El Concepto erroneo
(Por Bob Sorge)
Estudios
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Algunas personas han expresado una supuesta diferencia entre la alabanza y la adoración que requiere ciertos ajustes. La idea se ha expresado con palabras semejantes a estas: “La alabanza crea la presencia de Dios, mientras que la adoración es la reacción de los creyentes a esa presencia”. Hay ciertos problemas con esta declaración. La alabanza no “crea” la presencia de Dios; no induce, ni obliga, ni ordena la presencia de Dios, la cual está en la Iglesia, basada no en la alabanza de los creyentes sino en la promesa del Señor. El nunca dejará ni abandonará a sus hijos, y ha prometido que donde haya dos o tres reunidos, Él estará con ellos (Mateo 18:20). Cuando la Iglesia alaba, el Espíritu Santo agita el corazón del creyente que llega a estar más consciente de la presencia de Dios. Su presencia no va y vuelve, los creyentes son los que cambian; cambia su conciencia de la presencia de Dios. No todos los cultos comienzan con la alabanza y terminan en adoración, una vez que se manifiesta la presencia de Dios. Algunos cultos comienzan con adoración y terminan con un glorioso sonido de alabanza. Como Dios ya está en la congregación, es completamente factible comenzar con la adoración. Otro problema con esta declaración es que la adoración no resulta sólo en respuesta a su presencia. Hay veces cuando uno ;e siente muy lejos de Dios, y todavía necesita adorarlo. Cuando Abraham iba hacia la montaña donde se proponía matar a su único hijo, ¿qué les dijo a sus siervos? “Esperad aquí con el asno, y yo y el muchacho iremos hasta allí y adoraremos” (Génesis Z2:5). En la ansiedad mental de pensar en matar a su hijo, cuando Dios sin duda parecía estar muy lejos, Abraham adoraba. No podía entender por qué Dios le había ordenado que le sacrificara a su único hijo, el único verdadero heredero que Dios le había dado de modo milagroso; pero a pesar de su incapacidad para comprender las intenciones de Dios, Abraham adoraba. Su adoración no habría sido completa sin su obediencia total. Pablo se refirió a este nivel de obediencia en la adoración al escribir: "Así que, hermanos, os ruego por las misericordias de Dios, que presentéis vuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, que es vuestro culto racional” (Romanos 12: l). La mayoría de las personas conocen las tragedias de Job a quien el mismo día le robaron los bueyes y asnos, le mataron las c>vejas, se llevaron sus camellos, mataron a sus siervos, y sus hijos e hijas murieron cuando les cayó la casa encima. Obsérvese la primera reacción de Job: “Entonces Job se levantó, y rasgó su manto, y rasuró su cabeza, y se postró en tierra y adoró” (Job 1:20). Job no podía sentir entusiasmo en esa ocasión cuando adoró. No reaccionaba a una gran sensación de la gloria de Dios; muy al contrario, él estaba en el punto emocional más bajo de toda su vida; pero a pesar de sus sentimientos, cayó postrado y adoró, confirmando la soberanía excelsa de Dios en su vida. David tuvo una experiencia semejante. El hijo nacido de su relación ilícita con Betsabé había recibido la maldición de Dios y yacía moribundo. David ayunó y oró por siete días, y pasaba las noches acostado en el piso, pero al séptimo día el niño murió. Cuando David supo de la muerte del hijo, su reacción fue extraordinaria: "Entonces David se levantó de la tierra, y se lavó y se ungió, y cambió sus ropas, y entró a la casa de Jehová, y adoró (2 Samuel 12:20). Ese fue un momento desastroso en la vida de David. En una ocasión cuando Dios había dicho que no, y su hijo había muerto, David adoró. No daba gritos de victoria, ni danzaba ni cantaba; pero en su depresión emocional, confesó el señorío de Dios. Adoró al Señor Altísimo, cuyo entendimiento y justicia eran infinitamente mayores que los suyos, y cuya sentencia de muerte era de alguna manera justa y buena.