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Estos finos animales, los preferidos de la gente del
poder, cada día reciben más cuidados. Sus dientes se han convertido en el
último centro de atención de veterinarios dedicados a evitarles el estrés
para que rindan mejor en las pistas.
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Mirandí tiene 18 meses. Es un caballo de paso fino colombiano.
"Bastante mansito", dice el muchacho que lo cuida en una finca
cercana a Medellín. Como si
entendiera lo que le espera, una vez sale de su pesebrera encoge las patas,
nervioso. Sabe que lo van a 'chuzar'. Por vía intravenosa, le aplican sedante
para disminuir sus estímulos. Se trata de un chequeo odontológico rutinario
hecho por Miguel Antonio Echavarría, un odontólogo paisa que también se le mide a los incisivos, caninos,
premolares y molares de los caballos. Aunque la odontoequina lleva más de cien años y los norteamericanos
han avanzado en ella con tecnología de punta en los últimos veinte, en el
país todavía es un campo inexplorado, lo que obliga a Echavarría
de vez en cuando a ponerse de nuevo su bata blanca para atender personas en
su consultorio de Medellín. Empero, no lo duda: si el trabajo con los
caballos fuera fijo preferiría pasar de finca en finca puliéndoles su
dentadura. "En Colombia hay muchos equinos, pero no hay pacientes todos
los días", expresa en tono resignado Echavarría,
un antioqueño con ancestro de caballista desde las épocas de su bisabuelo.
Tiene un pequeño criadero y desde niño los ensilla, los monta y forman parte
de su diario vivir. "Si al odontólogo equino no le gustan estos
animales, está fregado", cuenta, pues no sólo es una profesión que
implica algunos riesgos, que compromete el túnel carpiano de las manos.
Manejar los 40 kilos del instrumental puede generar problemas de columna
vertebral y los bronquios pueden afectarse con los residuos del polvo que
generan los dientes al cortarlos. La primera
regla es no tenerles miedo, conocerlos y gustarle ese mundo entre potreros,
pesebreras y pastoreo. El servicio de Echavarría es
a domicilio, viaja por todo el país, y una inspección de rutina puede durar alrededor
de una hora, dependiendo de la edad y de las condiciones en que se encuentre
el caballo. Mientras más encierro, podría tener mayores problemas en su
dentadura, pues como afirma Echavarría, "vive
enclaustrado o confinado en contra de su voluntad". Los caballos
nacieron para ser libres y uno de los líos que genera su encierro es la falta
de uso de sus músculos masticatorios. El problema de Mirandí
es un crecimiento exagerado de la mandíbula que Echavarría
intenta corregir. Hijo de
odontólogo, escogió la misma profesión de su padre, y se graduó en la
Universidad de Antioquia en 1985. Pero fue a finales de los noventa cuando
uno de sus amigos, el médico veterinario Hernán Chaparro, le pidió que lo
acompañara al campo a chequear caballos, y terminó igual que él, haciendo
limpiezas, calzas, operatorias dentales, cirugías, prótesis y exodoncia, ortodoncia y endodoncia, algunos de los
tratamientos más usuales que se les hacen a estos animales. Dependiendo del
sexo, la presentación y del hallazgo o no del llamado diente de lobo (un
diente extraño, rezago del caballo prehistórico), la nomenclatura dental
puede estar entre 36 y 46 dientes. La variación respecto al hombre está en la
localización y la forma como están puestos. Los dientes de los caballos
crecen todos los días (erupción continua) hasta tres o cuatro milímetros por
año, tienen unos dientes llamados caninos que sólo les significan virilidad o
utilizan para defenderse.
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Los trabajos en compañía de Chaparro, uno de los pioneros de la odontología
equina en el país, le siguieron gustando, y en 1999 partió para Virginia, en Estados
Unidos, donde se especializó en el tema y fue certificado por la asociación que
agrupa a los odontoequinos del mundo: Internacional Association of Equine Dentiste (IAED).
Ahora su
asistente, el zootecnista Néstor Roldán, otro
apasionado de los caballos, le sigue sus pasos y va camino a la certificación
ante la IAED. Es Roldán el que vela para que estos animales no sufran.
Generalmente los seda y está atento pues nunca se sabe la reacción del caballo.
Aunque pocas veces sucede, los fármacos puede generar shock o algún tipo de alergia.
No obstante, el
'chuzón' y el mal momento que puede pasar el caballo, son muchos los
beneficios: aumento de la eficiencia masticatoria, desaparición de molestias
que dan estrés en la boca y bienestar en general, entre otras.
En Copacabana, otro municipio cercano a Medellín, ahora la
paciente es Avellana, una yegua de 36 meses. Roldán le pone un abrebocas y el
odontólogo va explicando: "Voy a cortarle un poquito los incisivos... a
los caballos les molesta más los dientes de abajo que los de arriba... hay que
hacer un cortecito porque le falta un poquito de espacio entre los dientes...
hay que sacarle estos dientes de leche y esta muela partida para evitarle
molestias...". Mientras Echavarría quita aristas
y puntas que mortifican al animal, también utiliza una especie de la fresa que
tanto mortifica a los humanos, sólo que con diez mil o veinte mil revoluciones
más.
Echavarría, a la par del movimiento de la máquina,
habla emocionado de una profesión que ya le dejó su marca. Hace algunos años un
caballo lo mordió y le arrancó un pedazo de índice, el que recuperó con
cirugía, aunque le quedó casi inactivo. "Gajes de este oficio",
afirma entre risas.
Llega adonde lo
llamen con su uniforme verde y su equipo de rutina: soportes, limas, fórceps,
elevador, lámparas halógenas para pulir aristas o "sillas para el
freno". Y es que en asuntos dentales -y aunque los dientes pueden influir
en una exposición o concurso equino-, más que por razones estéticas, cuando el
animal tiene una punta aguda que no lo deja vivir, para el chalán o montador se
vuelve un lío porque el pelaje se le puede volver de mala calidad, no se
alimenta bien, remasca el pasto, sufre de cólicos
frecuentes, se le deforman los huesos o coge mal olor por boca y nariz.
Por todo esto, aunque de forma lenta, los caballistas colombianos están empezando a entender las razones de la importancia de la higiene dental de los animales y haciendo que Echavarría se dedique más a los caballos que a los humanos. Por sus manos ya han pasado más de 500 caballos, e incluso algunos renombrados en el mundo equino como Amadeus, Tártaro, Símbolo, Anarcos y Bravo. Enfrentarse a la fuerza de un caballo que puede pesar entre 300 ó 500 kilos, asusta, pero cuando potros, caballos y yeguas se recuperan y están bien, sabe que aunque a él le ha tocado iniciar duro la labor odontoequina en Colombia, se pone tan contento como cuando monta uno de ellos.
Revista Cromos, Edición 4432, 17-ENE-03.
http://www.cromos.com.co/anteriores.asp?edicion=4432