PAVEL EVDOKÍMOV: SOBRE JUAN BAUTISTA

 

 

San Juan Bautista está revestido de un ministerio de testimonio: es el testigo de la sumisión de Cristo, de su última kénosis. Pero en san Juan Bautista como Arquetipo, como representante de la especie humana, toda la Humanidad es el testigo del Amor divino. La "Filantropía de Dios" culmina en el acto del Bautismo, "cumplimiento de la justicia", con la muerte y la resurrección en último término, cumplimiento de la decisión preeterna que hemos contemplado en el icono de la Trinidad.

"Aconteció, pues, que, como todo el pueblo se bautizaba, Jesús se hizo también bautizar" (Lc 3, 21). El Verbo viene a la tierra, hacia los hombres, y nosotros estamos en presencia del Encuentro más conmovedor de Dios y de la Humanidad ("todo el pueblo"). Místicamente, en Juan Bautista todos los hombres se reconocen "hijos en el Hijo", "los hijos amados" en el "Hijo amado" y, por lo tanto, los "amigos del Esposo", los testigos. El fiat de la Virgen fue el sí de todos los hombres a la Encarnación, a la venida de Dios "a los suyos". En san Juan, otro de los "suyos", todos los hombres dicen fiat al Encuentro, a la Amistad divina, a la Filantropía del Padre, Amigo de los hombres. Como Simeón "empujado por el Espíritu" encuentra y recibe al niño Jesús, Juan encuentra y recibe a Jesús-Mesías: "Hubo un hombre enviado de Dios, se llamaba Juan; vino como testigo, para dar testimonio de la luz, para que todos creyesen por él" (Jn 1, 6-7). Él testifica por todos, en lugar de todos, y este testimonio es un acontecimiento en el interior de la humanidad total y concierne a todo hombre.

El cuarto Evangelio habla de Juan en su "prólogo", justo después de "Al principio era el Verbo", y cuando leemos "hubo un hombre enviado de Dios", sentimos que su llegada, en cierto sentido, también viene del "comienzo", de la eternidad. El cielo se abre ante él y "le rinde testimonio: He visto al Espíritu descender sobre Él... Éste es el Hijo de Dios" (Jn 1, 29-34); en estas breves palabras ya está, de forma reducida, todo el Evangelio. Juan es el que sabe, señala al cordero, pues está iniciado en el misterio del "Cordero inmolado desde la fundación del mundo"...

Juan no ha "predicho" nada y es el mayor profeta; como el dedo de Dios, señala a Cristo. Es el más grande porque es el más pequeño, es decir, está liberado de su propia suficiencia para ser sólo el que "está ahí", que goza oyendo la voz del Esposo, que es el amigo del Esposo y cuya alegría es grande, sin medida. Es la proximidad más íntima en donde la Palabra tiene eco. Él es a imagen del Hijo, que es por entero la Palabra del Padre; es también a imagen del Espíritu, pues "no dice nada de sí mismo sino que habla en nombre de Aquel que ha venido". Es ese "violento que arrebata los cielos" y su martirio ilustra admirablemente un antiguo logion monástico: "da tu sangre y recibe el Espíritu"... junto con la Theotókos está al lado del Cristo Juez e intercede por todos los hombres. Él puede hacerlo, pues su "amistad" alcanza el nivel de otro gran espiritual cuya historia se nos cuenta en los Apophtegmata Patrum: "San Paissius el Grande rogaba por su discípulo que había renegado de Cristo, y, mientras oraba, el Señor se le apareció y le dijo: 'Paissius, ┐por qué oras? ┐No sabes que ha renegado de mí?' Pero el santo no dejaba de apiadarse y de rogar por su discípulo, y entonces el Señor le dijo: 'Paissius, te has asimilado a mí por tu amor...'"

La liturgia llama a Juan "predicador, ángel y apóstol". Él testimonia y su voz de amigo del Esposo suscita la primera vocación apostólica: "Andrés y Juan siguen a Jesús" (Jn 1, 37). Más tarde deja este mundo y desciende a los infiernos como Precursor de la Buena Nueva.

El bautismo de Juan antes de la Epifanía sólo era un "bautismo de penitencia para la remisión de los pecados" (Lc 3, 3), era la conversión de la última espera. Yendo al Jordán, Jesús no iba a hacer penitencia, porque Él no tenía pecado; decir que daba ejemplo de humildad no responde tampoco a la grandeza del acontecimiento. El bautismo de Jesús es su Pentecostés personal, el descenso del Espíritu Santo y la Epifanía trinitaria: "En el momento de tu bautismo en el Jordán, Señor, se manifestó la adoración que se debe a la Trinidad" (tropario de la fiesta). De esta plenitud surge el sacramento deí bautismo en el nombre de Jesús, y esta palabra se precisa inmediatamente en la fórmula bautismal plenaria: "En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". Los textos litúrgicos llaman a la fiesta "el gran Año Nuevo", pues "el universo se renueva en la luz de la Trinidad". Precisamente los Obispos escogen ese momento para anunciar a las iglesias el tiempo de la gran cuaresma y la fecha de la celebración de la Pascua.

 

(Extraído del cap. IV de la cuarta parte de El arte del icono. Teología de la belleza, Madrid, 1991).

 

 

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