de constitución, que ya estaba ultimado cuando sc inauguró el concilio. Muchos de los pertenecientes a este grupo pasaron a formar parte del Consilium de liturgia instituido para la aplicación de los principios que se adoptaran. Los elementos innovadores y modernistas -especialmente dignatarios norteamericanos del I.C.E.L., como el padre Sigler, su secretario general, que repudiaba la doctrina de la transustanciación- de este organismo aumentaron con el desarrollo de sus actividades y han disfrutado de buena parte de la propaganda que han hecho los «progresistas» mediante el complejo publicitario que observaremos en funcionamiento al llegar al capítulo VIII, aunque cierto número de obispos, representantes de conferencias episcopales, designados o elegidos, en el seno de la propia conferencia, trataron de sofrenarlos. Finalmente, como ha dicho uno de ellos, «al cabo de cuatro años de discusión, algo había que decidir». Resulta bastante claro que el núcleo del partido reformista ya hacía tiempo que había decidido lo que quería y estaba dispuesto a que se aprobara, la «minimisa», de la que había hecho una demostración en la Capilla Sixtina durante el primer sínodo de obispos, bastante parecida a la que, pese al desconcierto de algunos obispos, quedó promulgada finalmente en 1969, la Missa Normativa. Y el personaje predominante en todo ello fue el secretario de la Comisión Litúrgica de Pío XII, que lo fue luego de la Comisión Preconciliar y más tarde del Consilium que creó las reformas, y posteriormente de la Congregación del Culto Divino, monseñor Bugnini. Su influencia en el papa actual es muy grande. Se trata, evidentemente, de un hombre tenax propositi que tuvo la ventaja de encontrarse con un presidente de singular incompetencia y docilidad en un momento crítico. Monseñor es el artífice de la nueva misa, tanto como Cranmer lo fue del ritual de la comunión del Libro de oraciones comunes anglicano, con el cual es inevitable compararla, dado que las radicales modificaciones del uno y de la otra al misal romano tienen muchas semejanzas.

 

LA CONSTITUCION SOBRE LA LITURGIA: CAMBIOS PREVISTOS

Los siguientes son los principales pasajes de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia que explican los cambios que se han realizado en la misa y las finalidades que persiguen:

..... la liturgia es la cima a la que tiende la actividad de la Iglesia y, al mismo tiempo, el manantial de donde procede toda su fuerza. Pues los trabajos apostólicos se ordenan a que, una vez hechos hijos de Dios por la fe y el bautismo, todos se congreguen, alaben a Dios en la Iglesia, participen en el sacrificio y en la cena del Señor...

Los pastores de almas deben vigilar que en la acción litúrgica no sólo se observen las leyes concernientes a la celebración válida y lícita, sino asimismo que los fieles participen en ella de manera consciente, activa y fructífera...

En esta reforma, los textos y el ritual se han de ordenar de forma que expresen con mayor claridad las cosas santas que significan y, dentro de lo posible, el pueblo cristiano pueda entenderlas fácilmente y participar en ellas mediante una celebración plena, activa y comunitaria...

No se introduzcan innovaciones si no lo exige una utilidad verdadera y cierta para la Iglesia, y únicamente luego de haber tomado la precaución de que las nuevas formas se desarrollen, por así decirlo, de manera orgánica y partiendo de las existentes ... (Disposición que, bajo distintos aspectos, ha sido flagrantemente desatendida. Nota del autor).

Los ritos deben resplandecer con una noble sencillez; han de ser breves, claros y evitar las repeticiones; adaptarse a la capacidad de los fieles y, en general, no deben necesitar muchas explicaciones

En las celebraciones sagradas debe haber lecturas de la Sagrada Escritura en mayor abundancia, más variadas y más idóneas..."

 

USO DEL LATÍN Y DE LA LENGUA VERNÁCULA

 "Se conservará el uso de la lengua latina en los ritos latinos, salvo derecho particular. Sin embargo, como el uso de la lengua vulgar es de gran utilidad para el pueblo en no pocas ocasiones, tanto en la misa como en la administración de los sacramentos y en otras partes de la liturgia se le podrá dar mayor cabida, ante todo en las lecciones y cantos...

Será de la incumbencia de la competente autoridad eclesiástica territorial... determinar si ha de utilizarse la lengua vernácula y en qué medida."

Este permiso para emplear una lengua vulgar en las misas celebradas con el pueblo se reitera más adelante, pero se añade la siguiente advertencia:

"Procúrese, no obstante, que los fieles puedan también recitar o cantar juntos en latín las partes del ordinario de la misa que les corresponde."

Esto se refiere principalmente a las respuestas al confiteor, kyrie, gloria, credo, sanctus y agnus Dei.

 

OTRAS INNOVACIONES

 Otro párrafo dispone el restablecimiento, los domingos y días de precepto, de la «Oración de los fieles». «Esta oración, en la que participa el pueblo, se aplicará por toda la Iglesia, los gobernantes, los que padezcan cualquier necesidad... y por la salvación del mundo entero. »

Otra sección concede permiso bastante amplio para la concelebración, restringida hasta ahora a las ordenaciones. Se ha establecido un nuevo ritual para ello. Varios sacerdotes, e incluso la totalidad de una comunidad de religiosos, pueden unirse así con el principal celebrante en la consagración del pan y del vino alargando la mano derecha hacia ellos y recitando conjuntamente las palabras de la consagración. Naturlamente, esto ha disminuido muy acentuadamente el número de misas que se dicen en los monasterios. Hay escasas concelebraciones en las parroquias y en las misiones, en las que los sacerdotes tienen que binar con gran frecuencia, e incluso decir tres misas los domingos en beneficio de su feligresía...

  

VI.-EXAMEN DE LA NUEVA MISA

 Veamos ahora la manera en que el Consilium de liturgia, que viene trabajando desde la aprobación de la constitución, ha cumplido las prescripciones de que «distinga a los ritos una noble sencillez; deben ser breves, claros y evitar las repeticiones inútiles», y la otra norma de que haya más lecciones. Es evidente que estas pautas y la que pedía que los ritos fueran sencillos de comprender en grado sumo por el pueblo se prestaban a interpretaciones máximas y mínimas. Aunque se supone que la totalidad del Concilio gozó de la inspiración del Espíritu Santo, difícilmente puede pretenderse que la inspiración alcanzara a la redacción de los textos, y no resulta verosímil atribuirle la propuesta de que la liturgia de la eucaristía fuese aún más breve que la misa rezada existente, que ya era muy corta. Es más probable que esta prescripción combinara los decididos propósitos de dos grupos de reformistas, el de los puristas litúrgicos, que propendían a suprimir cualquier oración o acto no documentados en los más antiguos textos posapostólicos, y el de los reformistas, partidarios de eliminar cuanto no congeniara con el moderno sentir. El resultado fue un acalorado debate de cuatro años en el que las voces más conservadoras actuaron como ligero freno y en el que el deseo ecuménico de atenuar aquellas características de la eucaristía que pudieran molestar a los protestantes desempeñó un papel importante. Por ejemplo, se luchó para que perduraran cualesquiera preces de ofrecimiento, en lugar de limitarse a colocar el pan y el vino sobre el altar sin pronunciar una palabra, y únicamente en el último momento, gracias a una urgente llamada del papa, se consiguió que no fuera a parar al montón de lo descartado el bello diálogo entre sacerdote y pueblo en el que el primero pide a los fieles que oren para que Dios Padre encuentre aceptable el sacrificio que todos le ofrecen conjuntamente. El resultado de la discusión, la misa que hoy se dice los domingos con los fieles -pues esa manifestación eclesiástica semanal es ya lo único que se exige-, hay que confesar que constituye un acto de culto breve y bastante apagado. Si se calculan tres lecciones, en lugar de las dos de antes, la homilía, la oración de los fieles y el tiempo de dar la comunión, digamos a un centenar de personas, todo acaba en cuarenta o cuarenta y cinco minutos. Excepto la pausa durante la comunión y los pocos minutos de silencio que siguen -disposición de la que se hace caso omiso a menudo si el sacerdote tiene que binar un domingo-, no hay un solo momento para concentrarse, recogerse y orar. Esto, pese a todas las altisonantes frases que se han dedicado a la renovación iniciada por el Concilio Vaticano, es, poco más o menos, todo lo que representa hoy la religión católica para la mayor parte de los católicos practicantes. Pero la diferencia con la antigua misa no resulta tan perceptible cuando los nuevos ritos se cantan en latín en celebraciones solemnes, como se hace en algunas iglesias, pues puede conservarse el antiguo gradual romano (el introito cantado, el gradual, el ofertorio y las antífonas) y también ciertas ceremonias y el canto gregoriano o el polifónico para las partes que son más familiares.

Aunque son muchas las críticas sinceras que de las supresiones realizadas en la liturgia han hecho católicos devotos (los cuales, ha de recordarse, no intervinieron para nada en esta reforma litúrgica, que fue una imp~ sición del clero desde sus comienzos), yerran los defensores de la misa tridentina cuando dicen que el texto del nuevo ritual es manifiestamente herético. Aunque carezca de valor estético o literario, tiene ciertas características admirables que están por encima de cualquier crítica. La prescripción de tres lecciones (los domingos y fiestas principales), una de ellas normalmente del Antiguo Testamento, una del Nuevo (epístolas, Hechos o Apocalipsis) y la tercera de los Evangelios, es un retorno a la antigua misa romana de los primeros siglos. En el nuevo leccionario, las lecciones se extienden a lo largo de tres años, con lo que los fieles se familiarizan con una gran parte de la Biblia, lo cual no ocurría con las epístolas y evangelios repetidos año tras año. Otra excelente innovación es el acto de contrición, como se le denomina, o más bien una invitación a hacer una pausa y recordar los propios pecados antes de la confesión general, aunque esa pausa sólo dura medio minuto. Otra, el intervalo de silencio, ya mencionado, después de la comunión, cuando se observa. Son mejoras de menor monta la supresión de la costumbre, según la cual el qeleb;onte continuaba leyendo para sí partes de la misa mientras se cantaban, y la colocación dé la despedida, Ite, missa est, después de la bendición. Reforma de gran trascendencia es el restablecimiento de la comunión en las dos especies para los fieles en cierto número de ocasiones especiales, sometidas a reglamentación episcopal, sin modificación de la doctrina de que Cristo está totalmente presente en ambas especies.

Pero lo que se ha quitado, desde la parte preparatoria de la misa hasta su terminación, del ofertorio y la parte central de la propia liturgia eucarística -pueden decirse nuevas oraciones eucarísticas optativas, innovación extraordinaria, y de hecho se recomienda su empleo, en lugar del canon romano- es lo que causa temores justificados. Para aquellos a quienes les interese el asunto, pongo, en el capítulo siguiente, algunos ejemplos de textos suprimidos o mutilados. Trataré aquí de cuatro supresiones que parecen tener cierto sentido doctrinal.

 

DESAPARICION DEL «SANCTA SANCTORUM»

 

Se han suprimido las oraciones al pie del altar. Constituían éstas una solemne preparación para entrar en el santo lugar y las rezaban el celebrante y sus acólitos a la entrada del templo, y en épocas más recientes en diálogo con los fieles. La Iglesia romana no ha perpetuado el simbolismo de la entrada en el «Sancta Sanctorum» del templo de Jerusalén; silo hicieron las Iglesias orientales, en las que los prestes pasan más allá del iconostasio para celebrar el misterio de la eucaristía recatados de los ojos de la multitud; pero la idea de esta solemne entrada en el lugar del sacrificio se conservó en esas oraciones previas. Introibo ad altare Dei, decía el oficiante luego de invocar a la Trinidad. Venía luego el salmo Judica me, del cual estaba tomado el versículo inicial, repetido al terminar. Rezaba el celebrante seguidamente el confiteor, en el que confesaba sus pecados a Dios, a los santos y al pueblo que le rodeaba, el cual lo rezaba después de él. La absolución Indulgentiam, absolutionem, et remissionem peccatorum nostrorum con la señal de la cruz venía a continuación, y se consideraba generalmente como absolución de los pecados veniales en preparación para comulgar. Entonces, después de unos versículos y de las consiguientes respuestas, el celebrante rezaba el primer oremus y subía las gradas del altar rezando la oración Aufer a nobis «Te rogamos, Señor, que borres nuestras iniquidades, a fin de que podamos entrar en el Santo de los Santos con pureza de corazón. Por Cristo, Señor nuestro.» Seguidamente besaba el ara a la vez que decía: «Suplicámoste, Señor, que por los merecimientos de los santos, cuyas reliquias yacen aquí, y de todos los santos, te dignes perdonar todos mis pecados.»

Esta ceremonia de humilde acercamiento al altar, que se remonta al primitivo uso de los francos y que incluyó en el misal de la curia romana Inocencio III alrededor del año 1200, había llegado a considerarse como introducción esencial de la misa, y todos los asistentes permanecían arrodillados durante ella. Todo esto se ha destruido. Introibo ad altare Dei, dijo uno de los mártires de la Revolución francesa, el abate Noel Pinot, cuando, revestido con los ornamentos eucarísticos y las manos atadas a la espalda, subió las gradas de la guillo¡ tina en Angers. Algo más que el simbolismo se ha perdido al abolir estas preces al pie del altar, y no compensa su pérdida el breve saludo pronunciado por el oficiante de cara a los fieles desde su silla, al que sigue un confiteor abreviado y rezado conjuntamente. Pero, claro está, si el altar es sencillamente una mesa desnuda colocada en medio de un vestíbulo desierto, sin sagrario o barandilla de comulgatorio, no se ve lugar alguno en el que se pueda entrar.

LOS SACRIFICIOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO Y EL DEL NUEVO

Más grave omisión es la de toda referencia a los sacrificios del Antiguo Testamento en las nuevas preces eucarísticas. En el canon romano, inmediatamente después de la consagración, el celebrante ofrece a Dios Padre «la víctima pura, santa, inmaculada, el pan sagrado de la vida eterna y el cáliz de perpetua salud» con estas palabras:

Dígnate mirar estos dones con rostro propicio y sereno y aceptarlos como te dignaste aceptar los dones del justo Abel, tu siervo, y el sacrificio de Abraham, nuestro patriarca, y el que te ofreció Melquisedec, tu sumo sacerdote: sacrificio santo, víctima inmaculada.»

Este pasaje recuerda la gran doctrina del sacerdocio de Cristo, desarrollada por San Pablo en los capítulos V al X de su Epístola a los hebreos, donde identifica a Cristo con aquel de quien dijo Dios: «Serás sacerdote para siempre, según el orden de Melquisedec»; y muestra que reemplazó los sacrificios de la antigua Ley por su propia sangre. «Teniendo, pues, hermanos, en Virtud de la sangre de Cristo, firme confianza de entrar en el santuario que él nos abrió, como camino nuevo y vivo a través del velo, esto es, de su carne; y teniendo un gran sacerdote de la casa de Dios, acerquémonos con sincero corazón, con fe perfecta.» Resulta difícil comprender los motivos de quienes han suprimido este pasaje, con todo lo que significa, a no ser que se juzgue que el norteamericano de hoy (valga por caso) es incapaz de entender lo que significa la palabra sacrificio en su real sentido histórico, del cual es supremo ejemplo el sacrificio que Cristo hizo de su vida en la cruz. Se tiene la sensación de que cuando se observa la palabra, como se hace una o dos veces, en el ritual revisado, puede interpretarse sencillamente como ofrenda o tributo, que es la acepción que tiene en las palabras de Cranmer: «Este nuestro sacrificio de alabanza y acción de gracias.»

DESTIERRO DE LOS SANTOS

Una. tercera serie de supresiones, que no pueden significar sino una concesión a la manera de sentir protestante, es la eliminación de todos los nombres de santos (excepto el de la Santísima Virgen) de la totalidad del ritual revisado. Solían confesarse los pecados al comenzar la misa no solamente a Dios y a los presentes, sino también a Nuestra Señora, al arcángel San Miguel, a San Juan Bautista, a los santos Pedro y Pablo y a todos los santos. Esto ha desaparecido, aunque en el confiteor abreviado se ruega a la bienaventurada María y a «todos los ángeles y santos... que intercedan por mí». Pero esto es solamente opcional, pues el celebrante puede omitir el confiteor por completo si lo desea. Una vez más, al final del ofertorio, se hacía la oblación a la Santísima Trinidad en memoria de la pasión, resurrección y ascensión de Jesucristo, nuestro Señor; y para honra de la bienaventurada siempre Virgen María, del bienaventurado San Juan Bautista, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de todos los santos: Ut illis proficiat ad honorem, nobis autem ad salutem; et illi pro nobis intercedere dignentur in caelis, quorum memoriam agimus in terris...

(Extracto de los capítulos V y VI de: John Eppstein ¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?, Guadarrama, Madrid, 1973).

 

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