DIARIO EL MUNDO: CULTURA

Miércoles, 11 de agosto de 1999

 

LAS 100 JOYAS DEL MILENIO/NUMERO 45 /Los jefes. Los cachorros / Mario Vargas Llosa
«"Los jefes" es un microcosmos del resto de mis libros»

La vida de escritor de Mario Vargas Llosa comenzó oficialmente cuando publicó Los jefes, su primera obra, un grupo de relatos fríos y objetivos donde aparece por primera vez el sargento Lituma. Después alcanzaría una de sus más altas cotas con Los cachorros, una perfecta, ácida y precisa novela corta, según afirma el novelista chileno Roberto Bolaño en el prólogo -aquí reproducido- del libro que se vende mañana con EL MUNDO por sólo 225 pesetas más. Por otra parte, nos acercan a la trayectoria de Vargas Llosa un artículo del catedrático Victorino Polo y una entrevista con el propio escritor peruano.

LEANDRO PEREZ MIGUEL

MADRID.- Mario Vargas Llosa, peruano (Arequipa, 1936) nacionalizado español y residente en Londres, es uno de los grandes escritores actuales en castellano.

¿Qué le parece que publiquen «Los jefes» y «Los cachorros» en la colección «Las 100 joyas del milenio»?

Muy honroso, porque he visto en la lista seleccionada libros de altísima calidad y, entre ellos, muchos de mis favoritos.

¿Podría citar algunos?

El Quijote y Madame Bovary sin ninguna duda, y también los escritores que admiro más, como Faulkner o Virginia Woolf. Estaba en España cuando salió en EL MUNDO la lista y me pareció una selección magnífica.

¿Y qué puede decir de las dos obras suyas seleccionadas?

Los jefes es mi primer libro, un grupo de relatos que sobrevivieron a los muchos que escribí cuando era adolescente y estudiante universitario. Hice la selección el año 58, al poco de llegar a España para hacer el doctorado en la Complutense. Eliminé los peores, añadí uno que escribí en Madrid, ahora no recuerdo cuál, vi que había un concurso de cuentos en Barcelona, el Leopoldo Alas, un premio modesto y, como quería verme impreso, me presenté sin muchas esperanzas, pero lo gané. Ahí empezó mi vida de escritor, al menos oficialmente. Creo que es un libro donde se ve una personalidad en proceso de formarse. Los jefes es un pequeño microcosmos de lo que vendrían a ser el resto de mis libros.

Dos lustros después, escribió «Los cachorros».

Bueno, es un relato que en realidad no escribí sino reescribí: se trata de uno de los textos que más he corregido y rehecho. Lo empecé después de La casa verde, y es la única vez en que he tenido desde el principio una idea clara de la estructura. Desde que tuve la idea del relato pensé que tenía que ser una historia más cantada que contada, que había de tener una musicalidad, algo encantatorio en el ritmo, en el lenguaje, para que el lector no opusiera una defensa crítica a la historia.

¿Cómo es esa historia?

Muy truculenta, la de un muchacho al que la castración va convirtiendo en un marginado en un mundo machista. Además, otro asunto formal que me preocupó era encontrar un punto de vista que reflejara esa personalidad colectiva del grupo, del barrio. Y el relato también resulta interesante porque de todas las obras que he escrito es el que ha tenido interpretaciones más diversas.

¿Le sorprendió alguna?

Sí. Un crítico muy erudito comentó que había una elementariedad en la expresión, los diálogos y el fraseo que volvía emblemático el lenguaje de los tebeos. Otra muy sorprendente era que la historia de Pichula Cuéllar era un símbolo de la condición del escritor latinoamericano, castrado por el medio y la falta de una cultura rica que estimulara su trabajo.

¿Y se le puede comparar con Pichula Cuéllar?

Felizmente, aún ningún perro bravo me ha hecho lo que le han hecho al pobre Cuéllar.

Pero sí que ha sido marginado por la sociedad peruana.

En ese sentido, desde luego. Es verdad. Yo he sido bastante marginado. Hasta los 10 años, no: fui un niño bastante integrado y feliz, un niño muy consentido. Todo eso cambió cuando mis padres se reconciliaron y tuve que vivir con mi padre, una persona con la que siempre me llevé muy mal. Después, de adolescente quedé bastante segregado de mi propio medio por razones políticas y también por mi vocación, que no tenía mucho asiento social ni en el Perú ni en ningún país latinoamericano.

¿Cuánto ha cambiado desde que escribió ambas obras?

La persona que escribió esos relatos soy yo y ya no soy yo. Cuando empecé Los jefes tenía 18 años y ahora tengo 63. Han pasado muchas cosas, mi experiencia se ha acumulado en muchos sentidos: no soy la misma persona y desde luego sigo siéndola.

¿Cómo sitúa estos relatos dentro del tan mentado «boom»?

Digamos que en ellos hay muy claramente un rechazo, que yo creo característico del boom, de la literatura regionalista, costumbrista, folclórica, centrada en el paisaje y en los tipos pintorescos. El boom, en cambio, situaba las historias en un mundo más urbano y se preocupaba tanto de la forma como de los temas.

¿Se puede intuir al leer estas obras que su autor rondó la Presidencia del Perú?

No, yo creo que eso no tiene nada que ver. Mi participación política fue accidental y determinada por unas circunstancias muy excepcionales.

Si usted no fuese Vargas Llosa, ¿qué diría de él?

No se puede hacer ese juicio. Cuando uno se mira al espejo no sabe cómo le miran los otros. Hombre, yo quisiera que mis libros fueran buenos libros, desde luego. No es que esté jugando a modesto, pero yo no sé lo que realmente valen mis libros. Tengo indicios que son muy halagadores en muchos sentidos, pero también sé que muchas veces la suerte determina el éxito, y no el talento. Se sabrá lo que valen mis libros cuando ya no estemos aquí. El tiempo determina si una obra merecía o no sobrevivir a su autor. Eso lo saben hasta los escritores más vanidosos. Cuando nadie los ve, se miran al espejo y se preguntan: ¿pero cómo soy yo?

¿Qué le queda por hacer?

Tengo muchos proyectos. Llevo tres años trabajando en una novela que espero terminar éste. Se llama La fiesta del chivo y trata de los últimos años de Trujillo; le decían chivo al dictador. Pero tengo muchos proyectos, tantos como si fuese inmortal. Me faltará el tiempo. Aunque no me preocupa eso.

¿Y qué le queda por ganar? ¿El Nobel, quizá?

Esa es otra preocupación que uno debe sacarse de encima. Esa preocupación puede hacerle mucho daño a un escritor. Si el Premio Nobel llega, pues en buena hora, y si no llega, no hay que preocuparse demasiado tampoco. Además, yo ya he tenido demasiada suerte con los premios. Mi ración de premios es más que suficiente.

EL PAÍS (Madrid) Miércoles, 11 de agosto de 1999

TESTIGO IMPERTINENTE CARMEN RIGALT
Los que reducen silueta

Menos mal que el golf y las clínicas de adelgazamiento tienen todavía poder de convocatoria. Ayer finalizó su ayuno Mario Vargas Llosa, que todos los años acude a un campo de concentración local (pagando, oiga) para que le pongan a dieta y así reducir silueta. Esta vez el escritor no se lo ha tomado tan a pecho y volverá a Londres sin el temor de que todo el mundo le pregunte qué clase de enfermedad ha contraído en Marbella. El verano pasado salió de su encierro francamente desmejorado: daban ganas de comprarle un bocadillo de panceta.

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© Augusto Wong Campos, 2000. Yahoo! Geocities Inc.
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