DESCENTRALIZACION Y CORRUPCION - BOLIVIA - CHILE - INGLATERRA

Orrego L., Claudio. Responsabilidad y control en gobiernos locales: las experiencias de Bolivia, Chile e Inglaterra. Estudios Sociales. (Santiago, Chile), Nº 89, trimestre 3, 1996.

En el contexto de la modernización del Estado se analiza la descentralización político-administrativa y el combate de la corrupción, y se comparan las experiencias de sistemas de control y responsabilidad de gobiernos locales de tres países con distintos grados de descentralización: Bolivia, Chile e Inglaterra.

Se señala que el futuro de todo el experimento descentralizador depende de la legitimidad de las nuevas estructuras municipales, la cual, a su vez, supone la existencia de instrumentos que garanticen la transparencia probidad, eficiencia y eficacia de la labor del gobierno local. Si bien la vigencia de un sistema de control eficaz o de instituciones y mecanismos que hagan efectiva la responsabilidad contribuye a la existencia de un gobierno eficaz y honesto, sólo la existencia simultánea de ambos permite alcanzar dicho resultado en forma segura.

Se revisan las similitudes y diferencias respecto a la forma en que dos países latinoamericanos y uno europeo han enfrentado los desafíos del control y la fiscalización; se identifican las áreas de riesgo por falta o debilidad de los mecanismos existentes; se estudian las distintas respuestas al fenómeno de la corrupción en el contexto de la descentralización; y se evaluan los diferentes sistemas, actualmente en funciones.

Chile y Bolivia representan casos de descentralización bastante polares en América Latina. Mientras Chile es considerado un caso de descentralización restringida (e incluso uno de extrema centralización en términos fiscales), Bolivia es visto como una de las experiencias más radicales y rápidas de descentralización del continente. Inglaterra, por su parte, ha resultado ser en las últimas dos décadas, un interesante laboratorio, en cuanto a reformas a la administración del Estado y a sistemas de control.

Se hace una sistematización de los descubrimientos que han surgido en el análisis comparado, resaltando los elementos comunes y distintos de cada sistema, y puntualizando las lecciones que el análisis de casos presenta para el diseño de nuevas formas de control para gobiernos locales:

1º Creciente importancia del control social de la comunidad.

2º Fortalecimiento del control interno.

3º Necesidad de mayores poderes para fiscalizar.

4º Transparencia y acceso a la información.

5º Mayor énfasis en la responsabilidad de desempeño.

6º Tecnología y control.

7º Los costos de tener demasiados organismos controladores.

8º Inexistencia de modelos globales y comprehensivos.

Se estima que sin renunciar a experiencias que han demostrado ser exitosas en otros lugares, lo que hay que suprimir de raíz es la tentación de importar modelos, bajo el espejismo de poder replicar 100% soluciones que han funcionado en contextos muy distintos. Una secuencia adecuada, basada en la etapa en que se encuentre el proceso de descentralización, así como un estudio profundo de las circunstancias en que han funcionado las instituciones seleccionadas para la reforma, serían los elementos esenciales para maximizar las posibilidades de éxito.

 

 

 

 

 

Nota biográfica

Steven R. Reed es profesor de Gobierno Contemporáneo en la Facultad de Estudios Políticos, Universidad de Chuo, 742-1 Higashi-nakano, Hachioji City, Tokyo 192-03, Japón. Su investigación actual se centra en las elecciones y sistemas electorales de Japón. Entre sus publicaciones más recientes figuran Making Common Sense of Japan (1993) y Japan Election Data: The House of Representatives, 1947-1990 (1992).

La corrupción política en Japón

Steven R. Reed

En colaboración con Ieiri Tomonori, Okumura Mutsuko, Rokkaku Koji, Tabata Shuichi, Tabira Kenji, y Takeuchi Masao

Japón es un país confuso de imágenes contrastantes y cambiantes. Pregúntenle a cualquier experto si Japón es moderno o tradicional, amante de la paz o guerrero, o cualquier otra pareja de opuestos, y no sólo presentará una imagen que contradiga a la de otros muchos expertos, sino que es probable que la imagen predominante en la actualidad sea bastante diferente de la de hace tan sólo diez o veinte años. La imagen de la corrupción en Japón sigue este mismo patrón confuso.

Algunos presentan un retrato de Japón como país dirigido por una burocracia eficiente, de élite y esencialmente incorruptible, como la Alemania de Oriente. Otros pintan una imagen de un gobierno y una sociedad marcados por relaciones personales, facciones y corrupción, como la Italia de Oriente. La imagen alemana predominó en los años 60 durante el periodo de fuerte crecimiento económico, pero recientes revelaciones y acontecimientos apuntan a la comparación italiana como más apropiada. Desde luego, es probable que estas imágenes reflejen más bien la cobertura actual de los medios de comunicación que los resultados de prolijos estudios académicos. Por ello, es posible que las imágenes no reflejen con exactitud la realidad de la corrupción en Japón, Alemania o Italia. La finalidad de este artículo es presentar alguna información sobre la corrupción política en Japón en un intento preliminar de describir el tipo de dicha corrupción y su alcance desde una perspectiva comparativa.

El intento será preliminar por dos razones. En primer lugar, la corrupción es un tema sumamente difícil de abordar para la política comparativa. Ante todo, es evidente que resulta imposible recoger datos fiables sobre actividades ilegales. Lo que conocemos de la corrupción suele provenir de los escándalos. Un escándalo nos permite lanzar una breve mirada bajo la superficie de la política a través de un incidente determinado que por alguna razón se conviertepúblico, pero no existe motivo para pensar que los datos proporcionados por los escándalos sean imparciales o representativos. Es más, la política comparativa aún tiene que alcanzar un consenso sobre la definición de la corrupción, aunque yo seguiré el camino trazado por Gibbons (1993) al identificar como corrupto todo comportamiento que, de convertirse en conocimiento público, conduciría a un escándalo. Esta definición tiene en cuenta las actitudes, e implica que un acto pudiera ser corrupto en algunas ocasiones y lugares, pero no en otros. A menudo, la variación cultural entorpece los estudios comparativos sobre la corrupción: el comportamiento escandaloso en un país podría considerarse normal en otro.

En segundo lugar, este estudio sólo puede ser preliminar porque la literatura sobre la corrupción política japonesa es, de momento, aún limitada. Tenemos numerosos informes periodísticas e históricos excelentes, pero la mayoría tienen como objetivo criticar la situación en Japón y dar recomendaciones para la reforma, lo cual es bastante comprensible. Si bien estos propósitos son loables, las comparaciones diseñadas para extraer lecciones que pudieran ayudar a la causa de la reforma política en Japón rara vez dan como resultado descripciones equilibradas de la corrupción política. Dado que no se puede aprender de aquellos que están peor que uno, se elige comparaciones que dan una imagen muy negativa de Japón. De hecho, en general los estudios sobre corrupción en todos los países encuentran que «nuestro» país es particularmente un mal ejemplo. Tengo la fuerte sospecha de que, sobre todo los académicos japoneses, tienden a compararse con un modelo «occidental» imaginario que ninguna nación occidental del presente cumple en la actualidad.

Como académicos, estamos atrapados en el dilema de saber que sin una crítica, las cosas no mejorarán, pero la crítica sola no producirá los análisis científicos y comparativos necesarios para comprender las causas fundamentales de la corrupción. Este artículo adoptará una perspectiva comparativa e intentará ser todo lo científico y objetivo posible.

La corrupción y la cultura en Japón

La definición de una conducta escandalosa y corrupta varía según la época y el lugar. La corrupción tiene un componente cultural y cabría suponer que las actitudes japonesas frente a la corrupción serán diferentes de las actitudes «occidentales». Los datos disponibles sugieren, no obstante, que existe un amplio consenso entre los países industrializados democráticos, ya sean orientales u occidentales, en cuanto a qué constituye la corrupción.

El Cuadro 1 recoge los resultados de una encuesta periodística de Asahi realizada en Estados Unidos y Japón. Las similitudes son sorprendentes. La única diferencia significativa es que a algunos estadounidenses les preocupan los hábitos de bebedores y la conducta sexual de los políticos, lo que reduce algo el porcentaje de los que están preocupados por el dinero. La mayor cantidad de japoneses preocupados por el dinero en la política podría deberse al momento de realización de la encuesta, justo en medio de los informes sobre el escándalo Recruit. El mayor número de estadounidenses preocupados por el sexo y el alcohol tal vez debería atribuirse a la influencia del puritanismo. A diferencia del Reino Unido y Estados Unidos, en Japón y Francia hay pocos escándalos sexuales, pero las actitudes japonesas frente al dinero en política y ante la propensión de los políticos a la mentira son muy similares a las halladas en «Occidente».

Cuadro 1: Actitudes frente a la corrupción en Estados Unidos y Japón

EEUU

Japón

¿Cuál es el mayor problema ético en política?

El dinero

54%

62%

Las mentiras

33%

35%

El alcohol

7%

0%

El sexo

4%

0%

¿El dinero influye excesivamente en las elecciones?

84%

82%

¿Las empresas que contribuyen a las campañas tienen excesiva influencia?

81%

86%

Fuente: Asahi Shinbun, 11 de mayo de 1989

A pesar de no estar directamente relacionada con la corrupción política, parte de la información sobre las actitudes de los ejecutivos japoneses ante las conductas empresariales indebidas, proviene de una encuesta de estudiantes que realizaban cursos de dirección para el Master de Administración de Empresa en Japón, Estados Unidos y Alemania. A estos estudiantes de empresariales se les preguntó acerca de las prácticas «aceptadas» que suelen considerarse «poco occidentales» y específicamente japonesas. Aquí, de nuevo, el resultado más destacado fue la similitud entre los ejecutivos de los tres países. Las diferencias encontradas no eran grandes, y no se constató una mayor frecuencia del esquema de diferenciación oriente-occidente entre Japón, Alemania y Estados Unidos, respecto de otros esquemas (Endo 1992).

Por último, un análisis preliminar de la reacción del electorado japonés ante las acusaciones de corrupción ha revelado más similitudes que diferencias entre Estados Unidos y Japón (Reed, 1994). Por ejemplo, el electorado estadounidenses vuelve a elegir al 75% de los políticos afectados por escándalos, mientras que los electores japoneses vuelven a elegir al 60% de los suyos.

Las actitudes de los ciudadanos japoneses frente a la corrupción política son similares a las de los ciudadanos de otros países democráticos industrializados. Sin embargo, existen al menos dos aspectos de la cultura japonesa que facilitan la corrupción: las frecuentes ocasiones para la entrega de obsequios, y un predominio de las redes de relaciones personales.

En las costumbres japonesas abundan las ocasiones para la entrega de obsequios. Los japoneses son tan capaces como cualquiera de distinguir entre obsequios apropiados e inapropiados, y es probable que situen el límite entre unos y otros en puntos bastante similares, pero la frecuencia de las ocasiones para la entrega de obsequios facilita la concesión de sobornos claramente inapropiados de empresarios a políticos o de políticos a los electores.

Aparte de las diversas fiestas nacionales y los muchos acontecimientos personales (matrimonios, funerales, etc.) en los que se hace obsequios, suele ser apropiado regalar algo al reunirse con otros por motivos de trabajo. Frecuentemente se ofrece un recuerdo a los participantes de un acontecimiento. Si se asiste a la inauguración de una tienda, es normal encontrarse algo adicional en la bolsa de la compra al llegar a casa. Si se asiste a un combate de sumo, se recibe una bolsa de souvenirs. Así también, al asistir a una reunión de un «grupo de estudio» político auspiciado por un candidato político y sus seguidores, es probable que se reciba una bolsa con recuerdos y literatura de campaña. Si bien la mayoría de estas entregas de obsequios resulta perfectamente apropiada, es fácil incluir un sobre lleno de dinero junto con los souvenirs, recuerdos y detalles. Las actitudes japonesas frente a la corrupción tal vez no difieran mucho de las actitudes «occidentales», pero las costumbres japonesas proporcionan una notable tapadera para el soborno. Poca falta hacen los sobornos pasados «por debajo de la mesa».

Las sociedades son redes casi por definición, pero en varios sentidos Japón es una sociedad más reticular que la mayoría. Las «redes de viejos amigos», fundadas a partir de una experiencia universitaria compartida, sobre todo entre los licenciados de la Universidad de Tokio, están presentes en la mayoría de organizaciones de élite en Japón. Más importante aún para el estudio de la corrupción, es el poder derivado de tener una red que discurra entre los límites organizativos entre partido político gobernante y oposición, entre políticos y burócratas, y entre gobierno y empresa. Las negociaciones que traspasan estos límites suelen correr a cargo de individuos capaces de usar sus relaciones personales para mitigar diferencias ideológicas o conflictos de intereses. La amistad permite que el intermediario reuna a las partes, a menudo para cenar y tomar unos tragos, con el fin de resolver sus problemas «de hombre a hombre». (La sociedad japonesa en general, y el mundo político en particular, sigue dominada por hombres, pese a algunas conquistas recientes de las mujeres.) Por ejemplo, algunos periodistas tienen una influencia sorprendente, precisamente porque se relacionan con tantos tipos de personas distintas.

La utilización de intermediarios puede ser perfectamente legítima, pero también puede implicar intercambios monetarios ilegítimos mediante prqueños trucos, como perder dinero deliberadamente en un juego de mahjongg. Más siniestro es el papel de los kuromaku. En el teatro kabuki, los kuromaku se desplazan por el escenario vestidos de negro, cambiando los accesorios de lugar y dando continuidad a la obra. El público los ve, pero se supone que deben ignorar su presencia. Los kuromaku políticos suelen ser turbios personajes vinculados al crimen organizado y a los grupos de derecha. Fueron más activos en la primera época de la posguerra, pero uno de ellos, Kodama Yoshio, afortunadamente conocido como «el último kuromaku», desempeñó un papel significativo en el caso Lockheed de mediados de los años 70.

Cabe mencionar dos aspectos de la sociedad reticular en relación con la corrupción: Las relaciones entre el Partido Liberal-democrático (PLD) y los políticos de la oposición, y el dangou, una modalidad japonesa de adjudicar las licitaciones para la contratación de obras públicas.

La Dieta japonesa es «viscosa»: resulta difícil conseguir la aprobación de proyectos de ley, y resulta fácil, incluso para grupos pequeños, truncar el proceso. Pese a tener una mayoría de escaños desde 1955 hasta 1993, el PLD ha necesitado, a menudo, negociar acuerdos con uno o más partidos de la oposición para asegurar un funcionamiento estable de la Dieta. Algunos acuerdos eran legítimos: se concedía a la oposición abundantes ocasiones para difundir su mensaje si luego permitían la aprobación del proyecto de ley. Algunos pactos conllevaban incluso concesiones significativas en materia de políticas. Otras veces hizo falta dinero para engrasar las ruedas de la maquinaria legislativa. En cualquier caso, en muchas situaciones era necesario un intermediario, y las relaciones con los diputados de la oposición en la Dieta constituían un recurso de poder para los políticos del PLD.

Los dangou estuvieron en el centro del caso Zenekon. Los carteles de regulación de precios son corrientes en los sectores de la construcción de todo el mundo, y en Japón también son corrientes los pactos colusorios de este tipo en otros sectores. Hasta 1982, era típico del sector de la construcción japonés que hubiera alrededor de diez licitantes designados. Aquel año, el escándalo de las licitaciones fraudulentas obligó al gobierno a doblar el número de empresas designadas, lo que suprimió con eficacia el poder del sector para autorregularse. Aprovechando este vacío, apareció Kanemaru Shin, que logró restaurar la connivencia efectiva y cobrar un precio por sus servicios (Woodall 1993). La connivencia es producto de unos incentivos económicos que están presentes en todas partes, y la teoría general predice muchas cosas acerca de cuándo y dónde ocurre. Sin embargo, los empresarios, burócratas y economistas japoneses están menos comprometidos con la competencia económica y mucho más abiertos a la cooperación económica que los grupos análogos en Estados Unidos. Se trata de una diferencia cultural evidente, pero es muy posible que en este aspecto Europa Occidental se parezca más a Japón que Estados Unidos.

Japón es una sociedad de redes en muchos sentidos importantes, y el poder de las redes personales junto con el papel tradicional de los intermediarios facilita la corrupción. Por otro lado, cabe recordar que Japón es también una sociedad burocratizada con una fuerte orientación a los exámenes. El ingreso en las universidades de élite y las promociones burocráticas figuran entre los muchos bienes importantes que son distribuidos casi exclusivamente mediante exámen. Aunque se puede encontrar excepciones en las que los contactos personales o las contribuciones económicas inclinan la balanza, parece evidente que si uno es capaz de aprobar un examen, no necesitará contactos ni dinero. Asimismo, muchos bienes que serían fuentes sumamente útiles de patrocinio (la entrada en los programas de viviendas públicas es un buen ejemplo) son adjudicados por lotería o por algún otro mecanismo impersonal.

Sería un error ignorar tanto la red personal como los aspectos burocráticos impersonales de la sociedad japonesa. Desafortunadamente, la mayoría de los académicos suele analizar un aspecto o el otro, y disponemos de poca información que nos permita evaluar el equilibrio entre estas dos realidades.

El alcance de la corrupción política en Japón

Cualquier intento de evaluar con exactitud el volumen total de la corrupción en un país está condenado al fracaso, pero diversos fragmentos de información nos llevan a concluir que la corrupción es un grave problema en Japón, sólo inferior, quizá, al de Italia en el mundo industrializado.

En primer lugar, además de una sucesión contínua de escándalos menores y locales, Japón ha experimentado una serie de escándalos importantes a lo largo del periodo de la posguerra: El caso Showa Denko se convirtió en un tema clave de las elecciones de 1949; el caso Shipbuilding fue un escándalo que marcó las elecciones de 1955; las elecciones de 1967 se vieron afectadas por una serie de escándalos que los medios nombraron «Niebla Negra»; el caso Lockheed incidió tanto en las elecciones de 1976 como en las de 1983, éstas últimas porque se dictó un veredicto de culpable contra el anterior primer ministro Tanaka Kakuei; el caso Recruit afectó a las elecciones de 1989 a la Cámara de Representantes y a los comicios generales de 1990; y los casos Sagawa Kyubin, Kyowa y Zenekon afectaron las elecciones generales de 1993. En cada una de estas elecciones, los partidos implicados en los escándalos perdieron porcentajes significativos en votos y escaños. Las elecciones de 1955 y 1993 desempeñaron un papel en la modificación del sistema de partidos japonés, pues marcaron, respectivamente, el nacimiento y la desaparición de la hegemonía del PLD.

En segundo lugar, las personas implicadas en los escándalos por corrupción han sido, además, figuras destacadas. En el Cuadro 2 se hace una relación de los primeros ministros de la posguerra japonesa y su implicación en diversos escándalos. De los veintiún hombres que han ocupado el cargo, seis han estado directamente implicados en alguno de los principales escándalos de la posguerra, y la mitad de ellos han estado implicados de alguna manera u otra en un escándalo. Conviene destacar particularmente el hecho de que Sato Eisaku, Tanaka Kakuei y Fukuda Takeo estuvieron directamente relacionados con escándalos de corrupción antes de ser elegidos primer ministro. Una condena por soborno (recurrida con éxito) no perjudicó la carrera política de Tanaka, que tampoco se vio perjudicado por la orden de detención que se emitió en su contra, y en la que fue necesaria la intervención política oficial del primer ministro Yoshida para impedir la detención efectiva de Sato. En aquel momento se investigaba también a Ikeda, aunque la intervención política del primer ministro Yoshida evitó que la implicación de Ikeda tuviera tanta difusión, así que él también puede contarse entre los cuatro primeros ministros elegidos a pesar de su historial de escándalos por corrupción. El cuarto es Fukuda, que fue procesado y absuelto en el caso Showa Denko por decisiones tomadas mientras servía en el Ministerio de Finanzas. Reconoció haber aceptado el dinero pero dijo no saber que se trataba de un soborno.

Cuadro 2: Primeros ministros japoneses de la posguerra, y la corrupción

Yoshida Shigeru

Abril 1946,

Nov. 1948

No se le conoce escándalos pero perdonó a Sato Eisaku

Katayama Tetsu

Mayo 1947

No se le conoce escándalos

Ashida Hitoshi

Enero 1948

No se le conoce escándalos

Hatoyama Ichiro

Diciembre 1954

No se le conoce escándalos

Ishibashi Tanzan

Diciembre 1956

No se le conoce escándalos

Kishi Nobusuke

Febrero 1957

Implicado en el caso Niebla Negra

Ikeda Hayato

Junio 1960

Implicado en el escándalo Shipbuilding

Sato Eisaku

Octubre 1964

Orden de detención por el caso Shipbuilding

Tanaka Kakuei

Septiembre 1972

Recurrió con éxito la condena por un caso de soborno; condenado por el caso Lockheed

Miki Takeo

Noviembre 1974

No se le conoce escándalos

Fukuda Takeo

Diciembre 1976

Detenido en el caso Showa Denko

Ohira Masoyoshi

Noviembre 1978

No se le conoce escándalos

Suzuki Zenko

Julio 1980

Implicación marginal en Kyowa

Nakasone Yasuhiro

Noviembre 1982

Rumores de implicación en los casos Lockheed y Recruit

Takeshita Noboru

Octubre 1986

Implicado en el caso Recruit

Uno Sosuke

Junio 1989

Escándalo menor relacionado con mujer

Kaifu Toshiki

Octubre 1989

No se le conoce escándalos

Miyazawa Kiichi

Octubre 1991

Implicación menor en caso Recruit

Hosokawa Morihiro

Agosto 1993

Problema menor por préstamos de Sagawa Kyubin

Hata Tsutomu

April 1994

No se le conoce escándalos

Muruyama Tomoichi

Junio 1994

No se le conoce escándalos

     

En la actualidad existe la tendencia a asociar la política sucia con los políticos de partido y la política limpia con los políticos ex burócratas. Los gobiernos de Ikeda y Sato, ambos ex burócratas, fueron épocas tranquilas políticamente, y los escándalos importantes reaparecieron con el gobierno del político de partido Tanaka y sus protegidos. No se puede ignorar el papel de Tanaka pero tampoco conviene olvidar que cinco de los siete primeros ministros antiguos burócratas estuvieron implicados en a corrupción, y que cuatro estuvieron directamente implicados en escándalos importantes.

Por último, en años recientes Japón ha vivido una ola de escándalos en los que estaban implicadas cantidades exorbitantes de dinero y un gran número de políticos. La crisis empezó en 1988 con el caso Recruit. En Recruit, el volumen de dinero y la cantidad de políticos implicados no tenían precedentes, aunque pocos políticos violaron las leyes. El caso Recruit fue un importante factor en la derrota histórica del PLD en las elecciones a la Cámara de Representantes de 1989. El Partido socialista superó al PLD en las urnas por primera (y última) vez. Las pérdidas del PLD fueron aún más impresionantes en los comicios locales. Recruit tuvo también un efecto, aunque reducido, sobre las elecciones generales de 1990. Dos primeros ministros se vieron obligados a dimitir en ambas derrotas electorales: el primero fue Takeshita Noburu, sucesor de Tanaka Kakuei. La ira de los electores había empezado a disiparse cuando se destapó una nueva ronda de escándalos. Durante la investigación del caso Sagawa Kyubin en 1991, se encontró una cantidad insólita de dinero en posesión de Kanemaru Shin, administrador de la facción de Takeshita. Se reveló el pago sistemático de comisiones ilegales en proyectos de obras públicas que implicaron prácticamente a todo el sector y dieron pie al caso Zenekon. También fueron reveladas algunas conexiones oscuras entre la política y el crimen organizado.

El efecto combinado de los juicios en curso y las constantes revelaciones sirvió para que la corrupción siguiera estando a la orden del día, y agravó el ya creciente malestar con la política. Varios partidos nuevos, dos formados por tránsfugas del PLD, compitieron en las elecciones generales de julio de 1993. El efecto combinado del transfuguismo y la popularidad de los nuevos partidos produjo un terremoto electoral que, si bien no alcanzó la intensidad de las elecciones italianas de 1994 ni de las elecciones canadienses de 1993, fue lo bastante fuerte para terminar la era de la hegemonía del PLD. El gobierno de coalición de Hosokawa, que no era del PLD, promulgó una reforma política de primer orden que cambió, entre otras cosas, el sistema electoral. El nuevo sistema, como buena parte de los antecedentes que lo originaron, es notablemente parecido al que se ha adoptado recientemente en Italia.

Aunque queda mucho trabajo por delante, parece evidente que la crisis de la corrupción política japonesa de los años 90 no es tan grave como la crisis italiana. Japón no puede superar a Italia en cuanto al porcentaje de la clase política implicada, el grado de implicación del crimen organizado, la cantidad de violencia experimentada, ni siquiera en cuanto a la medida del rechazo público del sistema político de posguerra. En realidad, la cantidad total de juicios e investigaciones por soborno no ha aumentado significativamente, aunque las investigaciones apuntan ahora a las altas instancias, con más acusaciones de alcaldes y gobernadores. Por otro lado, ninguna otra democracia industrializada se parece más a Italia que Japón.

Una reflexión sobre la investigación de la corrupción en Japón

Los tribunales japoneses no tienen poderes para el apercibimiento. No pueden reclamar partes específicas de información. Emiten, en su lugar, órdenes de registro. La policía, en ocasiones cientos de agentes, se presenta de improviso en la puerta y recoge todo el material potencialmente relevante antes de que se pueda quemar o esconder algo. Se llevan cajas de documentos de los hogares y oficinas para examinarlos detenidamente en comisaría. Este estilo de investigación significa que la policía tiene que estar muy segura de que va a encontrar algo antes de solicitar una orden de registro. Sería una auténtica vergüenza que una legión de agentes recogiera miles de documentos y no encontrara nada inculpatorio. Por otra parte, cuando se emite una orden de registro, la policía se apropia de mucha más información de la necesaria para procesar el caso original. La forma más frecuente de descubrir la corrupción política es la revelación accidental de registro de sobornos entre los archivos de un sospechoso investigado por otras causas. Este estilo contribuye asimismo a explicar la pauta de largos periodos de pocos casos de corrupción seguidos del descubrimiento de escándalos en los que se ven implicados numerosos políticos: una sola investigación exitosa puede ramificarse rápidamente. Además, tengo la impresión de que las empresas japonesas suelen conservar buenos registros de su actividad criminal porque pueden estar seguros de que, bajo circunstancias normales, es posible guardarla en secreto.

Pautas cambiantes en la corrupción del Japón de la posguerra

Los estilos y quizá también la magnitud de la corrupción han ido cambiando a lo largo del tiempo. Podemos distinguir cuatro épocas: la primera época de la posguerra, la era hegemónica del PLD de los años 60, la era Tanaka de los años 70 y 80, y el actual periodo de crisis iniciado en 1989.

Los dos escándalos importantes de los años 40 y 50, Showa Denko y Shipbuilding tuvieron que ver con programas en que el gobierno adjudicaba cuotas de producción directamente a las empresas. Cuando el gobierno ejerce tanta influencia sobre las empresas que se beneficiarán y crecerán, el soborno es una buena inversión. Las empresas japonesas invirtieron grandes cantidades y derivaron enormes beneficios.

Después de las elecciones de 1955, los Partidos Liberal y Democrático se fundieron para formar el Partido Liberal Democrático (PLD) que gobernaría Japón durante los próximos 35 años. La hegemonía del PLD se consolidó en 1960 con el gobierno de Ikeda, que atenuó el fuego de las batallas ideológicas sobre el rearme, y centró la atención en el crecimiento económico. El inicio de la hegemonía del PLD coincidió con un fuerte crecimiento económico que, junto con el fin de las leyes de emergencia para la recuperación económica, cambiaron el carácter de la relación entre política y economía. El gobierno no se refugió en un papel de laissez-faire. Continuó su intervención a través de orientaciones administrativas pero, salvo adquisiciones directas del gobierno, se puso fin a la adjudicación arbitraria de cuotas a las empresas. Ya no era posible una corrupción al estilo de Showa Denko o Shipbuilding.

Es evidente que la corrupción continuó bajo el PLD, pero es muy posible que se redujera. Los políticos y burócratas tenían menos que vender, y una industria de rápido crecimiento tenía menos necesidad de comprar influencias políticas. Existen motivos para creer que la corrupción disminuyó y, ciertamente, no hay razón para pensar que el nivel de corrupción se mantuviera constante, pero hay al menos dos razones para creer que el decenio de los 60 pudiera parecer menos corrupto de lo que realmente fue. En primer lugar, el PLD estaba atrincherado en el poder y se encontraba, por tanto, en una posición inmejorable para encubrir información sobre la corrupción que sí existía. No hay duda de que los medios de comunicación tenían datos sobre la corrupción que no publicaban. En segundo lugar, los juicios por corrupción de los años 50 produjeron muy pocas condenas. De aquí se desprende que era prácticamente imposible demostrar que se pagaba dinero a cambio de ejercer una influencia política. Los políticos podían aducir simplemente que el dinero era una contribución de campaña. Aunque se sabe poco sobre el papel desempeñado por los jueces y fiscales en la investigación de la corrupción, sería razonable postular que estaban menos dispuestos a perseverar en casos que tuvieran pocas probabilidades de resolverse con una sentencia condenatoria. Así, cierta combinación desconocida de niveles reales más bajos y la menor probabilidad de procesar los casos de corrupción dio como resultado veinte años sin un escándalo importante.

La corrupción que salió a la luz pública durante esta época seguía siendo de bajo nivel. El escándalo del proyecto de ley sobre la prostitución, que estalló en 1957, tuvo que ver con pagos del sindicato de prostitutas a los políticos para persuadirlos de que votaran en contra del proyecto de ley que ilegalizaba la prostitución, más tarde para que alteraran su aplicación y, por último, para que recibieran alguna compensación. (Hasta ese momento, había sido legal pero regulado.) Los políticos implicados representaban zonas con grandes distritos de mucha prostitución y estaban representando a sus constituyentes al más puro estilo del PLD. Si el sector implicado hubiera sido más respetable, no habría habido escándalo. En este caso, se construyó centros comerciales en los distritos para ofrecer un empleo alternativo a quienes se quedaron cesantes a raíz de la ley, otra política típica del PLD.

Lo más destacado de la corrupción durante los tranquilos años del decenio de los 60 son los escándalos «Niebla Negra» de 1967. No hubo un incidente crucial que los desencadenara. «Niebla Negra» fue un acontecimiento mucho más trascendente en los medios de comunicación que los casos Showa Denko o Shipbuilding. Los temas exagerados por la prensa en aquel momento no eran tanto asuntos de dinero a cambio de influencias como de abusos de poder. Hubo dos casos de políticos que emplearon la coacción para conseguir dinero y favores de los empresarios, pero los incidentes más pintorescos fueron los más populares. El ministro del Transporte ordenó que los trenes rápidos se detuvieran en un pequeño pueblo de su distrito, y esto desencadenó su dimisión del cargo. Otro parlamentario del PLD consiguió que el gobierno pagara por el viaje de luna de miel de su hija. Un tercero ordenó que la orquesta militar tocara en un desfile para darle la bienvenida a casa cuando fue a visitar su distrito. Este tipo de corrupción parece particularmente característico de la primera época en la hegemonía del PLD. Si bien es imposible estar seguro de que la corrupción disminuyera realmente durante aquellos años, el hecho de que los medios no consiguieran destapar escándalos tan graves como Showa Denko o el Shipbuilding, aunque estuvieran pendientes de la corrupción en 1967, resulta bastante convincente.

La carrera de Tanaka Kakuei cambió el panorama de la política japonesa en varios sentidos. En 1972, sucedió a una línea de tres primeros ministros de la élite, ex burócratas y educados en la Universidad de Tokio, a pesar de no haberse licenciado de la universidad. Construyó su carrera política atrayendo a su distrito electoral fondos gubernamentales conseguidos sobre la base del patrocinio político, y fue ahí donde organizó una máquina política legendaria. Era un maestro de la maniobra política en la Dieta, violó y reescribió las reglas de la política de facciones dentro del PLD, y negoció con los partidos de la oposición para conseguir la aprobación parlamentaria de polémicos proyectos de ley. Entendía la política democrática en un sentido distinto de sus predecesores burocráticos. Él fue secretario general del PLD durante las elecciones de 1969 y, aunque se le concedió más crédito de lo que merecía por esa victoria, es posible que su conocimiento detallado de las situaciones políticas en todos los distritos electorales, además de sus maquinaciones estratégicas, procuraran al PLD algunos escaños adicionales. Tanaka debería ser un personaje conocido en cualquier país con una política democrática de larga trayectoria. En Estados Unidos, su carrera es notablemente parecida a la de Lyndon Johnson.

Al parecer, el papel desempeñado por Tanaka en el panorama cambiante de la corrupción en Japón ha sido el de sistematizar y racionalizar el proceso, y cambiar la pauta existente de empresarios y grupos de intereses que ofrecían dinero a cambio de influencias, hacia una pauta en la que los políticos exigían dinero de los empresarios y grupos de intereses bajo la amenaza implícita de una pérdida de influencia (Johnson 1986.) La corrupción ya era menos una transacción empresarial que una extorsión. El ejemplo más claro fueron las elecciones de 1974 a la Cámara de Representantes, en que se adjudicó candidatos a determinadas empresas e industrias para que éstas los financiaran y votaran. Pese a un significativo aumento en los gastos, esta campaña electoral «basada en la empresa» (kigyou-gurumi) no logró salvar el descenso electoral del PLD. Se practicó, no obstante, más de cien detenciones como respuesta a las denuncias de violación de las leyes electorales.

Tanaka alcanzó cotas de popularidad sin precedentes para un primer ministro cuando fue elegido en 1972, pero al poco tiempo estas cotas descendieron a nivel históricos, principalmente debido a la inflación causada por su política de gastos. En 1974, se vio obligado a dimitir a raíz de la publicación de un artículo que ponía al descubierto su estilo político. El PLD encontró un «Míster Limpio» en Miki Takeo, aunque fue durante el gobierno de éste que se reveló en el Congreso de Estados Unidos el hecho de que la empresa Lockheed había pagado sobornos a políticos japoneses (MacDougall 1988). Con esta investigación, el Congreso estadounidense provocó complicaciones políticas en muchos países, pero las revelaciones fueron un golpe para la política japonesa cuando atravesaba una coyuntura particularmente vulnerable. Con cualquier otro primer ministro en cualquier otro momento, es posible que el caso Lockheed se hubiera ocultado bajo la alfombra, pero Miki pidió a Estados Unidos toda la documentación, y exigió al sistema judicial japonés un procesamiento enérgico. Tanaka quedó atrapado en su propia red. Fue detenido y llevado a juicio por segunda vez en su carrera.

A pesar de su implicación e incluso después de ser condenado en 1983, la facción de Tanaka fue siguió creciendo. Dado que esta facción era la más grande y no contaba con un candidato propio para primer ministro, Tanaka pudo jugar a hacedor de reyes y siguió ejerciendo un poder inmenso hasta que una apoplejía lo dejó incapacitado en febrero de 1985. Durante al menos tres años, el político más poderoso de Japón ejercía su poder en la sombra a la vez que recurría una condena por soborno.

El caso Lockheed recordaba los escándalos de Showa Denko y de Shipbuilding pues en ellos se hizo entrega de dinero a cambio de una decisión gubernamental que beneficiaba directamente a la empresa. Se distinguía de éstos, no obstante, porque estaba implicada una empresa extranjera y fue revelada por políticos extranjeros, lo que dificulta enormemente su valoración. Podría contemplarse como una excepción en un cuadro general de menor corrupción interior, o como una excepción a la regla según la cual es posible ocultar la corrupción. En cualquier caso, ya resuelto el escándalo Lockheed y hasta 1988, Japón pareció volver al modelo característico del decenio de los 60.

La parte más interesante de la historia es el capítulo final, pues se trata de una crisis de corrupción que contribuyó a cambiar el sistema de partidos japonés. Desafortunadamente, los hechos son todavía demasiado recientes y demasiado complejos para extraer conclusiones definitivas en este momento, pero a continuación presentamos una síntesis de los hechos más destacados. La principal dificultad es que los escándalos de los años 90 no tienen una pauta común y resulta imposible efectuar un resumen sencillo.

En el caso Recruit estuvo implicada una empresa relativamente nueva del sector de la información, también relativamente nuevo. Aunque es verdad que la empresa Recruit Cosmos recibió a cambio ciertas compensaciones en materia de políticas, este escándalo sorprendió a la empresa cuando hacía una inversión a gran escala en su futuro político. Según parece, la empresa iba comprando su penetración en las redes políticas. Como recién llegada, la empresa parece haber malinterpretado algunas de las sutilezas del juego. El público reaccionó con estupor ante los volúmenes de dinero y la cantidad de políticos implicados, muchos de ellos de los partidos de la oposición. Los escándalos Kyowa y Sagawa fueron, en muchos sentidos, casos típicos de soborno, que destacan sobre todo porque financiaban la publicación de informes sobre la corrupción en los periódicos. La investigación del caso Sagawa, no obstante, implicó a Kanemaru Shin que, a su vez, puso al descubierto algunas conexiones con el crimen organizado y el caso Zenekon. Zenekon reveló la existencia de comisiones pagadas de forma clandestina en el sector de la construcción, y desencadenó las dimisiones de varios gobernadores y alcaldes. La revelación constante de casos de corrupción fomentó el creciente malestar con el sistema político y contribuyó a la derrota del PLD.

La corrupción japonesa en perspectiva

Heidenheimer (1993) nos proporciona el mejor marco para analizar la corrupción desde una perspectiva comparativa. En la Tabla 3, reproducimos una parte de su análisis. De sus cuatro categorías, sólo cabe examinar las dos últimas, el «sistema moderno de patrocinador-cliente» y el «sistema moderno basado en una cultura cívica», porque es evidente que Japón no es ni un «sistema tradición basado en las relaciones de familia» ni un «sistema tradicional basado en la relación patrocinador-cliente».

Tabla 3: La corrupción japonesa desde una perspectiva comparativa

Punto

 

Patrocinio moderno

Cívico moderno

1.

Las autoridades se desvían de la ley en aspectos menores para beneficiar a los amigos

POE

Frecuente

2.

Las autoridades aceptan obsequios como muestra generalizada de buena voluntad

POE

Esporádico

3.

Nepotismo en designaciones oficiales y adjudicación de contratos

POE

Esporádico

4.

Las autoridades se benefician de decisiones públicas a través de negocios complementarios (sobornos políticos directos)

Frecuente

Esporádico

5.

Los clientes comprometen el voto de acuerdo con las directrices del patrocinador

Frecuente

Inusual

6.

Los clientes necesitan la intervención de un patrocinador para conseguir la «vía de derecho» administrativo

Esporádico

Inusual

7.

Las autoridades esperan recibir obsequios (comisiones ilegales) como requisito para respetar «vía de derecho»

Esporádico

Inusual

8.

Las autoridades toleran el crimen organizado a cambio de compensaciones

Esporádico

Inusual

9.

Los militantes cambian repentinamente su fidelidad al partido por razones pecuniarias

Esporádico

Inusual

10.

Las autoridades y los ciudadanos ignoran pruebas claras de corrupción

Esporádico

Inusual

Fuente: Adaptada de Heidenheimer, 1993, pp. 156-7.

En algunos casos, Japón corresponde claramente a la categoría de patrocinador-cliente. En el punto 2, las personas que ocupan puestos de poder pueden contar con el ofrecimiento de muchos obsequios. En la actualidad, es noticia el «escándalo» del derroche en los agasajos de que son objeto los burócratas estatales por parte de las autoridades locales. Asimismo, la recaudación de fondos políticos mediante «sobornos políticos directos» (punto 4) es tan habitual que podría considerarse incluso de procedimiento operativo estándar (POE). Al menos en el sector de la construcción, era imprescindible el pago de comisiones ilegales (punto 7), aunque cabe preguntarse acerca de la extensión de esta conducta en otros ámbitos. En otros casos, Japón encaja claramente en la categoría de sistema cívico. El nepotismo (punto 3) no es corriente, el número de votos que pueden movilizarse a través de las estructuras de patrocinador-cliente (punto 5) son insignificantes, y rara vez se observa en los militantes un cambio de lealtad al partido por razones pecuniarias (punto 9).

En muchos casos, se podría argumentar el tema desde ambos lados: Las autoridades japonesas se desvían, efectivamente, de la ley en aspectos menores para beneficiar a sus amigos, pero eso es normal incluso en los sistemas cívicos modernos. La cuestión es si se efectua con frecuencia o si se trata de una procedimiento operaivo estándar (POE). Por lo visto, Japón se sitúa en un punto intermedio: la conducta no es del todo inhabitual pero se vuelve POE únicamente en un conjunto selectivo de actividades administrativas o para personas de gran prestigio. Asimismo, se observa ejemplos de clientes que no disfrutan de la «vía de derecho» si no cuentan con un patrocinador influyente, pero cabe preguntarse si no se trata de un fenómeno «esporádico» o «inusual». No hay duda de que los contactos inciden en la rapidez con que se consigue esta vía de derecho. Hasta hace poco, el crimen organizado era tolerado en cierta medida, pero no necesariamente a cambio de compensaciones. Éste es también un terreno que cabría estudiar más a fondo, pero una razón que explica la tolerancia hacia el crimen organizado fue la valoración de que era preferible una política realista que lo mantuviera dentro de ciertos límites que una política idealista que intentara eliminarlo.

Quizá el problema más difícil sea el grado en que a veces son ignoradas la claras pruebas de corrupción. Aquí también conviene decidir si la incidencia es esporádica o inusual, y las recientes revelaciones de corrupción en prácticamente todas las democracias industrializadas sugieren que no deberíamos fijar el rasero para juzgar a Japón demasiado alto. La idea de que en Japón existe la tendencia a ignorar la corrupción tiene su principal fundamento en el hecho de que los políticos corruptos suelen ser reelegidos y en que el PLD conservó el poder aunque se viera periódicamente sacudido por escándalos de primer orden. Se podría criticar a los electores japoneses de no ser lo bastante sensibles a las acusaciones de corrupción, pero lo mismo podría reprocharse al electorado de todas las democracias. Los electores no cumplen con los niveles establecidos por los guardianes autodesignados de la democracia, ya sean de los medios de comunicación o de la intelectualidad. De hecho, los candidatos y partidos salpicados por el escándalo han perdido votos. El electorado japonés no ha ignorado la corrupción. Asimismo, se podría culpar a los medios de no informar a los electores de las conductas corruptas habituales. Una vez más, no obstante, Japón aparece como un país perfectamente normal. Volvemos a pensar en Lyndon Johnson: «todo el mundo» (salvo el público) conocía sus dudosas prácticas. Si bien es cierto que los votantes y los medios hicieron su parte, hace ya mucho que los políticos japoneses fallaron en la suya. Destaca por su espectacularidad el fracaso del PLD en reducir el poder de Tanaka Kakuei después de 1983.

Juzgado en términos globales, Japón se situa en algún punto intermedio entre un sistema de patrocinador-cliente y un sistema de cultura cívica. Su ubicación exacta es debatible, pero los acontecimientos más recientes se interpretan mejor si se los contempla como parte del proceso de transición desde un sistema de patrocinio a un sistema cívico. Cabe esperar que la transición sea exitosa pero la historia de la democracia en otros lugares no ofrece muchas esperanzas de que algún día la corrupción desaparecerá del todo.

Traducido del inglés

Referencias

ENKO H. 1992. Kigyou Katsudou ni okeru «kouseisa» no Kokusai Chousa Houkoku, (Dentsuu Souken).

GIBBONS, K.M. 1993. «Towards an Attitudinal Definition of Corruption» en Heidenheimer y otros (comps.), Political Corruption: A Hankbook (Transaction Publishers).

HEIDENHEIMER, A.J. 1993. «Perspectives on the Perception of Corruption» en Heidenheimer y otros (comps.), Political Corruption: A Handbook (Transaction Publishers).

JOHNSON, C. 1986. «Tanaka Kakuei, Structural Corruption, and the Advent of Machine Politics in Japan», The Journal of Japanese Studies 12: 1-28.

MACDOUGALL, T. 1988. «The Lockheed Scandal and the High Costs of Politics in Japan», En: Adrei S. Markovits y Mark Silverstein (comp.), The Politics of Scandal (Holmes and Meier).

REED, S.R. 1994. "The Response of the Japanese Electorate to Corruption Scandals», ponencia presentada en el XVI Congreso Mundial de la Asociación Internacional de Ciencias Políticas, Berlín.

WOODALL, B. 1993. «The Logic of Collusive Action: The Political Roots of Japan's Dango System», Comparative Politics 25:297-312.

 

Nota biográfica

Pier Paolo Giglioli es profesor de Sociología de la cultura en la Universidad de Boloña, Via Toffano, 2, 40125, Boloña, Italia. Sus actuales trabajos de investigación giran en torno a la dimensión simbólica de la política. Sus obras más recientes son Rituale, interazione e vita quotidiana (1991) y (en colaboración con G. Fele y S. Cavicchioli) I codici culturali della degradazione. Anatomia del processo Cusani (en prensa).

La corrupción política y los medios de comunicación: el caso Tangentopolis

Pier Paolo Giglioli

No todos los episodios de corrupción política tienen un impacto en la opinión pública. Sólo se llega a conocer algunos de ellos, y sólo una parte de éstos llegan al dominio público. Finalmente, sólo unos pocos de estos últimos llegan a provocar un escándalo en la opinión pública. En cada una de estas etapas, la función de los medios de comunicación es crucial. Los medios de comunicación pueden descubrir episodios de corrupción ignorados por los organismos oficiales de control social, pueden darlos a conocer a un amplio público y contribuir a la construcción social de un escándalo. El conocimiento que la gente tiene de la corrupción política y el juicio que se formulan acerca de ello nace de la atención que le dedican las noticias.

En este artículo no examinaré las condiciones generales que facilitan la implicación de la prensa y la televisión para detectar, publicar y dramatizar la corrupción. Por el contrario, me centraré en un caso particular: los recientes episodios de corrupción política en Italia, que en un plazo de dos años han producido un proceso masivo de deslegitimización que barrió de la escena política no sólo a toda una clase política sino al propio régimen que había gobernado el país durante más de cuarenta años.

Comenzaré con una breve descripción del caso conocido como Tangentopolis ("Ciudad de los sobornos", el rótulo adscrito a la ciudad de Milán, epicentro de todo el asunto). A continuación, describiré el papel desempeñado por el tratamiento de las noticias de los periódicos y la televisión en la construcción social del escándalo. Finalmente, concluiré con algunos comentarios de carácter más general.

Tangentopolis y la operación "Manos Limpias"

El 18 de febrero de 1992 un desconocido funcionario local del Partido Socialista, Mario Chiesa, fue detenido en Milán en el momento en que recibía un soborno de un contrato de servicios de limpieza para un hogar de ancianos del ayuntamiento, del cual era director. El episodio parecía tener una importancia relativamente escasa. El soborno era pequeño, sólo 10 millones de liras, y las personas implicadas eran poco conocidas. Para una formación como el Partido Socialista, cuya reputación había sido empañada, y algunos de cuyos miembros más conocidos habían sido objeto de otras investigaciones por corrupción política en el decenio de los '80, el caso Chiesa parecía un incidente de menor importancia, destinado a caer rápidamente en el olvido. Los principales periódicos y programas informativos de la televisión informaron del hecho durante un par de días sin prestarle mayor atención. Posteriormente, el caso desapareció de los titulares. En abril de 1992 debía celebrarse elecciones generales, e insistir en un caso de corrupción que involucraba a uno de los principales partidos a sólo semanas de la votación, podría haberse interpretado como una maniobra partidista.

Sin embargo, cuando el país se preparaba para votar, Mario Chiesa empezó a responder a las preguntas de los magistrados que llevaban el caso, y sus confesiones rasgaron el velo tendido sobre la corrupción política en Lombardía. En efecto, las revelaciones de Chiesa apuntaban al conjunto de la élite política de Milán, así como algunas de las principales figuras de la política nacional. En abril, pocos días después de que las elecciones pusieron de manifiesto el revés sufrido por los partidos políticos tradicionales y se destacara el avance de la Liga Norte (el movimiento liderado por Umberto Bossi, que reclamaba una mayor autonomía para el norte de Italia), los magistrados milaneses detuvieron a varios empresarios y a políticos del Partido Socialista (PSI), de la Democracia Cristiana (DC) y del Partido Democrático de Izquierda (PDS, la formación nacida de las cenizas del ex Partido Comunista).

Poco después, las investigaciones empezaron a extenderse como un fuego fuera de control. En mayo, fueron detenidos varios administradores de grandes empresas que operaban en el sector de los contratos públicos, así como varios miembros del gobierno de la región de Lombardía. La investigación judicial (llamada Operación "Manos Limpias") alcanzó el nivel nacional de los partidos: los administradores financieros de la DC y del PSI, varios ex ministros y, finalmente, el 15 de diciembre de 1992, Bettino Craxi, secretario general del PSI y ex primer ministro. Se acusó a los políticos de numerosos delitos que iban del soborno a la violación de la ley de financiación de los partidos políticos hasta la extorsión y la asociación ilícita.

Empezaron a surgir importantes repercusiones en el mundo político. En octubre de 1992, la Democracia Cristiana, el partido más importante del país, eligió a un nuevo líder, Mino Martinazzoli, que declaró que su primera tarea sería instaurar una moral moralizar y reformar el partido. El 11 de febrero de 1993, después de una larga resistencia, Bettino Craxi fue obligado a dimitir como jefe del Partido Socialista. El día anterior, Claudio Martelli, su principal adversario dentro del partido, que por aquel entonces era ministro de Justicia, al saber que se le estaba investigando, dimitió de su cargo. En los próximos meses, varios ministros fueron acusados de corrupción, y tuvieron que dimitir. El gobierno, encabezado por un político socialista, Giuliano Amato, quedó sumamente debilitado, y Amato también se vio obligado a dimitir a fines de abril de 1993. Frente a un escándalo que implicaba a amplios sectores de la élite política, el Presidente de la República eligió no a un político sino a un tecnócrata, Azeglio Ciampi, el gobernador del Banco de Italia, para que formara nuevo gobierno.

A pesar de que ahora la deslegitimización de la élite política parecía irreversible, algunos de sus líderes intentaron desesperadamente desafiar las iniciativas de los jueces. Avanti, el periódico del Partido Socialista, publicó una serie de artículos con el fin de desacreditar al miembro más popular de la Oficina del Fiscal de Milán, Antonio di Pietro. Posteriormente, en marzo de 1993, Conso, el nuevo ministro de Justicia del gobierno Amato, presentó un decreto ley1 que reducía las sanciones por financiación ilícita de los partidos, hasta entonces considerado un delito, a una falta puramente administrativa. Finalmente, el 29 de abril de 1993, por unos pocos votos de diferencia, la Cámara de Diputados se negó a autorizar el procesamiento de Bettino Craxi y a anular su inmunidad parlamentaria.

Sin embargo, la reacción de la opinión pública ante los intentos de los políticos de impedir las acciones judiciales fue impresionante. Las manifestaciones populares en favor del sistema judicial y en contra del decreto Conso obligaron al Presidente de la República a rechazar su firma (trámite requerido para que el decreto se convirtiera en ley) y obligó al Primer Ministro a retirarlo. Sin embargo, las protestas populares contra la negativa a autorizar que Craxi fuera llevado ante los tribunales fue tan fuerte que convirtió dicha negativa en una victoria pírrica. Las multitudes asediaron a Craxi en Roma, lanzándole invectivas e insultos mientras él se escabullía rápidamente de su hotel. A partir de entonces, el líder socialista, que había gozado de una enorme popularidad, tuvo que rodearse de guardaespaldas por temor a ser insultado e incluso atacado físicamente por la gente.

La hostilidad de la opinión pública hacia la élite gobernante se manifestó con claridad en los resultados de las elecciones locales celebradas a finales de 1992 y a comienzos de 1993, en las que los partidos de oposición de izquierda y derecha se apuntaron victorias. El 14 de diciembre de 1992, la Liga Norte consiguió un gran éxito al obtener casi el 50 por ciento de los votos en dos ciudades del norte, Varese y Monza, tradicionales feudos de la DC, mientras que en Reggio Calabria, en el sur, venció la Rete, un nuevo movimiento fundado sobre una plataforma de lucha contra la Mafia, y el MSI, el partido neofascista. En las elecciones municipales de junio de 1993, en Milán y Turín, la DC sufrió un revés brutal (el PSI ya había desaparecido del mapa de la política italiana). En Milán, el candidato de la Liga Norte fue elegido alcalde, mientras que en Turín fue elegido el representante de una coalición de izquierda. Finalmente, en diciembre de 1993, el PDS, junto a varios partidos de izquierda más pequeños, vencieron en las elecciones en algunas de las ciudades más grandes de Italia, a saber, Roma, Nápoles, Venecia, Génova, Palermo y Trieste.

Para la clase política italiana, la segunda mitad de 1993 fue un virtual "ocaso de los dioses". Los magistrados encargados del caso abrieron dos nuevas investigaciones. Una de ellas abordaba la corrupción en el sector de la atención sanitaria e implicaba al ex ministro de Salud, De Lorenzo, a los gerentes de las principales empresas farmacéuticas y a funcionarios ministeriales de alto rango que habían amasado enormes fortunas con los sobornos. El otro organismo involucrado fue Enimont, un conglomerado financiado con capitales públicos y privados que operaba en el sector químico. Sus administradores fueron acusados de sobornar a los partidos en el poder con enormes sumas de dinero. Dos de ellos, Gabriele Cagliari y Raul Gardini, se suicidaron en julio de 1993, el primero en prisión y el segundo el día antes de comparecer ante los magistrados de Milán. Todos los dirigentes de los partidos políticos que habían sido miembros de gobiernos de coalición durante el decenio de los '80, y numerosos ex ministros, se vieron implicados en la investigación. El primer juicio del caso Enimont, llamado el "Juicio Cusani", por el nombre del principal acusado, se celebró a finales de 1993 y comienzos de 1994, y fue transmitido por televisión en horario de máxima audiencia. La televisión fue testigo de cómo los principales representantes de la política italiana desfilaban ante los magistrados. A comienzos de 1994, el Presidente de la República disolvió el Parlamento, en un momento en que un alto porcentaje de sus diputados estaban siendo investigados por corrupción. Las siguientes elecciones generales, celebradas en abril, arrojaron como resultado la inesperada victoria del frente de derechas, liderado por un homo novus de la política italiana, el magnate de la televisión Silvio Berlusconi.

La publicidad en torno al escándalo

Las noticias siempre desempeñan un papel importante en la construcción social de un escándalo de primer orden, no sólo porque los periódicos y la televisión son los principales instrumentos de la opinión pública para conocer los hechos potencialmente escándalosos sino también porque proporcionan una determinada interpretación de los acontecimientos, e influyen inevitablemente en la manera en que éstos son discutidos y evaluados en los debates públicos. Esto también se cumplió en el caso de Tangentopolis. Todos los observadores reconocen que los medios de comunicación desempeñaron un papel decisivo en la publicidad que rodeó el caso y en la influencia que ejercieron en la opinión pública.

Este papel sufrió ciertas modificaciones a lo largo de Tangentópolis. Durante la etapa inicial, cuando se descubrió el escándalo, la contribución de los medios de comunicación fue muy leve, casi nula. Tangentópolis fue desencadenado gracias a la investigación de los procuradores, no a las indagaciones de la prensa y la televisión. Porque aunque la red de connivencia y transacciones ilícitas entre contratistas privados y políticos no era en absoluto desconocida para los medios periodísticos de Milán, y aunque varias asociaciones ciudadanas habían denunciado los hechos, los medios de comunicación apenas habían tocado el tema antes del comienzo de las investigaciones de los tribunales, e incluso en los primeros dos meses después de la detención de Mario Chiesa, los periódicos y la televisión dedicaron una atención sólo esporádica y limitada al caso. Por ejemplo, Il Corriere della Sera, uno de los principales periódicos de circulación nacional, con sede en Milán, relegó los pocos artículos dedicados al caso Chiesa, en febrero y marzo de 1992, a la sección de noticias locales, bajo el rótulo de "el caso Baggina" (por el nombre del asilo que dirigía Chiesa) y le prestó implícitamente una importancia limitada al asunto.

Sin embargo, después de esta indiferencia inicial, la prensa dio un gran relieve al desarrollo posterior del escándalo y la cobertura de Tangentópolis, al principio sólo esporádica, se convirtió en auténtica saturación2 . En este sentido, los datos del cuadro 1 y el grafico 1 son elocuentes. Muestran la dimensión de saturación de la cobertura dada a Tangentópolis por algunos periódicos italianos: por los tres diarios más importantes del país (Il Corriere della Sera, La Repubblica y La Stampa) y por un periódico que había aparecido recientemente en los quioscos, más bien afín a las opiniones políticas de la Liga Norte (L'Indipendente) y por el periódico del PDS (L'Unità).

CUADRO 1. Periodos de saturación de cobertura dada a Tangentópolis

(número de días)

Corriere

Repubblica

Stampa

Indipendente

Unità

Febrero 1992

0

0

0

0

0

Marzo

0

0

0

0

0

Abril

4

6

4

6

4

Mayo

18

22

26

22

20

Junio

29

20

19

17

18

Julio

18

19

16

23

5

Agosto

17

9

9

13

8

Septiembre

13

14

8

24

4

Octubre

0

7

0

9

0

Noviembre

0

10

4

9

4

Diciembre

0

9

4

19

8

Enero 1993

20

28

17

25

14

Febrero

23

28

28

26

27

Marzo

28

30

28

31

31

Abril

23

23

15

25

10

Mayo

18

14

20

24

21

Junio

9

12

6

4

0

Julio

22

26

23

20

20

Agosto

10

5

4

16

5

Septiembre

16

8

16

17

14

Octubre

18

17

5

23

8

Noviembre

16

13

20

13

10

Diciembre

13

16

19

22

17

GRAFICO 1. Periodos de saturación de cobertura dedicada a Tangentópolis por Il Corriere, La Repubblica, La Stampa, L'Indipendente y L'Unità

(valores promedio)

A pesar de diferencias cuantitativas sustanciales entre los diversos periódicos, punto que abordaré más abajo, las informaciones muestran la misma tendencia general. Como he señalado, durante unos dos meses después de la detención de Mario Chiesa, ningún periódico siguió la historia con demasiada continuidad. Posteriormente, se produjo un primer punto álgido de saturación, durante los meses de mayo, junio y julio de 1992, cuando el alcance de la corrupción en Milán se hizo evidente con la detención de empresarios y políticos locales, y con la notificación de la investigación de figuras políticas nacionales. Durante el verano y el otoño el interés decayó, en parte como consecuencia de la competencia de otros temas importantes, como la crisis económica y la devaluación de la lira, aunque resurgió necesariamente durante los cinco primeros meses de 1993. Este periodo, marcado por ciertos acontecimientos clave (las reacciones a la notificación de investigación ordenada contra Craxi, el surgimiento de otros casos de corrupción, la dimisión de Craxi y Martelli, la protesta contra el decreto del gobierno que reducía las sanciones por financiación ilícita de los partidos políticos y la negativa del parlamento para autorizar el procesamiento de Craxi) constituye el núcleo central de Tangentópolis. Durante estos meses, el escándalo asumió tal importancia que muchos periódicos lo mantuvieron en primera página. Más tarde, a comienzos del verano, la atención, aunque todavía a un nivel alto, se redujo levemente y volvió a aumentar con los suicidios de Cagliari y Cardini, hasta alcanzar un nuevo punto álgido hacia fines de año con el comienzo del juicio Cusani.

Así, con la excepción de pocos meses, desde mayo de 1992 hasta diciembre de 1993, la prensa dio una cobertura prominente y constante al asunto Tangentópolis. Algunos días, la primera página estaba casi totalmente saturada de artículos sobre el escándalo y sus repercusiones.

La televisión no se quedó en menos. Debido a la falta de datos de conjunto sobre la cobertura de la televisión que se dio a Tangentópolis durante todo el periodo en cuestión, consideraré la cobertura de episodios clave del caso por parte de tres programas informativos de la televisión pública, TG1, TG2 y TG3, y por el programa de noticias comerciales más importante, TG5.3 Podemos ver que, independientemente de las diferencias entre las diversas cadenas, la atención dedicada al caso es muy sustancial (Grafico 2).

GRAFICO 2. Tiempo dedicado por los telediarios a las noticias más sobresalientes de Tangentopoli

Como sucedió con la prensa, inicialmente, la detención de Chiesa recibió una atención más bien leve, después de lo cual el interés aumentó rápidamente. Los informativos dedicaron más de seis minutos como promedio a la notificación de investigación ordenada contra Craxi. La dimisión de Martelli, nuevamente, tuvo como promedio una cobertura de más de catorce minutos, casi la mitad de la duración total de los programas informativos (mientras se daba un espacio menor a la dimisión de Craxi, probablemente porque se esperaba desde hacía algún tiempo); también se destacaron otros dos acontecimientos cruciales: las reacciones al decreto de Conso y, sobre todo, a la negativa del Parlamento para autorizar el procesamiento de Craxi.

La cobertura de la televisión no se limitó a los informativos diarios. Durante el periodo inmediatamente anterior a Tangentópolis, la televisión pública y la televisión comercial habían estrenado nuevos programas sobre los asuntos públicos que abordaban la política de una manera más viva y menos deferencial que en el pasado. El escándalo Tangentópolis no tardó en convertirse en el tema central de estos programas, que gozaban de grandes audiencias. Casi todas las noches, las principales figuras implicadas en el escándalo e importantes dirigentes políticos italianos, fueron entrevistados, desafiados y acosados por los periodistas de la televisión y por las audiencias de los estudios, lo cual dio al escándalo una mayor notoriedad. En resumen, el problema de la corrupción pública se transformó, durante aproximadamente dos años, en el principal tema de los informativos. Como declaró un especialista de los medios de comunicación en Italia, "la cobertura [de Tangentópolis] fue impresionante, intensa e implacable" (Mazzoleni, 1995, 309).

¿Cómo se puede explicar esto, especialmente cuando se compara con la escasa atención otorgada por los medios de comunicación a la corrupción política en el pasado4 (Galli, 1983; Turone, 1984; della Porta, 1992)?

Una de las explicaciones que se suele dar es que en esta ocasión el escándalo era demasiado importante para ser tapado o ignorado. Pero esto es un argumento circular. Si Tangentópolis se convirtió en un asunto tan significativo, se debió en gran parte a la importancia que le dieron los medios de comunicación. De hecho, incluso en el decenio anterior habían surgido ciertas instancias de corrupción igualmente importantes en términos del monto de los sobornos y del prestigio de los implicados,5 pero la prensa había prestado mucho menos atención a estos casos, contribuyendo así a que cayeran en el olvido.

Otra explicación se refiere a la orientación ideológica de los medios de comunicación. Desde esta perspectiva, la atención dedicada al escándalo estaba en función de la ventaja que podían obtener de éste las fuerzas políticas que apoyaban a los periódicos y a los informativos en la televisión. Pero incluso esta explicación no es satisfactoria. De hecho, los datos (Cuadro 1) demuestran que L'Unità, el periódico del PDS, a pesar de que el partido estaba sólo marginalmente implicado en el escándalo y, por lo tanto, tenía todo que ganar al destacar su importancia, dio a Tangentópolis menos cobertura permanente que aquellos periódicos que estaban menos políticamente controlados.

Por lo tanto, no fue la afiliación política de la prensa y la televisión, sino más bien su despolitización lo que explica el mayor énfasis dado a Tangentópolis que a otros casos anteriores de corrupción política. Esta independencia creciente de los medios con respecto al sistema político y a las élites políticas fue, a su vez, la consecuencia de la comercialización de los medios de comunicación que se produjo en la segunda mitad del decenio de los '80 (Giglioni y Mazzoleni, 1991; Mazzoleni, 1995). Hasta entonces, la prensa italiana se caracterizaba por una baja circulación y una escasa orientación de mercado. Los directores veían a sus periódicos como instrumentos de apoyo a los partidos políticos que protegían sus intereses económicos (en la mayoría de los casos, situados fuera del sector de los medios de comunicación), y no como empresas productoras de beneficios. La situación de la televisión era muy similar en varios sentidos. Los servicios públicos (RAI), financiados en gran medida por derechos de concesión, funcionaban en un régimen de absoluto monopolio y estaban estrictamente controlados por los principales partidos políticos que habían dividido a la RAI en tres áreas de influencia: la primera cadena, y su programa de noticias TG1, estaba dominada por los democristianos; la segunda cadena y TG2, por el partido socialista, y la tercera cadena, TG3, por el partido comunista. Por consiguiente, las noticias de la televisión, incluso más que la prensa, podían ignorar las demandas del mercado y estaban ideológicamente muy sesgadas, especialmente cuando trataban de temas políticos.

En los años '80, la situación comenzó a cambiar rápidamente. Gracias a las innovaciones tecnológicas que impulsó la ley sobre publicaciones, de 1981, las editoriales consiguieron disminuir sus costos de producción y mejoraron su administración financiera. Los principales periódicos empezaron a orientarse más hacia el mercado, ofreciendo un producto más vivo y atractivo, y al entrar en competencia se liberaron, al menos parcialmente, de su antigua dependencia del poder político. El resultado fue un aumento sustancial de la circulación (que creció un 25% desde finales del decenio de los '70 hasta finales de los '80, con un aumento especialmente rápido en la segunda mitad del decenio) y de los ingresos por publicidad.

En el sector de la televisión, el estímulo para el cambio se originó, a finales de los años '70, en el auge de la televisión privada, después de una sentencia dictada por el tribunal constitucional que liberalizó las emisiones. Un empresario, que hasta entonces había operado en el sector inmobiliario, Silvio Berlusconi, entró en el nuevo mercado de televisión y, en pocos años, a través de la hábil explotación de la publicidad, la financiación y una programación basada en programas de entretenimiento popular, llegó a dominar completamente la televisión comercial y empezó a erosionar seriamente la audiencia de la televisión pública. Hacia finales de los años '80, después de un decenio de desarrollo rápido y no regulado, el sistema de televisión italiano se había convertido en un dúopolio, donde Fininvest (la empresa de Berlusconi) y la RAI competían ferozmente. El único sector en el que la RAI conservaba su monopolio legal eran los informativos, pero en 1990 éste se abrió a las cadenas privadas y, justo un mes antes de estallar el escándalo Tangentópolis, apareció TG5, el principal informativo de la red Fininvest, y obtuvo rápidamente índices de audiencia muy importantes.

Así, en el momento en que estalló el asunto Tangentópolis, la prensa y la televisión se habían liberado del condicionamiento político del pasado y eran más sensibles al mercado y a la opinión pública. Entre los periodistas empezó a arraigar la idea de que podían actuar como representantes del interés público más que como portavoces de los partidos políticos. En una situación como ésta, la atención prestada por los medios de comunicación a Tangentópolis es fácilmente comprensible. Por un lado, insistir en el escándalo rendía buenos beneficios. El público estaba ávido de conocer detalles de los delitos de la élite política. Por otro lado, tomar el partido del "pueblo" significaba para la prensa no sólo redimirse de años de sumisión a la clase política sino también erguirse como un poder independiente y asumir el papel de "perro guardían", o de "árbitro" de los asuntos públicos.

Los datos del Cuadro 1 y la Figura 2 apoyan esta interpretación y demuestran que cuanto más orientados hacia el mercado estaban los periódicos, mayor cobertura daban al escándalo. Entre los periódicos estaba L'Indipendente, un periódico nuevo que intentaba consolidar y ampliar su circulación, y que dio a Tangentópolis el mayor número de días de saturación de cobertura, seguido por los tres periódicos de circulación nacional (Il Corriere della Sera, La Repubblica y La Stampa) y, en último lugar, como se ha señalado, por L'Unità. El mismo fenómeno se dio en la televisión (aunque los datos disponibles son demasiado escasos para permitir que se extrapole una tendencia con certeza). El programa de noticias que dedicó más tiempo, en promedio, a los acontecimientos clave de Tangentópolis fue TG5, un programa nuevo que, al atraer una audiencia creciente, intentaba forjarse un lugar en el mercado y conseguir una tajada sustancial de los ingresos por publicidad. Sin embargo, la dinámica de la competencia también involucraba a la televisión pública, cuyos periodistas (por un lado inquietos por la posibilidad de perder su audiencia a la competencia privada y, por otro, más libres del control de los partidos, cuya influencia en la RAI se debilitó progresivamente como consecuencia de la deslegitimización que produjo el escándalo) respondían cada vez más a criterios profesionales que políticos en sus reportajes sobre Tangentópolis. No es casual que el programa de noticias en que esta lógica de competencia encontró los obstáculos más duros fuera TG2, donde la influencia del partido socialista seguía siendo muy fuerte, al menos hasta mediados de 1993. Era el programa que dedicaba menos tiempo al escándalo y, además, en opinión de todos los comentaristas, daba las informaciones más políticamente sesgadas.

La dramatización del escándalo

Hasta ahora, he demostrado que la prensa italiana dio a Tangentópolis una amplia cobertura, y he sostenido que esto se debía a una mayor independencia de las noticias de los periódicos y la televisión con respecto al sistema político.

Sin embargo, en sí misma, la amplitud de la cobertura que se dio a Tangentópolis, medida exclusivamente en términos de espacio y tiempo, nos dice poco acerca de la posición adoptada por los medios de comunicación en este tema. Es decir, nos dice poca cosa acerca del rol desempeñado por la prensa en la transformación de lo que en un principio podría haber parecido un asunto partidista (como se ha señalado previamente, el énfasis puesto en la detención de Mario Chiesa podría prestarse fácilmente, en el clima de una campaña electoral, a la acusación de sesgo contra el partido socialista) en un escándalo nacional que señalaba el final de la 'Primera República'. Para analizar esta cuestión, debemos volvernos hacia interpretaciones cualitativas más que a mediciones cuantitativas, es decir, al análisis del marco dentro6 del cual la prensa presentó estos acontecimientos.

Desde el comienzo del escándalo, los marcos aplicables a Tangentópolis eran básicamente dos. El primero era de carácter técnico, y se expresaba con los conceptos y el vocabulario científico de las ciencias políticas. Desde su perspectiva, la corrupción política no era una cuestión de moral individual sino la consecuencia de causas estructurales, tales como la intervención creciente del Estado en la economía, la necesidad cada vez más voraz de financiación de los partidos políticos y la falta de alternancia en el gobierno. Como consecuencia, las soluciones también debían ser de carácter estructural. Desde luego, los culpables de los casos de corrupción de gran envergadura tendrían que ser castigados. Pero el papel desempeñado por el sistema judicial terminaba aquí. Para poner coto a la corrupción o para eliminarla había que introducir reformas específicas que debían ser ideadas por los políticos, y no por los jueces ni los fiscales.

El segundo marco es completamente diferente. No se expresó en términos de racionalidad explicativa sino en términos morales. Consideraba al escándalo como el síntoma de un profundo deterioro que amenazaba la esencia de la democracia y el propio orden moral en que se sustenta la sociedad. En este contexto, las consecuencias de Tangentópolis no podían consistir únicamente en unas reformas del sistema político que, por lo demás, una clase política tan corrupta y deslegitimizada no habría sido capaz de llevar a cabo. Se requería mucho más. En primer lugar, la reforma moral de la vida pública, que exigía un ceremonial simbólico de degradación de los culpables y de purificación colectiva. Posteriormente, la selección de una nueva clase política, no manchada por el escándalo. Dentro de este marco, el papel del sistema judicial no se limitaba a la revelación y represión de la corrupción. Los fiscales y jueces asumían una función simbólica muy superior, a saber, la de representantes de la moral pública.

Al estudiar las editoriales y artículos sobre Tangentópolis, es evidente que después de una incertidumbre inicial, la gran mayoría de la prensa optó por la segunda definición de la situación. La primera no estaba del todo ausente, especialmente en los periódicos menos populares, pero se expresaba fundamentalmente a través de escritores invitados que tenían una posición marginal en la presentación y discusión del problema. En general, la historia de Tangentópolis contada por los medios de comunicación era la de un cuento o drama moral en el que, al final, la virtud triunfaba y los villanos eran expuestos y castigados. La atención no se centraba en las variables estructurales que favorecen o inhiben la corrupción, sino en los problemás éticos suscitados por el escándalo. Los protagonistas de la historia no eran entidades abstractas, como el sistema político o la estructura de partido, sino sujetos concretos, a saber, los políticos investigados, los fiscales de Milán y el pueblo.

Esta definición de la situación predominó desde el comienzo del problema, y una vez consolidada, orientó la narración de los acontecimientos, sugiriendo implícitamente a los periodistas qué aspectos de la historia enfatizar y qué aspectos mitigar o ignorar. En particular, el marco escogido influía en la representación de los actores del drama.

Los principales actores, los verdaderos héroes estaban representados por los magistrados de la oficina del procurador de Milán. Numerosos reportajes y entrevistas enfatizaban la enorme carga de trabajo que tenían, su constancia, su destreza como investigadores, su independencia de cualquier poder. En el caso de Antonio Di Pietro, el miembro más popular del equipo de procuradores, la prensa enfatizó especialmente la sencillez y humanidad de este hijo de pobres campesinos del sur ("un hombre de origen humilde de la región de Molise"), su ascensión difícil y digna de elogios desde su condición de trabajador obligado a emigrar hasta llegar a inspector de policía y, más tarde, a procurador ("cuarenta y un años, con signos de cansancio visibles en el rostro y una vida muy dura a sus espaldas"), su lenguaje franco y popular ("enemigo de la retórica, de las grandes palabras y de las frases altisonantes"),7 sus conocidos arranques de ira contra los políticos investigados cuando persistían en sus mentiras. Así, los magistrados fueron retratados como miembros y representantes del pueblo, como los "verdaderos defensores de la gente decente", como los "vengadores" del pueblo después de años de abuso del poder, la corrupción y la ineficiencia",8 como "aquéllos que, al cumplir con su trabajo, garantizan que no se volverá a tapar [el escándalo] y que las cosas no volverán a ser como antes".9

Por el contrario, los políticos eran representados como una casta arrogante, deshonesta e incapaz, aislados del pueblo, que había dejado de confiar en ellos. La prensa señaló que muchos de ellos habían ingresado a la vida pública con el único objetivo de enriquecerse, que se consideraban por encima de la ley y que intentaban de cualquier modo posible evadir las responsabilidades por los delitos cometidos. Progresivamente, en los relatos de la prensa, la responsabilidad de la corrupción se desplazó desde los políticos individuales al conjunto de la clase política. Con la caída de Craxi, declaraba Il Corriere, "la guerra llevada a cabo por el poder de los partidos contra el país, degradando su civilización y saboteando su economía, ha llegado a su fin".10 Un año después del comienzo de la operación "Manos Limpias", el mismo periódico declaraba que todos los partidos, además de numerosos dirigentes de la esfera económica, estaban implicados en el escándalo: a la DC y el PSI, partidos que arrastraban desde hace tiempo acusaciones de corrupción, no tardaron en unirse el PDS y el PRI,11 los autoproclamados adalides de la operación "Manos Limpias". Por otro lado, el mundo industrial y financiero aparentemente no tenía escrúpulos para establecer una connivencia con aquellas fuerzas políticas que tan fervorosamente denostaba en público.12

La prensa también desempeñó un papel fundamental en la construcción social del tercer protagonista de estos acontecimientos, a saber, el pueblo. En la versión que daban los medios de comunicación, este término se refería a la masa de ciudadanos sencillos, honestos, normales y corrientes, que se habían visto sorprendidos y luego se habían indignado al conocer la magnitud del escándalo. Los periódicos y la televisión otorgaron un amplio espacio a las protestas populares (desde el pequeño grupo de personas apostadas en permanencia ante el Palazzo di Giustizia de Milán, hasta las manifestaciones públicas y las cartas y faxes recibidos por la prensa). Los medios de comunicación destacaban que no existían diferencias de opinión entre los ciudadanos. Independientemente de sus inclinaciones ideológicas, los unía un desprecio común por los políticos y un deseo de liberarse de ellos.

Es evidente que este resumen esquemático de las características que la prensa atribuía a los tres actores del drama ofrece una imagen altamente simplificada y uniforme de la orientación de los medios de comunicación. De hecho, la clara oposición entre una clase política corrupta y una sociedad honesta, que constituye la estructura simbólica elemental del marco que subyace a la mayoría de los reportajes de prensa sobre Tangentópolis, se articuló en diferentes estrategias de comunicación que dependían de la orientación política de los diversos periódicos y del público al que se dirigían. Algunos prefirieron apostar a favor de la indignación popular. Otros adoptaron un tono más comedido. Por ejemplo, un análisis de los titulares de los períodicos (Gleria, 1995) demuestra que algunos periódicos, como L'Indipendente, interpretaban el escándalo en términos sumamente populistas, insistiendo en los aspectos delictivos de la conducta de los políticos, en las acciones más llamativas emprendidas por los procuradores y en el descrédito en que había caído, sin excepciones, sobre todo el "Palazzo", término que en Italia connota el aislamiento de la élite política del resto del país. Otros, como La Repubblica, expresaban su crítica de los políticos con una mayor conciencia de las dimensiones institucionales del fenómeno, y eran más cautelosos a la hora de distinguir entre los políticos más corruptos y los menos implicados en el escándalo.

Sin embargo, estas diferencias en el énfasis coexistían dentro de un marco común de interpretación,13 que, insistimos, consideraba la corrupción como un tema esencialmente moral que violaba el acuerdo fundamental entre los dirigentes y las normas, deslegitimizando tanto a los partidos de la mayoría como, en menor medida, a los partidos de la minoría, es decir, al conjunto del sistema político.

¿Qué razones tenía la prensa para elegir este marco interpretativo en lugar de cualquier otro? En mi opinión, diversos factores influyeron en esta decisión, a veces inconscientemente. El primero está relacionado con el lenguaje de los medios de comunicación. Como señalaban Gamson y Modigliani (1989), una de las razones del éxito de un marco es la facilidad con la que puede ser simbólicamente condensado y comunicado en frases breves y efectivas. "Tangentópolis" y ""Manos Limpias"" que respectivamente glosaban la red de corrupción política en Milán (y, por extensión, en el conjunto del país) y la operación de limpieza legal y moral llevada a cabo por los jueces, eran expresiones que se adecuaban bien a esta función. Sin embargo, la adopción de esos términos, como siempre, tuvo consecuencias simbólicas significativas. Los dos rótulos propiciaban una visión del asunto como un conflicto entre el bien y el mal, entre la pureza moral y la corrupción moral, y consideraba a los fiscales héroes populares que, después de haber luchado contra el terrorismo y la Mafia, ahora se enfrentaban al núcleo corrupto de las instituciones políticas. Dentro del espacio limitado de las noticias de televisión o de un artículo de periódico, era mucho más fácil formular esta definición de la situación que dar una explicación más compleja de las causas estructurales de la corrupción política. Además, en su extremada simplificación ("héroes" contra "villanos") respetaba fielmente la estructura formal y el contenido temático de la narrativa popular, que constituye una parte tan importante del discurso de los medios de comunicación, especialmente la televisión.

Otra razón que favorecía la descripción de Tangentópolis en términos morales era la profunda resonancia social y cultural de esta interpretación. Numerosos estudios, desde Almond y Verba (1963) hasta Cartocci (1994), han demostrado que la cultura política italiana se caracteriza por una profunda desconfianza hacia los políticos y los partidos, así como un descontento masivo con el funcionamiento del sistema político y administrativo. En lugar de estimular a los italianos a comprometerse en una acción colectiva, estos sentimientos los han conducido, generalmente, a adoptar una marcada actitud de cinismo con respecto a la política. Sin embargo, a comienzos del decenio de los '90, diversos factores, como la carga cada vez más pesada de los impuestos, especialmente en las regiones del norte del país, la inquietud creciente sobre la gravedad de la crisis económica y la ineficiencia del Estado en la lucha contra el crimen organizado, crearon una atmósfera más favorable a la expresión política de esta hostilidad hacia los partidos tradicionales, como lo demostró el éxito de la Liga Norte y la derrota de la coalición gubernamental en las elecciones de abril de 1992. No cabe duda de que, en esta situación, los medios de comunicación entendieron claramente que las acusaciones de inmoralidad e ineficiencia de la vieja élite política tocaba un sentimiento profundo de la opinión pública.

Sin embargo, otra de las razones por las que este marco interpretativo fue adoptado para Tangentópolis se encuentra, desde luego, en los beneficios que significaba para la propia prensa. Ya hemos mencionado el proceso de comercialización del sistema de información que se había desarrollado en los años anteriores al escándalo. Una de sus consecuencias fue la creciente autonomía de la prensa y el desarrollo de una actitud más crítica e independiente entre los periodistas. Como he señalado, esta actitud se encontraba en la base de la amplia cobertura que la prensa dio a Tangentópolis. Sin embargo, quisiera sugerir que también se encontraba en la base de la adopción del marco dentro del cual se interpretó Tangentópolis esencialmente como un asunto moral. ¿Qué mejor manera tenía, de hecho, la prensa para señalar su propia distancia e independencia frente a quienes habían ejercido el control que enfatizar sus fechorías y proclamar el advenimiento de una nueva élite política no manchada por la corrupción (especialmente cuando esto se podía hacer sin temor a represalias, dado que el poder de la vieja élite política se desvanecía a ojos vista día a día a medida que se revelaba la magnitud del escándalo)?

Aunque resulte difícil medir el impacto de la actitud adoptada por los medios de comunicación, es evidente que desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del caso Tangentópolis. En primer lugar, el constante apoyo dado por los periódicos y la televisión a los procuradores de Milán los volvió virtualmente invulnerables a las acusaciones de sesgo y de prejuicios que les lanzaban los políticos implicados y, a diferencia de lo que había sucedido normalmente en el pasado, permitía que la investigación judicial siguiera adelante sin impedimentos. En segundo lugar, la adopción por parte de la prensa de una definición unívoca de la situación saturó rápidamente el espacio público. Una vez que el "caso Baggina" se transformó en "Tangentópolis", su significado cristalizó definitivamente, y ninguna lectura de estos acontecimientos que fuera algo menos que o diferente de la deslegitimización sustancial del sistema político tenía posibilidades de trascender.

Es evidente que con esto no pretendo decir que la representación colectiva de Tangentópolis fue fríamente fabricada por los medios de comunicación e impuesta desde fuera a la opinión pública. La relación causal entre los medios de comunicación y la opinión pública nunca es unívoca, especialmente en los casos de crisis social y rápido cambio político. El proceso es más bien el de una espiral en el que las percepciones de la situación de los medios de comunicación y de la gente se refuerzan mútuamente. En este proceso, una vez que un marco ha sido confirmado y consolidado, se ignora otros marcos alternativos y se les excluye de la esfera pública (Noelle Neumann, 1993).

En este caso, el último paso en la construcción social del significado de Tangentópolis fue la emisión televisada del juicio Cusani.

Los rótulos

A fines de 1993 y comienzos de 1994, millones de telespectadores italianos fueron testigos de una puesta en escena sumamente inhabitual. Durante tres meses, la RAI 3, una de las cadenas públicas, transmitió el juicio Cusani14 en horario de máxima audiencia. El primero y el más grande de los procesos por corrupción, que emanó de las investigaciones judiciales de la operación "Manos Limpias", mostraba a algunos de los más importantes dirigentes políticos italianos (ex primeros ministros, ex ministros y dirigentes de todos los partidos de gobierno) confesando haber recibido ilegalmente grandes sumas de dinero de manos de importantes empresas públicas y privadas para financiar sus partidos y sus campañas electorales personales. A pesar de que los políticos lo negaron, creció la sospecha entre los telespectadores, más tarde confirmada, de que en algunos casos una parte importante de estos fondos había acabado en los bolsillos de los acusados y no en las arcas de los partidos. La emisión tuvo un gran éxito de audiencia. A pesar de la competencia de los espectáculos de otras cadenas de televisión, algunas noches fue visto por más de cuatro millones de espectadores y tuvo un "share" de hasta 16%, cifra que normalmente suelen alcanzar sólo los grandes acontecimientos deportivos o los programas de entretenimiento popular.

El hecho de que un político tenga que presentarse como acusado ante un tribunal acusado de delitos cometidos en el ejercicio de su cargo es en sí mismo una experiencia estigmatizante. Pero las emisiones de televisión magnificaron el estigma y transformaron el juicio en una ceremonia de degradación pública (Garfinkel, 1956).15 Esto ocurrió esencialmente de dos maneras.

En primer lugar, la transmisión televisiva del juicio destruyó el áurea de respeto y deferencia que rodeaba a los políticos importantes, un áurea que provenía fundamentalmente del control de su imagen pública. Las cámaras de televisión que mostraban primeros planos y enfocaban detalles sometieron a los acusados a todas las miradas indiscretas e insidiosas a las que se puede exponer un cuerpo escrutado desde cerca. La aprehensión, la ansiedad o la ira reveladas por una agitación nerviosa de los dedos, por un leve sudor en la frente, por un tic facial recurrente o por la acumulación de saliva en las comisuras de los labios, eran más visibles para los telespectadores que para cualquiera de los presentes en la sala. Para los telespectadores, estos signos de nerviosismo, que marcaron los momentos más difíciles de la interrogación, eran más importantes como signos de culpabilidad que la argumentación que se exponía en la sala del tribunal.

En segundo lugar, el tenor de la argumentación se vio influido por el hecho de que el juicio se había convertido en un acontecimiento de los medios de comunicación. Fiscales, abogados y acusados eran conscientes de que el debate estaba teniendo lugar no únicamente ante la pequeña audiencia del tribunal sino ante millones de telespectadores, ante todo un país. A esta audiencia no le interesaban los aspectos legales del caso que, por lo demás, eran difíciles de comprender para los legos, sino en los asuntos morales que evocaba. Para los políticos implicados, lo que estaba en juego en el juicio no era únicamente y quizá no principalmente su responsabilidad legal, sino su credibilidad, su dignidad, su honor personal y político, en una palabra, su 'cara'16. Por estas razones, uno de los temas centrales del juicio llegó a ser la definición moral (como algo diferente de la definición estrictamente legal) de los hechos. Los políticos sostuvieron enérgicamente que estos hechos eran marginales, aunque desagradables, que eran una parte normal de la rutina de la vida política y, como tal, no dañaban su condición de líderes. Pero para la acusación, el caso en cuestión, que era una instancia de corrupción técnicamente no diferente de otros episodios que habían ocurrido en el pasado, se transformó en algo emblemático de la profunda inmoralidad de todo un orden político. Es evidente que, dada la construcción social que se había hecho del escándalo, esta última definición predominó claramente entre la opinión pública. Al final del juicio, los políticos llevados ante el tribunal, independientemente de su responsabilidad legal, fueron desacreditados como sujetos morales y, por lo tanto, descalificados para cualquier posterior participación en la vida política.

Así, el juicio Cusani recapituló y simbólicamente estampó un sello sobre Tangentópolis. Tuvo una doble función. Por un lado, la degradación de los culpables y la purificación ritual de la sociedad. Por otro, la confirmación de que la élite política gobernante estaba podrida hasta la médula y no podía redimirse. Además, expresaba necesariamente el principio de que incluso los más poderosos políticos estaban sometidos al imperio de la ley, y de que la sociedad era capaz de descubrir, perseguir y extirpar el mal existente en la comunidad.

Conclusiones

En este artículo, he destacado claramente el papel desempeñado por los medios de comunicación en la construcción social de Tangentópolis. Sin la cobertura que dieron a este asunto, el escándalo habría tenido una dimensión mucho más limitada, y sin la transmisión televisiva del proceso Cusani, el abandono del escenario político de toda una élite gobernante probablemente habría sido mucho más lenta y difícil. Es evidente que esto no significa que los medios de comunicación por sí solos podrían haber provocado este proceso de deslegitimización que, después de cuarenta años de estabilidad, ha cambiado tan drásticamente el panorama político italiano. Había otros factores cruciales, desde el colapso de los regímenes de Europa del Este, que invalidó a partidos como la DC y el PSI, que se proclamaban como un baluarte contra los peligros del comunismo, hasta el agravamiento de la crisis económica, pasando por la debilidad intrínseca de los partidos en Italia, hasta la movilización de las contraélites entre las esferas políticas, sociales e incluso religiosas (el Cardenal de Milán y otras figuras destacadas de la Iglesia católica censuraron severamente y en repetidas ocasiones a los políticos culpables de corrupción, especialmente a los que pertenecían a la DC, el partido apoyado por la jerarquía eclesiástica).

Sin embargo, los medios de comunicación de masa tuvieron una función esencial en la modelación de la representación social del escándalo y en convertir a Tangentópolis en una cruzada moral. Durante unos dos años, los debates públicos en Italia se concentraron en el tema de la corrupción política, y esto fue crucial para definir los resultados de abril de 1994. En la atmósfera de desconfianza generalizada hacia la integridad moral de toda la clase política que los medios de comunicación ayudaron a crear, el contraste entre corrupción y honestidad se transformó con facilidad en un contraste entre "viejo" y "nuevo", lo cual favoreció al partido de Berlusconi, Forza Italia, creado a sólo escasas semanas de las elecciones.

En retrospectiva, puede parecer que la imagen de Tangentópolis ofrecida por los medios de comunicación era exagerada y unívoca, hasta el punto de convertirse en una especie de caza de brujas. Esto es, en parte, verdad. Algunos sectores de la prensa atacaron a los políticos indiscriminadamente, sin establecer diferencias entre los corruptos y los no corruptos. Además, como he señalado, los medios de comunicación no se molestaron en arrojar luz sobre los factores estructurales que favorecían la corrupción y optaron por concentrarse casi exclusivamente en la falta de ética profesional de los políticos. Finalmente, el fenómeno fue considerado demasiado a menudo como un rasgo peculiar de los italianos, como un síntoma de la crisis del país, y al público no se le informó que durante estos mismos años el problema de la corrupción política se había agravado profundamente en muchas otras democracias europeas. Sin embargo, a pesar de estas reservas, la prensa en su conjunto cumplió una función sumamente positiva al informar a la opinión pública del carácter generalizado de la corrupción política y en promover un clima más favorable que en el pasado para llevar a cabo las reformas legales y administrativas que pusieran fin a este fenómeno.

Como he sugerido en repetidas ocasiones, uno de los factores determinantes de la atención que los medios de comunicación prestaron a Tangentópolis fue su comercialización, lo cual los volvió más inquisidores y agresivos con el poder político que en el pasado. El principio es evidente: sólo las noticias de los periódicos y las televisiones que son independientes del poder político pueden criticarlo. Como han señalado los dos editores de una reciente colección de artículos sobre la corrupción política (Della Porta y Mény, 1995, 4), la independencia de los medios de comunicación es esencial para crear un círculo virtuoso en la prensa, en la opinión pública, en la clase política y entre los jueces, por oposición a los circulos viciosos que produce la corrupción.

Sin embargo, para terminar este artículo debemos destacar que la comercialización favorece la independencia de los medios de comunicación sólo cuando se produce dentro de un marco regulador que garantiza un verdadero pluralismo de la información. Porque las fuerzas del mercado por sí mismas tienden a fomentar la concentración de la propiedad y el control de los medios de comunicación en unos pocos grandes conglomerados económicos. Esto constituye un peligro evidente para la libertad de la prensa y la televisión porque implica la supresión de voces minoritarias o disidentes y la dominación de los monopolios u oligopolios.

Los recientes acontecimientos en Italia ilustran con claridad esta idea. En ausencia de una legislación antimonopólica adecuada, Silvio Berlusconi pudo construir un inmenso imperio multimedia que facilitó en gran parte su entrada al ruedo político y su victoria en las elecciones de 1994. Una vez en el poder, la ausencia de normas que obliguen a los políticos con intereses empresariales a romper los vínculos directos e indirectos con dichos intereses, le permitió explotar sus redes informativas para apoyar su acción política. El cambio radical de posición de los programas informativos de Fininvest sobre la corrupción política fue particularmente revelador. Si bien habían defendido a brazo partido a los fiscales de Milán hasta el juicio de Cusani, empezaron a atacarlos ferozmente (y a toda la investigación llevada a cabo por "Manos Limpias") cuando empezaron a investigar al propio Berlusconi por actos de corrupción supuestamente cometidos durante su anterior carrera como empresario. En una situación como ésa, no es el poder político el que aplasta al poder judicial y a los medios de comunicación sino más bien el poder de los medios el que condiciona profundamente los procesos políticos y judiciales. El resultado, no obstante, es el mismo, a saber, una falta de separación entre el dominio de la política, el sistema judicial y los medios de comunicación, lo cual representa una seria amenaza al adecuado funcionamiento de un sistema democrático.

Traducido del inglés

Notas

1. Un decreto del gobierno sujeto a aprobación del Parlamento en un plazo de sesenta días.

2. La saturación es el efecto combinado de la prominencia y la continuidad dedicadas a un tema noticioso (Lang y Lang, 1983, 49). La prominencia, tal como está tratada aquí, significa una figuración en primera página; la continuidad requiere que se manifiesta dicha prominencia durante al menos cuatro días consecutivos.

3. El alcance de la cobertura se mide en minutos, con un promedio de media hora de duración para un programa de noticias.

4. Desde luego, la prensa no ignoraba la corrupción política en el pasado (ver, por ejemplo, Cazzola, 1988, pp. 57-109). Pero sólo algunos diarios y publicaciones semanales le prestaban atención, mientras que Tangentópolis fue cubierta por todos los medios informativos.

5. Para una descripción de estos casos, ver De Luca y Giustolisi (1993).

6. En años recientes, la noción de marco se ha convertido en un concepto básico en el análisis sociológico de los medios de comunicación. Una de las mejores definiciones de este concepto es la de Gitlin (1980, 7): "Los marcos de los medios de comunicación son modelos persistentes de cognición, interpretación y presentación, de selección, énfasis y exclusión, por los cuales quienes manejan símbolos organizan rutinariamente el discurso, ya sea verbal o visual".

7. Las citas corresponden a Il Corriere della Sera, 7 de mayo, 1992.

8. Editorial de Il Corriere della Sera, 28 de junio, 1992.

9. Editorial de Il Corriere della Sera, 7 de febrero, 1993.

="fev">10. Il Corriere della Sera, 14 de febrero, 1993.

11. El Partido Republicano, un pequeño partido que expresaba la posición política de la clase media alta liberal.

12. Il Corriere della Sera, 14 de febrero, 1993.

13. Como señalan Gamson y Modigliani (1989, 3), no debería confundirse un marco con una posición concreta sobre un tema: "habitualmente implica una gama de posiciones, más que una sola posición, y admite un cierto grado de polémica entre quienes comparten un marco común".

14. El acusado en el juicio era Sergio Cusani, un empresario milanés que había actuado como intermediario entre Montedison y numerosos dirigentes políticos. Desde un punto de vista técnico, los políticos no eran ni acusados ni testigos en este juicio. De acuerdo a la terminología legal italiana, eran "imputati di reato connesso", es decir acusados por delitos que debían ser juzgados en otros juicios relacionados con el juicio Cusani. Las vistas del juicio eran transmitidas dos veces por semana poco después de que se celebraban. Sin embargo, algunas de las vistas más importantes, como la interrogación de Bettino Craxi, fueron transmitidas en vivo.

15. Para un análisis del juicio Cusani como ceremonia de degradación, ver Giglioli, 1996 y Giglioli et al.. 1996.

16. Sobre el concepto de cara, ver Goffman, 1967.

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Nota biográfica

Arnold J. Heidenheimer es profesor de ciencias políticas en la Universidad de Washington, St. Louis, MO 63130, USA. Ha publicado un volumen sobre la corrupción política en 1970, reeditado en 1990 en una versión revisada. También ha colaborado en estudios sobre el desarrollo del Estado de bienestar en Europa y Estados Unidos y sobre políticas públicas comparativas. Su última publicación es Disparate Ladders: Why School and University Policies Differ in Germany, Japan and Switzerland, Transaction, (1996).

Topografía de la corrupción
Investigaciones en una perspectiva comparativa

Arnold J. Heidenheimer

Los recientes estudios realizados por empresarios y funcionarios expertos sobre las relaciones entre empresas y gobierno en numerosos países desarrollados y menos desarrollados, confirman que las ideas preconcebidas sobre los países donde es más aguda la incidencia de la corrupción política han experimentado ciertos cambios. Los europeos que creían que la corrupción era un fenómeno más habitual en Estados Unidos han tenido que reconsiderar su visión del mundo. Las élites políticas de Alemania, que solían creer que la característica entereza de sus funcionarios los inmunizaba contra la vulgar corrupción, han visto cómo muchos funcionarios de gobiernos locales y directivos de empresas de primer rango eran sometidos a minuciosas investigaciones por sobornos continuos y generalizados. En Francia, se ha encarcelado a alcaldes y funcionarios del gabinete por infracciones similares. Las repercusiones de mayor amplitud se han producido en Italia, donde muchos ciudadanos de Milán y Turín han tenido que reconocer que la corrupción no estaba concentrada únicamente en torno a la mafia siciliana.

Un reciente trabajo sobre cómo los empresarios evalúan el grado de corrupción en los servicios públicos en unos cuarenta países constituye la base de una cartografía inicial, ilustrada en el Cuadro 1. Señalemos algunos de los aspectos más evidentes de estas agrupaciones, empezando por el grupo "menos corrupto". Los países que ahí figuran son básicamente los países europeos más pequeños que comparten una herencia predominantemente protestante, seguidos de Gran Bretaña. Por contraste, se percibe a la mayoría de los países europeos más grandes, junto a Estados Unidos, como pertenecientes al segundo grupo, con servicios públicos "algo corruptos". Destaca Gran Bretaña porque su clasificación la sitúa mucho más cerca de países pequeños, como Noruega y Suiza, que de otros países del mismo tamaño, como Alemania y Francia. Sin embargo, Italia, otro de los grandes países europeos, destaca por ser clasificado entre los más corruptos -situado muy por debajo de otros países de la región mediterránea, como España y Grecia- y por ser el único país desarrollado de Occidente que pertenece a la liga de países muy corruptos.

CUADRO 1. Países clasificados según la reputación de corrupción de los servicios públicos

Menos corruptos

Algo corruptos

Muy corruptos

País





Puntuación




País





Puntuación




País





Puntuación




Nueva Zelanda





9,55
(00,7)




Alemania




8,14
(0,63)




España




4,35
(2,57)




Dinamarca







9,32
(0,01)





Chile




7,94
(0,97)





Corea del Sur




4,29
(1,29)





Singapur







9,26
(0,21)





E.E.U.U.




7,79
(1,67)





Hungria




4,12
(0,69)





Finlandia







9,12
(0,07)





Austria




7,13
(0,36)





Turquia




4,10
(1,33)





Canadá







0,07
(0,44)





Hong Kong




7,12
(0,48)





Grecia




4,04
(1,65)





Suecia







8,76
(0,11)





Francia




7,00
(3,32)





México




3,18
(0,06)





Australia







8,80
(0,54)





Bélgica




6,85
(3,08)





Italia




2,99
(6,92)





           

Suiza







8,76
(0,52)





Japón




6,72
(2,73)





Tailandia




2,79
(1,69)





Holanda







8,69
(0,63)





Suráfrica





5,62
(2,35)




India




2,78
(1,63)





Noruega







8,61
(0,78)





Portugal




5,56
(0,66)





Paquistán





2,25
(1,62)




           

Irlanda







8,57
(0,61)





Malasia




5,28
(0,36)





China




2,16
(0,08)





           

Gran Bretaña (R.U.)







8,57
(0,17)






Taiwan




5,08
(1,03)






Indonesia




1,94
(0,26)






Fuente: Cuatro encuestas sobre las percepciones de la corrupción en los servicios públicos realizadas por varios miles de directivos de empresa. La puntuación fue elaborada por Johann Graf Lambsdorff y Transparency International, julio, 1995. La puntuación fluctúa entre 10 para Muy limpio y 0, Muy corrupto. Las cifras entre paréntesis son medidas estadísticas de la variancia de la distribución de la clasificación presente en las respuestas de los encuestados.

Gran Bretaña e Italia

Odemos abordar nuestra iniciativa de presentar una topografía de la corrupción europea preguntándonos por qué Italia y Gran Bretaña se encuentran en polos opuestos del espectro europeo, tanto en lo referente a la frecuencia de la corrupción política como al alcance de los escándalos políticos. El desarrollo de Gran Bretaña en el siglo XIX se vio sostenido, por un lado, por la evolución de fronteras estrechamente vigiladas entre los procesos de intercambio social y político y, por otro, del intercambio entre lo político y lo económico.

Las reglas sumamente restrictivas de financiación de las campañas constituyeron barreras entre los procesos de intercambio económico y político, barreras que resultaron ser asombrosamente eficaces, por lo cual las infracciones se produjeron más en la frontera de los intercambios sociales y políticos, como en el caso de la "venta" de títulos nobiliarios de Lloyd George para llenar las arcas del Partido Liberal.

En el marco de unas convenciones victorianas sólidamente establecidas, los ingleses generalizaron unos sentimientos de confianza y reciprocidad tanto vertical como horizontalmente, de modo que las relaciones de patrocinador-cliente se transmutaron en una variedad de actividades de beneficencia, mientras disminuían las relaciones de patrocinador-cliente en la esfera política.

Además de haber heredado la custodia más hipercrítica de la frontera que media entre lo público y lo privado, algo más común a las sociedades protestantes del norte de Europa, en Inglaterra surgieron ciertos derivados a partir de la coincidencia de su modelo democrático con los cambios en el poder basado en las clases. A diferencia de la mayoría de los países del continente, Inglaterra había institucionalizado los partidos antes de institucionalizar la burocracia, si bien la química de su desarrollo político condujo al virtual abandono de los patrocinadores a nivel nacional. Es más relevante señalar aquí que la penetración de los políticos en las estructuras burocráticas disminuía en Inglaterra cuando seguía aumentando en la mayoría de los demás países burocratizados, como Italia y Francia. (Etzioni-Halevy, 1985) El grado de perdurabilidad de sus leyes durante varias generaciones llegó a rivalizar con el de otras sociedades más pequeñas del norte de Europa, como los países escandinavos, que habían conocido la forja permanente de sus normas burocráticas en siglos anteriores.

El grado en que este desarrollo tan diferente configuró la cultura política italiana se ha visto corroborado por las encuestas Eurobarómetro, que demuestran que los italianos se diferencian de todos los demás europeos en el grado de confianza que otorgan a sus compatriotas. Hasta en las comunidades con mayor espíritu cívico de Italia, sólo una tercera parte de los habitantes declaran que «normalmente puedes confiar en la gente», y en el sur esta proporción disminuye a una sexta parte. En este entorno, un dabbene, una persona decente y bienintencionada, se transforma fácilmente en un dabbenaggine, o tonto crédulo. En este caso, un giro lingüístico ilustra la idea predominante de que la reciprocidad está destinada a ser explotada por el socio más poderoso, de que las leyes están hechas para proteger los intereses de los ricos, y de que la justicia encarna los intereses de los más fuertes. Así, las recientes revelaciones de que altos ejecutivos de empresas como Fiat estaban implicados en sobornos, pueden haber provocado ceños fruncidos en Westminster o Westchester, pero difícilmente en Palermo o Roma.

El arraigo de la corrupción en el sistema político italiano es un producto secundario de la falta de confianza entre sus ciudadanos. Lo que lo distingue de la propina abierta practicada en los países en desarrollo es la manera en que las prácticas de soborno y extorsión están institucionalizadas dentro de elaboradas redes de procuradores de favores y buscadores de favores (Della Porta). Éstos se sirven de la reciprocidad para emplear técnicas de soborno y similares con que sacarán una "tajada" del capital que pertenece a los accionistas y a los contribuyentes (Della Porta, 1992). Es probable que no sea una coincidencia el hecho de que este sistema creciera paralelamente al desarrollo de la llamada economía informal, que también surgió gracias a la facilidad con que se podía infringir las leyes de la seguridad social, de impuestos y otras normas.

Incluso antes de las dramáticas revelaciones de corrupción en 1992, especialistas y legos estaban de acuerdo en que la salud del Estado italiano era más bien crítica. La autoridad moral de los altos cargos del Estado no sólo había menguado sino que se transformó en objeto de ridículo dentro y fuera del país. Muchos servicios públicos habían adquirido notoriedad por su ineficiencia y alto coste. En ningún otro país de Europa occidental se movilizaron tanto los intereses regionales para desmantelar el gobierno nacional y quizá, eventualmente, para desmembrar el Estado. Aunque miembro de la Comunidad Europea, Italia no parecía encaminarse al cumplimiento de los criterios que el Tratado de Maastricht había establecido para la adhesión de los países miembros al bloque de la moneda única europea.

Desde que las revelaciones en Milán empezaron a correr el velo del secreto, las presiones que forzaron los cambios de la legislación electoral fueron interpretadas como una reacción popular contra los escándalos que implicaban a las élites empresariales y políticas de Italia por su masiva participación en prácticas de corrupción. No obstante, la idea de que los escándalos sanearían fácilmente al sistema fue impugnada por escritores como Umberto Eco.

"No estamos asistiendo a la revuelta de un país sano contra la cúpula de la corrupción, sino que debemos examinar la conciencia de un país donde impera ampliamente la corrupción... Los italianos sabían a quién tenían que ver para conseguir un favor y cuánto costaba, sabían cómo evadir una multa de tráfico, cómo encontrar un empleo fácil y cómodo con una carta de recomendación, o cómo obtener un contrato sin verse sometido a la competencia. En resumen, a la gente ya le estaba bien y, por lo tanto, se apretaban las narices y votaban» (NYT, 21/4/93).

Corrupciones y escándalos

A stas alturas tal vez debamos detenernos y considerar las relaciones entre algunos de nuestros términos y conceptos claves, especialmente los de "corrupción" y "escándalo". Los sociólogos sostienen que «dado que la "corrupción" es una etiqueta definida social y a veces legalmente, y empleada para evaluar modelos reales de conducta, la corrupción no tiene una existencia independiente del proceso social de etiquetación». Sin embargo, enfatizan la necesidad, cuando se trata de comparaciones culturales cruzadas, de distinguir entre «grados de atribución de la etiqueta» y «niveles de corrupción como modelos de conducta en sí». Por lo tanto, hay quienes postulan que «el grado de prácticas corruptas y el escándalo de que se les rodea no tienen necesariamente una correlación de uno a uno... y probablemente varían independientemente de cada cual» (Blankenburg et al., 1989, 914).

Esta perspectiva es similar a la de otro investigador, que estudió los escándalos relacionados con la policía en Estados Unidos, y descubrió que «el escándalo era el estado final de la etiqueta, el estado en el cual el público aceptaba que se aplicara la etiqueta» (Sherman, 1989, 895). Por lo tanto, estos observadores tienden a percibir el escándalo como instrumento de control social, algo «sintomático del funcionamiento normal -por oposición a patológico- de los sistemas políticos». Sin embargo, tiene que haber alguien con los recursos para crear un escándalo que ponga el proceso en funcionamiento; «Tiene que haber alguien que obtenga beneficios políticos y/o económicos con la exclamación de "escándalo"» (Blankenburg et al. 1989,, 916).

Las élites italianas no reprodujeron el modelo inglés de recodificación progresiva de los modelos de patrocinaje y favoritismo durante el periodo entre los siglos XIX y XX, de blanco a gris y de gris a negro. Desarrollé el esquema negro-gris-blanco para esclarecer cómo los marcos de referencia latentes produjeron grados de consenso entre las élites y la opinión pública con respecto a la severidad con que la corrupción es señalada y con que se juzga la infracción de las reglas contra la corrupción. (Heidenheimer, 1989) Las inclinaciones codificadas que representan constituyen formas de valoración social, que son la consecuencia de procesos sociales a largo plazo.

En la estimulante comparación que hace de tres países, Marengo analizó críticamente las relaciones entre corrupción y escándalos. Según Marengo, los ingleses consiguieron reducir las oportunidades de suscitar escándalos orientando el manejo de los casos de corrupción política hacia los canales judiciales, en lugar de utilizar los canales políticos o de opinión pública. Por contraste, en Italia y Francia, donde había mayores oportunidades para el procesamiento partidista de las acusaciones públicas de corrupción, se crearon las condiciones para verdaderas coaliciones de traficantes de escándalos. Marengo cita casos en Italia en los que el escándalo indujo la aparición de la corrupción ahí donde en realidad no estaba presente (Marengo 1988, 70).

Ante la opinión tradicional que sostenía que en Inglaterra se ha erradicado la corrupción política, sería más correcto decir que "normalmente se impide que estalle el escándalo político" (Marengo 1988, 74). Sólo un pequeño porcentaje de los casos de escándalo en Inglaterra desde el decenio de 1970 analizados por Barker implican acusaciones claras de corrupción política, lo cual sugiere que en los últimos tiempos los objetos de escándalo en Inglaterra han sido seleccionados entre casos relacionados con denuncias morales, sexuales u otras formas comparables de vilezas apolíticas.1

Alemania y Francia

Al escribir sobre la Alemania occidental de los años cincuenta, Theodor Eschenburg, un reputado científico político, señaló que «los alemanes, mimados por una administración pública sumamente honesta durante más de un siglo y medio, son muy sensibles a las acusaciones de corrupción política, incluso hoy» (Heidenheimer, 1978, 259). Posteriormente, sin embargo, desde los años cincuenta hasta los ochenta, en Alemania occidental se dio un modelo de "deconstrucción" de esa antigua reputación de inmunidad a la corrupción política. Los escándalos políticos recurrentes que comportaban acusaciones de corrupción a nivel nacional comprometieron especialmente a una poderosa figura política, Franz-Josef Strauss, líder de la CSU de Baviera, ex Ministro de Defensa y, más tarde Ministro-presidente del Land de Baviera (Bellers, 1989, 78). Sin embargo, a lo largo de los años setenta, los alemanes aún podían «enorgullecerse de vivir en un sistema político relativamente libre de la corrupción», puesto que comparados con otros países occidentales y en desarrollo, «Alemania no tenía una puntuación alta en los rankings de corrupción política (Blankenburg et al., 1989, 913).

Cualquier intento de discutir sobre los escándalos en términos de una metáfora blanco-negro o de escala cromática, debe reconocer que el proceso de escandalización suele implicar una gama de transformaciones camaleónica. Esto viene a hacerse eco de la tesis según la cual los escándalos pueden ser a la vez un «signo de desafío intermitente a la legitimación de la autoridad política». Sin embargo, dichos desafíos pueden consolidar la posición política de quienes se oponen a ellos. En Alemania, esto se vio ilustrado por la manera en que políticos como Franz-Josef Strauss «que han demostrado su habilidad para conservar rigurosamente el poder y que han sobrevivido a varios escándalos, gozan de una mejor clasificación en la valoración de la opinión pública que aquellos cuya rectitud moral suele ser percibida como una expresión de debilidad» (Neckel, 1989, 150). De hecho, los antecedentes de sus escándalos no impidieron que Strauss llegara a ser el candidato de la coalición CDU/CSU a la Cancillería en las elecciones de 1980.

¿Acaso Francia representa un caso intermedio entre Alemania e Italia, en lo que concierne a la reputación de las empresas públicas y de los partidos? Mény sostiene que Francia habría sido un caso de interés especial para Max Weber, debido a la tensión entre su alta valoración de los valores legales formales y de jerarquía y su vulnerabilidad ante el favoritismo que se extiende a través de camarillas y redes. Mény sugiere que la aceptación del favoritismo difundida por la vía de los gremios y otras estructuras similares, ha llevado a la prensa francesa a no cumplir cabalmente con sus funciones de denuncia de los escándalos, porque sólo practica una forma embrionaria de periodismo de investigación (Mény, 1992 318). Se nos dice que la diferencia entre los procesos de financiación política de los partidos en Francia por un lado y Alemania e Italia por otro, se debe a que en Francia éstos constituyen meros mecanismos de camuflaje. Disfrazan la distribución de favores de parte de dirigentes y jefes, con escasa tendencia a distinguir entre los gastos de campaña y los flujos de apoyo y favores orientados por intereses privados. De hecho, al observar los casos de corrupción que han aparecido en España, convendría preguntarse si la falta de una cultura cívica suficientemente desarrollada ha impedido que en estos tres países surjan organizaciones de partido responsables, algo que se esperaba que los partidos socialistas impulsarían durante los periodos en que gobernaron en el decenio de 1980.

A diferencia de Italia, una de los rasgos distintivos atribuidos al sistema en Francia es la ausencia de corrupción a niveles inferiores, como consecuencia de la menor vulnerabilidad de la burocracia.

«En Francia se puede vivir sin tener que sobornar a un funcionario público. Es posible no experimentar nunca personal y directamente la corrupción. La corrupción sigue siendo un fenómeno sectorial. Aunque algunos sectores se ven gravemente afectados, no es en ningún caso una característica fundamental del sistema político administrativo» (Médard, 115).

Nunca se ha registrado una declaración similar sobre los servicios públicos de parte de algún científico político italiano? A juzgar por la reciente avalancha de revelaciones, sería más plausible postular la tesis de que algunos sectores de las empresas de administración pública no estaban implicados sistemáticamente en problemas de corrupción.

El análisis de Yves Mény suscita diversos interrogantes acerca del predominio comparativo de la corrupción a niveles superiores en Francia. Estos interrogantes nacen de su crítica de la clase política francesa, que soslaya la diferencia entre captación de fondos para fines políticos de los partidos y para fines de lucro personal. Si bien otros definirían a la primera como corrupción gris y a la segunda como negra, Mény sostiene que esta distinción puede ser menos útil en Francia debido a la fluidez de las percepciones y codificaciones. Según él, los partidos parecen ser sólo una manera más de canalizar favores y privilegios para los amigos, como resultado de la privatización de unas reglas públicas (Mény, 1992, 301). Para Mény, existe escasa diferencia entre los sobornos y los nombramientos a cargos oficiales y otras prebendas.

Uso partidista o personal

La frontera entre captación de fondos y compra de favores rayana en la corrupción, constituye un terreno conceptualmente abonado para el debate en todos los sistemas. Aún cuando las donaciones de individuos y empresas sean publicitadas con todo rigor, los observadores escépticos pueden no coincidir a la hora de definirlos como formas de influencia "grises" o "blancas". Puede que la tarea consista en determinar si esos pagos son utilizados para la financiación de las campañas partidistas oficialmente legítimas, o si están destinados a sustentar estilos de vida personal opulentos. Se basa en el mantenimiento de las diferencias entre los gastos de partido y los gastos no políticos, y entre fines públicos y fines privados suficientemente definidos.

Los sistemas con facciones partidistas institucionalizadas, además del séquito de funcionarios que ello entraña, pueden estimular de modo especial la privatización de beneficios al oscurecer dicha distinción. ¿Cómo podríamos discernir en estas aguas profusamente minadas? ¿Cómo distinguir entre el caso de un dirigente que acepta una mordida para que uno de sus partidarios pueda hacer una donación al equipo deportivo de un instituto de su distrito, de un caso en que el dinero del soborno está destinado a la adquisición de coches deportivos para la familia de un parlamentario que se inclinará a favor del donante en el voto de una comisión?2

En Italia, las investigaciones acerca de por qué la pertenencia a los partidos era tan común en las regiones con menor espíritu cívico como en las de mayor espíritu cívico, llevaron a la conclusión de que en las regiones del sur «todos los partidos han tenido una tendencia a convertirse en vehículos de la política de patrocinador-cliente.» En estas regiones, la mayoría definió la política regional como corrupta, mientras que en las regiones de más al norte, de mayor espíritu cívico, el 89% la definió como "honrada", en estudios realizados desde 1987 a 1988. Los dirigentes del sur, además, eran «mucho más proclives a definir la política regional como corrupta que sus homólogos de las regiones con mayor espíritu cívico» (Putnam, 1993, 111).

Desde la última encuesta de Putnam, las reacciones masivas ante las revelaciones de corrupción que involucran a políticos de todas las regiones de Italia, nos han dado motivo para medir sus conclusiones sobre las diferencias en un eje norte-sur. Mientras los niveles de confianza en el norte de Italia eran superiores a los del sur, los italianos en conjunto manifestaban un nivel de confianza mucho menor hacia otros italianos y hacia los extranjeros, como han demostrado las sucesivas encuestas del Eurobarómetro llevadas a cabo por la Unión Europea. Algunos políticos italianos eran conscientes de la evolución de los problemas de la corrupción, y esto se reflejaba en el hecho de que mucho antes de la implosión de comienzos de los años noventa, los programas de los partidos en Italia habían abordado los problemas de la corrupción mucho más extensamente que los programas de los demás grandes países europeos (Huberts, 1995).

¿Cómo se explica que los partidos en Francia fueran tan a la zaga de los partidos italianos en reconocer que la corrupción política era un problema de primer orden? Desde luego, Francia no carecía del folclor de la corrupción, puesto que ciertas ciudades y regiones del país, como Marsella y el sur, tenían una fama de corrupción de larga data. Aquí nos topamos con factores como la intensidad de las rivalidades regionales, y su relación con el hecho de si el desarrollo económico ayudó o no a las regiones pobres.

En Italia, la canalización de recursos hacia el sur subdesarrollado, institucionalizado en la Cassa per il Mezzogiorno, se convirtió en un objetivo de alta prioridad de los gobiernos de la posguerra, y dirigentes como Giulio Andreotti promovieron con vigor la causa de Sicilia. Independientemente de que Andreotti sea condenado o no por corrupción y por colaboración con la Mafia, queda claro cómo los intercambios políticos afectaron los resultados económicos. A lo largo de los últimos cuarenta años, la brecha entre el ingreso per cápita del sur y el norte no ha disminuido sino aumentado, y hacia mediados de los años ochenta, era un 80% superior en el norte. Comparada con otras regiones de todos los países de la Comunidad Europea, la región de Emilia-Romagna, en el norte, realizó el salto más espectacular del conjunto de las ochenta regiones de Europa entre 1970 y 1988, mientras una región como Calabria quedó relegada al último lugar (Putnam, 1993, 154-8).

En Italia, con el amplio programa de regionalización del decenio de 1970, los ministerios transfirieron una buena parte de sus competencias nacionales, en general, a las regiones de nueva creación, responsabilizándolas de la gestión del 25% del presupuesto nacional. La política sanitaria era uno de los factores más implicados al transferir a las regiones prácticamente todas las competencias en lo referente a los sistemas de hospitales nacionales y de atención sanitaria. Diez años más tarde, la mayoría de los dirigentes locales opinaban que la administración en su región era «decididamente ineficiente», y el sistema regional de atención sanitaria era considerado un «fiasco administrativo» (Putnam, 1993, 48). Muchas regiones, especialmente en el sur, alimentaron una reputación de ineficiencia y corrupción a gran escala, como en el caso de Catania y Sicilia (Della Porta, 1992). En las regiones del sur, fundamentalmente, donde las redes de patrocinador-cliente seguían procurando los favores del Estado, éstas persistieron como la principal estructura de poder. «Cada vez más organizados dentro del marco de los grandes partidos», (Putnam, 1993, 142), ahora tenían la posibilidad de extender su radio de cobertura.

La corrupción de los gobiernos y de las empresas extranjeras

Si bien el espejo italiano fue útil para medir comparativamente la magnitud de la corrupción en Europa, en el decenio de 1990 empieza a difundirse cada vez más otro tipo de prisma para medir las actividades de corrupción política de las empresas europeas en el extranjero. Su origen es estadounidense y, a partir de la Ley contra las prácticas internacionales de corrupción (FCPA - Foreign Corruption Practices ACT), se basó en técnicas legales destinadas a combatir la corrupción internacional que se había desarrollado a finales del decenio de 1970. Esta ley fue aprobada por el Congreso de Estados Unidos en 1977, en los días que siguieron al escándalo Watergate y a las revelaciones sobre los sobornos generalizados de las empresas estadounidenses en el extranjero. La compañía Lockheed, del sector aeronáutico, se había convertido en la más notoria de las más de 500 empresas que habían manifiestamente pagado a políticos extranjeros y burócratas de alto rango con el fin de obtener un trato preferencial en las ofertas de contratos.

Si bien las leyes de la mayoría de los países permitían el procesamiento de prácticas corruptas en el marco de la jurisdicción nacional, en ningún país importante existían las bases jurídicas para procesar a las empresas o individuos implicados en casos de soborno más allá de las fronteras nacionales. Así, la FCPA inauguró una nueva vía para crear un modelo de lo que los gobiernos podían hacer para controlar efectivamente el comportamiento de las empresas transnacionales en un momento en que la globalización del comercio empezaba a acelerarse a un ritmo sin precedentes. A lo largo del decenio siguiente, el gobierno de Estados Unidos empezó a aplicar la ley a un ritmo muy pausado. Los juicios más severos tuvieron que enfrentarse al argumento de que las empresas estadounidenses quedaban en una posición muy desventajosa, puesto que otros países industrializados, especialmente los países europeos y Japón, no habían introducido una legislación similar. Estos países alentaban las prácticas corruptas de sus empresas en países en desarrollo al seguir tolerando que los gastos por soborno se incluyeran legítimamente en las deducciones de impuestos (Rosenthal, 708-10). Se inició una serie de investigaciones relacionadas con procesos incoados bajo esta ley, y se llevó a los tribunales una docena de casos.

En el curso de los años ochenta, muy pocas prácticas de soborno aún vigentes en las empresas europeas instaladas en los países en desarrollo se convirtieron en objeto de crítica o de escándalo. Dichas críticas se vieron inhibidas por la acción poderosas asociaciones comerciales que argumentaban que Alemania no podía permitirse seguir el ejemplo de Estados Unidos mientras competidores en Japón y en otros países europeos siguieran obteniendo contratos mediante sobornos sin temor a verse perseguidos legalmente. Incluso las empresas de los países escandinavos, que se felicitan por su elevado nivel moral, recurrían a las prácticas de corrupción en sus actividades en el extranjero, y éstas no siempre eran objeto de escándalo. Uno de dichos escándalos estalló a partir de las informaciones reveladas por la prensa en India, de que Bofors, una empresa sueca productora de armamento, había incurrido en sobornos generalizados de funcionarios indios para asegurarse contratos muy bien remunerados. Los esfuerzos emprendidos ante organizaciones internacionales como la Cámara Internacional de Comercio para conseguir la adhesión de las empresas a códigos de conducta no prosperaron. Iniciativas similares, emprendidas con el apoyo del Banco Mundial, tampoco lograron obtener una resonancia generalizada.

Las medidas de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos para impulsar la rigurosa aplicación de la FCPA e intentaron que otros países emprendieran iniciativas similares variaron sustancialmente de una administración a otra. La propia ley reflejaba fielmente la política exterior moralista de la administración Carter, que también puso énfasis en los antecedentes de otros países en materia de derechos civiles y humanos. Sin embargo, «una vez iniciada la era Reagan y su política de laissez-faire, la mayoría de los habitantes de Estados Unidos se sintió menos concernida por cuestiones de orden moral» (Rosenthal, 1989, 712). No fue hasta la llegada de Clinton en 1992 que el gobierno de Estados Unidos volvió a emprender iniciativas diplomáticas más amplias para conseguir que los gobiernos, especialmente los europeos, no se mostraran tan complacientes con la corrupción en sus empresas. Más tarde, dirigieron su atención a la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE), con sede en París.

Paralelamente a esta actividad a nivel de gobierno, surgieron otras iniciativas cuasi privadas, como la creación en 1993 de una organización llamada Transparency International (TI), fundada por Peter Eigen, un alemán ex funcionario del Banco Mundial. TI obtuvo el apoyo de diversas empresas, individuos y organismos gubernamentales en varios países, con el fin de promover un programa de gran cobertura para informar sobre la incidencia de la corrupción y asuntos relacionados con la misma en numerosas regiones del mundo, poniendo especial énfasis en los países menos desarrollados.

El Bundestag de Alemania fue uno de los principales protagonistas de las tentativas de reforma. La oposición socialdemócrata lanzó una iniciativa para cambiar la legislación que permitía deducciones tributarias para las empresas alemanas en el extranjero. Sin embargo, la moción topó con la oposición del Ministro de Hacienda del gobierno de Kohl y fue derrotada por los votos de los diputados de la CDU (Eigen, 1995).

La resistencia de los legisladores alemanes se vio apoyada por publicaciones legales que apoyaban el carácter deducible de los pagos por soborno. Un autor sostenía que dicho carácter deducible podría verse disminuido en casos de soborno doméstico, pero repetían el argumento tradicional de que las restricciones de esos pagos en el extranjero situarían a la industria alemana en una posición desventajosa ante la competencia, salvo si se actuaba conjuntamente a nivel internacional.

Se observó progresos de otro tipo en la OCDE, cuyo Consejo aprobó en mayo de 1994 una Recomendación sobre los Sobornos en las Transacciones Comerciales Internacionales. Éste fue presentado como el primer acuerdo internacional entre los gobiernos para luchar contra el soborno de funcionarios extranjeros. Entre sus recomendaciones se incluye la de que los países miembros adopten «medidas rápidas y significativas para... disuadir y luchar contra el soborno de funcionarios públicos extranjeros», mediante la modificación de sus leyes y reglamentos comerciales y tributarios. También se pidió a los gobiernos que realizaran un seguimiento de los registros de prácticas bancarias y de contabilidad, y que reexaminaran las condiciones bajo las cuales otorgan subsidios y firman contratos de adquisición.

Posteriormente, los funcionarios de Estados Unidos presionaron a otros países de la OCDE para que siguieran las recomendaciones. Más tarde, en 1995, uno de estos países se quejó de la lentitud de la ejecución y lo atribuyó en parte a los diplomáticos, porque no destacaban suficientemente el tema en sus informes a superiores políticos. El funcionario criticaba indirectamente la tendencia de barrer bajo la alfombra la información comprometedora al sugerir que «si un país duda de que sus empresas estén involucradas en sobornos en el extranjero, tal vez quieran solicitar nuestros conocimientos en la materia. Quizá podamos proporcionarle a ese país documentos que sugieran lo contrario» (Tarullo, 1995, 9).

¿Cuál es la correlación entre la limitada información sobre la voluntad gubernamental y no gubernamental para actuar contra la corrupción de sus empresas nacionales en el extranjero y la evaluación que dan los empresarios (en el Cuadro 1, más arriba) acerca de la corrupción de los servicios públicos nacionales?

Se puede resumir la información relevante de las iniciativas de la OCDE y de TI de la siguiente manera:

(1) Algunos países, situados hacia la parte inferior de la columna de los "Menos corruptos" del Cuadro 1, habían emprendido iniciativas a nivel de gobierno que obedecían a las recomendaciones de la OCDE. Uno de ellos es Gran Bretaña, cuyo gobierno descubrió que se podía aplicar una antigua legislación relacionada con el procesamiento judicial de la corrupción doméstica para iniciar procesos penales por las mismas actividades en el exterior. Además, los ingleses tienen una de las representaciones más activas de TI. (2) Entre los países más grandes que figuran en la columna "Moderadamente corruptos", Alemania, Japón y Francia tienen antecedentes diferentes. Como se ha señalado más arriba, Alemania es el país anfitrión de la sede central de TI y ha desarrollado una actividad considerable a nivel de gobierno. Sin embargo, no se ha logrado un avance decisivo para lograr que el gobierno alemán se muestre más solidario con los objetivos de la OCDE. El gobierno francés se ha mostrado igualmente inactivo respecto a este asunto. Aunque empezaron con cierto retraso, los franceses acogieron una representación de TI a comienzos de 1995. En cuanto a Japón, este país no se ha mostrado demasiado activo ni emprendiendo iniciativas de gobierno ni generando como mínimo un comienzo de actividad hacia la creación de una representación de TI. Se puede decir lo mismo, a grandes rasgos, sobre Italia (Transparency International, 1995).

Continuando con su politica inicial, en abril de 1996 la OCDE pidió formalmente a sus países miembros que revisaran su reglamentación fiscal susceptible de incitar a la corrupción de funcionarios extranjeros mediante el otorgamiento de deducciones fiscales. La oposición francesa y alemana a tal recomendación fué en parte resuelta gracias a la promesa, por parte de la OCDE, de dar un seguimiento a la implementación de esta reforma, y de apoyar al mismo tiempo, acciones similares de gobiernos fuera de la OCDE. Iniciativas relativamente semejantes están imponiéndose simultáneamente en organizaciones regionales, como el Consejo de Europa o la OEA (Simons, 1996).

Conclusión

El cálculo de las evaluaciones nacionales de la reputación de corrupción en los servicios públicos a nivel nacional puede servir como punto de partida útil para desarrollar una topografía de la incidencia de la corrupción a nivel europeo o mundial. Sin embargo, la imagen que surge a partir del intento de calcular promedios nacionales se vuelve más compleja cuando investigamos los antecedentes de regiones específicas, de industrias o de los intereses comerciales y burocráticos. A pesar de destacar de forma especial las variaciones regionales en Italia, sería posible detectar diferencias similares en otros países, sobre todo en Estados Unidos. Finalmente, la rápida aceleración de la participación en la economía global ha dado una mayor importancia a la detección y lucha contra el soborno, practicado particularmente por las empresas occidentales en regiones del mundo menos desarrollado.

Traducido del inglés

Notas

1. Esta tesis puede apoyarse haciendo referencia al compendio Political Scandals and Causes Célèbres Since 1945 , puesto que Barker opina que el primer gran caso de corrupción que se destapó en Inglaterra, en el decenio de 1970 (el caso Poulson), al parecer no generó suficiente resonancia en la opinión pública para que mereciera ser incluido en esta lista selecta de escándalos ocurridos en Inglaterra (Barker, 1993, 14).

2. Una de las maneras por las cuales se podría manejar conceptualmente la distinción sería a través del método "esquimal": Si se inventa una terminología a través de la cual se puedan distinguir otros matices que el blanco, gris y negro, esto podría plantear una demanda tecnológica a quienes estudian la industria de la rotulación/escándalo superior a lo que están en condiciones de asumir.

Referencias

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Nota biográfica

Yves Mény es profesor de Ciencia Política en el Instituto de Estudios Políticos (París). En la actualidad es director del Centro Robert Schuman del Instituto Europeo Universitario, (Florencia) CP 2330 Ferrovia, Italia. Sus estudios tratan sobre la reforma de la administración, sobre cuestiones regionales, política comparada sobre el sistema político francés. Su última obra es: La corruption de la République (1992), Democratie et corruption en Europe (editor junto con Della Porta), (1995). El editor desea agradecer al Profesor Mény su valiosa ayuda como consejero editorial de este número de RICS.

Corrupción "fin de siglo": Cambio, crisis y transformación de los valores

La corrupción y su análisis: ambigüedades, problemas, divergencias

Desde hace al menos un decenio y de manera más clara en estos últimos años, el problema de la corrupción ocupa un lugar primordial en los temas políticos. Todos los observadores coinciden en esta afirmación y las discrepancias eventuales sólo se producen en torno a matices o aspectos secundarios. De todas formas, esta unanimidad sobre la gravedad del problema como cuestión política apenas va más allá de este acuerdo mínimo. En todos los demás aspectos, hay múltiples discrepancias debidas a la dificultad de aprehender la cuestión pero también a la multiplicidad de sus formas de expresión y a la diversidad de los actores que intervienen en el debate. Un rápido examen de estas discrepancias de análisis y de juicios nos acercará a la complejidad del problema.

El análisis de las causas de la corrupción va en direcciones radicalmente opuestas, dependiendo de los paradigmas o las preferencias ideológicos. La escuela neoliberal (que ha hecho una gran aportación al análisis del fenómeno) considera la corrupción como una de las manifestaciones de los mercados negros originados por el exceso de intervencionismo estatal. Cuanto más interviene el Estado, más reglamenta y más fomenta la invasión de las burocracias, más riesgos hay de que se den procedimientos y mercados paralelos, origen de comportamientos delictivos. Por el contrario, los que no están convencidos de la perversidad intrínseca del Estado o de los méritos evidentes del mercado, insisten en otro aspecto: el debilitamiento de la ética pública, la deslegitimación del Estado como encarnación del interés general, la disolución de los valores colectivos por la búsqueda del beneficio y la defensa de intereses egoístas y privados. [Cartier-Bresson, 1993; Rose-Ackerman, 1978].

La novedad del fenómeno constituye también otra fuente de discusiones. A los que pretenden que la corrupción nunca había causado tantos estragos como hoy, tanto en la esfera pública como en las relaciones privadas, contestan otras voces que la corrupción es tan vieja como el mundo, que es inherente a toda acción humana y que no hay por qué dramatizar la situación. Para los primeros, el período actual se distingue por el hecho de que la corrupción se ha generalizado, alcanzando cada vez más ambientes, y esto supone un retroceso respecto a los progresos realizados, sobre todo en las democracias, para erradicar el virus. Para los segundos, que no niegan la existencia de la corrupción, el alcance de los ataques a la moral o a la ética pública o privada, se ha exagerado considerablemente por parte de los medios de comunicación. Algunos hechos se han inflado o amplificado, otros sólo salen a la luz en razón del interés pasajero por el problema, igual que ocurre con las infracciones del código de circulación. Éstas parece ser que se mantienen más o menos estables pero cuando se produce un accidente espectacular o cuando el gobierno decide aplicar una política de represión o de prevención, se hacen más llamativas y problemáticas. Según esta versión de las cosas, lo que es nuevo no es tanto el fenómeno de la corrupción como la explotación que se hace de ella. Más que la infracción en sí misma, es el escándalo y su explotación política lo que se discute. [Sánchez, 1995].

La extensión de la corrupción constituye un tercer aspecto sobre el que tampoco hay acuerdo. Destaquemos a este respecto que la discusión sobre este punto es prácticamente insoluble habida cuenta de la naturaleza misma del objeto en cuestión. La corrupción es, en síntesis, una transacción clandestina [Claeys y Frognier, 1995], salvo allí donde por ser ya sistemática, disfruta de un estatus casi oficial, de un "acuerdo" no escrito pero conocido y aceptado por todos. Este carácter secreto se aviene mal con los intentos de medirla que se han llevado a cabo aquí y allá, ya sea por los laberintos de las persecuciones y de las condenas penales, ya sea a través de la prensa [Cazzola, 1988].

Toda comparación de un período a otro, de un país a otro, parece pues, imposible, tan diferentes y variables son los parámetros de la represión [Della Porta y Mény, 1995]. Para volver al ejemplo del código de la circulación, está claro que el primer resultado de una política de mayor severidad respecto al exceso de velocidad es hacer subir las estadísticas. En situaciones iguales, la cantidad de infracciones dependerá considerablemente de la manga ancha o del rigor en la definición de las mismas y en la aplicación de las reglas.

Por consiguiente, la extensión real o imaginaria de la corrupción es tanto una cuestión de percepción y de sensibilidad como de medida objetiva del fenómeno. Ante esta falta de seguridad, la discusión prácticamente no tiene salida: los optimistas insisten en el carácter coyuntural del fenómeno, sacando a relucir el gusto de los periodistas por el sensacionalismo y el exceso de celo de los jueces, a los que se suele tachar de radicales, sectarios y hasta de frustrados. Por el contrario, los pesimistas se declaran convencidos de que los hechos que salen a la luz no son sino la parte visible del iceberg. Sobre todo insisten en el hecho de que numerosos "affaires" sólo se han descubierto por azar o por circunstancias imprevistas: una esposa abandonada que denuncia a su marido, un contable minucioso que lleva una contabilidad paralela muy precisa, etc. La corrupción que se conoce y se divulga no es más que una ínfima parte de la realidad.

Los mismos desacuerdos sobre la medición de la corrupción aparecen cuando se intenta una comparación internacional, o incluso una comparación de actitudes dentro de una misma sociedad, pero entre grupos sociales diferentes. Como muestran las aportaciones de este número de la revista, la sensibilidad de la opinión pública con respecto a la corrupción varía considerablemente de un país o de una cultura a otra. No sólo entre Europa y Norteamérica, entre África y Asia, sino dentro de conjuntos relativamente homogéneos como Europa occidental (sobre todo, entre países de cultura latina y católica, y países nórdicos y protestantes). Variaciones de la misma amplitud se dan dentro de los sistemas políticos entre la opinión at large y las minorías sociales. Mientras que éstas últimas generalmente tienden a minimizar la extensión de la corrupción (con frecuencia después de haberla ignorado o negado), las opiniones públicas tienen una marcada propensión durante estos últimos años a exagerar su extensión. Los sondeos en Italia, Francia o Japón principalmente (pero no solamente), atestiguan que la gran mayoría de las personas entrevistadas (a veces más de 80%) están convencidas de que "todos los políticos son corruptos". Por supuesto, cualquiera que sea la realidad de la corrupción, no hay nada que permita sostener seriamente semejante creencia.

Los desacuerdos anteriores se mantienen e incluso se agrandan cuando se trata de dar una definición de corrupción. ¿Qué es la corrupción? ¿Es solamente el delito tipificado como tal por las leyes penales de cada sistema político o hay que dar una definición más amplia, basada en una observación más realista del fenómeno? Dicho de otra manera, ¿es preferible una definición más jurídica o una aproximación más sociológica?

La definición jurídica tiene la ventaja de la seguridad y de la certeza: es corrupción lo que el código penal define como tal, o lo que prohíben los códigos de deontología profesional. Al fijar lo permitido y lo prohibido, la ley traza en principio unas fronteras claras que permiten al hombre público o privado, al ciudadano y al funcionario, determinar sin demasiadas dudas ni vacilaciones la línea de conducta debida. A falta de ética individual o colectiva, se impone la regla como árbitro de las decisiones. O, como decía Camus: "cuando no se tienen principios, hacen falta reglas". Esta aproximación positivista y jurídica plantea, no obstante, dos problemas. El primero, estrictamente jurídico, el segundo de naturaleza ética. En el plano jurídico primeramente, la mayoría de los juristas coinciden en destacar las limitaciones de esta aproximación tradicional. Primero, porque las prácticas corruptas rara vez se limitan al campo definido por las leyes penales. En torno al delito de corrupción propiamente dicho, se incorporan otros delitos en conexión que constituyen un conjunto artificialmente segmentado por las calificaciones jurídicas. Delitos tales como la malversación o la ingerencia, muy a menudo forman parte de la corrupción sin ser considerados stricto sensu como tales. La fluidez y la complejidad de las prácticas desviadas hacen imposible que se puedan reducir a las etiquetas del derecho penal, y los primeros en señalar lo obsoleto del derecho han sido los jueces encargados de reprimir la corrupción, en particular la operación de Mani Pulite en Italia. Igualmente, la oposición tradicional entre corruptor y corrupto, base de numerosas disposiciones penales, no responde ya a la imagen sobre la cual estaba basada, la de un corruptor (procedente del cuerpo social) tratando de persuadir a un funcionario público (el corrompido) de violar los deberes de su cargo a cambio de ventajas personales. La observación reciente muestra que lo más frecuente es la relación inversa: el ofrecimiento de corrupción ya no parte del supuesto "corruptor" sino del que los códigos consideran como el actor pasivo, el corrompido, es decir, el político o el funcionario. Es cada vez más frecuente que sea el agente público el que está en situación de corruptor. [Della Porta, 1992; Mény, 1992].

La aproximación estrictamente jurídica tiene otro defecto: tiende a dejar a un lado los principios y los valores éticos que constituyen el origen de las disposiciones represivas. La corrrupción no es un delito banal comparable a una infracción al código de la circulación o a una estafa. Constituye una violación de los deberes del cargo y una negación de los valores que se supone que sustenta un sistema político-administrativo democrático basado en el estado de derecho: la distinción de los intereses privados de los públicos, la igualdad de trato a los ciudadanos, la transparencia de las transacciones, etc... Si sólo se hace hincapié en la estricta definición penal de la corrupción, se corre el riesgo de perder de vista el fundamento y la razón de ser de estos dispositivos represivos. Un ejemplo de esta desviación ha sido la actitud de los partidos políticos en muchos países (sobre todo en el sur de Europa, España, Francia, Italia, Grecia) que han pretendido que no había corrupción en realidad puesto que las prácticas penalmente reprensibles se justificaban por la necesidad de ayudar a los partidos, indispensables a su vez para el buen funcionamiento de la democracia. Así pues, existe la corrupción personal (detestable) y la corrupción por el bien del partido (es decir, legítima). Esta actitud, bastante difundida (que se apoya tácitamente en el principio de "el fin justifica los medios") demuestra que en este tema el aspecto ético no se puede pasar por alto y que la definición jurídica sólo da una visión parcial, edulcorada y a veces errónea de la naturaleza del problema.

El análisis sociológico de los comportamientos puede hacernos avanzar en la comprensión del problema: ¿qué actitud adoptan los ciudadanos y más concretamente las minorías con respecto a la corrupción? La tipología establecida por Heidenheimer (corrupción blanca, corrupción gris, corrupción negra) permite hacer más explícito el carácter subjetivo y volátil de la definición de la corrupción [Heidenheimer et alii, 1989]. La corrupción blanca se emplea para referirse a prácticas que no son reconocidas como corruptas ni por la opinión pública ni por las minorías. En otras palabras, la corrupción está tan completamente integrada en una cultura que ya ni siquiera se percibe el problema. En esta visión culturalista, lo que aquí es corrupción (por ejemplo en los Estados Unidos) no lo es en otro sitio (por ejemplo en Francia). Este relativismo cultural (espacial, temporal, de clase) puede permitir que una situación no parezca corrupta en comparación con otra: el Watergate constituyó un escándalo mayor cuya onda expansiva se propagó durante muchos años en los Estados Unidos, mientras que otras prácticas de la misma naturaleza (los micrófonos de los 'fontaneros' del Canard enchaîné) ni siquiera afectaron a la carrera del entonces ministro del Interior. La corrupción negra tiene el mismo consenso, pero al revés: todos, minorías y ciudadanos, están de acuerdo en estigmatizar ciertas prácticas. El desacuerdo aparece en la opción gris: lo que unos definen como corrupción, otros no lo consideran como tal. Es en este desajuste donde hay riesgo de que aparezca el escándalo, en el choque entre las percepciones de unos y las prácticas de otros, como ha ocurrido por ejemplo en el asunto de la financiación de los partidos políticos. La opinión pública se ha conmovido por las prácticas poco ortodoxas de los partidos, mientras éstos últimos trataban de justificarse invocando las necesidades de la vida democrática. En resumen, hasta la crisis de los años 1985-90, pocos dirigentes políticos habían intentado de verdad sanear unas costumbres que tenían la excusa, para ellos, de ser comunes a todos y, por lo tanto, exentas de culpa.

De manera general, la definición de la corrupción (con acuerdo o sin él) depende a la vez de ciertos efectos de umbral (cuantitativos o simbólicos) y de influencia en el sistema. La opinión pública no dará demasiada importancia al desliz de un empleado, pero, a igual corrupción monetaria, se escandalizará por el comportamiento de un alto cargo o de un político. Tolerará una corrupción anecdótica pero reaccionará violentamente si no es así, ante el carácter sistemático y planificado de la corrupción. Esta volatilidad de la definición explica que en algunos aspectos, la toma de conciencia de la opinión pública y la conmoción suscitada por la corrupción, dependen de otros elementos coadyuvantes totalmente diferentes: los actores políticos en juego, la naturaleza de los hechos incriminados, la función de la prensa o de los jueces, por ejemplo. La financiación ilegal de los partidos, de hecho, era un secreto a voces para la mayoría de los observadores del sistema político francés. Sólo se ha convertido en un gran escándalo debido a ciertas condiciones: la revelación al gran público de unos hechos que no sospechaba, el auge del periodismo de investigación, unos jueces más independientes y quizá, por encima de todo, el contraste flagrante entre la retórica moralizante del P.S. y de su líder por un lado, y las prácticas ocultas del partido por otro.

Partiendo de estos hechos, podemos intentar definir la corrupción como un intercambio clandestino entre dos mercados, el mercado político y/o administrativo y el mercado económico y social. Este intercambio se realiza a escondidas pues viola las normas públicas, jurídicas y éticas, y sacrifica el interés general a los intereses privados (personales, corporativistas, partidistas, etc...). Por último, esta transacción que permite a unos actores privados tener acceso a los recursos públicos (contratos, financiaciones, decisiones) de manera privilegiada y torcida (por falta de transparencia y de competencia) proporciona a los actores públicos corruptos unos beneficios materiales, presentes o futuros para ellos mismos o para la organización a la que pertenecen.

La corrupción que aquí nos interesa es pues la que se da en el punto de unión de lo público y de lo privado y especialmente en los sectores en los que el gestor público no está sometido a unas reglas totalmente obligatorias. La corrupción en un estado de derecho democrático tiene pocas posibilidades de producirse allí donde el funcionario u hombre público lo único que puede hacer es responder positivamente al ciudadano si reúne los requisitos necesarios: la expedición de un pasaporte, el pago de las prestaciones sociales, están sometidos a reglas estrictas que no dejan márgenes de apreciación al funcionario. Por el contrario, la pequeña y gran corrupción pueden abrirse camino allí donde el decisor dispone de un cierto poder discrecional: apreciar una invalidez física que da lugar al cobro de una pensión, elegir el "mejor" contrato, decidir la concesión de créditos de inversión, son decisiones que no pueden estar encerradas en procedimientos casi automáticos y dejan una capacidad de maniobra apreciable a los funcionarios o a los políticos, sobre todo si las reglas de procedimiento que se supone que garantizan el due process of law no se aplican de acuerdo con la letra o con el espíritu de las mismas.

Como se ve, independientemente del juicio moral que cada ciudadano pueda tener sobre la cuestión en función de su ética personal, son muchos los desacuerdos sobre la evaluación del fenómeno de la corrupción y las observaciones que acabamos de hacer aquí distan mucho de ser exhaustivas... Los desacuerdos son todavía más enérgicos cuando se aborda la cuestión de los remedios o soluciones. Llegado este punto es preferible abordar el tema del aumento repentino de la corrupción que ha alcanzado a la mayor parte de los países a lo largo de los dos últimos decenios.

Nuevas ofertas, nuevas demandas de corrupción

Las interpretaciones de las causas de la corrupción no sólo dan lugar a discrepancias. Cada una de ellas da solamente satisfacciones parciales pues apenas uno cree haber encontrado una explicación razonable cuando aparecen múltiples excepciones que ponen en duda su alcance general. ¿Cómo hacer para verlo más claro? Sin pretender dar una respuesta indiscutible y definitiva al problema, podemos partir de las premisas siguientes:

La corrupción es un fenómeno general, universal, tanto en su aspecto espacial como temporal. No obstante, se pueden observar grandes variaciones tanto espaciales como temporales a pesar de lo insuficiente de las mediciones y de su carácter aproximativo: está reconocido que la Gran Bretaña del s. XX es mucho menos corrupta que hace un siglo o que los países escandinavos tienen menos problemas de este tipo que el sur de Europa (a falta de estudios cuantitativos casi imposibles de realizar teniendo en cuenta el objeto, se sabe que la sensibilidad de la opinión pública respecto a la corrupción es muy diferente, como lo demuestran algunos "affaires" recientes en Suecia, en Francia, en Italia o en España):

El fenómeno de la corrupción ya no es, como en el pasado, un problema principalmente nacional, inherente a un sistema político. Su aspecto internacional es cada vez más acusado.

Las categorías fundamentales utilizadas para estudiar la corrupción parecen cada vez menos válidas, aunque conserven su valor heurístico: la oposición entre sistemas democráticos y autocráticos o la distinción ente países desarrollados o países en desarrollo, que fue durante mucho tiempo una de las claves más importantes de interpretación, sólo permiten una burda aproximación al problema.

Las formas y modos de corrupción se han sofisticado considerablemente hasta el punto de hacerla casi invisible, o al menos, difícilmente detectable.

Sobre la base de estas premisas, estamos en mejor disposición para estudiar el contexto en el cual se ha desarrollado y amplificado la corrupción a lo largo de estos últimos decenios, tanto en los regímenes democráticos como en los autocráticos, en los países ricos como en los países pobres.

El estallido del fenómeno

Aunque no exista un patrón de medida que permita apreciar con precisión la extensión de la corrupción, la mayoría de los observadores coinciden en señalar el nuevo auge que ha cobrado el fenómeno en los dos últimos decenios. Por supuesto, las razones suelen ser diferentes de un sistema político a otro, pero es posible encontrar unas constantes, sobre todo de tipo contextual.

En los países occidentales donde el Estado y la democracia están en principio mejor consolidados, la corrupción no ha sido menos persistente tomando formas concretas en cada cultura: casi-sistemática en Italia, marginal en la Europa nórdica.

En la mayoría de los países, la corrupción parecía más una cuestión de culpas individuales que una perversión generalizada del medio político-administrativo. Las cosas han empezado a cambiar debido a las crecientes necesidades de los partidos políticos y de su incapacidad para cubrir por vías regulares el incremento de los gastos de sus organizaciones y el coste vertiginoso de las campañas electorales. En efecto, los partidos políticos hasta los años 60 no disponían más que de las aportaciones de sus militantes (en tiempo y en cotizaciones) y de donaciones más o menos generosas de hombres de negocios o de organizaciones profesionales y sindicales. Pero, a partir de los años 70, los recursos tradicionales decrecen (crisis de militantes) mientras que la "americanización" de las campañas electorales multiplica por diez sus gastos. Atrapados entre estas dos evoluciones contradictorias, los partidos, casi en todas partes, emprendieron ciertas prácticas irregulares en el mejor de los casos y contra el derecho penal en el peor. Una primera oleada de reformas tras algunos escándalos sonados (escándalo Flick en Alemania, escándalo de la campaña electoral de Nixon, dimisión del vicepresidente americano Spiro Agnew, escándalo Lockheed en Italia, Japón, Países Bajos, etc.) hizo pensar que se había encontrado el remedio milagroso, gracias a la financiación pública de los partidos y/o de las campañas electorales, junto con un control sobre el origen y el uso de los fondos. Desgraciadamente, hubo que constatar que, de manera general, esta nueva afluencia de dinero no hizo más que estimular los apetitos y las necesidades, suscitando nuevas formas de corrupción o de manipulación de las reglas (multiplicación de los Political Action Committees en los Estados Unidos o de partidos-fantasma en Francia).

En los antiguos regímenes socialistas, en los países en desarrollo, pero también en numerosas sociedades occidentales, la corrupción ha aparecido como el antídoto funcional contra una reglamentación y una burocratización excesivas. Jean Cartier-Bresson (1993) resume así la postura de los economistas neoliberales sobre esta cuestión: "El mercado --escribe refiriéndose a sus puntos de vista-- se cobra siempre sus derechos contra la intervención estatal y da lugar a la aparición de los mercados negros que ostentan una cierta legitimidad autoritaria. En estas condiciones, y con los gobiernos dominados por grupos más preocupados de su propio bienestar que del bienestar colectivo, se instaura un inevitable mercado negro de los derechos de propiedad pública. Su objeto es la apropiación de las rentas de situación por parte de los cazadores de rentas. Sólo la vuelta a unos principios intocables de competición política y de libre competencia económica y social, puede hacer que disminuyan los fenómenos de corrupción". La corrupción, aunque detestable en principio, aparece también como una válvula de seguridad, "el aceite de los engranajes", el instrumento capaz de desbloquear a una sociedad bloqueada. Este análisis no carece de pertinencia ni de argumentos teóricos, ni tampoco de material empírico. Sin embargo, tiene el inconveniente de subestimar el efecto destructor de la corrupción en el cuerpo social. La corrupción permanece y crece aunque las razones que la hubieran "justificado" hayan desaparecido (ej. los antiguos países socialistas donde prospera la corrupción pese al hundimiento de los regímenes autoritarios e intervencionistas).

Al argumento neoliberal se opone la opinión de los que ven en la deslegitimación del Estado (por buenas o malas razones), la causa principal del auge de la corrupción. Los ataques virulentos contra el intervencionismo estatal, contra el Welfare State, contra los burócratas, habrían contribuido a confundir las líneas divisorias entre interés colectivo e interés personal, entre esfera pública y esfera privada. Como contrapunto, la valoración excesiva del mercado, del beneficio, de cualidades como la eficacia y la competitividad (en detrimento de la igualdad) habrían permitido no solamente desvalorizar el Estado como concepto abstracto sino más prosaicamente poner en duda la pertinencia y la validez de sus intervenciones al igual que el estatus de sus agentes. Allí donde la ética pública estaba sostenida por una serie de tradiciones o de reglas interiorizadas (espíritu de cuerpo, defensa del interés general, primacía de lo público sobre lo privado) la deslegitimación de estos valores ha tenido la consecuencia de disminuir de alguna forma el "coste moral" de la corrupción.

Este debilitamiento de los valores de la esfera pública y del coste moral de la corrupción dan lugar a que se forme un círculo vicioso: la corrupción se extiende y su difusión contribuye a su aceptación social. Además, la corrupción por arriba hace más aceptable la corrupción por abajo y viceversa. La corrupción se convierte en un metasistema cuyas implicaciones afectan a toda la vida social hasta que sus costes y sus efectos perniciosos provocan la reacción de una parte de las minorías (prensa, jueces) o de la población (populismo) contra las minorías en el poder.

La extensión de la corrupción en los años 80-90 se comprende por las oportunidades sin precedentes que este período ofrece con respecto a otros momentos de la historia. Efectivamente, hay un contexto de crisis, es decir, un contexto en el que se ponen en tela de juicio y caen algunas situaciones ya establecidas y, al mismo tiempo, emergen nuevas reglas, valores o principios de acción.

Este momento en concreto se caracteriza primero por un cambio ideológico importante: la prevalencia de la idea de mercado sobre la idea de Estado. Partiendo de los Estados Unidos, la ola neoliberal ha conquistado a continuación a Gran Bretaña, América del Sur, Asia, y después a Europa continental e incluso a África, pese a los problemas específicos de este continente, más afectado por el subdesarrollo.

La apología del mercado se ha visto confirmada por los éxitos económicos de Japón y de los nuevos tigres asiáticos y reforzada a contrario por el hundimiento de los países socialistas o por las crecientes dificultades de los gobiernos socialdemócratas al afrontar sus costosas políticas de inspiración keynesiana. En todas partes, con el impulso de los neoliberales o bajo la férula del Banco Mundial, del FMI, incluso de la OCDE, unas vigorosas políticas de desregulación y de privatización han desmantelado el dominio jurídico, económico y financiero del Estado. En todas partes se han impuesto nuevas reglas de juego, han aparecido nuevos actores. Las viejas coaliciones de intereses han sido puestas en tela de juicio por el efecto de ideas nuevas y de obligaciones externas cada vez más apremiantes en relación con la constitución de bloques regionales o con la liberalización del comercio mundial.

El problema ahora no es tanto discutir si estas políticas constituyen a largo plazo el mejor remedio contra la corrupción, introduciendo más competencia y reduciendo las rentas creadas por la intervención estatal o si por el contrario, no son más que una caja de Pandora abierta por imprudentes turiferarios del mercado, cegados por su antiestatalismo. Conformémonos con constatar que la crisis de los antiguos modelos y la introducción de drásticos cambios en la manera de pensar y de actuar han dado lugar a considerables oportunidades de corrupción en este momento de transición en el que las convenciones del pasado no son ya válidas ni legítimas mientras que las nuevas reglas de juego todavía no están establecidas o son mal aceptadas o mal integradas. Las políticas neoliberales no constituyen la panacea y no significan el fin de la corrupción. Hay que cumplir otras condiciones - que no proceden de la esfera del mercado-- para hacer cesar o impedir la corrupción.

La corrupción reciente se parece mucho a la que se manifestó en el pasado. Es su inserción en una estructura particularmente propicia (la transición de la economía dirigida o socializada a una economía de mercado) junto con la inadecuación o el desconocimiento de las nuevas reglas (la libertad de los actores económicos a menudo se confunde con la del zorro en el gallinero) y con el desgaste de los valores tradicionales, lo que ha permitido que cobre una dimensión rara vez alcanzada tanto por su extensión universal como por la importancia de los intereses en juego. No obstante, al menos un factor nuevo parece determinante en la transformación del problema: la internacionalización de los intercambios económicos paralela a la de los mecanismos de la corrupción.

La internacionalización

La corrupción es una forma de intercambio paralelo y oculto que se infiltra en los mecanismos de mercado o en los procesos públicos de distribución de derechos o recursos. La corrupción puede extenderse allí donde las operaciones, en lugar de estar reglamentadas y ser transparentes, se convierten en transacciones ocultas que tienden a procurar a los beneficiarios unas ventajas que no podrían obtener en libre competencia o con la aplicación rigurosa de las normas establecidas. Esto es justamente lo que ocurre en muchas transacciones internacionales. Los cauces que favorecen la corrupción son múltiples: reglamentos proteccionistas que el exportador trata de evitar: necesidad de obtener permisos, autorizaciones, licencias etc. que las autoridades políticas o administrativas están en posición de valorar económicamente; obligación de contratar por intermediación de corredores cuya finalidad muy a menudo se reduce a obtener la gratificación obligatoria; obligación para un Estado beneficiario de préstamos, de emplear esos créditos en el país acreedor; intervención de las autoridades públicas en la negociación y conclusión de contratos, especialmente cuando el proveedor y el cliente son elementos del sector público de sus respectivos Estados. La larga y tumultuosa historia de las relaciones entre África y las antiguas potencias coloniales da fe de la antigüedad y la persistencia de estos malos hábitos. Pero el problema no está en la herencia de África. Desde luego, su situación de dependencia económica, militar y a veces, política, ha hecho posible el desarrollo de algunas prácticas escandalosas. Pero en otras partes del mundo menos dependientes del mundo occidental, la corrupción ha corrido parejas con la expansión de los intercambios. El Partido Comunista chino anunciaba recientemente la expulsión de 500.000 miembros o dirigentes acusados de corrupción. Y el procesamiento de los ex- presidentes de Corea del Sur, Roh Tal Woo y Chun Doo-Hwan, ha destapado un considerable tráfico en cada transacción económica importante: trenes de alta velocidad, armamento, grandes obras, cualquier pretexto era bueno para sacar ganancias sustanciosas en beneficio del líder y de las minorías en el poder.

Las relaciones de corrupción a nivel internacional son especialmente complejas en la medida en que mezclan intereses privados legítimos (los de la empresa) o menos honorables (los de los intermediarios) con los intereses de socios político-administrativos que pueden actuar en nombre de los intereses públicos considerados legítimos (apoyo a la exportación, defensa de intereses nacionales) o bien como partes directamente interesadas en el intercambio delictivo.

Estas prácticas desviadas a menudo han recibido las bendiciones de las más altas autoridades del Estado, en nombre del interés general: por ejemplo, en Francia, en la época en la que el control de los cambios era obligatorio, el Ministerio de Finanzas autorizaba la exportación de divisas a Suiza (o a otros paraísos fiscales equivalentes) para hacer frente a las comisiones ilegales que las empresas tenían que pagar. No solamente se violaba la ley con total impunidad sino con la bendición de la administración fiscal. Por otra parte, esta violación de las reglas de la deontología y del mercado no es algo específicamente francés. Sólo los Estados Unidos han sancionado las prácticas de la gratificación a la exportación a consecuencia del escándalo Lockheed en 1977. Se puede dudar de la eficacia de esta política en razón de las múltiples posibilidades de evasión y de la dificultad de aportar pruebas de estas prácticas ilegales. La remuneración oficial de los "brokers" o la utilización de empresas locales subcontratadas para hacer el "dirty job" son algunos ejemplos de las prácticas más extendidas para alcanzar los objetivos propuestos sin echarse encima el peso de la ley.

Es innegable que la multiplicación de los intercambios internacionales contribuye a la prosperidad mundial y al fuerte crecimiento de los países en desarrollo. Pero esta evolución positiva se sitúa en un contexto político y comercial doblemente insatisfactorio. Por un lado, estos intercambios económicos dan lugar, cada vez más, a una verdadera guerra económica en la que los argumentos de venta no responden más que en parte a las reglas del mercado: intercambios de contratos a cambio de protección militar o política, comisiones, corrupción de los directvos de las empresas, de la administración o de las minorías políticas. Además, por un efecto de boomerang, los corruptores occidentales se convierten a su vez en corruptos al aceptar donaciones o aportaciones para sus campañas electorales o incluso permitiendo que los que se han beneficiado con sus prebendas, les paguen. La corrupción no es un camino de sentido único, de la empresa occidental corruptora hacia los países compradores corruptos. Con frecuencia, con demasiada frecuencia, la corrupción se practica en el seno de una compleja red en la que el intercambio corrupto es multidireccional y sistemático.

Por otra parte, a diferencia de la situación que prevalece en la mayoría de los Estados --por lo menos en el plano jurídico --el intercambio corrupto internacional se desarrolla en un universo en el que el Estado de Derecho es más una loable aspiración que una realidad. Sólo se puede reprimir la corrupción por medio de las legislaciones nacionales. Aparte de que siempre es difícil probar el delito, es iluso esperar una gran eficacia de la represión cuando a veces los dirigentes de más alto nivel están ellos mismos en la primera fila de los actores de la corrupción. Pese a las tentativas de algunas organizaciones internacionales (Consejo de Europa, OCDE) que, ante la extensión del problema, se han alarmado y han hecho recomendaciones para eliminar esa plaga, no se ha realizado ningún progreso sustancial. Hay que esperar -pero no es más que otro buen deseo- que la nueva Organización Mundial del Comercio (OMC) se lance a fondo contra una de las distorsiones más notables de las reglas de la competencia, sin nombrar siquiera el ataque que supone contra la ética privada y pública.

La internacionalización de los intercambios comerciales va acompañada por la internacionalización de los flujos monetarios y por la multiplicación de los bancos en los que el secreto de las operaciones y el anonimato de las transacciones y de los titulares de las cuentas constituyen la regla de oro y la ventaja comparativa más evidente. Suiza, refugio tradicional de operaciones discretas, ha tenido que hacer algunas concesiones menores presionada por los Estados Unidos, comprometidos en la lucha contra el tráfico de drogas y el blanqueo de dinero; pero los pequeños cambios que se han producido en la Confederación se han compensado o anulado por la multiplicación de bancos off-shore y por el enmarañamiento de innumerables transacciones cruzadas. La opacidad que reina en este ámbito sólo ha sido ligeramente atenuada por algunas investigaciones, sobre todo en Francia (a partir del asunto de la financiación del Partido Republicano) y en Italia donde la operación Mani Pulite ha sacado a la luz algunos mecanismos extremadamente sofisticados de la circulación del dinero de la corrupción. Estas investigaciones han permitido comprobar lo que se barruntaba, es decir, que Suiza o Hong-Kong, Liechtenstein o las islas Caimán, Jersey o Luxemburgo, no son sólo inocentes lugares destinados a proteger la seguridad y el secreto de las transacciones económicas legítimas. Pero dejando a un lado esta satisfacción bastante platónica, los progresos realizados son muy pobres: una vez pasada la indignación de las opiniones públicas contra los dictadores, además de sanguinarios corruptos, un tupido velo de silencio vuelve a caer sobre las dudosas operaciones de la corrupción nacional e internacional. Este fenómeno es tanto más inquietante por cuanto las diversas mafias internacionales de la droga, de la corrupción y del crimen organizado a menudo se valen de protecciones nacionales del más alto nivel (en el caso de la corrupción, de la clase política y de la policía), beneficiándose además de las nuevas oportunidades que ofrece la mundialización de los flujos monetarios y del secreto de las operaciones bancarias. En algunos países de los Balcanes o de América Latina, se ha citado con frecuencia y a veces se ha demostrado, el pacto de las mafias y de un sector de las minorías político-administrativas, dando un aspecto radicalmente nuevo al problema ya que la urgencia no era ya tanto instaurar la democracia -que ha perdido todo su sentido en este contexto mafioso y corrupto -- como la de restaurar un mínimo de organización estatal para al menos restablecer las condiciones previas a toda construcción democrática, es decir, la seguridad, la legalidad y la separación de las esferas pública y privada

La corrupción invisible

Estos nuevos aspectos de la Internacional de la corrupción permiten sacar a la luz la creciente sofisticación de los métodos empleados. Como ya se ha señalado varias veces, la corrupción es un intercambio clandestino. Básicamente, esta afirmación sigue siendo verdadera -salvo cuando la corrupción es un hecho tan integrado en las costumbres que ni siquiera hay necesidad de tomar la precaución de disimular el intercambio. No obstante, parece cada vez más evidente que el pacto de la corrupción es lo único que sigue siendo clandestino, y todos los demás elementos del trato pueden convivir tranquilamente en los contornos de la legalidad y de la respetabilidad. Los ejemplos de esta corrupción "in the sunshine" son múltiples y los asuntos descubiertos en Francia, en Italia, en España, por citar sólo tres democracias del sur de Europa, han demostrado de sobra que la corrupción podía tener oficinas abiertas al público. La corrupción se realiza por medio de los intermediarios, de los corredores, de las empresas de ingeniería técnica, financiera o bancaria en el punto de encuentro del corruptor y del corrupto. La intervención del órgano de intermediación es oficial, lo mismo que su remuneración. Sólo la prestación es ficticia o excesivamente valorada, pues el tráfico de influencias se ha convertido en una anodina prestación de servicios. Lo mismo ocurre con esos políticos (que aparecen en escena) o con esos otros que son las manos derechas de aquellos (entre bastidores) que reciben grandes remuneraciones, bien como consultores, bien como asalariados o dirigentes ficticios de filiales de grandes grupos económicos. La corrupción más extendida es también la menos visible porque toma el aspecto de relaciones económicas o sociales habituales. Se acabaron la gratificación o la comisión, el bakchich, la tangente o la bustarella: todo tiene la apariencia de la legalidad o de la normalidad, excepto -repitámoslo - el pacto clandestino, tácito, no escrito. La regularidad formal de los procedimientos borra hasta el sentimiento de culpabilidad de los principales interesados que, a veces, se sienten injustamente perseguidos y alcanzados en su vida privada. Esto demuestra cómo la multiplicación de disposiciones represivas, de vigilancia de los procedimientos, no constituyen más que un intento parcial e insuficiente. Ninguna sanción penal puede resolver el problema de la corrupción si ésta no se concibe antes como una falta a las reglas de la ética pública. El respeto a las normas de buena conducta en la gestión pública exige algo más que la renuncia a cometer crímenes o delitos. En un estado de derecho democrático, se imponen unas normas prudentes, independientemente de toda sanción penal, que se pueden resumir en una sencilla regla: evitar el conflicto de intereses cualquiera que sea su manifestación pues la represión de la corrupción no es más que la expresión más manifiesta y extrema de esta regla básica de los sistemas democráticos: separación de los poderes y de los dispositivos de "checks and Balances".

Conclusión

Prácticamente en todo el mundo, la corrupción no es sólo una costumbre detestable: se ha convertido en un problema político. Es tentador -sobre todo para los políticos -no ver en esta reciente toma de conciencia más que una especie de complot mediático-judicial, denunciando el encarnizamiento abusivo del que serían víctimas las minorías político-administrativas. Desde luego, la prensa y los jueces han sido actores decisivos en el proceso de información y de toma de conciencia del problema por parte de la opinión pública. Además, ¿cómo podría ser de otra manera? Los medios de comunicación son indispensables para la formación de una opinión colectiva, especialmente sobre una cuestión tan secreta y clandestina por definición. En cuanto a los pseudo- "perseguidores" judiciales denunciados por las personas incriminadas, es mejor sonreír: estas protestas dan fe sobre todo de los hábitos de impunidad adquiridos por las minorías en el poder en muchos países.

Creemos que la explicación a la importancia que se le ha dado al problema de la corrupción en estos últimos años hay que buscarla en otra parte.

El aumento de las prácticas corruptas y de su carácter cada vez menos oculto (por no decir casi oficial a veces) es lo primero que ha contribuido a la toma de conciencia: lo que al principio sólo sabían unos círculos de "iniciados" muy restringidos (por ejemplo, los dirigentes de los partidos y algunos responsables de grandes empresas), acaba siendo un secreto a voces cuando la corrupción se extiende, se difunde e incide cada vez más en los sectores económicos. Cuando la ética pública es flexible, cuando la opinión pública tiene en general un concepto negativo de la política, la corrupción se tolera porque se considera una consecuencia inevitable del ejercicio del poder. Este punto de vista pesimista (Gaetano Mosca [1977] escribía que " todos encuentran su interés personal en traicionar los intereses públicos que les han sido encomendados") está extendido sobre todo en los países del sur de Europa en los que la visión maquiavélica de la política es muy corriente. Además, esta tolerancia está reforzada por la distribución generalizada de prebendas, de pequeños beneficios y de políticas clientelistas: aunque no todos se aprovechen de la corrupción, se establece un silencio cómplice en torno a las desviaciones de un régimen "positivo en resumen". Pero se produce la ruptura de este círculo vicioso cuando estalla un gran escándalo y/o cuando este sistema corrupto cae en la trampa de unas demandas crecientes, recursos insuficientes y contradicciones internas cada vez más acusadas. En este sentido, Italia constituye un ejemplo llamativo de esta evolución: después de decenios de tácita complicidad de las minorías y de una gran parte de la opinión pública, el sistema corrupto se ha hundido, víctima de su imprudencia y de su arrogancia por un lado, y de su coste económico y financiero por otro.

Asimismo, la denuncia de la corrupción se da con más vigor en momentos de crisis políticas y económicas. La alternancia o la posibilidad de ésta en época de elecciones reñidas constituye unas condiciones particularmente favorables para el estallido de escándalos en los que los partidos de oposición (o ligados al poder recientemente) están dispuestos a explotar las debilidades del adversario, excepto, claro está, si ellos mismos están metidos plenamente en el sistema de corrupción. Las crisis económicas, al romper las connivencias y las solidaridades, producen el mismo efecto, deslegitimando a las minorías políticas o económicas en el poder y permitiendo por último poner fin a las protecciones abusivas de las que se beneficiaban (ej. los recientes escándalos en Mexico, en el Japón, en Corea, en España, en Italia).

Esta desestabilización de las minorías en el poder suele beneficiar a los partidos de la oposición. Pero habida cuenta de las redes de connivencia que van mucho más allá de los titulares de los cargos oficiales, es frecuente que el conjunto de los dirigentes sean víctimas del oprobio popular. Entonces se denuncia a la "clase política" dando a entender con esta expresión que constituye un grupo privilegiado y aparte, una nomenklatura ávida de sus privilegios, frente a las virtudes populares y nacionales.

Este discurso anti-minorías es cada vez más frecuente en los sistemas democráticos. No solo a causa de la corrupción sino porque los escándalos lo alimentan y refuerzan. El populismo caracterizado por su actitud de protesta (anti-impuestos, anti-inmigrantes, anti-Welfare, anti-minorías) va cobrando tanta más influencia por cuanto las minorías han perdido la legitimidad que justificaba su poder y a veces sus privilegios.

Traducido del francés

Referencias

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LA CORRUPCION COMO DOCTRINA

JOSE BENEGAS

¿De que se habla cuando se discute sobre la corrupción?. La preocupación por el tema alcanzó niveles tan altos que resultaría verdaderamente extraño asistir a un debate sobre política que no incluya esta cuestión y hasta diría que se ha convertido en el arma de confrontación por antonomasia entre aspirantes al poder. Sin embargo por debajo de la superficie de la indignación colectiva, lo que aparece es el desmembramiento de un sistema de creencias sostenido de manera casi unánime, inclusive con amparo moral. Todos rechazan el término "corrupción" pero sostienen postulados morales que en algunos casos son directamente antagónicos.

Para algunos corrupción es "la frivolidad de la noche" en alusión al exhibicionismo del simulacro de jet set local, o "la ostentación impúdica de riqueza" que está dada, entre otras cosas, por el tamaño de la casa que uno tiene. En ambos casos, se parte de la convicción de que la riqueza surge del reparto que de ella hace el poder y en consecuencia todo aquél que ha recibido mas que los demás sería un corrupto cuya felicidad es la causa de la indignación popular. Para otros, la corrupción es apoderarse de fondos públicos, porque el robo a un empresario privado sería su problema y allá él. Una tercera facción moral por decirlo así, sostiene un concepto juridicista de corrupción, circunscripto a las tipologías delictivas descriptas por la legislación penal. Así podríamos mencionar otras muchas versiones del mismo término que obsesiona a los argentinos sin que se logre formar una respuesta coherente.

Para muchos el flagelo es un mal propio de la "clase política" que el resto de la sociedad, ajena por completo, observa estupefacta. Esta visión, seguramente la mas útil en la lucha por el poder, es una forma de ejercer ese verdadero deporte nacional en que se ha convertido la demagogia, dejándonos a nosotros, el adorado pueblo, libres de todo reproche. Claro está que esta versión tan conveniente contradice algunas otras afirmaciones dogmáticas, aunque poco valen las contradicciones cuando el objetivo perseguido no es la verdad. Me refiero a la creencia que se repetía en tiempos no muy lejanos pero mucho mas optimistas que estos, en la primera etapa del plan de "convertibilidad", según la cual "la gente" habiendo prosperidad económica, se había vuelto "tan sofisticada" que hasta reclamaba cierta vuelta a la moral y no estaba dispuesta a aceptar los negocios públicos turbios. Según parecía entonces, los valores morales no serían principios básicos que guían nuestra conducta, sino un mero lujo para tiempos de vacas gordas, aceptando como premisa que la prosperidad es posible despojada por completo de los valores que sustenten la protección de la propiedad privada en oposición al robo, a la corrupción o como quiera llamársela. He aquí la punta del ovillo.

¿Cómo catalogar dentro de alguna de estas versiones de moral que hemos visto, a las numerosas conductas reprochables que son tan comunes en el llano de la sociedad?. Podríamos llenar varios libros sólo con ejemplos, pero aquí van algunos: Los administradores del edificios que arreglan sobreprecios con los prestadores de servicios para quedarse con una parte en perjuicio de los propietarios; los porteros que también tiene su arreglo con un diariero en particular para darle una exclusividad mafiosa en un edificio que no le pertenece; el taxista que se equivoca de camino curiosamente siempre en perjuicio del pasajero, o se olvida de prender el reloj si es peón, de modo que el que perderá será el dueño del automóvil; los gerentes de compras públicos o privados de los que no hace falta aclarar nada; los directivos de empresas que cobran "retornos" (decir coima es poco elegante) de los profesionales que contratan para la empresa, estafando a los accionistas; los hermanos que se saquean mutuamente en las sucesiones de sus padres ocultando bienes con toda clase de maniobras defraudatorias; los inquilinos que se apoderan del inmueble del locador con el amparo de la ley o las corporaciones profesionales que utilizan al Estado para esquilmar a sus asociados compulsivos, etc., etc. etc. ¿Son algunos de estos asaltantes, políticos u ostentadores de revistas tontas?; ¿son todos ellos delincuentes en términos estrictamente jurídicos?. No, no lo son, pero son tan corruptos como los chivos expiatorios que nos ofrecen los noticieros y tal vez aún mas, en proporción a las oportunidades que unos y otros tienen.

Nuestra sociedad acepta muchas formas de corrupción, desde la colegiación obligatoria para los profesionales que ya mencioné, al régimen de obras sociales, los reembolsos a exportadores, el castigo impositivo al que triunfa y muchísmimas otras, cada una de las cuales acompañada por una andanada de justificaciones altruistas; pero las acepta y hasta las promueve. No hay nada parecido a principios inquebrantables en esta feroz reacción moralizadora en que vivimos y en tan endeble basamento es dificil obtener algún resultado satisfactorio.

La corrupción profunda que nos acecha diariamente no es otra cosa que el resultado natural de la falta de apego a la propiedad privada como principio, si se quiere, el costado material de la honestidad, aún cuando tiene implicancias mucho mas amplias.

La sociedad argentina hace décadas que acoge calurosamente cuanta disparatada idea contraria al derecho de propiedad aparece en el mundo, en cualquier campo del conocimiento, sea el derecho, la economía, la sociología o la religión. El desquicio moral (y jurídico y económico y sociológico y religioso) llegó a tal punto que son pocos los que dudan que la pobreza se combate sacándole a los ricos para repartirlo; o, lo que es lo mismo, que el robo es un medio adecuado y aceptable para poner fin a la miseria. Y quienes mas provecho político consiguen enarbolando la bandera de la rectitud, son curiosamente los mas convencidos de esta falacia moral (y económica, dicho sea de paso).

Si miramos a nuestro alrededor y viendo lo que ocurre todos los días quedamos estupefactos, habremos descubierto el resultado inevitable de semejantes ideas; los malos frutos de esos lamentables árboles. Pero como somos especialistas en el arte del autoengaño, nos escondemos tras la mascarada de los políticos corruptos, que no son otra cosa que argentinos medios con poder, que el canchero del barrio, que el piola que se lleva la toalla del hotel, sólo que con mas oportunidades.

Vivimos nuestra "manu puliti" como una una aceleración y profundización de los mismos sentimientos y propósitos causantes de la situación que se dice querer revertir. Lo que se hace aparecer como el rechazo al robo, generalizando claro está, no es mas que la envidia ante la riqueza ajena con absoluta independencia del modo en que se la obtuvo. Y la envidia es el sentimiento de los ladrones, no el de la gente decente.

En la Argentina el sustento filosófico de la corrupción es difundido en los colegios, se lo defiende por televisión, se lo ensalza en la radio, en el púlpito y en la sobremesa familiar; siempre en nombre del amor al prójimo. La conducta típica de los partidarios de la doctrina corrupta, cada vez que se presenta una situación crítica, consiste en proponer soluciones que son una gama de modalidades de saqueo impositivo y posterior repartija. En un marco semejante, los políticos corruptos no deberían ser juzgados como lo son, sino como paradigmas de la "justa distribución de la riqueza", si tenemos en cuenta que todos arrancaron su carrera desde al pobreza y ahora tienen todo lo que necesitan.

Las personas que no respetan lo que es de otro, sea "quedándose con los vueltos", sea creyéndose benefactoras de los pobres por buscar la intervención estatal para asaltar al prójimo como solución, sea atacando el concepto mismo de propiedad privada con teorías pseudo jurídicas o pseudo económicas para explicar que lo que es de alguien en realidad no lo es tanto, contribuyen a destruir simultáneamente toda posibilidad de progreso moral y económico. Porque a pesar de lo que se cree -en un mundo que supuestamente se basa en el principio de no contradicción-, moral y economía no son mas que dos caras de una misma moneda.

Si queremos limpiar nuestra sociedad, empecemos por abandonar las creencias que la han corrompido. Nadie es completamente inepto para producir y acumular bienes sin necesidad ni de asaltar al vecino ni de pedirle al gobierno que lo haga por él. Ni siquiera la mas inhábil de las personas está impedida de obtener de los demás una asistencia voluntaria sin tener que recurrir ni tan siquiera a la manipulación. Si verdaderamente creemos que la honestidad conduce a la felicidad, si nuestra intención es extirpar el cancer de la corrupción que nos rodea, no sigamos alimentando el resentido pensamiento predominante.