Aventuras de la mar oceana
Aquí tenéis esta maravilla que nos envia Auxi.
 La historia no esta localizada en ningún
 lugar, pero, a juzgar  por la retranca,
de la gente de esta histotia, bien
 pudieran ser Gallegos. JeJe...

 

Hace mucho tiempo oí una historia que en un principio no creí. Luego, al pasear por los puertos viendo cómo los marineros viejos miran con nostalgia el horizonte... bueno, ahora creo que pudo haber ocurrido..., en esta época es impensable, la técnica y las comunicaciones lo impedirían, pero entonces...quién sabe...

La historia contaba la extraña vida de nueve marineros, algunos ya en edad de jubilarse pero incapaces de tomar una decisión sobre su futuro. Me contaron que eran bastante felices... a pesar de las rarezas de su capitán. Llevaban navegando en el mismo viejo barco desde hacía veinte años, (más o menos), y hacían la misma ruta en las mismas fechas, siempre que el mar no lo impidiera, claro.

Todos ellos tenían varias familias, cuatro cada uno, formada por una esposa y al menos tres hijos de cada esposa, y cada una de ellas desconocía la existencia de las otras pero era amiga de las esposas de los otros marineros en la misma ciudad, así que cuando el barco de los marineros llegaba a puerto, lo que solo ocurría una vez al año, dejaban a los niños con los abuelo o los vecinos, se ponían bien guapas y todas juntas iban a recibirlos.

En cada puerto, con cada familia, los marineros pasaban un mes y medio o dos meses, a veces incluso tres, pero el resto del tiempo lo pasaban a bordo, pescando y reparando el barco que ya era muy viejo y pasando el tiempo como podían hasta llegar al próximo puerto para ver a otra de sus familias.

Ninguno de los marineros era capaz de decidirse por una de sus esposas sabiendo que no volvería a ver a las otras o a sus otros hijos. Encontraban en cada una algo especial que las hacía únicas y solían comentar entre ellos esta situación, poniéndose más y más tristes hasta que alguno empezaba a cantar y ya se animaban todos, lo que tenga que ser, será, decían entonces.

Ninguno se acordaba exactamente cómo había empezado esta peculiar forma de vida, eran perfectamente conscientes de su anómala situación, cúanto más porque a los ocho les había ocurrido lo mismo, aunque no al mismo tiempo. En muchos casos la esposa de uno era hermana o sobrina de la esposa del otro y así estaban todos emparentados, pero el secreto que solo los hombres compartían les hacía sentirse ajenos a las mujeres y unidos entre si por lazos más fuertes que ningun otro compromiso.

Hacía ya más de quince años que la ruta se había establecido, unos dos años antes de haber comprado el barco entre todos. Por suerte, cada una de sus mujeres trabajaba y mantenía a los niños casi sin ayuda del padre, de otro modo hubiera sido imposible mantener a las familias y en caso de alguna desgracia o problema económico, hacían una colecta.

Ahora ya no hacían realmente negocios, inmersos en sus problemas personales no habían tenido tiempo ni dinero para modernizar los aparejos o las instalaciones del barco, pero aún gananban lo suficiente para mantenerse a flote y sobrevivir, aunque era cada vez más evidente para todos que el fin de su situación llegaría pronto, sobre todo por el empeoramiento del capitán que los tenía muy preocupados.

El capitán era el único que no tenía familia, y estaba loco de remate. Eso no le impedía cumplir con todo el papeleo necesario en los puertos. Tenía una increíble lucidez para todo ello e incluso para el comercio, no había quien lo engañara. Pero todo eso quedaba en tierra firme, así que se desdibujaba la linea de la costa y no había otros barcos cerca, el capitan, invariablemente, se convertía en pez.

Tenía sus épocas de peces diferentes, que iban rotando a lo largo de los meses en función de la ruta, la estación del año, la temperatura y otros detalles que a pesar del tiempo vivido junto a él, los marineros nunca habían podido preever.

Estaban todos ya acostumbrados a sus extravagancias y no le hacían ningún caso, tampoco él lo esperaba claro, y no lo necesitaban para gobernar el barco, así que la conviencia a bordo seguía unas pautas bastante rutinarias.

Las épocas más tranquilas eran cuando el capitan se sentía sardina, arenque, mero, etc; Según el pez que fuera se movía más o menos lento por todo el barco, escondiéndose detrás de las cajas, los barriles y las puertas, apartándose de los demás, comíendo a escondidas lo que pillaba en la cocina y todos contentos.

Tampoco era un problema cuando hacía de ballena, resoplaba todo el rato y se movía lenta y pesadamente por cubierta, pero los marineros se apartaban a su paso y nada, él a lo suyo. Luego se quedaba horas y horas quieto, como durmiendo.

Pero había épocas en que había que andarse con cuidado, por ejemplo las dos veces que en su época de tiburón, olió sangre. La primera vez fue cuando el cocinero se cortó el dedo picando cebolla y tuvo la mala suerte de tropezar con él al salir de la cocina, como íba desprevenido no tuvo tiempo de evitar al capitán, que le arrancó el dedo de un mordisco.

La segunda vez fué peor, porque había tormenta y los demás marineros tardaron en oír al que se había hecho el rasguño en la pierna, y ahí se le había tirado el capitan, que no lo soltaba ni a palos, además al pobre se le infectó la herida y quedó cojo. Así que en las épocas de tiburón había que estar bien atento.

Aunque era menos peligroso, resultaba bastante desagradable para todos la época de pulpo, sobre todo porque el capitan no solía bañarse, lavarse o asearse en ningún aspecto si no había tierra a la vista. Empezaba porque el capitán corría suavemente por toda la cubierta, las manos y la cabeza hacia atrás, y ahí corrían todos a esconderse en los sitios más raros posibles, incluso había alguno que tenía ya una cuerda preparada y atándosela a la cintura se tiraba por la cubierta y quedaba colgando de la barandilla a media altura del casco, a veces durante horas. El capitan podía seguir de esa guisa un buen rato, pero en cuanto encontraba a alguno, se agarraba a él con todas sus fuerzas y era imposible hacer que lo soltase durante al menos dos días, ni pinchándole, ni quemándole, simplemente se agarraba y se pegaba completamente, con lo que el pobre marinero tenía que cargar con él fuera donde fuera e hiciera lo que hiciera, y no podía sino resignarse hasta que el otro lo soltara para, despúes de varias horas de movimientos ondulantes, agarrarse a otro.

Luego había épocas intermedias, como cuando se creía morena, que no eran tan malas. El capitan se escondía y saltaba sobre los marineros para quitarles la comida o cualquier cosa que cargaran en ese momento, así que se llevaban unos sustos tremendos a pesar de estar preparados, pero no tenía mayores consecuencias.

Sin embargo, últimamente el capitan había empezado a actuar de modo tan extraño que los marineros no podían identificar ningún animal entre las doce o trece especies acuáticas a las que los tenía acostumbrados tras veinte años.

Los cambios se estaban produciendo más brusca y rápidamente que de costumbre y además, demasiado cerca de la costa, así que habían creado un turno de vigilancia permanente de dos hombres que anotaban todas sus observaciones en busca de pautas que les ayudasen a averiguar en qué nuevo animal, personaje o cosa se convertía ahora y exactamente a qué distancia de la costa volvía a la normalidad, circunstancia ésta imprescindible para la buena marcha del poco negocio que aún hacían.

Por desgracia la vigilancia daba pocos resultados, los informes solían consistir en:

8'40h -El capitan sigue llorando desnudo escondido detrás del cubo de basura de la cocina.

8'58h-El capitan llora más fuerte desde que el cocinero cambió el cubo de basura de sitio, (ya se había derramado cinco veces en dos horas).

9'30- El capitan ya no llora.

9'32-El capitan mira desde su escondite a derecha e izquierda con cara de pocos amigos. No nos ve, estamos escondidos en el saco de patatas.

9'35-El capitan sale "sigilosamente" de su escondite y se come la tortilla que hizo el cocinero.

9'40- El capitan sale de la cocina.

9'42- No sabemos lo que hace el capitán, el cocinero ató los sacos donde nos escondimos...

Como hacía poco que habían embarcado, no esperaban llegar al próximo puerto hasta pasado un mes más o menos, y confiaban entre todos averiguar lo que pasaba mucho antes, pero a medida que iban pasando los días se desesperaban, . ¿Qué pasaría- se preguntaban- si al llegar a puerto ataca al práctico?, le quitarían la licencia y ya no podríamos salir, ninguno de nosotros se preocupó nunca de prepararse para sustituírle.- asentían todos lentamente- Ah, pues yo con la gorda de Susana no me quedo a vivir, ¡apenas soporto los dos meses que me tocan!, si eso nos tiene que pasar que sea en la otra ciudad.- saltaba siempre alguno con un comentario parecido- ¡Eso lo dirás tú!, yo prefiero quedarme aquí.-también era el siguiente comentario acostumbrado.

Como no consiguieron resultados con la vigilancia, la dejaron a las dos semanas y pasaron más y más tiempo discutiendo el inevitable fin de su extraña forma de vida. Poco a poco cada uno de ellos comenzó a enumerar las ventajas e inconvenientes de quedarse a vivir con una u otra de sus esposas y asi, entre todos, fueron desgranando los posibles futuros que les esperaban.

A poco destacó especialmente, menos en el más joven del grupo, el aspecto económico de cada emparejamiento, dado que la mayoría de ellos se consideraban demasiado viejos para aprender un oficio parecía una gran ventaja el que la mujer ya tuviera su propio negocio donde se pudieran colocar.

A ninguno se le ocurrió preguntarse cómo organizaban ellas su propia vida durante los casi diez meses en que estaban solas y así todos ellos, menos uno, se decidieron por una u otra mujer con negocio propio, una taberna, una panadería, una mercería y así todas.

El más joven sin embargo, se decidió por la más cariñosa de sus mujeres que además tenía cinco hijos, - las demás-decía- no tendrán ningún problema para salir adelante con los niños y yo estoy deseando hacer algo más que navegar y navegar.

Entonces empezaron a comentar, una vez se decidieron, cómo organizar el paulatino abandono del barco. Cómo tenían que explicar los que se quedaban, la desaparición de los otros, además ninguno quería renuciar a tener noticias de sus otras familias ni de ellos mismos, así que poco a poco fueron hilando un plan lleno de direcciones y nombres secretos, accidentes que nunca ocurrieron y excusas para poder seguir en contacto después de abandonar el barco.

El más joven sería el último en abandonarlo y el encargado del desguace. También se encargaría de cuidar al capitán, que no tenía familia, para lo que se quedaría con las ganancias por la venta del barco.

Así en el siguiente puerto, dos de los marineros abandonaron el barco de noche, cerca de una cala alejada del puerto. Ya tenían perfectamente preparada la historia de la gran tragedia ocurrida navegando a la deriva cerca de África, y cómo habiéndo sobrevivido seis al naufragio, cuatro murieron de unas fiebres contagiosas tan virulentas, que no hubo tiempo para llegar a zonas más civilizadas donde encontrar una cura y cómo, milagrosamente, ellos resultaron ser inmunes.

No tuvieron ningún problema para fingir una profunda tristeza, pues les bastaba a cada uno de ellos con recordar a sus otras tres familias irremediablemente perdidas y así, convencieron completamente a las "viudas", que lloraron desconsoladamente con ellos durante semanas y tiraron coronas de flores al mar.

Cuatro marineros más abandonaron el barco en el siguiente puerto de la misma manera que los anteriores para que nadie viese el barco y contaron, a su vez, una historia parecida, aunque en este caso, la deriva había arrastrado el barco una noche sin luna hacia un gran petrolero con el que chocó, produciéndose un trágico incencio que acabó con los restos del barco y todos los compañeros. Contaron cómo, a pesar de su desesperación e incluso con riesgo para sus vidas, habían intentado salvar a los otros, siendo todo inutil pues el que no quedó atrapado por el fuego fue tragado por las aguas en un desesperado intento por escapar a las llamas no pudieron encontrarles ni con la ayuda del petrolero.

Para demostrar la veracidad de su relato, el cocinero, con los ojos arrasados en lágrimas, enseñó a las mujeres las impresionantes quemaduras que cubrian toda su espalda y más abajo, hasta los tobillos y que, en realidad, se las había hecho el capitan cuando le prendió fuego una noche mientras gritaba que lo quería envenenar. El cocinero había sobrevivido tirándose por la borda y hubo de pasar dos semanas desnudo con ungüento para quemaduras de la cabeza a los pies..

Tambien ellos lloraron a lágrima viva durante semanas, recordando su pérdida, y así convencieron hasta a la más desconfiada de las abandonadas mujeres que, por fín, se resignaron a su suerte y rápidamente rehicieron sus vidas en favor de los "húerfanos".

En el tercer puerto solo un marinero había decidido quedarse, allí su mujer no solo era bonita, sino rica, aunque su historia debía ser aun más trágica y creíble que las de sus compañeros. Estuvo sin hablar y como ausente durante varios meses, manteniéndo en vilo a las esposas de los demás que lo llevaron a todo tipo de especialistas que solo podían prescribir drogas y confirmar que se encontraba en estado de shock. Él solo balbucía cosas como: ¡Esa ola...cuidado!...Pablo, Jose...¿dónde estáis..?. - y lloraba y gemía y miraba a lo lejos, y así, poco a poco, mientras fingía volver a la normalidad gracias a las medicinas y a los cuidados de su mujer, fue relatando el terrible naufragio acaecido y cómo, él solo, había pasado un dia y medio en alta mar, llamando a sus compañeros. Entonces lloraba de nuevo, pues al igual que a los demás no le costaba esfuerzo alguno y así convenció también a las mujeres, que lloraban su desgracia y su viudez, y encargaban misas por las almas de sus muertos.

Cuando el más joven llegó a puerto y las esposas de los otros vieron que venía solo con el capitán, ya completamente fuera de sus cabales, lo acribillaron a preguntas desesperadas. Él, sin decir nada, lloraba a lágrima viva mientras intentaba sujetar al capitan que graznaba como una gaviota y se quitaba la ropa. A tompicones les fue contando como habían recogido a un náufrago que, infectado por una rara enfermedad, había contagiado a todos en el barco incluso a él mismo, pero que por ser él mas joven, fue el único que pudo superarla.

Así fue contando a todas en conjunto y a cada una luego por separado, la muerte de sus maridos. Cómo, en medio de la locura de la fiebre, uno había saltado por la borda una noche sin que luego pudieran encontrarle, otro había matado a dos, suicidándose luego, los dos más viejos habían muerto por la fiebre misma, y cómo el último había sido acribillado por los disparos de un policía cuando intentó atacarlo con un cuchillo en el puerto donde atracaron a pedir auxilio.

Para demostrar su historia señalaba al capitán, que se había quedado de esa guisa a pesar de los esfuerzos de los médicos por sanarle y lloraba mientras balbucía que quizás la muerte era preferible a ver a sus queridos amigos, sus hermanos, enloquecidos e inútiles, perdida toda dignidad y humanidad. Ellas lloraban de pena y suspiraban, mirando de reojo al capitan que babeaba moviendo los brazos e imaginando lo que hubiera sido su futuro, asintieron entonces aliviadas y convencidas.

El barco fue desguazado y, aunque el marinero no pudo sacar mucho dinero por su venta debido al rumor de la terrible fiebre contagionsa de la locura, al menos recibió lo suficiente para pagar la estancia del capitan en una residencia especializada, donde su locura no parecía fuera de lugar y él parecía tan feliz como siempre.

Y cada uno de los marineros se adaptó a su nueva vida. A unos les fue mejor que a otros, pero todos añoraron siempre a sus otros hijos y a sus mujeres. Todos debieron aprender de nuevo a vivir en tierra, a ver siempre lo mismo y a envejecer a la sombra de sus esposas.

Pero algunos días al año, muy pocos, se volvian taciturnos y solitarios, la mirada como perdida, a veces una sonrisa misteriosa esbozada a medias cuando nadie miraba. Una tarde perdida soñando las noticias mirando el horizonte... y hasta alguna lágrima cuando la tristeza se colaba en los mensajes recibidos, sin que ellos ... pudieran hacer nada...

Cortesia de Auxi Santana

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