El Espiritu Santo y la Adoración
Página Principal
Estudios
Tomado del libro "Exploración de la Adoración" de Bob Sorge
Como la intimidad en la adoración es imposible sin la inspiración del Espíritu Santo, las personas que no han sido regeneradas no pueden adorar en amor. Con todo, las Escrituras contienen ejemplos de paganos en adoración, y ponen en claro que hombres de todas las naciones vendrán y adorarán delante de Él, pues sus juicios serán manifiestos (Apocalipsis 15:4). “Se [doblará] toda rodilla ... y toda lengua [confesará] que Jesucristo es el Señor” (Filipenses 2:10-11). Los paganos pueden reconocer el temor reverente de Dios y adorarlo en consecuencia, pero nunca conocerán la intimidad de la adoración a Él en espíritu y en verdad. La adoración espiritual es el privilegio exclusivo de los que han sido avivados por el Espíritu Santo que mora en ellos. David reconoció: “Todo es tuyo, y de lo recibido de tu mano te damos” (1 Crónicas 29:14; véanse también 1Corintios 4:7; Romanos 11:36; Juan 3:27). El Espíritu Santo es parte integral de la adoración, y en la congregación la adoración tiene éxito sólo cuando hay sumisión Él como el Director divino de la adoración. El flujo del Espíritu en la adoración se presenta de modo único en el relato de Ezequiel de una visión celestial sobrecogedora: “Cuando los seres vivientes andaban, las ruedas andaban junto a ellos; y cuando los seres vivientes se levantaban de la tierra, las ruedas se levantaban. Hacia donde el espíritu les movía que anduviesen, andaban; hacia donde les movía el espíritu que anduviesen, las ruedas también se levantaban tras ellos; porque el espíritu de los seres vivientes estaba en las ruedas” (Ezequiel 1: 19-20). Ezequiel vio cómo el Espíritu Santo, el Director de adoración celestial, la guiaba y dirigía. Muchos directores de adoración se sienten frustrados porque no aprenden a seguir la guía del Espíritu Santo en el contexto de un culto de adoración. Dios quiere hacer ciertas cosas en cada culto de adoración, y a menos que la congregación se mueva con Él, puede perder su propósito. Es importante, pues, que la congregación sea sensible a los impulsos suaves del Espíritu mientras el culto avanza. (En ocasiones, eso puede significar que hay que dejar a un lado la lista preparada de cantos y seguir la pauta que Dios marque.). En Números 9:15-23 está el relato de los israelitas que seguían la nube de la gloria de Dios. Cuando la nube se movía, ellos también; cuando la nube se detenía, ellos levantaban las tiendas y se quedaban. Cuando el Espíritu de Dios no está listo para avanzar, nadie debe violar su soberanía al decir: “Pueden sentarse, y pasen adelante los hujieres”. Por otra parte, muchos cultos han sufrido las consecuencias de la insensibilidad de la congregación para darse cuenta de que ya se había levantado la “carga” del Espíritu para el tiempo de adoración. Los cantos más allá de ese punto son cuando más decepcionantes. El Cantar de los Cantares de Salomón describe al Amado (el Señor) que toca a la puerta de su Amada (la Iglesia), para compartir su amor con ella; pero la Amada vacila en abrir la puerta porque ella se ha quitado la bata y lavado los pies, y está a punto de quedarse dormida. No está segura de si quiere responder al llamado del Amado. Por fin, va a la puerta a saludar a su Amado, pero Él ya se ha ido. Ella vaciló demasiado tiempo. Esto muestra con cuánta facilidad se contrasta al Espíritu Santo cuando el creyente rechaza sus insinuaciones. Cuando Él los invita y llama a Dios, los creyentes deben responder con prontitud y seguirlo en su camino. Dios ha prometido: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el muro, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti” (Salmo 32:8-9). Se puede aplicar este pasaje a este estudio. El Señor guía a la iglesia en la manera como debe adorar; pero pide que la Iglesia no sea lenta para entender y responder a sus impulsos. Dios no empuja a los creyentes, como se hace con los caballos o mulas. Él no quiere golpear al creyente en la cabeza y gritarle órdenes al oído. Más bien, Él habla con una voz suave y dulce. De manera que si se ha de oír el consejo del Espíritu en la adoración, hay que ser de continuo sensibles a su voz.