La Pastorela de Colegio Hispano Americano
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La Pastorela de Colegio Hispano Americano

_______________________________Rosa Carmen Angeles.

Los primeros años que precedieron a las terribles maniobras militares y políticas llevadas a cabo por los conquistadores en el Nuevo Continente, fueron años de cristianización. En tierras mexicanas desembarcaron unos curas recién llegados de España, quienes iluminados por la fe de Jesús se dieron a la importante tarea de evangelizar almas. Para estos sacerdotes misioneros, que desconocían la lengua y las costumbres de los indios de América, propagar la palabra de Cristo en el Nuevo Mundo resultaba una empresa harto difícil y de larga duración. Cuando todos los religiosos se preguntaban qué hacer y estaban a punto de encogerse de hombros, apareció el fraile Pedro de Gante, quien a pesar de ser magnífico sacerdote, era el hombre del que menos se podía esperar, ganando almas para la cristiandad. Fray Pedro de Gante era un buen cura, un auténtico pedazo de pan, pero tartamudo; ni los propios españoles entendían nada a la hora en la cual él daba sus sermones, y según parece mucha gente le hacía burla porque la lengua no le obedecía. Pero a Gante le funcionaba bien el cerebro, y como sabía que los indios en tiempos anteriores a la Conquista habían conocido el teatro, y además tenían gran experiencia y dotes histriónicas, decide valerse de este género para comunicarles los misterios de Dios y la verdad divina. Cuenta la historia que el padre Mendieta, que era quien más burla le hacía al cura tartamudo, cuando se enteró de que los indios se comunicaban con el sacerdote como si fuera uno de ellos, se quedó boquiabierto y parpadeando varias veces sin poder creer en lo que la vista le mostraba. De esta manera, con fray Pedro de Gante, nace el teatro evangelizador, y con él las pastorelas.

Teatro: escenografía, ensayos, bailes, cantos... montar una pastorela es algo mucho más complejo que platicarla. Este año, en la preparatoria del Colegio Hispano Americano --que es la escuela en la cual soy una de las profesoras de literatura--, me tocó poner la pastorela, causa a la que posteriormente se adhirió Delfino Zamorano, quien es profesor de química y a quien en temporadas navideñas le encanta poner pastorelas, y Alfredo Torres, el profesor de artes plásticas, quien nos apoyó con la escenografía. Para presentar nuestra función, al de química se le ocurrió piratearse una obra de Cachirulo ("no seas pirata, pero te vendo un parche"), ésta lleva por título El Portal de Belén, y en ella, además de la Virgen María y san José, aparecían 5 diablos, una actriz cómica, dos parejas románticas, varios leñadores, un abuelo con sus nietecitos, un infierno y un ángel que echaba humo por las alas. As¡, los muchachos pasaron de la cruda realidad de las clases y los exámenes, al glamour romántico del teatro. Nuestro elenco artístico femenino quedó integrado por Elisa Otero Cerdeira, Naibí León, Esmeralda Martínez Enríquez, Marina Sanmartín, Azahalea Tenorio, Lorena Padilla Bocanegra, Maricela González, Yuridia Trejo, Ana María Moctezuma, Itzel Revilla y Laura M. Cheterkyn; y el masculino por Rodrigo Carrillo Sancosme, Antonio Salas, Silvestre Ramírez, Aarón García, Rubén Muñiz Arzate, Alberto Cirigo, Luis Gómez Sainz, Miguel Angel García Alvarez, Roy Ascencio, Armando Berdeja, y los dos Jorges (Canales y Gallegos; uno salía de abuelo y el otro de Luzbel). Muchachos llenos de humor cuyas mamás, estoy segura, antes de salir de sus casas aconsejaban: "Procura ser bueno y no dar molestias a nadie", y los cuales, a pesar de toda advertencia llegaban al ensayo de pastorela correteándose y gritando: "¡Qué escándalo tan alegre!" Mientras ellos más festivos, yo más fúnebre; a veces, de tanto callarlos, llegué a acabar con el cerebro alucinado. Reconozco que hubo momentos en que, para los muchachos, los ensayos resultaron tediosos: "No, no, no, por favor, ya no más." Entonces, ahí andábamos, el de química y yo, vueltos unos locos buscando a los pastorelos: "¿Dónde está el diablo? Tráiganme a ese diablo porque si no lo voy a reportar con la directora". Al principio, los muchachos olvidaban el libreto, y lanzaban diálogos inciertos que nada tenían que ver con la obra; o el san José estaba tan desentonado que había que ponerlo a repasar un canto para no hacer el ridículo el día del estreno (que también fue el de despedida). Sin embargo, como los muchachos estaban dispuestos a defender su pastorela, finalmente se aprendieron todo muy bien. Para los adolescentes es muy fácil caer en pecado de gula y generalmente llegaban a los ensayos con frutsis, palomitas y otros víveres, cantaban los villancicos con un montón de papitas fritas en la boca, y al final, había que ponerlos a recoger el auditorio que con tanto papel y basura quedaba hecho un cochinero. Así nos pasamos un buen rato, hasta que llegó el día del debut; aquí fue cuando ya pasaron de la alegría al terror.

El Portal de Belén da comienzo en el momento en que un barbón abuelo campirano les cuenta a sus nietecitos una historia navideña, mientras arregla un nacimiento. Todo sucede en Belén, un pueblo que de ninguna manera resulta ser una comarca extranjera, sino una ranchería ubicada en la periferia de la Ciudad de México, para ser más exactos, en las faldas de un cerro. En esta historia se narran el nacimiento del Niño Dios y las penas de amor de dos parejas de campesinos quienes por culpa del Pingo (nuestro original diablo mexicano), quien busca para su activo más almas que llevarse al infierno, las parejas andan sufriendo lo indecible porque no los dejan casarse. Para tener más almas, Luzbel, el diablo mayor, convoca a junta a la Codicia, la Envidia y la Calumnia, tres guapas muchachas que aconsejan al Pingo la manera de llevarse a la boca del infierno a los habitantes del pueblo. El oro era el anzuelo: por el interés del oro el pueblo de Belén entregaría su alma al diablo. La obra es buenísima, más para ser vista que contada; y los muchachos actuaron muy serenos, aunque yo sé bien que por dentro andaban al rojo blanco: algunos de ellos nada más de acordarse de que iban a salir a escena hasta se enfermaron del estómago. El Pingo actuó de idéntico modo a como lo habría hecho Orson Welles en caso de que a éste le hubiese dado por actúa de diablo de pastorela, y los demás fueron tan buenos como verdaderos profesionales (¡de aquí a Broadway!).

En fin, que lo único que lamento profundamente es que la obra haya sido de una sola función. Tanto trabajo para tan poco tiempo en escena. Además no se cobró ningún centavo (como en algún momento lo sugirieron los más mercenarios de mis alumnos) por la entrada. De modo y manera que tampoco hay que pagar regalías ni impuestos. A mí me hubiera gustado, en cualquier caso, que hubiéramos llegado a las 500 representaciones y que se hubiera puesto la placa alusiva a tan magno acontecimiento... y que el Presidente de la República hubiera tenido que acudir a develarla... con todo y su gabinete. Sueños que tiene una.

"Una Pastorela Infantil"

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