ROBERT SERROU/ PIERRE VALS: LA NAVIDAD EN LA GRAN CARTUJA

 

 

 

    Esta noche es Nochebuena. Desde mi domicilio parisién pienso en la Gran Cartuja, que estará cubierta de nieve.

    Las gargantas del Guiers-mort han cambiado de aspecto. Las rocas se han envuelto en su gran manto blanco, las hayas inclinan en un gesto de adoración sus ramas demasiado cargadas de nieve, y los abetos, con las suyas casi pegadas al tronco y cubiertos de escarcha, parecen grandes cirios preparados para la fiesta. De las rocas gotea el agua en columnas lechosas, desde la bóveda de los túneles desciende en estalactitas cristalinas. Cincuenta metros más abajo, el agua del torrente es transparente. De escaso espesor, toma el tinte del cauce rocoso por el que corre, o bien es verde, de un verde más o menos oscuro, según la profundidad. Los viajeros tienen ocasión de admirarlo. El autocar de Saint-Pierre se detiene con frecuencia. La nieve resbala por las grietas de los peñascos. Desciende en una nube de polvo blanquísimo y forma un gran montón en la carretera. Es preciso manejar la pala para abrirse paso, o esperar la ayuda del quitanieves que patrulla por los alrededores. En el «Desierto» de Chartreuse todo es silencio:  silencio misterioso de las montañas nevadas y silencio profundo de las Vísperas solemnes.

   En espíritu, mientras mis hijos duermen, asisto al Oficio de los monjes de la Gran Cartuja. Son las diez. Acaban de levantarse y recitan en el oratorio de su celda el Oficio «de Beata». Media hora más tarde los cartujos. se dirigen a la iglesia, una hora antes que en las festividades más, solemnes y cerca de dos horas antes que en los días corrientes. La Nochebuena es la larga noche de esperanza. Como ella, la jornada siguiente, más larga que de costumbre, se pasará exclusivamente en oración. El día de Navidad no hay recreo, por pequeño que sea. Se deja para el día siguiente.

     En esta larga noche, tan diferente de las demás, los cartujos encuentran la respuesta a su espera, el céntuplo que, desde esta tierra, es la recompensa de la renuncia por amor. En absoluto se acuerdan de sus Navidades infantiles. No envidian lo más mínimo nuestras Navidades de padres y madres de familia, inundadas de la pura y clara alegría de nuestros hijos.  ¿Recuerdan acaso sus navidades de familia, en las que los cánticos piadosos preludiaban la Misa del Gallo, en la que todos comulgaban? Los cartujos no buscan la alegría que da el Señor, sino al Señor que da la alegría.

|   En el coro, los grandes antifonarios están abiertos por la página de la festividad. Dom Odón, el sacristán, abrió uno durante mi visita a la iglesia. Pude leer las primeras palabras, el texto del Invitatorio: Christus natus est nobis, venite adoremus (El Cristo nos ha nacido; venid, adorémosle). El chantre de semana lo entona en un tono elevado, y luego, cuando el canto de la comunidad calla, continúa el salmo 94, en el que cada versículo se alterna con el estribillo, y cuyas primeras palabras son una explosión de alegría, como un botón que se hace flor:  «Venid, regocijémonos...»

    El grito va repercutiendo por todos los caminos de la Cristiandad:  «Venid, regocijémonos, nos ha nacido el Salvador- venid y adorémosle.» Y las buenas gentes, cristianos de corazón sencillo, llevando de las manos a sus hijitos, con los ojos todavía fruncidos de sueño, se encaminan hacia la iglesia por los senderos espolvoreados de nieve, bajo las estrellas, que se acuerdan de que un día una de ellas fue apartada de su ruta por la Mano divina a fin de guiar a los Magos hacia el humilde pesebre de Belén.

   «Venid, regocijémonos», noches de Nochebuena de todas clases:  noche semejante a tantas otras de las que Dios está ausente. Sin duda piensan, en su contemplación solemne, en esas horas benditas entre todas, derrochadas en esta noche por tantos hombres

 

LA CARTUJA BAJO LA NIEVE

 

    La misa conventual de medianoche se desarrolla con la simplicidad litúrgica adecuada a los cartujos, realzada, no obstante, por numerosos cirios encendidos, símbolo de la Luz aparecida en las tinieblas. En la capilla de La Salette se celebra otra misa de medianoche, ofrecida por el Padre Procurador, para las familias de los trabajadores del monasterio que viven en la Corriere, un kilómetro más abajo. Como los pastores en Belén, los asistentes son muy pocos. Pero tienen la misma fe y escuchan con atención Ia palabra del Padre, como los pastores escucharon la palabra del Ángel.

 

( ...)

 

    Pero sólo estábamos en la Gran Cartuja con el pensamiento. Los niños dormían tranquilamente en su habitación.

    A la hora en que volvíamos de la Misa del Gallo, los cartujos seguirían en la iglesia todavía un largo rato. De vuelta en sus celdas, podrían descansar un poco. Para ellos no hay siquiera la

cena más modesta. Como los demás días, no comerán nada hasta las once de la mañana. Pero ¿qué pueden importarles los alimentos terrenales? Sólo la esperanza del eterno frente a frente y las migajas recibidas en esta santa vigilia bastan para su felicidad.

Se adormecerán en la noche silenciosa e incluso su sueño será una interminable adoración.

    ¡Vuelvo a veros. Padre Procurador, Padre Archivero, Padre Sacristán, con quienes tuve más constante relación, y también a todos los demás monjes blancos de la Gran Cartuja, en vuestra soledad misteriosa! Con toda razón, un maestro en espiritualidad os ha llamado «los serafines de la tierra». También os veo a vosotros, Hermanos conversos, igualmente abismados en Dios, más cercanos a nosotros por el trabajo de vuestras manos; a vosotros, que manejáis la llana y el martillo y contempláis a Dios a través de las tareas cotidianas.

    Vuelvo a ver las horas de nuestro reportaje y cómo poco a poco, al frecuentar vuestros claustros, vuestras obediencias, vuestra iglesia, nuestra óptica varió, acercándose—muy poco—a la vuestra para verse al fin iluminada por vuestra palabra y por la gracia divina.        

 

    En el gran ejército de la Iglesia sois el ala avanzada de la oración, supliendo a la carencia de las nuestras. Ni uno solo de  vuestros actos, de vuestros pensamientos, de los impulsos de vuestro corazón es ajeno a nosotros, deja de atraer las bendiciones de Dios sobre nosotros. Consuelo sin precio, fuente de paz para nuestros apuros, justificación de nuestra indigencia.                       

 

Entre los santos de la Iglesia militante, sois santos oscuros conforme a vuestro deseo, pero cuyo peso es necesario para el equilibrio del mundo. Nos habéis prometido vuestras oraciones, que consideramos un tesoro. Saber que hay un lugar bendito, un altísimo lugar de contemplación en donde cada día los monjes sostienen—como la lámpara ante el tabernáculo—la luz de la fe y el ardor de la caridad, nos tranquiliza y reconforta. Desde esta tierra, a veces, elevamos «esa mirada de la esperanza de Dios» de la que nos habló Péguy.

    Todavía sois jóvenes a pesar de los ochocientos setenta años y vuestro ideal sigue siendo aún capaz, como en el siglo xi, de hacer latir los corazones, ávidos de belleza, de pureza, de absoluto.

Yo sé que en vuestros monasterios de España, una juventud, purificada en la sangre de los mártires, ha escogido vuestras blancas libreas. Algunas muchachas se expatrían, esperando a que se erija en su país la Cartuja femenina que tan ardorosamente desean.

También la joven América del Norte se pone en marcha. Mientras que tres de vuestros Padres y algunos Hermanos preparan la plena soledad en los bosques de Vernon la fundación material, los postulantes norteamericanos, piedras angulares de la fundación espiritual, vienen a impregnarse en la cuna de la Orden del espíritu de San Bruno, a fin de no ser sólo sus hijos de nombre, sino de hecho. En este impulso juvenil, Francia queda un poco al margen. Deseamos que comprenda que llenar de hijos suyos las Cartujas no debe ser la coronación, sino la base de su nueva primavera.

    Por todas estas razones hemos querido presentar al público este testimonio. Vosotros, queridos monjes de la Gran Cartuja, nos perdonaréis por haber perturbado un poco vuestra soledad y por haber expresado—mal, sin duda—vuestro ideal. En este momento cantáis las solemnes Vísperas de Navidad por vosotros y por nosotros. En medio de las montañas nevadas del «Desierto», vuestra salmodia y vuestros cánticos no despiertan eco alguno. Sólo Dios os escucha y os entiende.

    En el gran claustro, cerca de la verja de la clausura. San Bruno, desde su vidriera, inclina la cabeza para contemplar a sus hijos y oir su canto, idéntico al de los primeros días. Sobre él, las armas de la Orden cartujana: el globo terrestre dominado por la cruz, rodeado de siete estrellas. El santo vela por el mantenimiento de la Regla, aprobada por los siglos, y por la vida de los suyos, cuya divisa aparece inscrita en el blasón: Stat crux dum volvitur orbis (Sobre el mundo que cambia, la Cruz permanece inmutable).

 

Capítulo V de la 1ª parte de Au “Desert de la Chartreuse, trad. castellana En el Desierto de la Cartuja, Studium, Madrid, 1961.

 

 

 

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