"Razones para construir juntos"
Revista electrónica semanal, Puebla, México, año 1, núm. 5, 19 de septiembre de 2004
Política - Sociedad - Cultura
Educación y cultura
EL NOMBRE DEL PADRE [segunda parte]

En estas palabras se describen cosas muy elementales, humanamente elementales, pero ¡ay! nos son tan lejanas, que parecen cosas de otro tiempo, que no tienen que ver con nuestra forma de vida que es tan elementalmente inhumana, deshumanizada.
Relaciones elementales, humanamente elementales, se configuran a través de la figura del padre. La fecundidad, la capacidad de generar, (padre y madre se identifican en esto), el amor a una mujer, un amor no estéril, sino fecundo y abierto al don. El amor a los hijos que no son su posesión sino su esperanza. Y el ser esposo y padre delante de Dios.
"Ser delante de Dios", Péguy casi repite la fórmula de Kierkegaard, el primer "psicólogo" honrado que diagnosticó la verdadera enfermedad mortal del mundo moderno: la desesperanza.
El mundo sin padre es un mundo desesperado. No parece algo obvio pero en los hechos lo es. La sociedad moderna ha inventado el calefactor para protegerse del invierno, los "buldozers" y la sierra eléctrica, para facilitar su trabajo en la "montaña". Pero no ha descubierto más que fármacos y medios evasivos para luchar contra su falta de esperanza. El mundo moderno puede llegar a ser opulento, pero es desesperado. El hombre que sólo confía en su poder, que sólo cree en su eficacia, no sabe, no puede saber qué es la esperanza. De nuevo Péguy hace hablar a Dios: "Me dicen que hay hombres / que trabajan bien y que duermen mal. / Que no duermen. / Qué falta de confianza en mí. / (…) / Tienen la virtud de trabajar. No tienen la virtud de no hacer nada / El que no duerme es infiel a la Esperanza".
El misterio de la paternidad está unido al de la esperanza. El padre no es el que aparece como el más poderoso, ni el señor de la astucia y del éxito. Es el que sabe esperar. Como el padre del prodigo que cada tarde sube a la terraza para ver al hijo que espera.
El padre que
"Piensa con ternura en ese tiempo en que él ya no existirá y en que sus hijos tendrán su puesto en el mundo. / Sobre la tierra / En ese tiempo en el que él ya no será y en que sus hijos serán/ Y cuando digan su nombre en e pueblo, cuando hablen de él, cuando su nombre salga, al azar de las conversaciones, ya no se hablará de él sino de sus hijos. / Será su nombre y ya no será y no será su nombre, porque será el nombre de sus hijos. / Y se enorgullece en su corazón y piensa en ello con ternura. / Que su nombre ya no estará a su servicio sino al servicio de sus hijos que llevarán el nombre honestamente delante de Dios. Piensa con ternura en ese tiempo (…) en que todo marchará mejor. / Porque sus hijos están allí".
Esa es la paternidad, el don de la paternidad. Porque se trata de un don, no de un estado de ánimo, es una gracia, no una autosugestión. La esperanza no corresponde con esas logomaquias para producir optimismo y optimistas. De nuevo Péguy:
"Para esperar, hija mía, hacer falta ser feliz de verdad, hacer falta haber recibido una gran gracia".
La esperanza se alimenta de una gracia, de un don presente, de una certeza presente.  Una gracia es como una semilla, dice Giussani, y para saber que puede surgir de ella es necesario esperar.  Pero la certeza de haber recibido la semilla, el gran don y la alegría ya están en el presente. El padre es el que ha vivido la espera, ha experimentado en el tiempo la promesa de la semilla, del don, -de nuevo Giussani- "de la existencia de un significado en el presente que da lugar a una certeza sobre el futuro".
El Hijo pródigo de Rembradt
Ser padre es haber recibido un gran don de engendrar la vida y de engendrar el gusto por la vida, la alegría de vivir y la pasión por la vida, en una palabra el afecto al Destino bueno.
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