Pavel Evdokímov: TEOLOGÍA DE LA GLORIA-LUZ

 

 

Dios "se engalana con magnificencia y se viste de belleza". El hombre contempla maravillado la gloria cuya luz hace brotar del corazón de toda criatura un canto de alabanza. Así, el Testamentum Domini ruega: "que se llenen del Espíritu Santo... para que Te canten a voces una doxología por la cual estén alabándote y glorificándote por siempre". El icono es una doxología semejante, que se desborda de gozo y canta por sus propios medios la gloria de Dios. La verdadera belleza no necesita pruebas. El icono no demuestra nada, pero muestra; evidencia luminosa, se presenta como argumento "kalokagático" (1) de la existencia de Dios.

San Pablo formula el fundamento cristológico del icono: "Cristo es la imagen ľeikòn- del Dios invisible" (2). Quiere decir que la humanidad visible de Cristo es el icono de su divinidad invisible, que es "lo visible de lo invisible" (3). El icono de Jesús aparece así como la imagen de Dios y del hombre al mismo tiempo, el icono de Cristo total: del Dios-Hombre. Esta función reveladora que posee la humanidad de Cristo llega a ser la verdad de todo ser humano; el hombre sólo es verdadero, sólo es real en la medida en que refleja lo celeste: es gracia maravillosa de toda criatura ser espejo de lo increado, "imagen de Dios". El Kontakion de la fiesta de la Ortodoxia lo dice: "Habiendo restablecido la imagen mancillada en su antigua dignidad, el Verbo la unió a la Belleza divina. Confesando la salvación, nosotros mismos la expresamos por los hechos y la palabra". Se ve claramente que el misterio de la salvación sobrepasa de lejos una simple restitución de la imagen adánica. Cristo realiza, culmina la imagen plenificándola, pues habiéndola hecho pura, la hace participar en la Belleza divina.

La imagen, redimida así en Cristo, y conscientemente reencontrada por una ascesis contemplativa, explica que a un santo monje se le llame siempre "muy semejante". Esta palabra significa justamente la última semejanza subjetiva, personal, con la imagen objetiva de Dios. Encontramos su expresión exacta en esta otra fórmula de san Pablo: "Todos nosotros que, con la cara descubierta [explicitada en su misterio], reflejamos como un espejo la gloria del Señor ("que está en el rostro de Cristo"), nos transformamos en esa misma imagen [icono], de gloria en gloria, por la acción del Espíritu" (4). Por eso el icono de Cristo, en la luneta central de Santa Sofía, muestra al Señor sosteniendo el Evangelio abierto con la frase "Yo soy la Luz del mundo", y la Iglesia canta: "Tu Luz resplandece sobre los rostros de tus santos". El hombre confiesa la salvación por la palabra, pero también da testimonio por la acción volviéndose él mismo "muy semejante". Y, efectivamente, el icono de Dios más conmovedor es el hombre "transformado en esta misma imagen" según las palabras citadas anteriormente de san Pablo. Durante los oficios, el sacerdote inciensa los íconos de los santos, dirigiendo este saludo litúrgico a sus prototipos, espejos de Dios; también inciensa a los fieles y saluda la presencia de Dios en su imagen que es el hombre, saluda a los hombres, íconos vivos de Dios. Dídimo de Alejandría cita una palabra conservada del Señor: "Después de Dios, ve a Dios en cualquier hermano...". Tal concepción iconográfica del ser humano, su "muy semejanza", conduce a san Basilio a definir el destino humano en términos de deificación: "El hombre ha recibido la orden de hacerse dios según la gracia" (5), pues "habiéndose acercado a la luz, el alma se transforma en luz" (6). Según los Padres, los bautizados, vestidos con túnicas blancas, se cubren con los vestidos luminosos de Cristo -ímátia photeiná- tal como Cristo los ha mostrado en su Transfiguración.

Se ve ahora cómo la negación iconoclasta pone más radicalmente en tela de juicio la tradición fundamental de la Ortodoxia: el hesicasmo (7) y su contemplación de la Luz tabórica como premisa de la deificación. La teología del icono se remonta a la distinción en Dios de la esencia y de las energías, y de esa energía divina y de su luz nos habla el icono. "Dios es llamado Luz, no por su esencia, sino por su energía" (8).

Para Oriente, estar en estado de deificación es contemplar la luz increada y dejarse penetrar por ella; es reproducir en su ser mismo el misterio cristológico: "reunir por medio del amor la naturaleza creada y la increada, haciéndolas aparecer en unidad por la adquisición de la gracia" (9). Dios, siempre escondido en su esencia, "se multiplica en sus manifestaciones" energéticas y luminosas, para colmar al hombre con su "proximidad ardiente". Por eso la Transfiguración del Señor, la manifestación más fulgurante de su luz, juega un papel tan grande en la vida mística de la Ortodoxia.

Su luz es ya la luz de la Parusía. Ahora bien, "el semejante ve al semejante", y, lo que es más, el ojo no solamente capta, sino que también emite; ver es al mismo tiempo proyectar la vista, es decir, la luz. El icono nos revela a todos esta luz escatológica de los santos, y por lo tanto es un rayo del Octavo Día, un testimonio de la escatología inaugurada. Si el iconoclasmo, pues, reduce el sentido de la Transfiguración y oscurece su luz al destruir el icono, por el contrario, íqué sintomático es que, según las reglas, el motivo de la Transfiguración sea el primero que trate cada iconógrafo, para que Cristo "haga brillar su luz en su corazón"! El manuscrito del Monte Athos que prescribe una epíclesis, invocación del Espíritu Santo sobre "el arte divino", añade: "Que vaya al sacerdote para que éste ruegue por él y recite el himno de la Transfiguración" (10).

No hay nunca una fuente de luz en los íconos, ya que la luz es su propio contenido; no se ilumina el sol, ya que él mismo es su luz. Se podría igualmente decir que la contemplación de la Transfiguración enseña a todo iconógrafo que pinta mucho más con la luz que con los colores. Incluso en términos técnicos, el fondo de oro del icono se llama "luz", y el método pictórico, la "aclaración progresiva" (11). Cuando trata un rostro, el iconógrafo lo recubre primeramente con un tono oscuro; enseguida pone encima un tinte más claro obtenido por haber añadido a la mezcla precedente cierta cantidad de ocre amarillo, es decir, de luz. Esta superposición de tonos cada vez más iluminados se repetirá varias veces. Así la aparición de una figura sigue una progresión que reproduce el crecimiento de la luz en el hombre.

"Nosotros reflejamos como un espejo la gloria del Señor": un icono es ese espejo reluciente del mayor atributo de gloria: la luz. El arte sorprendente de Rublëv en su divina Trinidad traduce el resplandor trisolar que ilumina el mundo. Según san Gregorio Palamas, la luz del Tabor, la luz contemplada por los santos y la luz del siglo futuro son idénticas. Para Clemente de Alejandría (12), la luz del primer día preexiste a la creación, es "la verdadera luz del Logos iluminando las cosas aún escondidas y por la cual toda criatura ha accedido a la existencia". Entre los nombres del Verbo, Justino menciona los de Día y Luz. Eusebio (13) ve en el primer día la luz divina que ilumina la creación progresiva del mundo; este primer domingo engloba el último domingo del Apocalipsis cuando Dios-Luz será todo en todos. De este modo podemos decir que la luz del primer día de la creación fue el advenimiento de la luz tabórica y que en este elemento luminoso de su gloria Dios creó mediante una "aclaración progresiva", al cabo de seis días, el ser cósmico del hombre. "Dios es Luz" y en conformidad con esta revelación, después de la epíclesis, espera apostólica del Espíritu Santo, el descenso de Éste el día de Pentecostés transmuta al hombre en fuego y luz (14). Para los santos, las palabras "vosotros sois la luz del mundo" son ontológicamente normativas. Los nimbos que rodean las cabezas de los santos sobre los íconos no son signos distintivos de su santidad, sino el resplandor de la luminosidad de sus cuerpos. Las reglas del Concilio de los Cien Capítulos ordenan "trabajar con temor de Dios, pues se trata de un arte divino". Exige el ministerio carismático de los "santos" iconógrafos que aprenden a "ayunar por los ojos" y se preparan mediante una larga ascesis de oración, lo cual marca el paso del arte al arte sagrado. Un icono malo es "una ofensa a Dios" y hay que despedir al torpe que lo ha pintado. Los cánones son máximamente severos y se prohibe todo tipo de comercio con los íconos. La fusión del elemento artístico y de la contemplación mística inaugura una teología visionaria. La visión, aquí, expresa la fe en el mismo sentido que san Pablo cuando la llama "visión de lo invisible" (15). El icono se dirige a los ojos del espíritu para que contemple "los cuerpos espirituales" (16). El estilo eclesial filtra toda visión subjetiva, pues la Iglesia es la que ve el objeto de la fe, sus misterios. Si la arquitectura sagrada del Templo ordena el espacio, y el Memorial litúrgico el tiempo, el icono experimenta lo invisible, la "forma interior" del ser; y esta interioridad surge, una vez más, de la iluminación, de la categoría tabórica. El estado de gracia, enseña san Serafín (17), ilumina para hacer ver la luz. El icono la revela a todos; como "oración", purifica y transfigura a su imagen al que la contempla; como misterio, nos enseña que allí está el silencio habitado, el gozo del cielo sobre la tierra, el resplandor del más allá.

NOTAS

(1). El genio griego reúne lo Bello y lo Bueno en un solo termino que designa el lugar de lo Verdadero.

(2). Colosenses 1, 15

(3). La expresión es de Dionisio el Areopagita, retomada por san Juan Damasceno, 1 Tratado sobre los íconos XI.

(4). 2 Cor. 3, 18; 4,6.

(5). Palabras citadas por SAN GREGORIO DE NACIANZO en Laudem Basilii Magni; P.G. 36, 560 A.

(6). SAN GREGORIO DE NISA; P.G. 44, 869 A.

(7). De hésychia: silencio, recogimiento en la paz. Método ascético-místico de la interiorización y de la oración del corazón.

(8). SAN GREGORIO PALAMAS, P.G. 150, 823.

(9). SAN MÁXIMO, De ambiguis; P.G. 91, 1.308 B.

(10). DOM ILDEFONSO DIRKS, op. cit., Priorato de Amay, 1939, p.44.

(11). El barniz protege al icono de todos los factores de alteración y confiere a los colores mayor transparencia y profundidad. Con una preparación compleja y minuciosa, el barniz se blanquea bajo la influencia de la luz del día durante dos años.

(12). Strom. VI, 16.

(13). P.G. 23, 1.176.

(14). Según la tradición san Lucas empezó su arte de iconógrafo después de Pentecostés.

(15). Heb. 11, 1.

(16). 1 Cor. 15, 44.

(17). Diálogo con Motovilov.

Capitulo V de la 3¬ parte de El arte del icono. Teología de la belleza, Madrid, Publicaciones Claretianas, 1991, pp. 185-191.

 

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