3.5.03

 

 

 

 

ROBERT KURZ

EL ORIGEN DESTRUCTIVO DEL CAPITALISMO

La modernidad económica tiene sus raíces en el armamentismo militar

 

El siguiente texto se publicó originalmente en “Caderno Mais!”, Folha de São Paulo, el 30 de marzo de 1997. Traducción alemán-portugués: José Marcos Macedo [ en http://planeta.clix.pt/obeco/rkurz2.htm ].Traducción del portugués para Pimienta negra: Round Desk

 

Existen innumerables versiones del nacimiento de la era moderna. Ni siquiera en cuanto a la fecha los historiadores se ponen de acuerdo. Unos hacen que la modernidad dé comienzo en los siglos XV y XVI, con el llamado Renacimiento (un concepto que sólo fue inventado en el siglo XIX por Jules Michelet, como ha demostrado el historiador francés Lucien Lefevre). Otros ven la verdadera ruptura, el despegue de la modernidad, en el siglo XVIII, cuando la filosofía de la Ilustración, la Revolución Francesa y los comienzos de la industrialización sacudieron el planeta. Pero cualquiera que sea la fecha preferida por los historiadores y los filósofos modernos para el nacimiento de su propio mundo, en una cosa concuerdan: casi siempre las conquistas positivas son tomadas como los impulsos originales.

Se consideran como razones prominentes para el ascenso de la modernidad tanto las innovaciones artísticas y científicas del Renacimiento italiano como los grandes viajes de descubrimiento a partir de Colón, la idea protestante y calvinista de la responsabilidad específica del individuo, la liberación ilustrada de las creencias irracionales y el surgimiento de la democracia moderna en Francia y Estados Unidos. En el ámbito técnico-industrial, también se recuerda la invención de la máquina de vapor y del telar mecánico como «tiro de largada» del desarrollo social moderno.

Esta última explicación fue subrayada sobre todo por el marxismo, por el hecho de que está en armonía con la doctrina filosófica del «materialismo histórico». El verdadero motor de la historia, afirma esta doctrina, es el desarrollo de las «fuerzas productivas» materiales, que repetidamente entran en conflicto con las «relaciones de producción» tornadas demasiado estrechas y obligan a una nueva forma de sociedad. Por eso, el salto hacia la industrialización es el punto decisivo para el marxismo: la máquina de vapor, así dice la fórmula simplificada, habría sido la primera en romper las «corrientes de las antiguas relaciones feudales de producción».

Aquí salta a la vista una contradicción clamorosa en el argumento marxista. Pues en el famoso capítulo sobre la «acumulación primitiva del capital», Marx se ocupa en su ópera magna de períodos que se remontan a siglos antes de la máquina de vapor. ¿No será esto una autorrefutación del «materialismo histórico»? Si la «acumulación primitiva» y la máquina de vapor se hallan tan alejadas desde el punto de vista histórico, las fuerzas productivas de la industria no podrían haber sido la causa decisiva del nacimiento del capitalismo moderno. Es verdad que el modo de producción capitalista sólo se impuso en definitiva con la industrialización del siglo XIX, pero, si buscamos las raíces del desarrollo, tenemos que cavar más hondo.

También es lógico que el primer germen de la modernidad, o el «big bang» de su dinámica, tuviese que surgir de un medio en buena parte aún premoderno, pues de otro modo no podría ser un «origen» en el sentido riguroso de la palabra. Así, la «primera causa» muy precoz y la «consolidación plena» muy tardía no representan una contradicción. Si también es verdad que para muchas regiones del mundo y para muchos grupos sociales el inicio de la modernización se prolonga hasta el presente, es igualmente cierto que el primerísimo impulso tiene que haber ocurrido en un pasado remoto, si consideramos la enorme extensión temporal (desde la perspectiva de la vida de una generación o incluso de una persona aislada) de los procesos sociales.

¿Qué fue finalmente, en un pasado relativamente distante, lo nuevo, que en su secuencia engendró de manera inevitable la historia de la modernización? Se puede conceder plenamente al materialismo histórico que la mayor y principal relevancia no corresponde a un simple cambio de ideas y mentalidades, sino al desarrollo pleno de los hechos materiales concretos. No fue, sin embargo, la fuerza productiva, sino por el contrario una retumbante fuerza destructiva la que abrió el camino a la modernización, a saber, la invención de las armas de fuego. Aunque esta correlación hace mucho tiempo que es conocida, las más celebres y consecuentes teorías de la modernización (incluido el marxismo) la subestimaron siempre.

Fue el historiador de la economía alemán Werner Sombart quien de forma aguda, poco antes de la Primera Guerra Mundial, en su estudio «Guerra y Capitalismo» (1913), abordó minuciosamente esta cuestión. Sólo en los últimos años los orígenes técnico-armamentistas y bélico-económicos del capitalismo han vuelto a estar en el orden del día, como por ejemplo en el libro «Cañones y peste» (1989), del economista alemán Karl Georg Zinn, o en el trabajo «La Revolución militar» (1990), del historiador norteamericano Geoffrey Parker. Pero tampoco estas investigaciones encontraron la repercusión que merecían. Como es evidente, el mundo occidental moderno y sus ideólogos sólo a regañadientes aceptan la visión de que el fundamento histórico último de su sagrado concepto de «libertad» y «progreso» debe ser encontrado en la invención del diabólico instrumento mortal de la historia humana. Y esta relación también vale para la democracia moderna, pues la «revolución militar» permanece hasta hoy como un motivo secreto de la modernización. La propia bomba atómica fue una invención democrática de Occidente.

La innovación de las armas de fuego destruyó las formas de dominación precapitalistas, ya que volvió militarmente ridícula la caballería feudal. Ya antes del invento de las armas de fuego se presentía la consecuencia social de las armas de alcance, pues el Segundo Concilio de Letrán prohibió en el año 1139 el uso de las ballestas [*] contra los cristianos. No por azar, la ballesta importada de culturas no-europeas a Europa hacia el año 1000 era considerada como el arma específica de los salteadores, los fuera de la ley y los rebeldes. Cuando entraron en vigor las armas de cañón, mucho más eficaces, quedó sellado el destino de los ejércitos a caballo y envueltos en armaduras.

Sin embargo, el arma de fuego ya no estaba en manos de una oposición «de abajo» que hacía frente al dominio feudal, sino que llevaba más bien a una revolución «de arriba» con la ayuda de príncipes y reyes. Pues la producción y movilización de los nuevos sistemas de armas no eran posibles en el plano de estructuras locales y descentralizadas, de la forma como hasta entonces habían marcado la reproducción social, sino que exigían una organización completamente nueva de la sociedad, en diversos planos.

Las armas de fuego, sobre todo los grandes cañones, ya no podían ser producidas en pequeños talleres, como las armas blancas o las de propulsión. Por eso se desarrolló una industria de armamentos específica, que producía cañones y mosquetes en grandes fábricas. Al mismo tiempo, surgió una nueva arquitectura militar de defensa, en la forma de fortalezas gigantescas que tenían que resistir los cañonazos. Se llegó a una disputa innovadora entre armas ofensivas y defensivas y a una carrera armamentista entre los Estados, que persiste hasta hoy.

Por obra de las armas de fuego, se modificó profundamente la estructura de los ejércitos. Los beligerantes ya no podían equiparse por sí mismos y tenían que ser abastecidos de armas por un poder social centralizado. Por eso la organización militar de la sociedad se separó de la civil. En lugar de los ciudadanos movilizados en cada caso para las campañas o de los señores locales con sus familias armadas, surgieron los «ejércitos permanentes»: nacieron las «fuerzas armadas» como grupo social específico, y el ejército se convirtió en un cuerpo extraño dentro de la sociedad. El oficialato se transformó de un deber personal de los ciudadanos ricos en una «profesión» moderna. A la par de esta nueva organización militar y de las nuevas técnicas bélicas, también el contingente de los ejércitos creció vertiginosamente. «Las tropas armadas, entre 1500 y 1700, casi se decuplicaron» (Geoffrey Parker).

Industria armamentista, carrera armamentista y mantenimiento de los ejércitos permanentemente organizados, divorciados de la sociedad civil y al mismo tiempo con un fuerte crecimiento, llevaron necesariamente a una subversión radical de la economía. El gran complejo militar desvinculado de la sociedad exigía una «permanente economía de guerra». Esta nueva economía de la muerte se extendió como una mortaja sobre las estructuras agrarias de las antiguas sociedades.

Como los armamentos y el ejército ya no podían ampararse en la reprodución agraria local, sino que tenían que ser abastecidos con recursos de envergadura y dentro de relaciones anónimas, pasaron a depender de la mediación del dinero. La producción de mercancías y la economía monetaria como elementos básicos del capitalismo ganaron impulso en el inicio de la era moderna, por medio de la liberación de la economía militar y armamentista.

Este desarrollo produjo y favoreció la subjetividad capitalista y su mentalidad del «hacer-más» abstracto. La permanente carencia financiera de la economía de guerra condujo, en la sociedad civil, al aumento de los capitalistas usureros y comerciales, de los grandes ahorradores y de los financiadores de guerra. Pero también la nueva organización del propio ejército creó la mentalidad capitalista.

Los antiguos beligerantes agrarios se transformaron en «soldados», o sea, en personas que reciben el «soldo». Ellos fueron los primeros «asalariados» modernos que tenían que reproducir su vida exclusivamente por la renta monetaria y por el consumo de mercancías. Y por eso ya no lucharon más por motivos idealistas, sino solamente por dinero. Les era indiferente a quién matar, pues lo que «interesaba» era el soldo; de este modo se convirtieron en los primeros representantes del «trabajo abstracto» (Marx) dentro del moderno sistema productor de mercancías.

A los jefes y comandantes de los «soldados» les interesaba reunir recursos por medio de los botines y convertirlos en dinero. Por tanto, la renta de los botines tenía que ser mayor que los costos de la guerra. He aquí el origen de la racionalidad empresarial moderna. La mayoría de los generales y comandantes del ejército de los comienzos de la era moderna invertían con ganancia el producto de sus botines y se convertían en socios del capital monetario y comercial.

No fueron por tanto el pacífico vendedor, el diligente ahorrista y el productor lleno de ideas los que marcaron el inicio del capitalismo, sino todo lo contrario: del mismo modo que los «soldados», como artesanos sanguinarios del arma de fuego, fueron los prototipos del asalariado moderno, así también los comandantes de ejército y condottieri «multiplicadores de dinero» fueron los prototipos del empresariado moderno y de su «disposición al riesgo».

Como libres empresarios de la muerte, los «condottieri» dependían, no obstante, de las grandes guerras de los poderes estatales centralizados y de su capacidad de financiación. La relación moderna de reciprocidad entre mercado y Estado tiene aquí su origen. Para poder financiar las industrias de armamentos y las fortalezas, los gigantescos ejércitos y la guerra, los Estados tenían que arrancar hasta la sangre de sus poblaciones, y esto, en correspondencia con la materia, de una manera igualmente nueva: en lugar de los antiguos impuestos en especie, la tributación monetaria. Las personas fueron así obligadas a «ganar dinero» para poder pagar sus impuestos al Estado. De este modo, la economía de guerra forzó no sólo de forma directa, sino también indirecta, el sistema de la economía de mercado. Entre los siglos XVI y XVIII, la tributación del pueblo en los países europeos creció hasta un 2.000%.

Obviamente, las personas no se dejaron introducir de manera voluntaria en la nueva economía monetaria y armamentista. Sólo se las pudo obligar por medio de una sangrienta opresión. La permanente economía de guerra de las armas de fuego dio lugar durante siglos a la permanente insurrección popular y, siguiendo su huella, a la guerra permanente. A fin de poder arrancar los monstruosos tributos, los poderes centralizados estatales tuvieron que construir un aparato monstruoso de policía y administración. Todos los aparatos estatales modernos proceden de esta historia del comienzo de la era moderna. La autoadministración local fue sustituida por la administración centralizada y jerárquica, a cargo de una burocracia cuyo núcleo se formó con el respaldo de la tributación y la opresión interna.

Las propias conquistas positivas de la modernización siempre llevaron consigo el estigma de esos orígenes. La industrialización del siglo XIX, tanto en el aspecto tecnológico como en el histórico de las organizaciones y de las mentalidades, fue heredera de las armas de fuego, de la producción de armamentos de los inicios de la modernidad y del proceso social que la siguió. En este sentido, no es de asombrar que el vertiginoso desarrollo capitalista de las fuerzas productivas desde la Primera Revolución Industrial sólo pudiese ocurrir de forma destructiva, a pesar de las innovaciones técnicas aparentemente inocentes.

La moderna democracia de Occidente es incapaz de ocultar el hecho de que es heredera da la dictadura militar y armamentista del inicio de la modernidad –y ello no sólo en la esfera tecnológica, sino también en su estructura social. Bajo la delgada superficie de los rituales de votación y de los discursos políticos, encontramos el monstruo de un aparato que administra y disciplina de manera continua al ciudadano aparentemente libre del Estado en nombre de la economía monetaria total y de la economía de guerra a ella vinculada hasta hoy. En ninguna sociedad de la historia hubo un porcentaje tan grande de funcionarios públicos y de administradores de recursos humanos, soldados y policías; ninguna despilfarró una parte tan grande de sus recursos en armamentos y ejércitos.

Las dictaduras burocráticas de la «modernización tardía» en el este y en el sur, con sus aparatos centralizadores, no fueron las antípodas, sino los imitadores de la economía de guerra de la historia occidental, sin, con todo, poder alcanzarlas. Al fin de cuentas, las sociedades más burocratizadas y militarizadas son, desde el punto de vista estructural, las sociedades occidentales. También el neoliberalismo es un hijo extemporáneo de los cañones, como demostraron el gigantesco armamentismo de la «Reaganomics» y la historia de los años 90. La economía de la muerte permanecerá como el inquietante legado de la sociedad moderna fundada en la economía de mercado hasta que el capitalismo-kamikaze se destruya a sí mismo.

 

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[*] Nota de Pn: «La invención de este arma se remonta al s. IX, y surgió como respuesta a la necesidad de imprimir mayor fuerza a las flechas, cuando las tropas de a pie adoptaron la cota de malla. Con la ballesta era posible lanzar la flecha con tan poderoso impulso que el proyectil atravesaba cotas de malla y cascos de acero. El uso de la ballesta se generalizó en Europa después de las Cruzadas, y se convirtió en arma habitual de todos los ejércitos desde el s. XII al XVI. Fue desplazada por las armas de fuego.» (Diccionario Enciclopédico Ilustrado Plaza y Janés, 1982).


 

 

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