Versiones 37 Abril - Mayo 2001 - Año de la Serpiente
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           Director: Diego Martínez Lora

la aventura de compartir la vida, las lecturas, la expresión...


Ana María Trelancia(*):


“Hasta Que la Muerte Nos Separe” 
Consejos para una unión más feliz


Regla 1: Aprende primero a vivir feliz contigo mismo.

Las reglas podrían terminar aquí, pues si uno aprende a vivir consigo mismo, inmediatamente comprende que cada uno de nosotros es responsable por nuestra felicidad o infelicidad. De esta manera, no buscará que su pareja lo “haga” feliz, pues esto es imposible. Con tan solo entender este punto, se tiene resueltos el 90% de los problemas de la convivencia.

 Muchas personas salen de casa de sus padres para irse a vivir en pareja. No hay ningún problema con esto, siempre y cuando la persona haya aprendido realmente  a satisfacer sus necesidades y a velar por sí misma. Si la persona sigue en una relación de dependencia emocional con sus padres y no ha logrado destetarse de ellos, le será muy difícil establecer una buena relación de pareja.

Contrariamente a lo que reza el dicho, la soledad es buena consejera. Cuando aprendemos a gozar de ella y estar a gusto en nuestra propia compañía, también nos preparamos para gozar de la compañía de los otros. La soledad nos da la perspectiva para entender que la pareja no suplanta carencias afectivas en otros ámbitos. Mi marido no puede ser “mi mejor amiga”. Yo no puedo ser “su mamá”. Es decir, puedo actuar de “mamá” y él, de “amiga” en determinadas circunstancias, pero esos no pueden ser nuestros roles protagónicos.

No es responsabilidad de mi pareja hacerme reír o hacerme llorar. Puedo reír o llorar con él, pero sigo siendo dueño de mis actos y de mi estado de ánimo. Nadie más que yo mismo, tiene el deber de “encargarse” de mi existencia.


Regla Número 2: “SEARS”

Al igual que la política de las tiendas de departamentos, si algún producto no te satisfizo, tienes un plazo para devolverlo, después de transcurrido el cual, no se aceptan reclamos ni devoluciones.

No saques en cara situaciones o conflictos que no aclaraste en su momento y que quizás tu pareja ya ni recuerda... Iniciar una discusión con: “¿Te acuerdas que no me compraste el chocolate que te pedí en nuestro viaje de luna de miel...?”,  no viene al caso 5 años después. Discute o aclara sólo hechos recientes, pues lo pasado, en el pasado está. La otra persona no tiene por qué estar enterada de cosas que pudieron herirnos en su momento, pero que nunca manifestamos. No es justo recriminar a alguien por un error que pasó inadvertido. Los pedagogos y hasta los entrenadores de perros, valoran la importancia del momento. Lo que se aprende in situ, jamás se olvida y de nada vale castigar a un perro por orinarse en un sillón si no lo reprendemos en el acto, pues horas después no entenderá por qué lo estamos castigando.


Regla Número 3: Nadie tiene bola de cristal

Nadie, por más íntimamente que te conozca, puede adivinar tus pensamientos. No esperes que tu pareja se “adelante” a tus deseos, porque tendrás una vida llena de frustraciones. Esa habilidad sólo le corresponde a la madre de un recién nacido, que debe interpretar cada llanto y cada gesto del bebé, para saber si lo que necesita es leche o un cambio de pañales. Los adultos somos demasiado complejos y nuestra gama de necesidades es tan amplia, que sólo un brujo podría acertar todo el tiempo. Además, definitivamente, NO es una muestra de amor, que alguien nos adivine el pensamiento. En todo caso, se trata tan solo de una feliz coincidencia...


  Regla Número 4: No te metas con mi madre...

No critiques a la familia de tu pareja pues lo único que lograrás, será agredirla. Nadie tiene una familia “perfecta”, pero todos creemos que nuestra familia es mejor que la de nuestra pareja... Y, como nadie puede “cambiar” de familia, es inútil discutir sobre quién tiene la mejor hermana o el padre más tacaño. Por otro lado, muchas cosas que admiras en tu pareja, son el resultado de la educación que recibió de sus padres. Otras que no admiras, también, pero ya terminó ese proceso educativo y no viene al caso pelear por un hecho consumado. Además, el cariño que le profesaron sus padres, es el motor que lo impulsó a amarte, en primer lugar. Ser amados por nuestros padres nos abre la posibilidad de amar a otros.

Esta regla vale también para las parejas con hijos: nunca hables mal de tus parientes políticos delante de tus hijos, pues sólo conseguirás menoscabar su seguridad y, por último, tú mismo estás preparando una artillería que, algún día, se dirigirá contra ti.


  Regla Número 5: No inicies una discusión en la cama

Contrariamente a lo que se dice generalmente, es mejor dormir molesto que pasar la noche peleando. Mañana será otro día y podrás aclarar las cosas. A medianoche cuando todo el mundo está cansado, tenso y de mal humor, no es lo mejor, desvelarse peleando, pues se corre el riesgo de perder la perspectiva y, encima, amanecer deshecho... Además, el cansancio saca lo peor de nosotros y nos empuja a caer en la tentación de infringir las reglas anteriores y casi todas las siguientes. Así, comenzaremos peleando porque nadie sacó a pasear al perro y terminaremos discutiendo la prepotencia de nuestra suegra o, peor aún, lo insensatos que fuimos al dejar a nuestra pareja anterior...


Regla N 6: No desees a la pareja de tu prójimo

En realidad, debería decir: “no des curso” al deseo. Desear a alguien puede ser inevitable, pero tomar acciones al respecto, siempre es una opción. La pasión es una “enfermedad” inmanejable y una vez que le damos curso, es muy difícil controlarla. La pasión nos ciega y nos vuelve atrevidos. Arriesgamos todo por esa sensación irrefrenable que nos emborracha el alma. Todos podemos sentirnos atraídos por otras personas, pero el final de la historia siempre está en nuestras manos.

Es por eso que la infidelidad es una traición muy difícil de perdonar. A nadie “se le obliga” a ser infiel. Estemos cegados o no por la pasión, entregarnos a la aventura, sigue siendo un acto voluntario. Todos podemos fantasear con la idea de tener una aventura, pero dudo que alguien soporte que su pareja la tenga... Además, siempre el pasto es más verde del lado del vecino y, aunque suene obvio decirlo, una cosa es una persona como amigo/a que como amante. Hay un dicho que reza: Un esposo es un amante con varios años de convivencia a cuestas...


  Regla 7: ¿Realmente te molesta tanto que no baje la tapa del inodoro?

              Mantener la perspectiva es el secreto de los sabios... Todas las relaciones humanas se basan en transacciones. Sabemos que nadie es perfecto. De lo que se trata entonces, es de que los defectos de mi pareja no me resulten insoportables o que, en todo caso, se vean disminuidos frente a los aspectos positivos que encuentro en él/ella. Está bien... Ella es muy desordenada y eso me molesta muchísimo. Pero, por otro lado, es muy inteligente, jamás se le olvidan las fechas importantes y tiene un humor maravilloso... ¿Puedo vivir con su desorden, de cara a estas otras cosas, que son muy importantes para mí, y que sí me da? Pongamos las cosas en la balanza.


Regla 8: No pierdas el sentido del humor.

Aunque cueste aceptarlo, muchas veces, el buen humor funciona mejor que el sexo. No siempre puedo seducir a mi pareja para que olvide un mal rato, pero, casi siempre, puedo lograr que sonría. El sentido del humor no requiere de ambientes románticos, ni de fechas y horarios y ni siquiera de una determinada disposición fisiológica. Podemos recurrir al humor hasta en las situaciones más trágicas, cosa que no podemos decir del erotismo.

Cuántas guerras se han evitado con una sonrisa o varias carcajadas. Hay que hacer el esfuerzo de ceder de vez en cuando al humor y dejar la seriedad para otro momento. Seamos más humildes y dejémonos “derrotar” por lo cómico.


Regla 9: Genio y figura hasta la sepultura:

Dicen que las mujeres se casan rogándole a Dios que sus maridos cambien y los hombres, rezan porque ellas nunca lo hagan... Lo que sí es cierto, es que una persona que no se casa con su pareja, sino con la “idea” de cómo va a ser ella cuando haya cambiado, está destinada al fracaso. Podemos cambiar ciertos modales, nuestra forma de vestir y hasta nuestras facciones mediante la cirugía, pero nuestra personalidad intrínseca jamás cambiará. Si pretendo que mi marido deje de ser un fanático del fútbol y se convierta en amante de las plantas...mejor busco directamente a un jardinero. Estos son sólo deseos originados en la omnipotencia de pretender que somos capaces de “transformar” a las personas manipulándolas a través de nuestros afectos.


Regla 10: Gracias a los que estuvieron antes que yo

El pasado del otro no te pertenece y sólo es de tu incumbencia en la medida que tu pareja quiera revelártelo. Obviamente, no hablamos de antecedentes penales ni problemas de salud que se deben aclarar entre los miembros de la pareja por un principio de respeto básico y hasta por razones de seguridad. Hablamos de los ex novios o cualquier experiencia de vida previa, que forma parte del bagaje emocional de cada persona. Además, muchas veces obligamos a la pareja a contarnos cosas en un franco acto masoquista, pues la verdad cantada siempre termina doliendo más que la sospecha. Difícilmente el hecho de saber cuánto gozaba mi pareja besando a su novia, me servirá para algo más que amargarme la existencia. Si en el pasado aprendimos algo que valió la pena, lo lógico es que terminemos compartiéndolo con nuestra pareja,  poniéndolo directamente en práctica, sin necesidad de mencionar las “fuentes bibliográficas”.


  Regla 11: Sácate los ruleros, que yo también soy visita.

No confundas familiaridad con falta de respeto y no guardes tu mejor cara sólo para los amigos. Soy consciente que esto suena a consejo de abuela prefeminista, por lo que voy a aclarar algunos puntos.

No estoy diciendo que debemos arriesgar un cólico, aguantando los gases para no “faltarle el respeto” a la pareja, o que debamos mostrarnos “impecablemente vestidos” siempre,  pero de ahí a que nos acostumbremos tanto a la presencia del otro al punto que olvidemos que está ahí y lo sometamos a presenciar actos absolutamente privados, porque ya “se convirtió en algo así como un hermano”, hay un gran trecho. El olor a sudor de mi pareja puede resultar hasta sensual de vez en cuando, pero tener que aguantar sus humores porque no le provoca bañarse o soportar un concierto de eructos cada vez que termina de comer –porque “estamos en confianza”-, ya es otra historia.

Querer agradar al otro es un síntoma irrefutable de aprecio e interés. Y si no es así, entonces ¿por qué nos esmeramos tanto en nuestro trato y arreglo personal  cuando vamos a alguna reunión social?

Cuando deja de importarme la opinión de mi pareja hasta en aspectos frívolos como mi aspecto físico, es porque algo se está apagando. Y esto no tiene nada que ver con la confianza o la familiaridad.


Regla 12: La pareja está antes que los hijos:

No creas que es mejor ser un buen padre que un mal esposo... No hay que descuidar a la pareja en aras de la paternidad. Conozco hombres y mujeres que se inmolan en su papel paternal y se olvidan de la persona que los hizo debutar en ese papel. Nuestra sociedad generalmente, alaba a las madres y padres abnegados sin medir las consecuencias de este “amor”. Como si bastara ser un buen padre para que la cosa funcione. El origen de la familia es la pareja y si ésta no funciona, no funciona el resto.  Nadie se beneficia de un padre omnipresente que todo lo deja para ocuparse sólo de uno. Además, ¿qué le estamos enseñando a nuestros hijos cuando ponemos en 2do lugar el amor hacia nuestra pareja y les exigimos al mismo tiempo respeto incondicional hacia los padres? Generalmente, si cultivamos nuestra relación de pareja, nuestro papel de padres se nos hace claro y procedemos eficientemente a cumplir nuestras responsabilidades.


Regla 13: Baila con tu pareja:

Por más que el estrés, la cotidianeidad y la rutina nos hagan trampa, tratemos de seguir haciendo lo que nos gusta hacer juntos. Bailar, ir al cine, ver televisión, jugar cartas, caminar... Aquello que alguna vez nos llenó de calor el corazón, no debe abandonarse, por más que no se pueda realizar con la misma frecuencia que antes. Busquemos un tiempo y un lugar para estar solos de vez en cuando, lejos del mundanal ruido. Sin teléfonos, sin familiares, sin interrupciones. Aunque sea para estar callados, escuchando ese silencio común que nos hermana el alma.


Para terminar, y de paso, no caer en la superstición del número trece, aquí va la


Regla 14: “Nunca te prometí un jardín de rosas”

A todos nos han bombardeado con cuentos de hadas y novelas rosa en los que bastaba encontrar al príncipe o princesa azul, para iniciar una vida común plena de dicha y encantamiento. Malas noticias: La verdad es que, si bien encontrar a nuestro “príncipe azul” es la manera de comenzar la vida en pareja, una buena relación se construye día a día y resulta ser un trabajo a tiempo completo. Es más, como el mito de Penélope, en cada descuido, la relación se “desteje” más rápido de lo que avanzamos tejiéndola día a día. Una relación de pareja vital y sana, exige cuidados continuos, sacrificios, comprensión, tolerancia y mucho, mucho, amor. Las parejas felices no lo son porque tengan “suerte”. El amor siempre es una elección por la que se apuesta 24 horas diarias, jugándose por entero. ¿Mucho trabajo? No, si pensamos que tanto o más recibiremos como producto del trabajo que invierte nuestra media naranja en esa misma relación.


Y ahora tú escribe tus propias reglas...


(*)Ana María Trelancia, escritora peruana. Vive en Lima.



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