POETA INVITADO

 

 

 

 

 

Guillermo Núñez

 

 

Guillermo Núñez (nom de plume de William Pérez), nace en Utuado, Puerto Rico, en 1927.   Núñez laboró como mecánico de automóviles. A pesar de no haber cursado en la escuela más allá de los grados elementales, su formación autodidacta le hizo poseedor de un amplio acervo cultural, como bien queda demostrado en su obra poética.  Sus libros son: Esta voz primera (1964), Esta otra voz (1966; prologada por Alfredo Matilla Rivas), Esta voz (poemas de amor) (1968), Islote (1970), Poemas (1978), Este mar inédito (1996) y Antología del mar 1964-1966 (1999).  Sobre la poesía de Guillermo Núñez, dice la Dr. Josefina Rivera de Álvarez: “Se revela este autor desde un principio como un poeta ya hecho, dotado de un elevadísimo talento lírico natural que le concede anchas capacidades de artista creador en el reino de la palabra. El profundo sentir que nutre a su labor poética se reviste en general de un ropaje externo de limpia y sencilla expresión, trabajado no obstante, en alas de la imagen, con singulares méritos de poder recreador del lenguaje.  Se mueve el poeta con igual agilidad lírica por los cauces de la poesía de contornos nuevos, ajena a patrones tradicionales de rima, ritmo y metro…”  Guillermo Núñez muere en julio de 2006.  Los poemas incluidos aquí corresponden a su primer libro.

 

 

 

Hay un verso

Que desgarra la carne.

Un verso de sílabas de fuego.

Un verso penetrante que estruja los caminos

en el tiempo.

Yo he conocido el verso,

cual puñal de palabras refulgiendo.

Verso exacto de sangre.

Verso de tentáculos que salen

del mar alejado del silencio.

Caída de palabras incendiadas

desde el volcán de nieve de los pechos.

Verso,

muerte en la garganta recostada.

Ascensión de lágrimas ardiendo.
Ceniza de almas en la sombra;

desbocadas, huidas, en lo eterno.

Verso,

que muerde más lejos que la muerte:

en la carne del alma renaciendo.

 

 

 

 

 

He venido desde el lejano cosmos de mi ser

para hablar conmigo.

Como un amigo,

a sentarme a la sombra de mi cuerpo.

A interrogar mis ojos.

A saber los planes de mi mente.

A decirle a mi cuerpo que sonría.

He venido

para cortar raíces donde el árbol no llega.

Para sembrar mis manos

donde el surco levanta su canción de semillas.

Para cortar las horas,

y entregarle al minuto un pedazo de mar.

Para cortar la espiga,

donde el fruto se duerme gestándose de azul.

Para arrancar mi cuerpo,

y elevarlo al rocío de una noche sin ondas.

He venido

para hablar conmigo,

y por primera vez he conocido

la estela de mi sangre.

 

 

 

 

 

La luz se hirió

en mi pupila

húmeda de vientre

y vida.

 

Mis labios,

vírgenes al sonido,

vibraron.

 

Y mis manos,

hechas de verso

buscaron los rincones

del espacio.

 

Yo soy el grano,

de una espiga,

sembrando en el surco

de una era.

 

El latido del alba

presentida.

 

 

 

 

 

Yo he venido en la arena de los ríos,

recorriendo los cauces noche a noche,

yo llevo una sombra de mil nilos

en un grito amazónico de voces:

Mi cuerpo lleva marcas de las rocas

en los rápidos distantes de los bosques,

y mi voz es un sol de cataratas,

nevándose en la escarcha de las torres.

Esta huella de ríos en mi cuerpo,

tiene el trueno salvaje de los montes,

tiene un olor lejano de galeras,

tiene la viva sed de mis canciones.

En mí se rompen misterios de pirámides,

soy testigo de homéricas acciones,

y he visto florecer las maravilla

por el brazo de tiempo de los hombres.

Yo he visto teñirse con sangre

y aumentarse los ríos en el orbe,

yo he visto al mundo ser en agua,

un desolado espejo de soles;

He visto carabelas en la sombra,

guiadas por velas y razones,

he visto las tierras ultrajadas

por el paso sin ley de las naciones:

En  esta hora de valles angustiosos,

esta voz de rápidos de bronce,

busca en las aguas el río del silencio,

para implorar los cauces superiores:

Yo he vivido en la arena de los ríos,

muriendo de vivir entre los hombres.

 

 

 

 

 

ELLA

 

Esa figura alta

ya no canta;

ahogó su cántico el tiempo,

tiempo con cuerpo de cañas,

cazador de corazones,

mensajero de nostalgias.

Ya no ríes

con su sonrisa de playa

entre sus dientes de conchas

y mareas encantadas.

Está sola,

como se queda la noche

allá por la madrugada.

Sola,

como la luz que se extingue

en el fondo de la rada.
Sola,

como se mueren las almas

que viven abandonadas…

 

Esa figura alta

ya no canta,

está callada,

lejana, olvidada;

esa figura, es

la nada…

 

 

 

 

 

Esta noche, un perro me ha mordido

alto;

donde el dolor no duele en la carne de ahora.

He sentido sus patas escarbar en mis ojos

y sacar una infancia tenebrosa.

 

Ha movido su rabo…

lentamente:

se ha echado en mi falda,

donde ha vivido oculto.

Esta noche, habrá un aullar de sombras

en los verdes caminos, que se duermen ausente.

 

Esta noche, un perro me ha mordido,

clavándome en el alma

el amor de sus dientes.

 

 

 

 

 

Hay un profundo cráter en las horas.

Un constante diluir de silencio.

Un enmarcado plasma de cristales.

Un verdinegro camino de leyendas.

Ahí,

donde la espada del hombre se diluye,

donde el canto se arropa con lágrimas

y los labios del alma

mordisquean los metales

el hombre vibra.

El corazón,

en campanas de sangre se recoge.

y la mente rompe sus notas en un Sol de baroo.

Parpadea el hombre,

la distancia lo hiere;

busca en el desierto de su sombra

la pregunta nueva.

Se mira las manos: ve que la vida

se escurre por sus dedos.

Y descubre un hoyo pequeño,

que la noche convierte

en un inmenso cráter de suspenso.

 

 

 

 

 

Hay un eco

en las piedras

del tiempo

aumentando

en mil noches

de silencio.

A veces

yo me pierdo

en el rabo

invisible

de mi eco.

¡Y no me encuentro!

 

 

 

 

 

Hoy anhelo el dolor

y no siento la herida.

 

 

 

 

 

Muchas hojas caídas

de un ignorado tronco

alborean prisioneras

en cárceles de ojos.

En la ignorancia del deseo

aletean brazos inconscientes

y en la verdad del yo

hay sueños muertos

de mil muertos.

 

 

 

 

 

Unos mapas de fuego

dibujan la noche;

mi sombra temerosa

de lluvias,

ansía corazones.

unos sables de luz

cortan las nubes;

se llenan los caminos

de sangre alta.

En los charcos de mi alma

yo camino.

La noche, inundada de estrellas

y lluvia blanca,

clarea sobre la sombra

de la distancia.

Una luna de nubes

crece alta

alumbrando un paisaje

de lluvia rara.

 

 

 

 

 

Hoy vive sobre el mar

tu cuerpo;

conmigo está el recuerdo.

Cuchillos de luz honda

hieren al cielo y llora.

 

Yo me crucifico

y expiro, sin morir

en mi suspiro.

 

El mar ofrece playas

de pan maduro

a mi nostalgia.

 

La voz que no se oye

me llama

con ladridos

que desgarran.

 

Hoy se muere mi grito

en los brazos oscuros

del delirio.

 

 

 

 

 

Llevo en mis ojos

los ojos de tus ojos.

 

 

 

Preparado por Alberto Martínez-Márquez