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¿Son los seres vivos, complejos robots?
Fuente: Sombras de antepasados olvidados (Carl Sagan y Ann Druyan)

Pensemos en el mundo de las garrapatas. Aparte de su equipo físico sexual, ¿qué deben hacer para reproducir su especie? Las garrapatas a menudo carecen de ojos. Los machos y las hembras se encuentran por el olor siguiendo pistas olfativas llamadas feromonas sexuales. La feromona de muchas garrapatas es una molécula llamada 2,6-diclorofenol. Si C indica un átomo de carbono, H de hidrógeno, O de oxígeno y Cl de cloro, esta molécula anular puede escribirse C6H3OHCl2 . Un poco de 2,6-diclorofenol en el aire y las garrapatas enloquecen de pasión.

La hembra, después de aparearse, trepa a un arbusto o matorral y se pone sobre una ramita o una hoja. ¿Cómo sabe el camino de subida? Su piel capta la dirección de donde llega la luz aunque no pueda generar una imagen óptica de su entorno. La hembra se instala en su hoja o ramita, expuesta a los elementos y espera. La concepción no se ha producido aún. Las células espermáticas que lleva en su interior están cuidadosamente encerradas en una cápsula, guardadas en un almacén a largo plazo. La hembra puede pasar varios meses o incluso años esperando sin comer. Tiene mucha paciencia.

Lo que esta esperando es un olor, un soplo de otra molécula específica, quizá la del ácido butírico, que puede transcribirse con la fórmula C3H7COOH. Muchos mamíferos, incluido el hombre, emanan ácido butírico por la piel y los órganos sexuales. Una pequeña nube de esa sustancia les sigue por doquier como un perfume barato. Es un factor de atracción sexual de los mamíferos. Pero entre las garrapatas sirve para encontrar alimento para las futuras madres. Cuando la garrapata siente el olor del ácido butírico flotando bajo suyo, se desprende de su ramita y se deja caer por el aire, con las piernas desenrolladas. Si tiene suerte, aterriza en el mamífero que pasa por debajo. (Si no, cae al suelo, se sacude y trata de encontrar otro al arbusto que encaramarse.)

La garrapata se agarra al pellejo del huésped, que no se entera de nada, y avanza por la espesura hasta encontrar una zona menos vellosa, un trozo de piel desnuda, agradable y cálido. Allí perfora la epidermis y bebe sangre hasta hartarse.

El mamífero tal vez sienta un pinchazo y se rasque hasta arrancar la garrapata, o explore insistentemente su pelo hasta dar con ella. Las ratas pueden pasar hasta un tercio de sus horas de vigilia cuidando de su pelaje. Las garrapatas pueden extraer una gran cantidad de sangre, segregan neurotoxinas, llevan microbios patógenos. Son peligrosos. Una concentración excesiva de garrapatas en un mamífero puede provocar anemia, pérdida del apetito y la muerte. Los monos y los simios antropomorfos se rastrean meticulosamente el pellejo unos a otros; éste es uno de sus principales idiomas culturales. Cuando encuentran una garrapata, la arrancan con sus instrumentos de precisión y se la comen. Es notable que gracias a ello estén en estado natural bastante a salvo de estos parásitos.

Cuando la garrapata se ha hartado de sangre, y si ha superado los peligros del aseo, se deja caer pesadamente al suelo. Fortalecida de este modo, abre el precinto de la cápsula que guarda las células espermáticas, deposita los huevos fertilizados en el suelo (quizás unos 10.000) y muere, dejando que sus descendientes continúen con el ciclo.

Observemos qué sencillas son las capacidades sensoriales que requieren las garrapatas. Tal vez se alimentaban de sangre de reptil antes de que evolucionaran los primeros dinosaurios, pero el repertorio de habilidades esenciales de las garrapatas sigue siendo bastante pobre: responder a la luz solar para saber el camino hacia arriba; oler el ácido butírico para saber cuándo ha de dejarse caer sobre un animal; sentir el calor; avanzar salvando obstáculos. Esto no es pedir demasiado. Hoy en día tenemos fotocélulas muy pequeñas que pueden encontrar fácilmente el sol en un día despejado. Tenemos muchos instrumentos químicos analíticos que pueden detectar pequeñas cantidades de ácido butírico. Tenemos sensores infrarrojos en miniatura que captan el calor. De hecho, estos tres tipos de aparatos se han lanzado a bordo de naves espaciales para explorar a otros mundos, por ejemplo, en las misiones Viking a Marte. La nueva generación de robots móviles que se están desarrollando para la exploración planetaria puede pasar ya por encima de grandes obstáculos o sortearlos. Se necesitarán algunos avances en la miniaturización, pero no falta mucho para que pueda construirse una pequeña que imite - en realidad supere con creces - las capacidades centrales de la garrapata para percibir el mundo exterior. Y podríamos equiparla sin duda con una jeringa hipodérmica. (Más difícil sería, sin embargo, imitar su sistema digestivo y reproductor. Nos falta mucho para poder simular partiendo de cero la bioquímica de una garrapata.)

¿Qué siente uno en el interior del cerebro de una garrapata? Uno conoce la luz, el ácido butírico, el 2-6 diclorofenol, el calor de la piel de los mamíferos y los objetos a los que se debe trepar. No hay imagen, no hay visión del entorno: uno es ciego. También es sordo. La capacidad olfativa es limitada. Desde luego, pensar no se piensa demasiado. Se tiene una imagen muy limitada del mundo exterior. Pero lo que uno sabe es suficiente para lo que uno hace.

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El insecto enjoyado, de elegante arquitectura, que se pavonea entre las motas de polvo bajo el sol de mediodía ¿Tiene emociones, tiene alguna conciencia? ¿O es sólo un sutil robot compuesto de materia orgánica, un autómata fabricado con carbono, cargado de sensores y actuadores, programas y subrutinas, que fue construido siguiendo las instrucciones del ADN?. Podríamos estar dispuestos a admitir que los insectos son robots porque, que nosotros sepamos, no hay pruebas convincentes de lo contrario y la mayoría de nosotros no tenemos vínculos emocionales profundos con los insectos.

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