versiones, versiones y versiones...Director, editor y operador: Diego Martínez Lora
Diego Martínez Lora:
Para Ti
Siempre quise escribir una historia que tratara sobre Ti. Era muy injusto que me olvidara de Ti. Se justificaba más que suficiente. Sólo el hecho de haber compartido toda una vida y en las buenas y en las malas haber salido no solo victoriosos sino más unidos que nunca. Por eso hoy me dedicaré a pensar en Ti para escribir los mejores recuerdos que guardo en mi memoria.
Ti era mi vecina. Gorda como una pelota. Sus cachetes, redondos también y colorados, parecían que irían a reventar, pero no, solo era una sensación mía. Cuando se reía lo que no resistía más era su sostén. Se descosía y se notaba claramente cómo sus senos caían sin límites. Ella aumentaba la fuerza de su carcajada y yo me quedaba diluido temblando como su pecho. Todo se volvía como ella. Su celulitis era contagiosa. Hasta las cosas que tenía alrededor. Yo mismo me sentía como una gelatina a su lado. Pero pese a su exuberante constitución física, no creaba ningún rechazo en mí, por lo contrario, su cara bonita atraía a la gente como me atraía a mí.
Cuando recién llegué a vivir a este barrio, lo primero que conocí de mi vecina fue su linda cara que me observaba desde la ventana de su cuarto. No se notaba tanto su gordura. Yo, no puedo negarlo, me ilusioné un poco. Me dije, mmm aquí tengo plan seguro, esta vecina está rebuena. En el transcurso de los días conversamos más veces, ella me saludaba desde lejos con una gran sonrisa y entablábamos unos diálogos cortos, pero muy simpáticos. El día que me invitó a entrar a su casa, me pidió que subiera a su cuarto. Allí me llevé con la sorpresa de su gran humanidad. Ti era gorda como nadie. Su cara linda, no tan gorda, estaba puesta sobre una montaña de grasa que se arrastraba por el cuarto. No sé lo que me pasó en ese momento, pero me dio un sueño profundo y me tendí sobre la alfombra completamente dormido. Me desvanecí por el impacto del descubrimiento. Ti me despertó luego de varios minutos con un poco de agua de colonia, aquella que le pertenecería por el resto de años que anduvimos juntos. Ese olor no solo me devolvió el ánimo, sino que se me metió en lo más profundo del alma. De ese modo Ti entró en mi vida para no salir nunca. Hablamos de nuestras actividades, yo un vendedor de libros y ella una vendedora por teléfono. Con su voz estaba convencido de que era capaz de vender hasta la luna y las estrellas. Ganaba más que yo y eso que utilizaba solo su voz. Nos volvimos muy amigos y cada vez más íntimos. Me quedé a dormir en su casa muchas noches. Ella me cubría y me dejaba roncar hasta el día siguiente. Antes de las siete me despertaba para poder tener tiempo de tomar una ducha y de irme a trabajar. No enamoramos nunca, no porque no se me hubiera ocurrido alguna vez, sino porque ella me confesó que solo un hombre había existido en su vida y que continuaría a pertenecerle para siempre. Me dijo así:
- Se llama Jesús.
Yo pensé, claro, era su modo de sublimar. Por eso tenía esa aura angelical. Pero no, poco después completó su respuesta.
- Jesús… …Rodríguez Vera, un compañero de la universidad.
Suspiré aliviado pensando que todavía tendría alguna posibilidad de aproximarme a ella. Pero su lazo con ese Jesús Rodríguez era mucho más fuerte que cualquier vínculo religioso. Antes de algún comienzo de actividad carnal el nombre de Jesús salía pronunciado con mucha vitalidad que me reprimía todo intento de seducción. Esa era la razón porque nuestra amistad se fortificó tanto. Cabe mencionar que ninguna amistad es pura, pero esta que tuve con Ti, por su fuerte empeño en defender la antigua relación con ese Jesús Rodríguez, fue una amistad muy pura. Sólo la vi como una amiga, como una almohada gigante que me daba sosiego. No la confundí más con un objeto de deseo y reprimí con éxito cualquier debilidad que por diferentes circunstancias dejaba escapar.
Ti siguió la historia de mi vida con mucha atención y más que nada con bastante dedicación. Como no tenía ni hijos, ni amigos y pocos familiares que casi nunca la visitaban me agarró a mí como su sujeto y objeto más codiciado. Pasó a ser la voz oficial que contestaba mis teléfonos. Archivó mis papeles, mis documentos, mis fotos, mis facturas. Me ayudó a vender mis libros desde su universo telefónico. Yo fui su brazo derecho, sus piernas y quien le hacía masajes en sus hombros y progresivamente en todo su cuerpo. Me volví muy adicto a ella y enamoraba con chicas que no me produjeran problemas ni exigieran compromisos. Ti me daba la paz que yo necesitaba para vivir. Cada uno en su casa, como buenos vecinos, nos volvimos grandes amigos, pero nunca dejamos de ser vecinos inteligentes y amables. Nunca confundimos nuestras cuentas. Cada uno cuidó de su propiedad. Ti me ayudó a soportar los peores momentos de mi vida en su gran regazo y yo le ayudé a sobrellevar la gran incomodidad que le generaba en aumento su gordura.
La noche en que llegué borracho a su casa con la idea obsesiva de tener cualquier cosa con ella, me sorprendió increíblemente. Ti se desnudó por completo y encendió todas las luces de su cuarto, se tapó la cara con un pañuelo y me dijo, soy toda tuya, Múuuuuuu.
Yo me quedé perplejo. Toda la borrachera se me fue de un momento a otro. Corrí a cubrirla y le pedí que me disculpase, que me había comportado como una bestia, que estaba mal, que ella era mi princesa, y que solo quería su cariño. Ella me abrazó como si el amor maternal tomase forma y me envolvió con todo su cuerpo, su pesado cuerpo. Así me adormecí en el mejor de los sueños.
La única vez que tuve una enamorada con posibilidades serias, Ti me ayudó para que mi relación fuera exitosa. En corto tiempo prácticamente ya estábamos para casarnos y fue cuando le presenté a Ti a mi novia, ella dijo que era una chica muy linda y mi novia por teléfono me comunicó que la gorda de mi vecina le daba asco. Nunca más quise saber de tal novia. Sus palabras me dolieron tanto que nunca más hable sobre tal noviazgo a Ti, ni tuve valor para contarle la verdad.
Ti fue mi gran compañía y aquella mujer que me dio fuerzas para vivir. Ahora que su casa está tan vacía sin ella y sin sus cosas, siento que no solo me falta una persona sino que una parte de mí ha abandonado mi cuerpo, mi alma, mi espacio.
Ti se mudó el día que apareció el tal Jesús, como le había prometido. Adelgazó con mucha voluntad. Se hizo una liposucción y entró en un proceso de recuperación física que me dejó turulato. En corto tiempo su imagen cambió tanto y un día la vi salir por la puerta de su casa para irse de viaje para nunca volver. Me quedé estupefacto con el cambio tan brusco de la vida. Un trece de Marzo de 1997 se subió a un avión y se quedó para siempre, o al menos hasta ahora, en Austria. Nunca más supe sobre su paradero. Nunca me escribió una sola línea. Ya me lo había advertido. Jesús era muy celoso.
Pero como yo no soy rencoroso, creo que con esta historia he cumplido con rendirle homenaje a esa amiga que por mucho tiempo ocupó un lugar importante en mi vida y que hasta ahora la recuerdo con demasiado cariño y una extraña devoción. Nunca conocí a nadie que protegiera tanto su amor y que lo conservara con tanto recelo. Ti nunca perdió la esperanza y así postrada en su lecho de gorda supo levantarse y luchar por su ilusión. La pena que siento es que lo más probable sea que ese tal Jesús la esté tratando mal, porque no me dio buena impresión cuando ella me lo presentó pocos días antes de partir. Los ojos de Jesús eran de pocos amigos y su mirada tenía un no se qué de perversidad. La llamó de un modo despótico, oye gorda, apúrate pues, no tengo todo el tiempo del mundo. Y a mí solo me dijo, Ok, mucho gusto. Chau. Espero que haya sido una mala impresión mía, solo mía, por llevarse a mi amigota.
Ti, no sé cómo te sentirás en estos momentos, pero estés donde estés, siempre te esperaré desde mis buenos recuerdos. Tu cara linda, no saldrá nunca de mi corazón.
(*)Diego Martínez Lora, vive actualmente en Vila Nova de Gaia.