| "El triste final de don Mariano" | |||||||||||||
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| Ella se resistió. Pero al ver la insistencia del patrón se dejó llevar hasta el centro del patio. “ - Ya no quieres saber nada de mi”, le decía, “muchos años que me huyes… todavía estás hermosa”. Tocándole las caderas le volvió a decir: “este culo todavía está duro ¿es mío o no?...”. “ - Por favor patroncito hable mas despacio, no vaya a ser que se de cuenta mi José.” “ - José es un hijo de puta... un cachudo de mierda...”, volteando la mirada extraviada por el alcohol buscó a José y lo llamó: “Ven cachudo…ven cornudo de mierda. Todos saben que Juana es mi mujer, que la hija que parió es mía, por lo tanto mi ahijada es también mi nieta. Dile," - le increpaba a Juanacha-, “dile como nos revolcábamos dentro del maizal…dile que mientras él marchaba como un huevón en el ejército, yo te hacía ver las estrellas” José estaba como loco. “Mentira...”, decía, “mentira… ¿Candelaria es mi hija verdad?”, le preguntaba a su mujer, “habla mujer de Dios, habla te lo suplico…” .Pero ella permanecía muda y petrificada por el terror. La gente murmuraba. Tanto Mercedes como las demás personas siempre lo habían sospechado. Era lógico. Candelaria no había sacado nada de José. El color, su fisonomía era muy distintos. Los ojos claros delataban más el forzado adulterio. José entró a la cocina y cogió el hacha de rajar leña. Sin que nadie lo pudiera detener salió blandiendo el arma a diestra y siniestra. Don Mariano se puso pálido pero no corrió. Mas bien todo envalentonado le puso el pecho diciéndole: “Golpea huevón, si tienes los cojones bien puestos golpea…”, miraba a su alrededor sabiendo que todos intervendrían, que se avalanzarían encima de José para desarmarlo, pero nadie se movió. Todos permanecieron en su sitio. Sólo Juanacha y Candelaria suplicaban a José. “Por favor no lo hagas, te explicaremos todo..., no cometas esa locura”. Pero ya él no escuchaba a nadie. Descargó un certero golpe en la cabeza de su patron. Un seco sonido se escuchó en el aire. La sangre salía a borbotones. José descargó más y más golpes. Estaba fuera de sí. Doña Mercedes pedía auxilio, gritaba: “Ayuden a mi esposo!...” Pero no había eco. Cansado de tanto usar el arma en el cuerpo de su amo, arrojó el hacha a un lado. Caminaba como un zombie. Con los ojos perdidos se alejaba de su casa. Tomó el camino al pueblo. Iría a entregarse a la policía. No oía los susurros de la gente, ni el llanto lastimero de su esposa, de su hija, de sus padres. Había lavado su honor. Había vengado a tantas mujeres violadas. Había levantado su voz de protesta por el abuso. Había reinvidicado a tantos hijos abandonados. |
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