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   Por Enrique Renard   

   La doctrina de la Reencarnación ha sido, invariablemente, motivo de confusiones en el mundo occidental. Sumergidos en el dogma cristiano, la mayoría de quienes profesan esta religión consideran la Reencarnación como una idea exótica enteramente ajena a ellos y a todo lo que se les ha enseñado en la iglesia cristiana en relación con la vida en el más allá y el propósito de la existencia física.
   Al descartar esta doctrina sin la debida consideración y estudio,  el cristiano tendrá invariablemente serias dificultades para explicar las obvias injusticias observadas entre los seis mil millones de habitantes del planeta, un mundo donde  el ciego de nacimiento  camina entre personas con una vista inmejorable, donde la exagerada riqueza coexiste con la pobreza más abyecta, donde la belleza física va lado a lado con la fealdad e incluso la deformidad, donde la abundancia y variedad de comida en ciertos países contrasta con el hambre de otros, donde las espléndidas oportunidades de algunos  parecen negadas a otros, etc.
   Descartar la Reencarnación como una doctrina sin valor, nos pone en una posición difícil cuando se trata de explicar la aparente ausencia de Justicia Divina. Porque si en verdad la gente no ha vivido antes  y cada  alma es creada con el nacimiento del cuerpo,  ¿cómo reconciliar las diferencias antes mencionadas  con la infinita justicia y poder atribuidos a Dios, para no mencionar su Amor? Claramente, a un Padre Celestial infinitamente  sabio y amante, de infinito poder, como el que se nos presenta en el cristianismo, no se le puede responsabilizar por semejantes cosas. Más aún, si Dios es de hecho un ser que
todo lo puede, resulta inconcebible que semejante ser rehúse corregir tales anomalías.  No hace falta un estudio muy detallado de la doctrina de "una sola vida para ser vivida"  para observar su total ausencia de lógica cuando se trata de la existencia humana. Porque un ser Infinitamente Perfecto no puede, por definición, crear seres imperfectos, sin embargo sabemos perfectamente que como habitantes de este mundo  estamos llenos de imperfecciones de todo tipo, imperfecciones que exhibimos desde el mismo momento en que nacemos. 
   A la luz de lo anterior, cuando le mencionamos al cristiano la ausencia de lógica en  la  doctrina de "una sola vida", su respuesta es que tales son "los misterios de Dios" y que debemos aceptarlo así. Pero la idea de que Dios quiera que aceptemos algo que insulta nuestra inteligencia sin siquiera molestarse en explicar semejantes contradicciones a través de los varios "mensajeros" que nos han visitado en Su nombre, constituye verdaderamente una noción tan irrazonable como extraña. ¿Tenemos que suponer acaso que Dios es un ser irrazonable y extraño?
   Todos estos problemas, especialmente la aparente carencia de buena voluntad de Dios -- o su manifiesta incapacidad para lidiar con las monstruosas injusticias que observamos a diario, desaparecen por completo cuando uno estudia cuidadosamente la doctrina de la Reencarnación. Entendemos que todo está regido por el principio de causa y efecto, y que la desventaja de muchos es de hecho el peldaño que les permitirá avanzar.
    La ignorancia que prevalece en occidente respecto de esta doctrina  ha elicitado ideas verdaderamente absurdas en relación con ella.  Tonterías tales como personas que vuelven a encarnar como burros o como ratas tienen su origen probablemente en la observación de individuos que se comportan como tales… Pero la Ciencia Oculta nos enseña que la evolución se mueve hacia arriba, no hacia atrás. La idea de que un hombre que ha desencarnado pueda volver  a encarnar en el cuerpo de un animal carece de valor simplemente porque el ser humano, una vez individualizado como tal, no puede utilizar un vehículo físico  animal para expresar conciencia humana. Es verdad que la Monada humana, el verdadero ser que cada uno de nosotros es, ha debido realizar un largo peregrinaje a través de los reinos inferiores de la vida, a saber, el mineral, el vegetal y el animal. Pero ocurre que en tales reinos aún no se ha individualizado, no tiene concepto del Yo, y es parte de un "alma grupal".

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