La parodia diluyente
por Miguel Ángel Zapata

 

 

Tus poemas nos están diciendo una historia: personajes ficticios o reales se mueven como si tuvieran una máscara negra sobre el rostro: metáfora que baja el telón al lector: astucia de poeta, razón de ser de la escritura. El hablante, quien fuere, narra, pero no como una crónica histórica, sino como una crónica poética, donde, al parecer, no importa la existencia del personaje, es decir si existió como San Martín, el general, sino los impulsos poéticos que recibimos leídos atentamente los poemas. Con esto me refiero a Alambres, ya que no he leído Austria-Hungría; nos cabe hacer la misma pregunta que tú mismo te haces: ¿la historia es un lenguaje?

 

Si la poesía es un eco de luces, un licor rumoroso, un perfume de sones, sueltos en la molecularidad flotante de su flujo, una de las astucias a la que se puede echar mano, para fijar el poema en su desesperación, es dejar deslizar la mirada o la memoria sobre los textos de la historia, que, en ese sentido, y respondiéndote, es, sí, un lenguaje (y más precisamente un lenguaje mítico). De esa mezcla tensional entre el vago foulard de la poesía, sus flecos empapados, y la picardía de la alusión montada sobre esas prosas que nos escriben desde un pasado siempre reescrito, los textos que yo llamo épicos de Alambres (y Austria Hungría, la “arquía bicéfala”, es, aún más, una épica), pasan por una simulación, o parodia diluyente, de cierto género de “crónica poética”, del que se reconocen otros maestros. Creo que Enrique Molina es uno de los que van más lejos en esa poetización de la historia, en Una sombra donde sueña Camila O’Gorman, delira, alucina la historia. Por ese lado alucinante, se lo puede cruzar con el Reinaldo Arenas de El mundo alucinante. La historia, desde la serpentina poética, se alucina. Y la historia oficial, crónica de las cartas, es una alucinación que deu certo, impuso con su dominación cierta ilusión de verdad, que es, al cabo, una ilusión del lenguaje.

 

En los inéditos que me enviaste, que forman parte de Parque Lezama, veo que el discurso poético se ha tornado más suelto en relación con las otras publicaciones que conozco. Digo más suelto, donde el ritmo mantiene su mismo paso, como de caballo alerta, hasta el final del poema. Ejemplo, el poema “La gruta”. ¿Cómo trabajas ahora en comparación con tus libros anteriores, te sientes mejor al tratar de expresar algo nuevo: el Parque Lezama, los contornos, un paisaje que es cotidianeidad, que es descubrimiento?

 

Yo no sé por qué los encuentras más sueltos (a los poemas de Parque Lezama) si para mí están más atados, en el molinillo riguroso del neobarroco, que he invadido porque me ha invadido. Me explico: Parque Lezama viene de la revolución (de la perturbación) que fue para mí zambullirme en Lezama Lima, con la excusa de escribir un librillo inexistente. Esa imantación irresistible coincidió con que yo ya estaba en el Brasil. El efecto ha sido, creo, una desterritorialización devastadora, que tomó, gracias a los polvos vaporosos de Lezama Lima, la vía de una artificialización extrema del lenguaje. Esa desterritorialización de la lingüistería (la palabra es de Nicolás Rosa) es casi una marca constitutiva del neobarroco contemporáneo: mezcla de jergas que pueden proceder de cualquier parte (en Maitreya, de Sarduy, un chongo —chulo o bujarra del argot rioplatense— emerge en una playa caribeña), pasados por la soledad ambulante del exilio, interior o exterior. Y el efluvio de la nostalgia —si es que la hay— endulza o vivifica a la distancia ciertos recortes empedrados. Parque Lezama es, también, un parque de Buenos Aires, donde vaya si anduve... pastoreando, ramoneando... Y es justamente en el sitio hoy ocupado por ese parque donde se fundó la ciudad de Buenos Aires. Así que digo: fundación del lenguaje, fundación de la ciudad.

Escribiendo los poemas de Parque Lezama, me siento, si se puede decir así, como “abajo” de la historia, o de su narración. Digamos que hay muchos vericuetos para perderse antes que se pueda llegar a “contar” algo, contar las cuentas en la tasa. Los impulsos de cantar, la propia musicalidad de los sones evocados los deviene sirena en el estrecho. Y si hay un ritmo, es pulsional (cito a Osvaldo Lamborghini: “A golpes de su verga lleva la cuenta de mis sílabas”). Los ritmos pulsionales armando la métrica de la pasión, su fábula. Volviendo al Parque Lezama, me resulta muy elogioso que me digas que se mantiene el paso (el paso doble), porque eso me suena a que ese deseo de hacer pasar la cantaridina de la pulsión por las costuras del lenguaje, que tan encorsetado lo insignifican, consiguió crear (o al menos sugerir) su propio plano de consistencia, su anular de imantación o iridiscencia. Ese es el problema en el Parque Lezama: trabajar (como quien, al bordar, lancina o lancetea) la gramilla babosa de la lengua. Por eso que, tal vez, haya ahora menos referencias históricas que en Alambres, a lo sumo montajes sobre el folklore urbano o los jergones de la draga. Parque Lezama sería, se me ocurre, una especie de ancla portátil que consiente todas las desterritorializaciones, deja pasar todas las ondas, y sólo se aferra, al hundirse, a la rejilla rigurosa del barroco. Y otra cuestión es: cómo producir lo sensual, cómo hacer sensual una escritura.

 

Volviendo a tus personajes. Éstos, ¿responden a una visión del mundo desde tu ojo poético-filosófico, o parten de un yo personal, de la propia experiencia?

 

Me hablas de personajes, antes me lo salteé, y nunca se me había ocurrido pensar de ese modo a las leves criaturas que, de vez en cuando, renguean por mis poemas. Son más bien (tomando el título de un libro de Leónidas Lamborghini), “episodios”. Se los toma —a Rivera, a Moreira, a Lavalle y Rosas, a Ethel y a tantos otros— como suspendidos en un gesto, o moviéndose suavemente en el burbujeo del café instantáneo. lnsignificancias en sí, sólo toman sentido porque hacen mover la manivela del flujo, o del paisaje, desencadenar el chorro de alusiones, asociaciones, paisajes. Algunos “personajes”, concedo, tienen más solidez, como la Evita del poema, “El Cadáver”, de Austria-Hungría; pero, en este caso, ese vigor de la presencia es —argucia— un anclaje, para que la perturben, con más tranquila insidia, las cataratas de otros incidentes —en el ejemplo de ese poema, unos chongos de una villa miseria que me invitan a una casilla donde no me animo a entrar—. Evita es, en ese sentido, un atajo: tanto un poema “político” (o micropolítico) sobre el atajo —que consistía, en la Argentina del 70, en encaramarse al peronismo para hacer la revolución—, como un atajo literario, un cortar camino para la reverberación de ciertas sensaciones “poéticas”.

 

Cuéntame de tu generación. Tú recién publicaste tu primer libro en 1980, por Ediciones Tierra Baldía. Tenías ya inéditos antes, ¿no querías arriesgarte a publicar anteriormente?

 

Mi generación yo creo que casi no la hubo, porque fue cortada al medio por ese festival sanguinolento de la dictadura. Hay, con todo, una figura marcante, que es la de Osvaldo Lamborghini y el grupo de la revista Literal (Luis Gusman, Germán García, Luis Thonis...). Pero es con el silenciamiento sepulcral de la dictadura que yo, y creo que muchos otros, empiezo a escribir más seriamente, o serialmente. Claro que escribo desde la adolescencia, innúmeras carpetas, mares de peplos en papeles. A pesar de los muchos borradores, Austría-Hungría es, realmente, mi primer libro. No es que yo no quisiera publicar, sino que era —y es— muy difícil publicar en la Argentina, sin autofinanciarse la edición (y eso a pesar de la enorme cantidad de poetas que por allí proliferan). Hubo un encuentro afortunado, con Rodolfo Fogwill que inauguraba en aquel momento la breve aventura de la editorial Tierra Baldía, quien mucho me orientó, pues yo escribo a mares, y nunca sé muy bien qué es lo publicable, mis libros acaban siendo una especie de antología contrahecha. Austria-Hungría sale en el 80 silenciosamente, a no ser por una brillante crítica de Luis Thonis, y en el 81 comencé a partir. Fue un libro que caminó solo. Volviendo a los poetas, ya antes de emigrar conocí a Arturo Carrera, un amigo y un cómplice, en quien me inspiro incesantemente. Después, mis contactos con la Argentina han sido intensos, aunque espaciados. Se escribe mucho allá, florecen revistas que encarnan diversas “tendencias”: Xul, Último Reino —cuyo sello publicó Alambres—, Sitio, Innombrable y, ahora, Diario de Poesía. Yo diría que hay un verdadero boom de la producción poética en la Argentina.

 

 

 

¿Cuáles son tus poetas preferidos —vivos, muertos, en Argentina, en el mundo—?

 

Exiges una respuesta innumerable. A algunos ya los he mencionado: Lezama Lima, Severo Sarduy, Osvaldo y Leónidas Lamborghini, Arturo Carrera; habría que agregar a Oliverio Girondo. Me sumerjo a menudo en los nacarados laberintos de Góngora. Leí todo Genet, Sade, mucho Bataille, y, ahora, Artaud. Entre los poetas contemporáneos, los neobarrocos: el uruguayo Roberto Echavarren, el cubano José Kozer, el argentino Héctor Piccoli. En el Brasil, Haroldo de Campos (sobre todo Galáxias), el Paulo Leminski de Catatau, Paranóia de Roberto Piva. Otros heteróclitos: el peruano Mirko Lauer, el uruguayo Eduardo Espina. Entre los novísimos argentinos, Reynaldo Jiménez y Fernando Aldao.

 

Los viajes que has realizado, ¿han influido en tu poesía?, ¿tu actual residencia en el Brasil?

 

En realidad no me he movido mucho: nunca salí de Sudamérica. Ahora, el Brasil me ha afectado en demasía. La fuerza negra, esa sensualidad de los requiebros, mil territorialidades en tecnicolor y al mismo tiempo todo el horror —caminas por la calle saltando aire perezoso—. Claro que el precio es alto: el portuñol; inútil resistir la aviesa interferencia. Sin embargo, esa tensión entre dos lenguas que son una el error cercano de la otra, es en sí poética: juego de la distorsión. Así que es más liviano entregarse y perpetrar, con el portuñol, la destrucción simultánea de dos lenguas. En algún alto nivel de delirio, el español y el portugués se juntan, se confunden: o recuperan su hermandad siamesa, o restauran, como quería Benjamin, una “lengua pura”. Ahora, hay que estar muy alto para alucinar esa fluxión-fusión. Si, como dice Artaud, el espíritu reside en el hígado, se comprenderá que, la mayoría de las veces, los efectos de esa interferencia sean catastróficos: el español... se pierde... Lo exasperante de esa perdición ayuda a entender, quizás, la avidez con que ciertas expresiones son “cazadas” y engarzadas, en el fulgor de la distancia, como una piedra en el anillo.

 

¿Crees que la poesía es un viaje hacia algo?

 

Es un entrar hacia algo, un alzar el vuelo a delicias y vicisitudes. En el devenir la deriva demanda, sale fuera a un interior que no depende de un único dispositivo. Y esto, sin restarle importancia a otros ejemplos insustituibles, puede expresarse de variada forma. Eso también lo sé. Ante todo, esto: la poesía es el viaje de muchos en uno, distribución de un empeño sin atreverse a retroceder.

 

¿Qué opinas de la crítica literaria y de sus buenos críticos?

 

Me resulta difícil hablar de la crítica porque no soy crítico. Ricardo Piglia dice que detrás de cada escritura hay una teoría de la escritura. Pero tal vez esa teoría es la que los críticos extraen con sus demandas: otra vez, el problema del lenguaje, la traducción de la literariedad a un lenguaje que no es el suyo, que es el lenguaje de la crítica. Habría que preguntarse, con Barthes, si las escrituras intelectuales no son, al fin, una “paraliteratura”. El problema del estilo debería ser trabajado, como lo hace Lezama Lima en sus ensayos, en el interior del propio texto crítico. Fuera de ello —no más que una expresión de deseos—, el aparato de la teoría literaria, en principio una dependencia académica, funciona —¡y cómo!— en diversos sentidos: por un lado, como producción mítica que retraduce, al tiempo que circunscribe y clasifica las producciones “artísticas”; y, también, como “una potente máquina abstracta de sobrecodificación” (la expresión es de Deleuze) que, tan proliferante en sus garfios de absorción y retroalimentación, puede devenir también una “máquina abstracta de mutación”, articulando las voces disidentes en la gran subversión del lenguaje, de los valores, de la vida. El problema de la creación crítica se disputa en el interior de ese campo. Hay obras críticas insustituibles porque montan una genealogía (por ejemplo, la relación entre Girondo y Oswald de Andrade, en Vanguardia y Cosmopolitismo de Jorge Schwartz) o porque marcan rumbos de sentido, alzando el vuelo del pensamiento a partir de la materia literaria, inventando otros viajes. Ahora bien, no sé si el poeta es más indicado que el crítico para hablar de poesía, ya que su conexión con las otras escrituras es antropofágica, picnic de elixires nutricios; incorpora a los otros poetas en sus versos, no precisa tanto “pensarlos”, que ése es el trabajo del crítico. Sería deseable que el criterio de valoración último fuese, como demandaba Nietzsche, intensivo, estético.

 

Hay críticos que han situado tu obra en la “posmodernidad”. Hablan de neobarroco posmoderno. ¿Te sientes definido de esa forma?

 

Qué curioso que lo menciones. ¿Neobarroco posmoderno? Al parecer un solo término no basta. Dicho de otra manera: no.

 

Háblame de la relación de tu poesía con el deseo. ¿Reconoces una genealogía amorosa, un deseo que escribes y que te escribe?

 

El cuerpo es el lugar de un movimiento insustituible. Creo haberlo implicado. Se desata una organización nada jerárquica recurriendo a ciertas modalidades paródicas de la alucinación, del estar despierto mientras se avanza. Lo que sería el centro de la pura ganancia. Resumiendo: el lenguaje se repone de sus astucias maquillado de sobrecodificación, se interna en intenciones proclives, constelantes, reverso de un peso cumplido de alguna manera en vericueto y fiesta. Es la producción de una intensidad encajada en la superficie, compitiendo en plan de fuga, acatando las tretas de la exacerbación.

 

¿Podrías decir que en tu poesía el deseo es el lenguaje?

 

Debe haber alguna forma de no disimular esa coincidencia. En verdad debemos pensar en el dispositivo del saber por contacto para llegar a la fusión y restaurar la esencia trasegada de un poderío. Dicho de otra manera: abandonando el cuerpo personal el lenguaje sale de sí, postula el triunfo de una disolución, radicaliza la necesidad de reinicio. El deseo, el lenguaje, pasan por ese retorno a modo de estremecimiento duradero.

 

¿Reescribes mucho tus poemas?

 

Escribo, colecciono, después elijo. ¿Hay una forma posible de decir este poema ha sido reescrito? Escribir es la ilusión del trueque al marcar el rumbo de una creación que de vez en cuando tiene otros planes. Así, ese poema podría haber estado allí y no haberlo sabido. A cambio de una mixtura se actualiza, presentifica otra modalidad exterior para asomarse.

 

Cuéntame de tus planes para el futuro... ¿más inéditos? ¿tienes ya editorial?

 

Tengo inédito Parque Lezama, y estoy escribiendo algo vagamente llamado Hule, pequeños tratados poéticos sobre la superficie. Espero alguna oportunidad para publicar Parque Lezama en Buenos Aires. Hay una propuesta para publicar una plaqueta con poemas en prosa en el Uruguay. Nada firme, por el momento. E infinitas gracias por tu interés.

 

 

[Inicialmente publicada en Inti, núm. 26/27, 1987-1988, dentro del dossier “Coloquios del Oficio Mayor. Entrevistas a 26 poetas”, y luego reproducida en la página web brasileña Banda Hispánica, esta entrevista fue hecha por correo. Para esta ocasión, algunos pasajes omitidos en esa versión más difundida, han sido recuperados gracias a la intervención del poeta Eduardo Espina, quien guardaba copia del original, de manera que la versión íntegra, destinada en principio a la por entonces desaparecida revista Códice, se mantenía inédita. También se la incluirá en Arte de diferir. Conversaciones con la poesía hispanoamericana, libro de entrevistas de Miguel Angel Zapata que editará la Universidad Católica del Perú.]

 

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