ARMANDO
ROMERO
Nacido en Cali, Colombia, en 1944. Armando Romero es
poeta, ensayista, narrador y traductor.
En la década de 1960 formó parte del Nadaísmo,
movimiento de vanguardia poética colombiano.
Entre sus libros de poesía
se encuentra: Los móviles del sueño (1976), El poeta de vidrio (1976), Del aire
a la mano (1983), Las combinaciones debidas (1989), A rienda suelta (1991),
Cuatro Líneas (2001) y Hagión Oros (el Monte Santo)
(2002). Actualmente se desempeña como profesor de literatura latinoamericana en
la Universidad de Cincinnati.
DIÁLOGO
Dos monjes hablan en la noche.
Una voz clara, golpeante, deja que las vocales
se desprendan gota a gota.
Una voz de tierra, acechante, se escurre por
entre las brumas.
Una voz salpica las paredes con salmos como lanzas.
Una voz acelera su ir de tropel confuso.
Una voz de consonantes dice su última palabra.
Una voz de susurros espera, incrédula.
Una voz hace alto, altanero, su momento.
Una voz es una pantera.
Una voz es un silencio.
INVOCACIÓN A LA LLUVIA
Dime si empieza a
llover
Y una gota grande como un sol se desprende
Viniendo desde esa mano de cielo en líneas entrecruzadas
Al geranio de cristal plantado entre las maderas del patio
Dime, ¿qué debo
hacer? ¿Cuál es el salmo que abre esa llave?
Y no deteniéndose
allí inaugura un cono de reflejos
Una paz de chorros en el vidrio y la ventana
Inicia la envidia de los vecinos
Con un tronco de piedra entre los dedos
Dime, ¿qué debo
hacer? ¿Cuál es el evangelio que tumba esa puerta?
Y desmedida por la
piel
Mientras olvida el marco natural
Invade nuestros cuerpos tendidos
En la digna postura del amor
Dime, ¿qué debo hacer? ¿Cuál es el verbo que derrama esa gota?
DIFERENCIAS
Debe haber otra
felicidad
en el
gesto que acompaña
al monje
tañendo la viga
de la oración.
Debe haber otra
tristeza
también
para el
taciturno que recoge
los platos
en el refectorio.
Una felicidad como
agujas de lluvia.
Una tristeza como
trapos al sol.
DEL AIRE A LA MANO
Cada vez que lo lanza
cae, justo,
en el centro del mundo.
Octavio
Paz
Se envolvía lentamente de manera que la cuerda
No quedara una sobre otra a cada vuelta.
En la mano
Quedaba contra la curvatura de los cuatro dedos largos
Mientras el pulgar lo sostenía por fuera.
Un extremo de la cuerda anudado al dedo central.
Se miraba.
Los nervios tensos.
Y se lanzaba al aire
En tal forma que cuando iba llegando al suelo
Un leve tirón a la cuerda lo hacía retroceder
De nuevo a la mano.
Todos los miraban y había orgullo del bueno en su porte.
Con él en la mano, girando.
Nunca lo logré.
Tiré una y otra vez
Pero en vano.
¿Podré escribir este poema?
Hay una solución para cada respuesta.
Es cierto.
Pero nunca pude tirarlo del aire a la mano.
Y es todo
ME DESPRENDO HACIA
EL VACÍO
Me desprendo hacia
el vacío
Como si pudiera
intentar
Que un profundo
recuerdo me detenga
Pero este velo
bien habrá de romperse
A fin de que mi
cuerpo prosiga su jornada
Es allí donde en
el ordenado afán de los movimientos
Donde loco aún me
soporto y me pregunto
¿Estará en el
desprenderse de lo que a todo me une?
Sólo una risa
alegre colma de festones y túneles
El ser alado que
forman preguntas y deseos
¡Es el
recuerdo! intento
de nuevo
Pero el algodón de
todo color desaparece
Y una rueda muy
inmensa juega
con la
algarabía de un niño
Oh
pastora de esos ojos
¿Por qué
mi grito se torna objeto
Que abandona la
distancia
Cuando tu voz es
presente en el decir
Me quedo y sigo?
EL
ÁRBOL DIGITAL
Era un hombre al que le habían enterrado
su mano derecha
Pasaba sus días metido en una pieza vacía
Donde se sentaba
Los pies contra el ángulo superior de la ventana
Y su mano izquierda sosteniendo un ojo de buey
Por el cual los rinocerontes
Ensartaban su cuerno
Y hacían brillar su corteza metálica
Le habla dado por ser poeta
Y se pasaba todo el tiempo hablando de la guerra
De tal manera
Que había descuidado su mano derecha
Esta creció lenta y furiosamente
Y sin que él se diera cuenta
Atravesó el mundo de lado a lado
Cuando los niños de la parte norte de Sumatra
Vieron aparecer un árbol sin hojas y sin frutos
Corrieron espantados a llamar a sus padres
Estos vinieron con sus gruesas espadas
Y cortaron el árbol de raíz
Un líquido blanco lechoso salió de la corteza tronchada
Desde ese entonces
El hombre como un poeta
Siente un dolor terrible
Agudo
En un sitio del cuerpo que no puede determinar
ESPINA
Hay una espina que se ha colocado justo en
el sitio donde tengo que sentarme para ir al trabajo. Allí está todos los días
y por más que lo trato no tengo cómo quitármela. He abandonado, desde luego, el
trabajo. Era más importante reflexionar en la espina. Camino diariamente por
las calles y no hago sino reír cuando veo a otros quienes como yo, ya son
muchos, también encontraron una espina donde tenían que sentarse para ir al
trabajo.
De aquí
en adelante ya no habrá más mujeres.
Se levanta el puente sobre la cubierta y ellas allá,
a la distancia, saludando.
No habrá de ellas más presencia, tal vez una llamada
por teléfono, una postal para enviar desde Daphni.
No estarán sus vestidos como banderas columpiándose en
las alambradas.
Ni el roce de un perfume contra la tarde.
Nadie llevará rouge en los labios, el pelo suelto
contra la espalda.
El monte Athos enhiesto será todo Zeus mas no Venus.
Las caderas serán estrechas y el grito de un niño la ilusión
de un pájaro o un cerdo pequeño.
Habrá peces sí pero no el espejo de sus pieles.
Por los corredores de los monasterios no repicará el taconeo
de sus zapatos.
Ausencia habrá de cierto orden, la inefable disciplina que
conllevan.
No habrá el silencio que viene con su silencio, ni alegría
ni rabia, ni tormento.
Narra
la historia de un ícono de la Virgen, furioso
le incriminó a la emperatriz Pulcheria cuando
visitaba
el monasterio de Vatopedi: “No sigas adelante, en
este lugar
hay otra reina y no eres tú.”
Nada de mujer,
hembra o animal femenino caminará entonces
por veredas, montes o el cuartel de los monjes alucinados.
(Cierto es que en Pantocrátoras vi
gallinas precedidas de polluelos
y en Docheiariou maullaban gatas por los gatos)
“Sólo con la divinidad es la cópula permitida”, decía el monje
Palamás con su acento de Oxford.
“Sólo en la noche la oración bendice las almas” decía el eremita
de Santa Ana.
“El sucio”, un aprendiz de monje que a todo huele a la distancia,
ríe en su griego de entredientes y al monje mayor
sirve:
“No hubo ni habrá mujeres en este santuario”, dice.
¿Y cómo sería si ellas vinieran y lo limpiaran todo?,
nos preguntamos.
No ver mujeres por días y ya ahí mismo nos hacen falta.
No aquí, decidimos.
Dejemos esto para saber que existen,
y que por ellas existimos.
Lo mismo estos monjes que las ven a la distancia.
LAS PIEDRAS
Las piedras ... siguen hablando a
los que las escuchan.
André Breton
No eran camino largo o encrucijada
huellas de senderos que se van a pasos
eran luz desde el canto de la tierra
polvo vuelto a más y detenido
El sol las ve hasta el corazón escrito
sabe que precisan su historia a todo momento
y en la fila de agua que marca su salida
ellas son el color y la sustancia
Sus formas muerden
al mundo para sembrarlo
y lo cargan del placer de las imágenes
al ser pájaros en el nudo de la planta
cielo y nube en amor estacionario
No dejan allí su
barro sino el misterio
de por cuando vienen las cosas y los murmullos
y pintan una flor de auxilios por el suelo
en esa su piel azotada de silencios
A meterse entre
los ojos dicen
y ya son caballo inmóvil sobre el desierto
mirada fija en el círculo del valle
reflejo y desnudez del indicio de los tiempos
En el mar de su búsqueda desciende
como inútil la pregunta y la respuesta
así en ellas se graba el signo que estremece
y permite leer todo el comienzo
AHORA EL ADVENIR
Cuando venga el agua
Saldrán todos con sus palos
A aporrearla
Cuando venga la luna
Se la pondrán como plato
En la Cabeza
De largo y por alto
Los hombres en discurso
Nos abriremos fuera y dentro
De camino
Cuando venga el enjambre
Transido de transeúntes
En su colmena
Cuando venga el amor
Como una cucaracha ardiente
En la garganta
Y en llegando que llegue todo
Los hombres desde la piedra
Reconoceremos la figura de la lengua
El signo y la cascada
DE CUATRO LÍNEAS
Hubo
un día de dos
Hechos
en la piel del viento
En la
cáscara de la piedra
Hubo
un día de ardor vestidos
***
Con esos colores dijo el pintor
Me resisto a fijar el cielo
Lo mismo pasa con tu cuerpo
Imposible en las palabras
***
Da el viento nuestra noche
La ilusión de un barco que
Arremolinadas de pasión sus alas
Se encumbra hasta el orgasmo
***
Bienvenido a tus puertas traje mi rostro
Tus bellos ojos de amor iluminaban
Creo que fue en Caracas cuando te dije
Que del laberinto sólo restaba ese espejo
***
Lejos fue que se hundieron nuestros destinos
Alguien dio este paso para dar otro paso
Otro alguien levantó un espejo
Invitamos lo imposible a nuestro encuentro
***
Mujer en la arena
Ser de los astros el día
Mar que salpica luz
Desde todos sus ángulos
Preparado por
Alberto Martínez-Márquez