LAS ESCUELAS DE PENSAMIENTO Y EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN LA EDAD MEDIA

LAS ESCUELAS DE PENSAMIENTO Y EL PENSAMIENTO POLÍTICO EN LA EDAD MEDIA

"San Pedro entregando el palio al papa León III y la bandera de la Iglesia a Carlomagno, detalle del mosaico del palacio de Letrán, Roma. Este mosaico resume en una síntesis perfecta la trayectoria política del occidente medieval, cuando la antítesis entre el poder espiritual se constituye en eje del mundo cristiano, en una relación dialéctica que tan pronto une como enfrenta a ambas autoridades."[1] Foto Mauro Pucciarelli / Agencia Flash Press


CAMILO REYES TRUJILLO

reyescamilo@hotmail.com     camilo.reyes@javeriana.edu.co  

BOGOTÁ, COLOMBIA. 2 DE DICIEMBRE DE 2001.


“No enfocará certeramente la realidad […]
quien saque de las teorías medievales sobre el estado

conclusiones literales sobre la vida del estado en la Edad Media”

BÜHLER, Johannes[2]

 

Introducción

La Edad Media presenta, conceptual y metodológicamente, innumerables dificultades. Abordar su estudio desde cualquiera de los ámbitos de la vida humana trae consigo, consustancialmente, juicios e ideas en torno a esos siglos que van, con criterios en mucho arbitrarios, del deceso del Imperio Romano de Occidente al de su contraparte oriental. Esta complejidad se aumenta en el terreno del estudio de las ideas; en efecto, la “vida medieval” corre por un cauce que no necesariamente coincide con las ideas que conocemos de algunos de sus insignes pensadores. Y “por muy interesante que sea la historia de las ideas, cuando estas no encuentran eco en el mundo de los hechos no son más que un fragmento de la vida real; y esto, que ocurre siempre, ocurría sobre todo en la Edad Media”.[3]

 

El presente trabajo no pretende, por ello, dar cuenta de una realidad inasible, pero sí de identificar líneas generales de pensamiento presentes en ese fascinante mundo pletórico de manifestaciones culturales que los ojos modernos tienden a homogeneizar, como es el mundo medieval. Se trata de identificar referentes comunes, bases conceptuales sobre las que echaron cimientos algunos pensadores o las que elaboraron con fines muy precisos, para extractar de sus reflexiones las que hoy llamaríamos políticas. Es un ejercicio arbitrario, en la medida en que la política como la concebimos hoy era inexistente en la mentalidad medieval. En palabras de Walter Ullmann:

 

Que una única y misma actividad humana pudiese considerarse desde un ángulo moral, religioso o político no cabía en la forma de pensar del hombre medieval. Lo que entonces contaba era el hombre cristiano integral: la religión no se diferenciaba de la política, ni la política de la moral, etc. (ULLMANN : 18).

 

Se trata entonces, de atribuir a reflexiones filosóficas, y ante todo teológicas, implicaciones de lo que habrá de concebirse más tarde como políticas. No se trata de negar de plano la reflexión política en la Edad Media. El cuestionamiento por la forma de organizar la sociedad, por la mejor forma de organizar la sociedad, por la forma que materialice las aspiraciones de una sociedad, está implícito en la vida en comunidad. Se trata de entender que el universo mental que tuvo por cuna esta reflexión tenía como pilares estructuras diferentes –quizás más amplias-, a las de épocas posteriores.

 

1. Las escuelas, las fuentes, las formas.

 

El escenario medieval es propicio para la formación de escuelas de pensamiento. Las necesidades en los primeros siglos de defender el catolicismo, de formular sus dogmas y sistematizar su cosmovisión, dieron pie para la formación de la patrística, más que como tradición filosófica propia, como especulación derivada y no muy original. A su vez, los siglos poscarolingios fueron el terreno de la agrupación del pensamiento en grupos de intelectuales eclesiásticos en las universidades, de las que destacan en el siglo XII las de Bolonia y París. En torno a este segundo movimiento de escuelas se acuñará la denominación propia de escolasticismo, constituída, como veremos, por un método cuyo contenido será tremendamente polifacético.

 

El tema de la originalidad medieval es delicado y sensible. En efecto, las fuentes de época aparecen como imitación y adaptación de modelos preexistentes. Sin embargo, se trata en mayor grado de la repetición de estilos, de los estilos conocidos de herencia grecolatina, que de repetición de contenidos. De ahí que “más fuertemente que el contenido de la cultura antigua, lo que solía influir en los escritores cristianos era la forma”.[4]

 

Las formas usadas en el medioevo, en el arte, la literatura y la ciencia “están regidas, en cierto modo, por leyes propias, que las hacen desprenderse y desviarse siempre, en mayor o menor medida, de la realidad del mundo en que brotan”.[5] Se sirven de moldes provenientes de otros tiempos en los que será vertida una experiencia nueva y particular.

 

Toda esta forma de pensar, que tendrá en la escolástica su forma más depurada y emblemática para la posteridad, reposa sobre un valor muy grande otorgado a las autoridades ideológicas. En efecto,

 

Mientras que la ciencia moderna hace hincapié en la investigación de las cosas aún ignoradas, es decir, en la idea de progreso y encuentra sus principales medios para ello en los experimentos y, tratándose de las ciencias del espíritu, en el descubrimiento de nuevas fuentes y el estudio de las ya conocidas desde puntos de vista nuevos, la ciencia medieval se propone, sobre todo, ahondar en el conocimiento de lo que legaron las “autoridades”, para lo cuál se vale de la elaboración lógico-dialéctica de los materiales transmitidos por la tradición. (BÜHLER : 240 – 241).

 

El conocimiento de lo existente mediante lectiones, la polemización mediante disputatio, y los géneros literarios de Commentaria (comentarios a los grandes textos), Quaestiones (problemas discutidos y los autores que los tratan), Opuscula (problemas singularizados), y Summae (síntesis doctrinales de grandes temas), engranan perfectamente dentro de esta concepción de la ciencia y el conocimiento.

 

2. La formación del cristianismo y el pensamiento político.

El cristianismo es, como pocas, una religión histórica. Su íntimo vínculo con una época y un lugar, su contenido doctrinario, y la forma como se adaptó a pueblos muy diversos, corroboran ese carácter.

“[…] el cristianismo, por mucho que se quiera apreciar el carácter peculiarísimo y único de su fundador, creció, y debe ser comprendido históricamente, sobre la base de las multiformes tradiciones religiosas del Oriente, que se remontan hasta muy atrás en el pasado […]” (STÖRIG : 245).

 

En su formación como religión, el cristianismo salpicó de implicaciones toda las dimensiones de la vida humana. Sus primeros escuderos, los llamados Padres de la Iglesia, habrán de servirse de las herramientas conceptuales del momento, esto es, de la filosofía griega y la tradición latina, para revestir de solidez a la naciente institución de lo espiritual. Esta primera aproximación a la formulación de ideas apologéticas constituye lo que se conoce como patrística, como veremos; vale por ahora decir, de un lado, que los esfuerzos por consolidar la Iglesia Católica en sus primeros siglos mal podrían calificarse de filosofía cristiana, [6] y de otro lado, que el contenido político del discurso cristiano está ínsito en estas primeras fórmulas defensivas desde lo conceptual, y habrá de adquirir sistematización con la dogmática y la filosofía de San Agustín.

 

Un importante rompimiento de la cristiandad con el mundo griego viene determinado por el advenimiento de un nihilismo cristiano. En efecto, mientras que la cultura griega es dinámica y se concibe ontológicamente como movimiento, la concepción que se tomará la mentalidad de los hombres con el cristianismo será la de la quietud y el estatismo, la de una cierta negación del mundo terreno en virtud de la salvación como su fin único. Esto, llevado al plano político, puede bastarnos para afirmar que la organización social del mundo antiguo será radicalmente diferente de la que toma asiento con la consolidación de la Iglesia. Mientras que la vida en la polis de los griegos es una realización de las potencialidades del individuo, el lugar por antonomasia donde exterioriza todas las facetas de su vida, el monasterio medieval, ideal de la vida cristiana, materializa el retorno a la interioridad, tradicional desde siempre en oriente, y llevada a términos excelsos por San Agustín.

 

El Estado que emerge entonces del cristianismo primitivo será el de la vida terrena como preludio del encuentro con la divinidad; será el Estado cuya razón de ser estará fundada en la salvación; será el Estado confesional con la caridad –esa original creación del cristianismo-, como parámetro de conducta. Será, en todo caso, un concepto de Estado muy diverso al que se articula con la secularización del siglo XV y siguientes, y encontrará su formulación más acabada con La Ciudad de Dios agustiniana. Será, en últimas, lo que Ullmann llama un “sistema descendente de gobierno” en el que la autoridad procede en su totalidad de Dios, constituyendo una verdadera teocracia.[7]

 

3. La patrística y el pensamiento político.

 

“Se llama patrística a la especulación de los Padres de la  Iglesia, en los primeros siglos del cristianismo”.[8] La patrística constituye entonces, como se ha venido esbozando, la primera defensa de la nueva religión. Su contenido especulativo es entonces fruto de una necesidad, cuál es la de oponer argumentos filosóficos a los movimientos que amenazan a la Iglesia, entre los que se cuentan el maniqueísmo, el gnosticismo y el arrianismo.  Un primer ciclo de patrística, de acuerdo a la periodización de Störig, concluye con el Concilio de Nicea en 325 d.C. cuando se han establecido una Iglesia poderosa y sus dogmas fundamentales. Habrá entonces un segundo período, hasta 800 d.C., en el que se construye un sistema unitario de dogmática y filosofía cristianas a partir de San Agustín. Y a partir del siglo IX hará irrupción el movimiento escolástico, cuyo método guiará las discusiones hasta el siglo XV.

 

Entre los apologistas, o primeros defensores de la Iglesia en los siglos II y III, se destacan Justino y Tertuliano, quienes difunden la doctrina cristiana en griego y en latín respectivamente, continuando la labor iniciada por Pablo de Tarso en el siglo I.  Posteriormente, aparecen Clemente y Orígenes para elevar desde Alejandría la teología a la cúspide de las ciencias. Dice Orígenes:

 

Si los hijos de los sabios del mundo dicen de la geometría, la música, la gramática, la retórica y la astronomía que son criadas de la filosofía, igual podemos decir lo mismo de la filosofía con relación a la teología. (Citado por STÖRIG : p. 255).

 

La patrística aboga por un Estado cristiano, por una  Res pública christiana. Las órbitas de influencia del poder temporal se explican desde la finalidad de la salvación. El poder espiritual es el gobierno de Dios en la tierra con el mismo fin. La divergencia entre los encargados de administrar lo terreno y lo espiritual no aparece primitivamente, ya que el contenido político de la postura patrística es una unidad, que el Imperio de Carlomagno simboliza. La querella vendrá más tarde, a la vuelta del siglo X, cuando el papa y el emperador reclamen supremacía como receptores independientes del poder divino.[9]

 

4. La escolástica y el pensamiento político.

 

La escolástica es ante todo un método,[10] cuya formación aparece entre los siglos IX y XIII. En su seno, agrupa teólogos de diversos orígenes, que encuentran en ella un lenguaje común, un plano de referencias conocidas que servirán para que la circulación del pensamiento se haga fluida entre los doctos, estimulando la divergencia de opiniones.

 

Es la escolástica el marco en el que aparece la llamada disputa de los universales, en la que se enfrentan realismo y nominalismo, como concepciones de la consistencia ontológica de los conceptos frente a las cosas. Para el realismo las ideas tienen un ser, del que derivan las cosas. Para los nominalistas, los conceptos son meras convenciones, puros vocablos sin consistencia, en tanto las cosas son las que tienen un ser propio e individual. La concepción realista triunfa durante los siglos IX a XI, con Escoto y San Anselmo. Pedro Abelardo hará un aporte ecléctico en el siglo XI, al considerar que las cosas participan del ser universal, para que sean los nominalistas posteriores con Ockam a la cabeza quienes terminen por imponer las tesis que habrán de minar en buena medida el poder eclesiástico.

 

La escolástica como manifestación de la vida medieval, es un acopio de herencias. Un acopio en el que las autoridades de autores precedentes se ven enjuiciadas por maestros mediante la disputatio, y que evidencia la pluralidad y divergencia de opiniones que caracterizó a la filosofía que en su seno se gestó.

 

5. Recepción de Aristóteles.

 

Fueron los judíos, y sobre todo los árabes, quienes introdujeron la filosofía griega en el occidente medieval; ocupan así un lugar muy destacado en la conservación y difusión de ideas de las que se sirve occidente para sistematizar su religión, su pensamiento, su entendimiento del mundo. Suele mencionárseles como transmisores de la filosofía griega; se trata sin duda del punto de vista occidental, ya que desde la perspectiva propia de una historia de los árabes, su relación con los conocimientos de la filosofía antigua, con las artes liberales, trivium y quadrivium, guarda completa coherencia con su entendimiento del mundo como obra divina y camino para conocer a Dios. No existe en el pensamiento musulmán la dicotomía entre fe y razón que marca toda la reflexión filosófica y teológica de occidente, fuente entre otras cosas de buena parte de la forma en la que concibe su organización política. Árabes y judíos, sus aportes y pensamiento, en especial las escuelas de la península ibérica, merecen un estudio más profundo que desborda la presente aproximación al pensamiento político de la Europa medieval. Valga por ahora decir, que gracias a los árabes, el occidente europeo entra en contacto con Aristóteles a partir del siglo XII, hecho definitivo para la escolástica:

 

"Lo que le imprimió a las especulaciones del escolasticismo su impulso decisivo para todo este período fue el acceso a los textos de Aristóteles, que hasta entonces eran desconocidos en el Occidente y que los árabes se encargaron de devolver a Europa a través de España" (BÜHLER: 247).

 

Bühler concibe la recepción de Aristóteles como una “devolución” a Europa; Marías considera que la “importancia de la filosofía árabe y judía [...] es grande; pero más aún por lo que han influido en la Escolástica cristiana que por su interés propio”, ideas ambas bastante discutibles. Circunscribiéndonos sin embargo al occidente europeo, los textos aristotélicos cumplen a partir de entonces un papel medular.

 

San Alberto Magno, y su discípulo Santo Tomás de Aquino, son los representantes emblemáticos de esta recepción, y su reformulación dentro de la escolástica medieval; Santo Tomás en particular, vincula la filosofía aristotélica al pensamiento cristiano. Se trata de una tarea compleja, porque las reflexiones del estagirita parten del mundo griego dieciséis siglos anterior. El dios del que habla Aristóteles como motor inmóvil no es el Dios cristiano, trinitario e histórico. Santo Tomás se encarga sin embargo de interpretar a Aristóteles para su tiempo y desde el cristianismo. La teoría política de Aristóteles es entonces reformulada por Santo Tomás, quién habla de las leyes desde el punto de vista propiamente cristiano, jerarquizándolas en ley divina , eterna, natural y humana.

 

6. El feudalismo y la política.

 

Suele atribuirse el adjetivo de feudal a un tipo de relación económica, y a identificársele como el modelo de organización predominante en la Edad Media. Se trata en rigor de un esquema de funcionamiento de las relaciones sociales que trasciende, o más bien comprende, el aspecto económico, que al igual que el político son ámbitos que no han adquirido independencia conceptual en la Edad Media.

Para el análisis político, el vasallaje típico de las relaciones feudales explica en buen grado el funcionamiento político de la Europa medieval. Aunque las circunstancias varíen de un lugar a otro y de una época específica a otra, adoptando diferentes tipos de relación, lo cierto es que el vasallaje, el juramento de fidelidad, y las obligaciones recíprocas derivadas de este contrato tipo cuyo contenido van llenando las más variadas necesidades seculares y eclesiásticas, marca la jerarquías en las que están divididas estamentalmente estas sociedades.

Coronación de Carlomagno por el papa León III en 800 d.C.

En el feudalismo clásico de la época poscarolingia (entre los siglos X y XIII), dos elementos claves explican el funcionamiento de la institución feudal: el primero es personal -el vasallaje propiamente tal-, y otro real o patrimonial –lo que se llama originalmente feudo, cuyo sentido primario era el de “bien mueble de valor”-.[11] El homenaje que se rendía con el gesto de la immixtio manuum poniendo las manos el vasallo entre las del señor como símbolo de autoentrega, el juramento de fidelidad, el osculum o beso entre señor y vasallo, constituyen, con diversos grados de importancia, las solemnidades con las que se perfeccionaba el contrato de vasallaje. El poder del señor y las obligaciones que se generan son sus efectos, y entre ellos se predica del vasallo la fidelidad, ciertas prestaciones materiales, y socorro; por parte del señor, fidelidad, protección y manutención.

Hay múltiples tipos de feudos que son objeto de concesión vinculada al vasallaje o acuerdo de sometimiento. El feudo es objeto de múltiples derechos, y es fundamental en la estructura de las relaciones sociales en las que el emperador intenta hacerse al predominio allegando para si la mayor suma posible de vasallos y vasallajes superpuestos. Se trata de un intento fallido, que deja en todo caso evidencia del carácter estamental de la sociedad medieval.

 

7. Carácter eclesiástico del pensamiento medieval

Lo que caracteriza y atraviesa toda la Edad Media es un tinte eclesiástico en prácticamente todas las manifestaciones humanas. Si pudieran trazarse los linderos de un ámbito público en el mundo medieval, linderos bien difíciles de establecer en todo caso, no hay duda de que lo que se exterioriza con claridad es el elemento eclesiástico.

 

Este elemento característico tiene en la sociedad una propiedad muy relevante para la reflexión política, y es la de dividir a la sociedad en clérigos y laicos. En efecto, se trata de un dualismo tremendamente influyente, toda vez que la concepción descendente del poder tiene como premisa que el origen del poder es divino, siendo por tanto la Iglesia y sus integrantes los mediadores entre dios y la comunidad de fieles. El papado encuentra en la formulación de esta teoría, defendida por Gregorio VII en el famoso Dictatus Papae, la herramienta para poner bajo su mando a los reyes medievales, no sin dificultad. El ungimiento al que han de someterse los soberanos europeos evidencia el carácter de su relación con la Iglesia, que los utiliza, como brazo secular, para difundir la religión. “El rey, por así decirlo, se veía arrastrado al terreno del clero”.[12] Consejeros reales, artistas, gobernantes, tenían todos vínculos con el clero en mayor o menor grado. La aventura al rompimiento dejaba por fuera de la dinámica medieval a los gobernantes y a sus pueblos, que podían ser objeto de excomunión colectiva mediante interdicto.

 

La inquisición evidencia la rigidez que se aplicaba a los disidentes. Pero nos sirve a la vez para corroborar que había voces disidentes, de las cuales conocemos menos de lo que sería deseable por el carácter eclesiástico mencionado del medioevo, que obraba como filtro para la difusión de ideas no cristianas u ortodoxas (aunque los límites entre la herejía y la ortodoxia sean, en muchos casos, fortuitos).

 

8. Conclusiones

 

La suerte del cristianismo, su formación y desarrollo, y la institucionalización de su Iglesia, son determinantes de la suerte que corre la experiencia que llamamos política del mundo medieval europeo. La lucha entre los poderes secular y espiritual, en teoría inclinada hacia este último, no deja de presentar contradicciones irresolubles. La secularización de la Europa occidental va a ser un proceso lento, en el que van a emerger los estados nacionales cuando se considera que la Edad Media ha quedado atrás, y cuando se forma precisamente el imaginario de los siglos precedentes como “medievales”. La reflexión política que caracteriza al medioevo va sin embargo a ser determinante del desarrollo ulterior de la política, en tanto forjadora de instituciones de derecho internacional, de derecho canónico, de derecho civil, y también del derecho mercantil que gobernaba los intercambios mediterráneos.

Rodrigo Borgia, c. 1431-1503, Papa Alejandro VI, 1492-1503,
bronce, diametro: .056 m (2 3/16 in.)
Fondo Edward E. MacCrone
1992.39.1.a

Un acontecimiento trascendental pone en evidencia la importancia del pensamiento político medieval, y es la utilización que los reyes católicos de España hacen de las bulas alejandrinas de 1493. Se trata, en efecto, de documentos que obedecen a una estricta lógica medieval, en la que el poder del papado dimana a los reyes. En este caso, la interpretación de la concesión papal fundada en la supuesta donación de Constantino, marca definitivamente los cimientos conceptuales sobre los que se monta el dominio europeo en toda América, que es subsumida en un proceso tremendamente complejo por el pensamiento occidental.

 

BIBLIOGRAFIA

 

1.  BÜHLER, Johannes. Vida y cultura en la Edad Media. FCE, México, 1946. Cap II: La concepción medieval del mundo, palanca de cultura. pp. 30 – 74; 222 – 262

2.  GANSHOF, François L. El Feudalismo. Ariel, Barcelona, 1978.

3.  MARÍAS, Julián. Historia de la filosofía. Revista de Occidente, Madrid, 1970. pp. 95 – 178.

4.  SABINE, George H. Historia de la Teoría Política. FCE, México, 1968. Parte Segunda: La Teoría de la Comunidad Universal. pp. 113 – 245.

5.  STÖRIG, Hans Joachim. Historia universal de la filosofía. Tecnos, Madrid, 2000. Tercera Parte, pp. 245 – 317.

6.  TOUCHARD, Jean. Historia de las Ideas Políticas. Tecnos, Madrid, 1964. Capítulos III, IV y V. pp.106 – 196.

7.  ULLMANN, Walter. Historia del pensamiento político en la Edad Media. Ariel, Barcelona, 1983. pp. 13 – 20; 72 – 96.

8.  WECKMANN, Luis. El pensamiento político medieval y los orígenes del derecho internacional. FCE, México, 1993.

 

Fuentes medievales

 

1. RIU, Manuel, y otros. Textos comentados de la época medieval (Siglos V al XII). Teide, Barcelona, 1975. San Isidoro: pp. 130 – 134. Poder civil y poder eclesiástico: pp. 254 – 256. Poder carolingio: pp. 313 – 318. Papado e imperio: 589 – 608.

2. Dictatus Papae de Gregorio VII, en http://www.fordham.edu/halsall/source/es-g7-dictpap.html

3. Islamic political philosophy: Al-Farabi, Avicenna, Averroes. En http://www.fordham.edu/halsall/source/arab-y67s11.html



[1] ELISÉEFF, Vadime; NAUDOU, Jean; WIET, Gaston y WOLFF, Philippe. Historia de la humanidad. Tomo 3, Las grandes civilizaciones medievales I. Planeta / Sudamericana, Barcelona, 1977, p. 192 - 193.

[2] BÜHLER, Johannes. Vida y cultura en la Edad Media. FCE, México, 1946, p. 225.

[3] Ibídem. p. 226.

[4] STÖRIG, Hans Joachim. Historia universal de la filosofía. Tecnos, Madrid, 2000, p. 255.

[5] BÜHLER, J. Op. cit. p. 222.

[6] “No se trata, pues, de una consagración por el cristianismo de ninguna filosofía, ni de la adscripción imposible de la religión cristiana a ninguna de ellas, sino de la filosofía que emerge de la cuestión capital en que el cristianismo se encuentra: la de su propia realidad ante Dios.” MARÍAS, Julián. Historia de la filosofía. Revista de Occidente, Madrid, 1970. p. 102.

[7] Para Ullmann, se enfrentan en el medioevo dos sistemas de gobierno: un sistema ascendente, aplicado por los pueblos germanos, en donde el consenso eleva al poder a un líder, que por consenso puede ser depuesto, y un sistema descendente donde Dios designa un representante inamovible en la tierra. Este último será el que triunfa por diez siglos, y su influjo permanecerá vivo incluso hasta hoy. No se olvide el preámbulo de la Constitución colombiana de 1886: “En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad […]”, así como la profunda huella del iusnaturalismo en todas sus formas en el orden internacional. (ULLMANN, Walter. Historia del pensamiento político en la Edad Media, Ariel, Barcelona, 1983, pp. 14 a 16).

[8] MARÍAS, Julián. Op. cit. p. 103.

[9] Gregorio VII y Enrique IV se ven trenzados en una disputa por el poder, reivindicando cada uno derivar su autoridad directamente de Dios. Aquí aparece el verdadero enfrentamiento entre lo secular y lo espiritual, que tardará varios siglos en resolverse. Véanse el Dictatus Papae de Gregorio VII, y la Carta de Enrique IV a Gregorio VII, en RIU, Manuel, y otros, Textos comentados de la época medieval (Siglos V al XII). Teide, Barcelona, 1975. Papado e imperio, pp. 589 – 608. Véase también SCHAFF Philip, “History of the Christian Church, Chapter II: Gregory VII 1073 – 1085” en http://www.ccel.org/s/schaff/history/5_ch02.htm#_ednref12 y Chapter XV: Pope and Clergy, en http://www.ccel.org/s/schaff/history/5_ch15.htm#_edn1 .

[10] BÜHLER, J. Op. cit. p. 242.

[11] GANSHOF, François L. El Feudalismo. Ariel, Barcelona, 1978. p. 164.

[12] ULLMANN, W. Op. cit. p. 85.

 


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