Por Freddy Canchón / Fotos Rafael Baena

Estos finos animales, los preferidos de la gente del poder, cada día reciben más cuidados. Sus dientes se han convertido en el último centro de atención de veterinarios dedicados a evitarles el estrés para que rindan mejor en las pistas.

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Mirandí tiene 18 meses. Es un caballo de paso fino colombiano. "Bastante mansito", dice el muchacho que lo cuida en una finca cercana a Medellín.

Como si entendiera lo que le espera, una vez sale de su pesebrera encoge las patas, nervioso. Sabe que lo van a 'chuzar'. Por vía intravenosa, le aplican sedante para disminuir sus estímulos. Se trata de un chequeo odontológico rutinario hecho por Miguel Antonio Echavarría, un odontólogo paisa que también se le mide a los incisivos, caninos, premolares y molares de los caballos.

Aunque la odontoequina lleva más de cien años y los norteamericanos han avanzado en ella con tecnología de punta en los últimos veinte, en el país todavía es un campo inexplorado, lo que obliga a Echavarría de vez en cuando a ponerse de nuevo su bata blanca para atender personas en su consultorio de Medellín. Empero, no lo duda: si el trabajo con los caballos fuera fijo preferiría pasar de finca en finca puliéndoles su dentadura. "En Colombia hay muchos equinos, pero no hay pacientes todos los días", expresa en tono resignado Echavarría, un antioqueño con ancestro de caballista desde las épocas de su bisabuelo. Tiene un pequeño criadero y desde niño los ensilla, los monta y forman parte de su diario vivir. "Si al odontólogo equino no le gustan estos animales, está fregado", cuenta, pues no sólo es una profesión que implica algunos riesgos, que compromete el túnel carpiano de las manos. Manejar los 40 kilos del instrumental puede generar problemas de columna vertebral y los bronquios pueden afectarse con los residuos del polvo que generan los dientes al cortarlos.

La primera regla es no tenerles miedo, conocerlos y gustarle ese mundo entre potreros, pesebreras y pastoreo. El servicio de Echavarría es a domicilio, viaja por todo el país, y una inspección de rutina puede durar alrededor de una hora, dependiendo de la edad y de las condiciones en que se encuentre el caballo. Mientras más encierro, podría tener mayores problemas en su dentadura, pues como afirma Echavarría, "vive enclaustrado o confinado en contra de su voluntad". Los caballos nacieron para ser libres y uno de los líos que genera su encierro es la falta de uso de sus músculos masticatorios. El problema de Mirandí es un crecimiento exagerado de la mandíbula que Echavarría intenta corregir.

Hijo de odontólogo, escogió la misma profesión de su padre, y se graduó en la Universidad de Antioquia en 1985. Pero fue a finales de los noventa cuando uno de sus amigos, el médico veterinario Hernán Chaparro, le pidió que lo acompañara al campo a chequear caballos, y terminó igual que él, haciendo limpiezas, calzas, operatorias dentales, cirugías, prótesis y exodoncia, ortodoncia y endodoncia, algunos de los tratamientos más usuales que se les hacen a estos animales.

Dependiendo del sexo, la presentación y del hallazgo o no del llamado diente de lobo (un diente extraño, rezago del caballo prehistórico), la nomenclatura dental puede estar entre 36 y 46 dientes. La variación respecto al hombre está en la localización y la forma como están puestos. Los dientes de los caballos crecen todos los días (erupción continua) hasta tres o cuatro milímetros por año, tienen unos dientes llamados caninos que sólo les significan virilidad o utilizan para defenderse.

 

 

Los trabajos en compañía de Chaparro, uno de los pioneros de la odontología equina en el país, le siguieron gustando, y en 1999 partió para Virginia, en Estados Unidos, donde se especializó en el tema y fue certificado por la asociación que agrupa a los odontoequinos del mundo: Internacional Association of Equine Dentiste (IAED).

Ahora su asistente, el zootecnista Néstor Roldán, otro apasionado de los caballos, le sigue sus pasos y va camino a la certificación ante la IAED. Es Roldán el que vela para que estos animales no sufran. Generalmente los seda y está atento pues nunca se sabe la reacción del caballo. Aunque pocas veces sucede, los fármacos puede generar shock o algún tipo de alergia.

No obstante, el 'chuzón' y el mal momento que puede pasar el caballo, son muchos los beneficios: aumento de la eficiencia masticatoria, desaparición de molestias que dan estrés en la boca y bienestar en general, entre otras.

En Copacabana, otro municipio cercano a Medellín, ahora la paciente es Avellana, una yegua de 36 meses. Roldán le pone un abrebocas y el odontólogo va explicando: "Voy a cortarle un poquito los incisivos... a los caballos les molesta más los dientes de abajo que los de arriba... hay que hacer un cortecito porque le falta un poquito de espacio entre los dientes... hay que sacarle estos dientes de leche y esta muela partida para evitarle molestias...". Mientras Echavarría quita aristas y puntas que mortifican al animal, también utiliza una especie de la fresa que tanto mortifica a los humanos, sólo que con diez mil o veinte mil revoluciones más.

Echavarría, a la par del movimiento de la máquina, habla emocionado de una profesión que ya le dejó su marca. Hace algunos años un caballo lo mordió y le arrancó un pedazo de índice, el que recuperó con cirugía, aunque le quedó casi inactivo. "Gajes de este oficio", afirma entre risas.

Llega adonde lo llamen con su uniforme verde y su equipo de rutina: soportes, limas, fórceps, elevador, lámparas halógenas para pulir aristas o "sillas para el freno". Y es que en asuntos dentales -y aunque los dientes pueden influir en una exposición o concurso equino-, más que por razones estéticas, cuando el animal tiene una punta aguda que no lo deja vivir, para el chalán o montador se vuelve un lío porque el pelaje se le puede volver de mala calidad, no se alimenta bien, remasca el pasto, sufre de cólicos frecuentes, se le deforman los huesos o coge mal olor por boca y nariz.

Por todo esto, aunque de forma lenta, los caballistas colombianos están empezando a entender las razones de la importancia de la higiene dental de los animales y haciendo que Echavarría se dedique más a los caballos que a los humanos. Por sus manos ya han pasado más de 500 caballos, e incluso algunos renombrados en el mundo equino como Amadeus, Tártaro, Símbolo, Anarcos y Bravo. Enfrentarse a la fuerza de un caballo que puede pesar entre 300 ó 500 kilos, asusta, pero cuando potros, caballos y yeguas se recuperan y están bien, sabe que aunque a él le ha tocado iniciar duro la labor odontoequina en Colombia, se pone tan contento como cuando monta uno de ellos.

 

Revista Cromos, Edición 4432, 17-ENE-03.

http://www.cromos.com.co/anteriores.asp?edicion=4432

 

 

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