Henri Stéphane: CONSIDERACIONES SOBRE LA MISA

¡La voz de mi amado!

Helo aquí que ya viene,

saltando por los montes,

brincando por los collados.

Semejante es mi amado a una gacela,

o a un joven cervatillo.

(Cantar de los Cantares, II, 8)

 

La misa, que es el acto central de la liturgia cristiana, puede ser considerada bajo múltiples aspectos. Puede decirse en primer lugar que es el cumplimiento ritual o sacramental del misterio de la Iglesia, y que por ello mismo se vincula con el mysterium magnum, con el mysterium fidei y con el mysterium caritatis. También puede decirse que abarca toda la Revelación judeo-cristiana, desde el sacrificio de Abel hasta la inmolación del Cordero -es decir, la Liturgia celestial tal como es descrita en la visión apocalíptica-, pasando por los sacrificios de Melkisedek y de Abraham, para culminar en el sacrificio de Cristo -el servidor de YHVH- y extenderse después en la Iglesia, que es el Cuerpo místico de Cristo, la verdadera tierra de Israel, el "pueblo de Dios", la asamblea de los Santos (Ecclesia), la auténtica Jerusalén, la Esposa sagrada, la Ciudad Santa del Apocalipsis, la Esposa del "Cántico", la Virgen Esposa y Madre, la Mujer eterna. Así considerada, la Iglesia es el "sacramento" de las Bodas místicas del Cordero y la Esposa (cf. Efesios, V, 21-24 y 32, Apoc., XXI, 2; XXII, 5). La misa es entonces esencialmente un misterio de unión, el matrimonio espiritual entre el Esposo y la Esposa. Añadamos inmediatamente que, si bien la misa presenta un aspecto "individual", en el sentido en que el alma de cada fiel debe realizar la unión mística con el Verbo divino, es todavía más importante no olvidar su aspecto "colectivo", donde precisamente debe "desaparecer" la individualidad, que encuentra así su verdadero cumplimiento, gracias a la transformación o a la "transfiguración" que efectivamente realiza la unión con el Verbo divino por mediación de la Iglesia.
Es evidente que la "colectividad" de que se trata no tiene nada en común con un grupo humano cualquiera, unido solamente por algún lazo natural, por algún interés material o por algunos sentimientos filantrópicos; se trata aquí de la "santa plebe" de Dios, del "pueblo elegido" que ha escapado de las tinieblas de Egipto a través de las aguas del Mar Rojo, y que es el verdadero Israel regenerado por las aguas del bautismo. Extraída así del dominio de Satán, la Asamblea de los Santos aparece como una realidad "única", incomparable, gloriosa e inmaculada: es la única Esposa del Verbo divino. El bautismo, que es la iniciación del neófito, aparece entonces como una "incorporación" que le "injerta" en el Cuerpo Místico, y si la Confirmación es su complemento, la Eucaristía es su acabamiento, su cumplimiento, su asimilación. El fiel deberá entonces perder su individualidad propia realizando en él los rasgos de la Esposa Única, es decir, las virtudes "mariales" o la perfecta virginidad de María, prototipo de la Iglesia.
Si queremos ahora penetrar, en la medida de lo posible, en las profundidades de este "misterio de unión", será necesario considerar los aspectos esenciales del "misterio del Amor". El Amor -que es la Esencia misma de Dios- es inseparable de la Muerte, y en consecuencia del Sacrificio, y tal Muerte es una Resurrección, un Renacimiento. El sacrificio in divinis es inherente a la Esencia divina: se trata de la generación del Verbo; el Padre "muere" en cierto modo en el Hijo, y conjuntamente el Padre y el Hijo "mueren" en el Espíritu Santo, y viceversa.
Pero, por otra parte, el Verbo es el "lugar de los posibles", donde todas las posibilidades susceptibles de llegar a la existencia están como "apresadas" en Dios. Es preciso que la prisión "estalle" para que ellas nazcan a la existencia; la creación aparece así como la Muerte de Dios, el Sacrificio de Dios: la Divinidad está como "desmembrada" en cada uno de sus hijos. A su vez, está "apresada" en ellos; el Hombre interior está encarcelado en el hombre exterior. Las posiciones están entonces invertidas; el hombre exterior debe morir para que el Hombre interior reaparezca, o para que la Divinidad reunifique sus miembros aparentemente dispersos en sus hijos. Este "desmembramiento" de la Divinidad constituye el "pecado original" imputable a todo hombre que llegue a la existencia, y la "redención" no es sino la "reunificación" del cuerpo disperso. No obstante, es importante no perder de vista que este "desmembramiento" y esta "reunificación" de la Divinidad no existen sino desde nuestro punto de vista, pues en su Esencia la Deidad está situada más allá de cualquier vicisitud de este género: desde la perspectiva de la No-Dualidad divina, el doble movimiento de "desmembración" y de "reunificación" no son más que un "juego" ilusorio que transcurre en el teatro de la Existencia, pues la Inmutabilidad de la Esencia divina permanece en los bastidores de dicho teatro (1).
En el retorno de la multiplicidad a la Unidad no es la multiplicidad de los egos individuales como tales lo que retorna al Principio, sino los "fragmentos" de la Divinidad dispersos en los seres, y no es sino por la "muerte" de dichos egos que la Deidad desmembrada es restaurada en su integridad y su plenitud primeras. Así, la multiplicidad de los seres se presenta bajo dos aspectos recíprocamente inversos: en el sentido de la "caída", del "pecado" o del "mal", lo que se manifiesta es la "separatividad", con la ignorancia de nuestro verdadero Sí y la ilusión egoísta o altruísta; en el sentido del retorno a la Unidad, la multiplicidad de los seres aparece por el contrario como liberada de todas las limitaciones individuales que les separan, para constituir una "multiplicidad integral" o "unificada", una realidad "única", un Pléroma unido a la Deidad de una manera inefable, más allá de toda dualidad y de toda distinción. Es desde esta perspectiva que puede considerarse la "reintegración" de todo en el Uno como un matrimonio sagrado, como la unión mística de la Esposa y el Esposo. Este matrimonio sagrado se basa en una doble Muerte o en un Sacrificio doble: la Muerte y la Deidad, previamente dispersa en sus hijos, y la muerte de los egos individuales en el retorno a la Unidad. Tal es, tanto como pueda ser susceptible de analizar, el misterio del Amor y de la Muerte.
En la perspectiva cristiana, este misterio adopta un "color" especial: está enteramente centrado en Cristo y en la Iglesia. Cristo es a la vez Sacerdote y Víctima, Dios y hombre. Se ofrece a sí mismo en Sacrificio al Padre, y con él toda la Iglesia. El Sacrificio comienza en la Encarnación, ya que el Verbo se une a una naturaleza "virgen", desprovista de personalidad humana (unión hipostática), sin ego individual. El doble aspecto del Sacrificio aparece en el hecho de que el Verbo mismo "desaparece" adoptando la condición de esclavo (Filipenses, II, 5-11), pero a la vez la naturaleza humana "asumida" por el Verbo es en cierta manera inmolada. Tal es, en el misterio de la Encarnación, la realización del matrimonio sagrado, de la unión mística entre el Esposo y la Esposa. Además, este misterio se continúa hasta el Calvario (Fil., II, 9, Juan III, 14-15; XII, 32): la Víctima inmolada en el Calvario es el "resumen" de toda la Iglesia, del Cuerpo de Cristo que debe ser inmolado a su vez y resucitar con la Cabeza. Somos aquí abajo los miembros dispersos de este cuerpo (Juan, XI, 52), y la participación en el sacrificio de Cristo reúne a dichos miembros en una "Asamblea santa", la "santa plebe de Dios" que muere y que con él resucita. Ya el bautismo implica el ñor" (Ef., II, 21), que es la "piedra angular" (Efesios, I, 20), y que también es la peña rota por el bastón de Moisés, de donde brota el Agua de la Vida. El edificio de las piedras talladas simboliza al "pueblo de Dios" hecho de piedras vivientes, pues una catedral o una iglesia románica es evidentemente el símbolo de la Esposa-Iglesia: el conjunto bien ordenado, edificado sobre el fundamento de los Apóstoles y los profetas (Ef., II, 20), diseña la estructura jerárquica coronada por la "piedra angular". A las piedras talladas que representan los fieles deben añadirse las piedras esculpidas que representan a los Profetas, los Apóstoles, los Santos y la Virgen. Todo esto nos permite comprender que una iglesia de hormigón es una "desgracia de los tiempos" que no se presta a ningún simbolismo, y se acaba por construir iglesias que parecen un garaje o un cine. En las iglesias bizantinas, la base rectangular y la cúpula circular simbolizan la unión del Cielo y de la Tierra, lo que constituye otro aspecto, esta vez cósmico, del matrimonio sagrado del Esposo y de la Esposa; de esta forma, las artes plásticas también participan de la celebración del misterio, y ésta es la verdadera razón de ser del Arte sagrado (2).
El mismo simbolismo de la piedra se halla en la descripción de la Jerusalén Celeste, explícitamente descrita como "la nueva novia, la Esposa del Cordero" (Apoc., XXI, 9). En ella se encuentran las piedras fundamentales correspondientes a los doce apóstoles del Cordero (Apoc., XXI, 14), pero debe notarse además que el cristal, el oro puro y todas las piedras preciosas que en ella figuran demuestran la superioridad de la nueva Jerusalén sobre la antigua osa, abrazada por el Esposo divino, no hace más que uno con él. El Sacrificio se hace Beatitud; "Misericordia quiero, que no sacrificio…" (Mateo, IX, 13); la leyenda se hace "Historia" o más bien "Realidad suprema": la Blancanieves-Psique, sumida en el sueño de muerte tras haber mordido el fruto del bien y del mal, permanece así hasta que la despierta el Eros divino y el fruto cae de sus labios; el Sacrificio se transforma en el milagro de la Resurrección y de la Vida, del Conocimiento y del Amor, y el "alma" vuelve a ser aquello "que era en el principio".
NOTAS:
(1). Acerca de esta perspectiva del "Sacrificio divino", ver A. K. Coomaraswamy, Hindouisme et Bouddhisme, p. 53 ss. [Hinduismo y Budismo, Barcelona, Paidós, 1997].
(2). Sobre el simbolismo de la piedra referida a Cristo y a la Iglesia, ver Jean Tourniac, Symbolisme maçonnique et Tradition chrétienne, 3ª parte, cap. III, y Les Tracés de la Lumière, caps. VII y VIII.
 
Tratado VIII.2, ext. de Introduction à l’ésotérisme chrétien, vol. I, París, Dervy-Livres, 1979.
 
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