Relatos transmitidos oralmente de la huida del General Prim por Extremadura

Relatos transmitidos oralmente de la huida del General Prim por Extremadura1

Lorenzo Rodríguez Amores

Aparte de los crueles y durísimos conflictos bélicos de la invasión francesa y las prolongadas guerras carlistas, fue el siglo XIX un tiempo cuajado de turbulencias políticas, de intrigas palaciegas, de frecuentes cambios en las altas esferas del poder y no digamos de las numerosas conspiraciones y pronunciamientos, casi siempre con el sable desenvainado y en donde no es raro que jugase un papel importante el general D. Juan Prim y Prats, vizconde de Bruch, conde de Reus y marqués de los Castillejos2. Es decir, que bien puede calificarse la vida política del general Prim como la de un contumaz conspirador3.

Es el caso que en una de sus varias intentonas por derribar los poderes establecidos, incluido el de más alto rango, Prim se subleva en la pequeña localidad madrileña de Villarejo de Salvanés el día 3 de enero de 18664.

En Villarejo aguarda Prim y otros generales comprometidos el desenlace de los acontecimientos por ser un lugar próximo a la capital y estar estratégicamente escondido. Pero O’Donell sospecha que algo se fragua en Villarejo y comisiona al general Echagüe para que arreste al héroe de los Castillejos5.

El fracaso del general Prim en este alzamiento es total: el pueblo ni siquiera se solivianta, quizá desorientado por el enigmático silencio de Prim6. Lógicamente el gobierno intenta abortar el levantamiento en sus mismos conatos y así cursa Órdenes de detención contra los altos jefes militares adictos a Prim o los inmoviliza como fue el caso del general Latorre capitán general de Badajoz7. De las numerosas fuerzas trabajadas y dispuestas a sublevarse es cierto que a la hora de la verdad sólo es puntual el Regimiento de Húsares de Calatrava, presentándose cuatro horas después el de Bailén, mientras que la infantería permaneció sin moverse de sus cuarteles siendo el arma con la que se acomete las acciones resolutivas8.

Ante el cariz tan desfavorable de cómo se desarrollaron los sucesos, Prim se da perfecta cuenta de la difícil y peligrosa situación en que se haya, pero la afronta muy sereno y consciente aunque sufra una gran contrariedad. De inmediato decide alejarse de Madrid9. En un principio el general está algo indeciso de qué rumbo tomar en su huida. No tarda en convencerse de que la única salida que tiene, y no muy clara para salvarse, es alcanzar la frontera portuguesa10.

Dos columnas, al mando de los generales Zabala y Echagúe se organizan en persecución del fugitivo. Una persecución que mantiene rigurosamente las distancias, pues parece no haber el menor deseo de apresar a Prim y sus húsares11 tal vez para hacer bueno el consabido dicho popular “a enemigo que huye, puente de plata”. Tampoco se puede descartar que la suavidad del acoso tuviese por motivo el evitar un escándalo de sensacionales repercusiones, dada la enorme personalidad del sublevado, a que daría lugar el apresamiento y el inevitable juicio sumarísimo en el que caería inmerso, sin paliativos el general Prim, el cual tenía que saber mucho de la inexorable dureza de la justicia militar.

La marcha de los fugitivos es lenta y no, precisamente, por terrenos muy afables pues entre vadear ríos, subir y bajar vericuetos junto a marchas y contramarchas, para burlar a los perseguidores12 y el tener que romper la caballería por un medio accidentado y de brioso matorral no cabe duda que tendría que resultar lleno de fatigas.

Después de unos días de incierto caminar, cuando ya empiezan a escasearse los víveres y las municiones y los caballos rendidos de cansancio, Prim lleva a cabo un golpe audaz y sorprendente, pues no tiene otra ocurrencia que refugiarse en su gran propiedad, hoy llamada “Castillo de Prim”, en plenos Montes de Toledo13. Mirándolo bien, ¿en qué sitio se podía sospechar menos su presencia? El mismo Prim comentará que desde allí les ha de llegar a los que le acosan el olor de los guisos del rancho de sus soldados14. Aquí se reponen vituallas, se reorganiza a la gente de la escolta que le acompaña y reparte todas las existencias de su nutrida despensa entre todos15.

Desde Urda (Toledo), en donde se ubica la citada heredad del general Prim, y por ignorados senderos, éste y sus húsares se plantan en la villa cacereña de Logrosán en una andadura parsimoniosa, lo cual facilita el que la caballería del perseguidor Zabala haga algunos prisioneros entre los rezagados de la patrulla, quizás como si se tratara de una seria advertencia de que el mismo general Prim también puede caer si no se espabila16.

De Logrosán y tras haber pernoctado, el general Prim reemprende su fuga en las primeras horas del día 15 de enero del dicho afro de 1866 en dirección a Madrigalejo, cuyo trayecto es fácil hacerlo, a caballo, en poco más de tres horas y por un camino que discurre por un espeso y frondoso encinar que viene a ser un socorrido camuflaje para los perseguidos.

Por entonces ya era Don Juan Prim el símbolo de las libertades y de los ideales progresistas, de aquí que se vea envuelto en una aureola de populares afectos que a veces alcanza proporciones rayanas al delirio, por lo cual nada tiene de extraño el que reciba homenajes apoteósicos por las localidades que atraviesa. Así, concretamente en Extremadura, esta correría más parece, un paseo triunfal que el andar huyendo del peligro de ser capturado.

A Prim se le acoge en Madrigalejo de forma clamorosa: el vecindario en masa acude a recibir al héroe idolatrado al sitio que llamaban de “Entrambosrríos”, dónde según la tradición acampó el héroe de los Castillejos, con las tropas que le acompañiaban, si no muy abundantes, por lo menos muy leales. Hasta la musa popular, también se sumó al homenaje con una copla muy divulgada no sólo en el ámbito local sino también en los comarcanos:

Por Madrigalejo, madre,
El general Prim pasó
Y Don Fermín Fortuna,
Un caballo le regaló.

El don Fermín Fortuna fue un rico hacendado madrigalejeño que, con su magnífico obsequio, demuestra ser un incondicional partidario del valeroso militar y de sus ideales políticos. De siempre se consideraron a los Fortuna como gente muy liberal.

Después de un merecido descanso en Madrigalejo, el general manda tocar botasillas para reanudar el camino. Coge el de Villanueva de la Serena. En esta ruta y a la salida de la localidad madrigalejeña hay una pequeña eminencia del terreno que llaman “La Cruz de los Barreros”, traspasada, la cual, deja de verse el pueblo. Cuéntanse en el lugar que cuando los expedicionarios alcanzan dicho punto, el Jefe vuelve su rostro para despedirse con un emotivo adiós a la localidad madrigalejeña:

En la Cruz de los Barreros
Dijo Prim a sus soldados:
¡qué pueblo más maravilloso,
buena posada nos han dado!

Cuando el general Zabala se presenta en Madrigalejo ya ha volado el “pieza” que desea atrapar, aunque en realidad, se vayan acortando las distancias entre perseguidores y perseguidos.

Prim y su gente pasa cerca de Villanueva sin entrar en ella, porque dan la sensación de que rehuyen las grandes poblaciones, como medida precautoria ya que, lógicamente, debieran estar guarnecidas con fuerzas del gobierno que le pudiera ocasionar alguna molestia. Sí se detienen, los expedicionarios, en el muy próximo pueblecito, de la ciudad villanovense, de La Haba. Aquí van a pernoctar y con probabilidad más de una noche.

Lo primero que hace Prim a su llegada a La Haba es recabar la presencia del alcalde, para solicitarle le consiga un propio, de toda confianza, el cual ha de ir a Badajoz, con la máxima urgencia, a llevar un mensaje.

—No hay que buscar a nadie, porque ese servicio se lo hago yo, de mil amores, al general Prim. Deme instrucciones, mi general, —responde decidido el tío Nicanor—, que así era la gracia de la primera autoridad “jabeña”.

—Muy bien, —replica el militar sublevado al alcalde—, nada más llegar a Badajoz entregará usted esta carta al capitán general de la Plaza, el cual aunque sea hora intespectiva le recibirá en el acto. Cuando estén los dos frente a frente le saludará y le retirará la mano cuando vaya a cogerla. Operación que ha de repetir por tres veces.

—Iré a revientacaballo y si me cogen tenga la seguridad de que me trago el escrito —replicó el mensajero—.

El tío Nicanor cumplió al pie de la letra el arriesgado encargo. El capitán general de Badajoz, Latorre, enseguida captó el significado de aquella maniobra de la retirada de la mano porque sabía demasiado que era la contraseña utilizada por los conspiradores del golpe militar de Villarejo de Salvanés, en el cual estaba implicado el mismo Latorre. Así que éste ya sabía la procedencia del mensaje sin necesidad de más explicaciones:

—Veamos que es lo que quiere el general Prim.

Una vez enterado del contenido de la misiva, el general Latorre ordena al alcalde de La Haba que regrese con tanta rapidez como ha venido y advierta al general Prim que de ninguna forma y bajo ningún concepto intente escapar por Badajoz.

Prim se debió maliciar que no se podrían concebir esperanzas de encontrar facilidades por Badajoz y es también, sin duda, barruntaría que las fuerzas que le acosan vienen pisándole los talones, lo cual motiva el abandono de La Haba y seguir hacia tierras sureñas sin saber lo que le va a deparar la suerte.

El tío Nicanor, a su regreso, alcanzaría al Prim ya en el pueblo de Quintana de la Serena siendo portador de la rotunda negativa del militar badajocense de favorecerle al general Prim en trance tan apurado. Prim después de mostrarse sumamente agradecido se despide del alcalde de La Haba diciéndole:

—Algún día le premiaré todo lo que ha hecho por mí.

Y en verdad aquella promesa no cayó en el saco de los olvidos, pues ya cuando el general Prim, al cabo de muy pocos años, está instalado en el poder, éste, invita al alcalde de La Haba a que vaya a verle a Madrid. Bien endomingado y con las alforjas al hombro, porque “ni la manta por raso, ni las alforjas por harto” deben de quedarse atrás, se presenta el tío Nicanor en la Corte. Por su innegable pinta aldeana, los centinelas y hujieres del palacio de la Presidencia de Gobierno no dan crédito a las pretensiones de aquel hombre de pasar al despacho del Sr. Presidente. Pero ante la credencial que exhibe, y sin poder evitar la correspondiente sorpresa, no hay más remedio que abrirle todas las puertas para ser recibido en audiencia. El general Prim acoge, muy complacido, al tío Nicanor, el cual no se vuelve de vacío a casa: la gratitud del general se pone de manifiesto haciendo maestra de Instrucción Publica a la hija del humilde alcalde mientras que a sus hijos varones les ofrece plazas en el ejército.

Entre los expedicionarios viene otra persona que al cabo de los años también se haría muy famosa: el comandante Pavía que estuvo al lado de Prim y de los demás sublevados en Villarejo haciendo gala de una gran competencia y temple en la preparación de la conjura, que al fracasar la intentona huye con Prim. Pavía es el mismo que luego, siendo ya capitán general, llevará a cabo otro golpe de estado con mucho éxito pues disuelve las Cortes de la Primera República de forma violenta.

Antes de llegar a Quintana el comandante Pavía le dice a su jefe que aquí reside el teniente coronel Nogales, persona de plena confianza y adicto a la causa por la que ellos se sublevaron. Entonces Prim ordena a Pavía que se adelante para recabar la ayuda que les pueda prestar Nogales. Pero éste o no se compromete o ve innecesaria la dicha protección, excusándose con esta respuesta:

—¿Cómo quiere el general Prim que un regimiento alcance a una patrulla? Que siga su marcha sin perder el tiempo y así no correrá peligro.

—Tenía razón el militar quintanense porque las pequeñas unidades son más ágiles y permiten escurrirse más fácilmente que las grandes.

También el pueblo de Quintana ofrece al marqués de los Castillejos el homenaje de su cariño y admiración con un recibimiento apoteósico. De entre la multitud destaca los gritos desaforados de un joven que no deja de exclamar:

¡~Prim!!... Prim! !... ¡ ¡Prim!!...

El ilustre e invicto militar llama a aquel entusiasta admirador para decirle:

—Tú serás el Prim de Quintana.

Y desde aquel mismo instante, el mozo sólo fue conocido en el pueblo por Prim, lo cual si en él resultó ser un apodo, que ciertamente lo llevaba con orgullo, luego se convirtió en su descendencia en nombre propio, cuya costumbre no ha desaparecido perpetuándose en la actualidad.

El general Prim y la guardia de húsares que le seguía se dirigió desde Quintana a Zalamea y por Usagre, Fuente de Cantos y Fregenal llega al pueblo onubense de Encinasola, por donde se interna en el vecino país lusitano sin mayor problema.

Dícese que Prim, en un rasgo de escrupulosa conciencia, y ni mucho menos imitado por tantos y tantos que se vieron en esa situación de exiliarse, tuvo bien el entregar a las autoridades de Encinasola, antes de cruzar la raya portuguesa, la montura de su caballo por ser el único pertrecho que llevaba consigo que no fuese de su pertenencia, sino de Estado.

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 1. Fragmento del trabajo que presentamos en el VI Congreso de Estudios Extremeños del año 1979.
 2. J.M. MIQUEL Y VERGER: “El general Prim en España y México”. Editorial Hermes, S.A. México.
 3. FRANCISCO AGUADO SANCHEZ: “Historia de la Guardia Civil”. Tomo II, pág. 241 y siguientes. Ediciones Históricas, S.A. Madrid. 1983.
 4. Ib.
 5. lb.
 6. J.M. MIQUEL Y VERGER, op. cit. Pag. 348.
 7. Ib.
 8. E AGUADO, op. cit.
 9. Ib.
 10. Ib.
 11. Ib.
 12. lb.
 13. BENITO PÉREZ GALDÓS: “Episodios Nacionales”.
 14. Ib.
 15.Ib.

 16. E AGUADO, op. cit.