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La ciencia y el destino
Fuente: Julio César Londoño, especial para Gaceta. El PAÍS. 03 de Agosto de 2003

Ensayo
La ciencia y el destino
En estos tiempos se goza de un determinismo moderado que permite planificar con expectativas razonables de acierto los proyectos oficiales y los negocios de los particulares. Repaso a las ideas científicas que ocasionaron la debacle del determinismo.

La invención de la imprenta, los avances de la ciencia en los siglos XV y XVI, la perspicacia del método científico de Baçon, el surgimiento de la ciencia fáctica en la mente de Galileo, la inteligente nostalgia del Renacimiento por la Antigüedad clásica y su principal corolario, el humanismo, hicieron antropocéntrico un mundo cuyo eje había pasado siempre por el capricho de alguna divinidad y permitieron el racionalismo del Siglo XVII. Este dio lugar en las ciencias sociales al determinismo y en las naturales a la causalidad mecanicista.

Partiendo de la sana premisa de que nada ocurría porque sí, que todo tenía una causa, se concluyó que el universo era un engranaje mecánico, aceitado y previsible, y que la historia era una secuencia de causas y efectos articulados en un orden lineal invariable. La regia explosión de conocimientos y síntesis científicos de los dos siglos siguientes agravaron el narcisismo de la especie y reforzaron el sueño determinista. Pero desde mediados del Siglo XIX comenzaron a suceder hechos inquietantes.

El primer golpe contra el determinismo lo propinó Charles Darwin. En su libro sobre 'El origen de las especies' registró las que hoy son conocidas como 'las tres leyes de Darwin': que todos los cambios de los seres vivos se deben a la selección natural; que son muy pequeños; y que se producen por azar.

Fue una idea de difícil digestión para una época en que se pensaba, como sostenían Erasmus Darwin, el tío de Charles, y Lamarck, que la evolución tenía un plan, un norte, la perfección. Charles Darwin sacudió la academia y los púlpitos con la tremenda nueva de que las mutaciones y las variaciones de los seres vivos obedecían al azar, es decir, que no obedecían a nada.

Causa y efecto

En 1887 Friedrich Nietzsche puso el punto final de 'La gaya ciencia'. Desconfiando de los presupuestos, las inferencias y las abstracciones de los científicos ("asumiendo fricción cero", y cosas por el estilo), y demostrando una enorme agudeza epistemológica, el pensador alemán afirmó en esas páginas que la diferencia entre el conocimiento antiguo y el moderno estriba en que éste describe mejor que aquel el mundo fenomenológico, aunque es muy poco lo que ambos explican: "La cualidad de cada fenómeno químico resulta, lo mismo antes que ahora, un milagro. Conocemos con exactitud la fuerza con que se atraen la Tierra y la Luna pero lo ignoramos todo sobre la naturaleza de dicha fuerza. Nadie sabe explicar nada", se lamentaba el genial energúmeno de Rökken.

Este fue el segundo ataque serio que sufrió el determinismo. Por la misma época un matemático, Jacques Hadamard, descubrió la gran sensibilidad de algunas estructuras numéricas a los valores iniciales, es decir, que un pequeño error en los valores de partida generaba errores muy grandes en los resultados. Luego se descubrió que estas estructuras se aplicaban a infinidad de situaciones de la física, la química, la biología, la economía, la meteorología, etcétera, y la indeterminación resultante fue denominada 'Teoría del caos'.

Aunque sofisticada en los detalles, las implicaciones de la teoría pueden comprenderse perfectamente con ejemplos sencillos: el batido de las alas de una mariposa producirá al cabo de un tiempo un cambio completo de la atmósfera terrestre; una bola de nieve puede producir una avalancha o chocar con un obstáculo pequeño al comienzo de su carrera y detenerse; un error de 4 minutos de arco al apuntar un cañón, hace que el proyectil se desvíe más de un metro del centro de un blanco situado a un kilómetro; un pequeño incidente diplomático puede alterar de manera considerable las operaciones de la bolsa. Y como ningún análisis puede considerar todas las mariposas ni todas las bolas de nieve ni, en general, todas las variables de casi ningún problema, la 'Teoría del caos' advierte que en muchísimas situaciones, concretamente en todos los sistemas que presentan una gran sensibilidad a la variación de las condiciones iniciales, no se pueden predecir con exactitud los resultados en intervalos relativamente grandes de tiempo.

Otros cismas

Poco después, con un valor que aún no es reconocido lo suficiente, Sigmund Freud escandalizó al mundo al hundir su escalpelo en las entrañas del alma humana. (Si hubiese tomado lápiz y calculadora y medido el IQ de Dios el revuelo habría sido menor). Sus revelaciones (1896) en el sentido de que las razones últimas de la conducta residen en la 'caja negra' del inconsciente fueron un duro golpe para el racionalismo y por ende para el determinismo.

El determinismo ya no sirve de fundamento filosófico para los programas ideológicos de los dictadores ni para las atrocidades 'eugenésicas' de los ángeles del racismo ni para las doctrinas mesiánicas.

La 'Teoría de la relatividad' y el 'Principio de incertidumbre', enunciados ambos en el primer tercio del siglo pasado, acabaron de afantasmar la realidad. La primera, al descubrir que las observaciones dependían de la velocidad del observador. La segunda, al comprobar que se debe renunciar a la certeza y transar con la probabilidad. Desde entonces se dispone de varios 'presentes' legales y, por lo tanto, de varios 'futuros' posibles.

Los historiadores comenzaron a recelar del determinismo y descubrieron que las trayectorias de los sistemas sociales se parecían más a las marañas del movimiento browniano que a las plásticas curvas del bachillerato. La muerte de un discreto príncipe en Sarajevo, por ejemplo, desató la I Guerra Mundial (1914) mientras que el asesinato del Presidente de los Estados Unidos por un comunista en 1963 apenas perturbó la bolsa.

Como si no fuera suficiente humillación tener que aceptar la imposibilidad de conocernos a nosotros mismos, según la 'maldición' de Freud, ahora debíamos renunciar a conocer con exactitud el flujo de las ondas sociales y las variables de los fenómenos físicos.

El teorema de Gödel

En 1931 se produjo lo que muchos consideran el resultado conceptual más profundo del Siglo XX. Ese año un joven lógico austriaco, Kurt Gödel, demostró un teorema que llevaría su nombre y que decía en síntesis lo siguiente: todo sistema axiomático es, por fuerza, o inconsistente o incompleto. Lo dramático del asunto estriba en que la matemática, ese alto arquetipo griego a cuya perfección aspiran todas las ciencias, es un sistema axiomático.

Si se piensa ahora que las ciencias humanas y naturales se apoyan resueltamente en modelos matemáticos, y que sólo dan por conocida una cosa cuando logran traducirla en expresiones numéricas, la gravedad del anatema de Gödel salta a la vista. Buena parte del conocimiento está edificado sobre una base que no es tan firme como se pensaba.

Coincidencial o fatalmente, los poetas surrealistas estaban ensayando por esta época la escritura automática (una suerte de ejercicios literarios que apelaban a las musas del inconsciente), aparecieron serias fracturas en la continuidad espacio-temporal de las narraciones de Joyce, Woolf y Faulkner, y un tímido vendedor de seguros de Praga se permitió echar una sonrisa inteligente y ácida sobre el derecho y la justicia, y trazó una caricatura despiadada, es decir exacta, sobre la vacuidad de los rituales burocráticos.

En conclusión

Lo positivo del entierro del determinismo, o por lo menos de los discretos límites que ahora lo circunscriben, radica en que ya no servirá de fundamento filosófico para los programas ideológicos de los dictadores ni para las atrocidades 'eugenésicas' de los ángeles exterminadores del racismo ni para los delirios paranoicos y las doctrinas mesiánicas de pastores fundamentalistas. Las sectas y las dictaduras han basado siempre sus doctrinas en especulaciones deterministas. El sátrapa y el pastor son iluminados que conocen al dedillo la senda de la felicidad, y arrean la masa por ella hasta embutirla en el paraíso -reino que cercan cuidadosamente con dogmas y decretos, con himnos y policromías, con muros y púas para que nadie corra el riesgo de extraviarse en las desdichadas tierras de allende el cerco.

El determinismo era estimulante para el pensamiento (incitaba a descubrir las leyes de la vida y la materia) pero estéril para la ética. Si todo estaba predeterminado, si está escrita la salvación o decretada la condenación ¿para qué afanarse?

El marco conceptual de estos tiempos frente al problema del destino es ideal. Se goza de un determinismo moderado que permite planificar con expectativas razonables de acierto los proyectos oficiales y los negocios de los particulares, sin eximir a nadie de obligaciones éticas. Y si bien es cierto que incomoda el margen de error que comporta la ciencia (nos gustaría poder predecir con precisión la fecha y el lugar de las catástrofes naturales), es un precio que se acepta de buen agrado por tener una ciencia humana -es decir limitada y falible pero siempre perseverante, con frecuencia lúcida y a veces providencial- y porque ese margen de incertidumbre añade, en lugar de restar, encanto al mundo.

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