Como todas las noches, los ruidos de
las cantinas se filtraban por las rendijas de las pétreas calles,
de los cánticos y de las gargantas que cantaban obscenas
canciones. En una de aquellas tabernas, arrimado a la barra entre
efluvios de ginebra y extracto de quinina, se encontraba el
gaitero, pensando, recordando, bebiendo.
Alguien, seguramente, vio en sus ojos
la grandeza de otros días, supongo que en las arrugas, que como
valles discurrían por su geografía facial. Alguien, seguramente,
oía aquel roncón, aquel sonido silencioso que llegaba de todas
partes y se difuminaba en todas direcciones, cuasi al infinito.
Mientras tanto el gaitero daba vueltas
entre sus dedos aquella extraña moneda y acariciaba la vieja
gaita de madera y piel postrada en el mugriento mostrador. El
pensaba en silencio, él pensaba en la ancestral gaita y en el árbol
que había sido y en la moneda que Caronte le exigía. A veces ya
no tenía claro si quien le exigía la moneda era Caronte o la
diosa Rhiannon, la diosa Caballo. Mas era aún temprano, muy
temprano para morir . Mientras tanto las canciones seguían
contando de lo fea y obesa que era alguna mujer en algún lugar.
Y allí, entre los vasos rotos, la
mesas, los borrachos, las putas, los escupitajos de leprosos del
alma. Allí en aquella esquina, en aquel recoveco concupiscente
de la oscura taberna, se alzaba , impertérrita la figura del
acechador. Cuan halcón milenario oteaba el ambiente denso de la
noche no prestando oído al estruendo y posando la vista en los
ojos del que pensó era un despojo que ahogaba algún oscuro
espacio de tiempo en un vaso sin fondo, en el mar de la desidia.
Este le devolvió la mirada del desierto , de la nieve del bosque,
de la vida, mientras aquel sonido envolvente servía de telón a
las artes de Dagda.
Se sintió azorado el gaitero al
sentir cómo se posaba en su nuca la inquisidora mirada del
acechador. Se vio el lobo incomodado por el ubérrimo vuelo del
halcón, y las canciones seguían y las discusiones maniqueas
sobre artistas, ahora muertos, que tanto ilustraban las pobres
mentes de las chusma macilenta de ojos extraviados. Mas seguían
el singular duelo predador.
Entonces , agarró el viejo lobo la
gaita, y llevándosela a la boca sopló, sopló como nunca lo había
hecho. Salieron las notas, una tras la otra ,en mágica danza
sonora, envolviendo con su música las almas de los presentes,
sublimes, dantescas, ensoñadoras, macabras. Ahora era Dagda el
que cubría con su manto a la plebe geodésica, mientras la melodía
infinita poseía el espíritu nocturno. Y así, uno tras otro,
salieron a la calle bailando impunemente, en contubernio
declarado, perdiéndose en la noche bajo el platinado espejo.
Se vio el gaitero orgulloso
rememorando antiguas batallas, arengando a las tropas con la
infernal cornamusa, mas ahora eran otros tiempos y otras tierras
donde nunca entenderían tan singular sonido. Así pensaba el músico
cuando abrió los ojos y vio en la esquina difusa la dulce sombra
del halcón. Fue hacia él por el espacio libre de contaminación,
pausado, callado , brincando la moneda entre sus dedos. _¿ Qué
buscas tú, que no te dejas embaucar por el sonido de la gaita?._
dijo el gaitero. _ Busco algo que vive, se mueve y no se ve. _Respondió
el acechador. Y alzando la gaita, el viejo lobo la hizo sonar. Y
sonó una nota, al principio tenue, pero que fue subiendo como el
rugido del mar, como el sonido del bosque, como el aullar de los
lobos. Una nota que se acopló al suave roncar de aquel sonoro
gorgoteo que paría el útero de la existencia. Y dejó de hacer
sonar la gaita el discípulo de Dagda. Y siguió mirando a los
ojos de aquel, que por fin se daba cabal cuenta de que lo que
buscaba era la nota FA, el equilibrio, el eje de la balanza.
Cuando se le vio marchar por la calle
del medio, comenzaron a sonar los primeros movimientos de la
sinfonía Nº 3 de Mendelson y amanecía en Galicia.
Creado y registrado por Gael
